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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 26

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26: Progreso a fuego lento 26: Progreso a fuego lento ¿Alguna vez sintieron que la habían cagado?

Que, con una simple elección, se habían metido en un terrible dolor de huevos.

Niño, yo sí.

Gracias a eso me metí de lleno en la saga Dark Souls como primer juego.

Lo repetí cuando, por miedo a las agujas, dejé que me hicieran un relleno con una carie profunda.

Y lo repetí más veces de las que recuerdo.

Algo que, al parecer, se repetía nuevamente.

Con solo ver las instrucciones, materiales, requisitos y proceso de elaboración de The Wonder of You, ya sentía un dolor en los huevos.

No hablemos de que esta cosa requería plata, oro y cobre en cantidades grotescas.

También exigía un bombín hecho a mano, ya que era parte del conjunto completo.

La mano de obra era tal que solo pensar en ello me entumecía el cuero cabelludo.

No exagero al decir que si mi máscara de cuervo estaba en dificultad normal, el casco-barra-conjunto de The Wonder of You estaba en dificultad infernal.

“¡Ay, por amor a la razón!”, exclamé adolorido mientras me frotaba las piernas.

Ni siquiera había empezado y ya me estaba arrepintiendo.

Pero, desgraciadamente, soy más terco que un burro.

Y ya que había decidido hacer esto, lo llevaría hasta el final.

De lo contrario, no podría estar en paz.

Sin embargo, esto no era algo que pudiera hacer como antes.

Ya no estaba solo.

No podía obsesionarme las 24/7 como solía hacerlo.

Ahora tenía gente que mantener, una sociedad que levantar.

Dejarlos de lado iría en contra de mis principios.

Además, sería estúpido: perdería justo aquello por lo que tanto trabajé.

The Wonder of You sin duda sería una gran carga, pero no podía consumir todo mi tiempo.

Tendría que trabajar en ello durante mis ratos libres.

También podría delegar ciertas partes.

El bombín, por ejemplo, podía encargárselo a otro.

Pero lo esencial debía hacerlo yo.

El trabajo con metales seguía siendo peligroso para ellos.

Sin una enseñanza adecuada, permitirles manipular metales hirvientes sería como darle un encendedor a un niño en medio del bosque.

Una pésima idea, por donde se lo viera.

“Haaaaa”, suspiré agotado.

“Esto va a durar un rato.” Con un último suspiro, dejé de pensar y me concentré en el trabajo.

Tenía que crear The Wonder of You.

Y para eso, debía hacer algo que no hacía desde hace un tiempo.

Plop.

Plop.

El sonido metálico del escudo, que usaba como fundidora, acompañó mis pasos hacia la isla volcánica.

En la playa había una gran pila de tesoros.

Una pila que había crecido, porque las criaturas que habitaban la zona nunca dejaron de traer más.

No me quejaba: eran ingresos y materia prima.

“Solo espero que, si algún día alguien descubre esto, no se lo robe todo”, murmuré, acercándome a la pila.

Comencé a separar los materiales.

Primero, la plata, que necesitaría en mayor cantidad, ya que sería la base del cuerpo.

Luego, el oro, que definiría los detalles.

Por último, el bronce para las decoraciones, y el cristal, que fabricaría usando una técnica medieval.

Esa técnica consistía en infundir metales o ciertos elementos durante la fabricación del vidrio para lograr colores vivos.

Serían usados para los ojos… o en este caso, el visor.

“Hablando de colores… creo que debería hacer un horno”, dije, observando una moneda de cobre.

Pensar en construir un horno me hizo recordar cierto anime de ciencia.

Una joya que disfruté mucho, pero que jamás creí que intentaría imitar.

Aquello me desconcertó.

“………” “………” “De hecho, ya que estoy en esto… tal vez podría hacer Coca-Cola”, dije en voz baja, sintiendo cómo una nueva industria quería nacer en esta época atrasada.

Con ese tipo de ideas raras en la cabeza, terminé de escoger la materia prima y me dirigí a mi fragua improvisada.

Allí, con mi confiable martillo, comencé a procesar los materiales.

Aunque decir procesar es generoso: apenas había creado un pequeño bloque de plata refinada cuando me detuve.

No porque quisiera parar.

Aún tenía tiempo.

De hecho, se me ocurrió traer a uno de mis trabajadores para enseñarle el proceso y dar una clase sobre el tratamiento de metales y herrería básica.

Lastimosamente, descarté la idea tan rápido como vino.

Por una simple razón: el calor.

A diferencia de una fragua normal, que usa sistemas para aislar y concentrar el calor, yo literalmente utilizaba magma.

Para mí funcionaba perfecto.

Ya que era más duradero y robusto que un maldito camión.

Pero para los demás… era otro asunto.

Si algo aprendí —y que aún me sorprende por lo obvio que es— es que estar cerca de la lava no es precisamente lo más saludable para las personas normales.

Olvídense de la escena de Star Wars donde pelean sobre un maldito río de lava: el simple hecho de estar cerca de lava casi seca ya era suficiente para causarle quemaduras graves a una persona común.

“Realmente hay tanto que hacer”, dije, agotado, mientras sentía cómo se me escapaban las energías.

Con ese sabor amargo seguí trabajando en la forja hasta que cayó la noche.

Una vez completé aproximadamente una séptima parte del proceso de refinado, decidí terminar por ese día.

Fui a supervisar a mis trabajadores, hice acto de presencia —lo mínimo indispensable— y luego me dirigí al lugar donde dormía.

Al día siguiente, repetí la rutina.

Así pasaron uno, dos, tres días… hasta que finalmente llegó el primer mes en relativa calma.

Un mes en el que me dediqué a enseñar, guiar y forjar materiales para The Wonder of You.

Era complicado, sí, pero no imposible.

Y aunque habría avanzado mucho más rápido si me hubiera enfocado solo en ese proyecto, no me arrepiento de haberme tomado las cosas con calma.

Después de todo, aquella gente a la que contraté y apenas sabían hervir agua cuando llegaron, ahora empezaban a volverse autosuficientes.

Claro, aún dependían de mí para obtener ciertos recursos y seguir aprendiendo, pero ya no estaban indefensos como antes.

En solo un mes, los frutos de mis esfuerzos empezaron a notarse.

Los cultivos brotaban, los granjeros ampliaban sus tierras, los leñadores se habían vuelto más hábiles y hasta hacían carpintería básica —mesas, sillas y demás.

Los cazadores, que antes eran patéticos, ya conseguían cuero con cada cacería, aunque fuera de calidad apenas aceptable.

Los aprendices que seguían al hombre mayor —a quienes tomé como asistentes— ya conocían las medidas básicas para trabajar conmigo.

Y podía comprobarlo, porque frente a mí estaban, luciendo el equipo que habían fabricado a mano, con algo de mi ayuda: guantes de cuero curtido, mandiles gruesos, botas toscas y, por supuesto, una máscara de cuervo y un sombrero similar al mío.

.

.

.

.

“Les dije que podían escoger el diseño de sus máscaras, ¿pero era necesario copiarme con tanto descaro?”, comenté al ver sus imitaciones toscas del atuendo de doctor plaga.

El grupo tenía una composición curiosa: un gordito, un hombre mayor delgado, un enano y una chica rubia.

Esta última había pedido cambiar de equipo cuando notó que el resto prefería dedicarse a la agricultura en vez de seguirme a la infernal isla volcánica.

Lo entendía.

A mí también me disgustaba ese infierno estilo sauna.

“Me gusta el diseño del Cuervo”, comentó Gehrman.

“No se me ocurrió otro”, respondió el gordito.

“……”, gruñó el enano, ni siquiera se molestó en dar una excusa.

“Me gusta el estilo del maestro”, respondió la chica con total honestidad.

“Además, se ve genial.” Recibir —y no recibir— sus razones me sacó una sonrisa cansada.

No podía decir que lo disfrutaba, pero tampoco podía negar que me sentía halagado.

Aun así, ojalá hubieran sido más creativos en otros aspectos.

“Olvídenlo”, dije con resignación.

“Por cierto, hoy haremos algo diferente.” Mientras hablaba, hojeé mi libro de artesanía intermedia y me detuve en la sección que explicaba cómo construir un horno de fundición.

[ Horno de fundición común ] Materiales necesarios: – Arcilla rica en aluminio – Arena gruesa o grava fina – Ceniza volcánica o de madera – Paja picada, estiércol seco o aserrín – Agua Apenas vi el ingrediente “estiércol”, supe que no iba a usar eso ni de broma.

Elegí el aserrín.

“¿Algo diferente?”, preguntó la chica, entusiasmada.

“Sí”, respondí sin rodeos.

“Hoy les enseñaré a hacer ladrillos.

Estos servirán como base para construir casas, pero esta vez los usaremos para crear un horno.” “¿Un horno para cocinar?”, preguntó el gordito con ilusión.

“No.

Un horno para fundir metales”, repliqué.

“Ah…”, respondieron todos, visiblemente decepcionados.

Incluso gehrman.

Ver esa reacción me provocó un dolor involuntario en los huevos.

Al parecer, los había malcriado demasiado este mes.

Y no era para menos: casi todas sus comidas habían sido decentes gracias a las recetas, hierbas y técnicas que les enseñé.

De alguna forma, convertí a muchos de ellos en entusiastas culinarios.

“Después, cuando terminemos el horno de fundición de metales, construiremos uno para cocinar”, dije con resignación, maldiciendo mi lengua por hablar de más.

Durante los almuerzos, mientras me quejaba del menú repetitivo, había mencionado —demasiadas veces— alimentos hechos al horno.

Como la pizza.

Y el cordero.

Y los pasteles.

Y, bueno… todo lo que ahora se les venía a la cabeza.

“¡Viva el señor Crow!”, gritó el gordito, ya babeando bajo su máscara.

“Quiero probar la pizza… y el cordero al horno”, comentó Gehrman con ilusión anticipada.

“Yo quiero una pizza”, declaró el enano, hablando al fin.

“¡Yo quiero pastel!”, exclamó la chica, feliz como si ya pudiera saborearlo.

Mientras el grupo de aprendices discutía con emoción todas las delicias que había mencionado por puro aburrimiento, sentí un profundo pesar.

Alguna vez fueron trabajadores decididos, entusiastas del progreso y del esfuerzo.

Pero algo se había desviado.

Y ahora, en lugar de un equipo de futuros herreros, tenía frente a mí un grupo de glotones hambrientos, con prioridades muy… distintas.

“Solo hagamos esto, por favor”, pedí, en un intento de mantener la paz y no seguir aguantando este estilo de pintura.

“Entendido, jefe”, dijeron todos al unísono.

Luego de esta incómoda situación, procedimos a crear los ladrillos para el horno.

Por obvias razones, lo hicimos en una zona segura de la isla volcánica.

Aquello me recordó nuevamente lo exageradamente caliente que era esta tierra, pues mis aprendices tuvieron que quitarse las máscaras y la ropa de cuero para ponerse algo más ligero.

Los pobres se estaban cocinando dentro de sus propios trajes.

Por suerte, eso no fue un gran impedimento para la creación de los ladrillos para el horno.

[Ladrillos resistentes al calor Mezcla en proporciones aproximadas: 60% arcilla 30% arena o ceniza volcánica 10% paja o material orgánico Mezclar todo con agua lentamente hasta tener una masa maleable, parecida al barro para alfarería.

Esta se amasa como si fuera pan hasta obtener la consistencia perfecta: no tan dura, pero tampoco líquida.] El primer paso fue fácil, el más simple: sólo teníamos que hacer la materia prima.

Algo sencillo, pues era como hacer plastilina… o preparar comida.

Lamenté haberlo dicho en voz alta, porque mis asistentes comenzaron a moldear la arcilla como si de pan o masa de pasteles se tratara.

Tras la mezcla vino el segundo paso, aún más simple: darles forma.

Ya lo había previsto.

Sólo necesitábamos una forma aceptable y un tamaño uniforme.

Esto, en teoría, debía ser complicado, pero gracias a un confiable palo que usamos como regla improvisada, resultó absurdamente fácil.

El último paso era la cocción.

Y sí, los ladrillos se cocinaban, y por bastante tiempo.

Por cada ladrillo hecho, tuve que trabajar como burro—nunca mejor dicho—porque apenas uno se terminaba, yo tenía que tomarlo con cuidado y llevarlo hasta las cercanías de una corriente de magma.

Sin duda, un trabajo que solo yo podía hacer.

Eso me mantuvo ocupado toda la tarde.

Literalmente.

Mis asistentes sólo hacían los ladrillos, y yo los colocaba en el lugar caliente para su cocción.

Al final, y gracias a un buen trabajo de equipo, hicimos no menos de 46 ladrillos.

Lo cual me alegraba… y al mismo tiempo me dolía.

Porque cada uno de ellos lo cargué yo.

“Joder, ¿cómo es que pasé de artesano a chalán?”, me quejé mientras volvía a mi lugar, con ganas únicamente de tirarme a dormir.

No hacía falta decir que no estaba agotado físicamente.

Lo mío era más mental.

Algo que seguramente también sentían mis asistentes, quienes se veían cansados, pero contentos tras terminar.

Lamentablemente, sospechaba que esa felicidad no era por el avance del día, sino por la promesa que les hice de construirles un horno.

“Haaaaa”, suspiré, derrotado.

“Realmente necesito dormir… y una coca.” Con ese pensamiento regresé a mi lugar y, sin perder tiempo, fui con Amon.

Jugué con él como todo buen papá luchón explotado, y finalmente me colapsé bajo un árbol, mientras Tetis me contaba una historia.

Una historia que ni siquiera terminé de escuchar, porque apenas empezó ya me encontraba en el mundo de los sueños.

Un mundo que traía vibras extrañamente familiares.

““Déjame adivinar”, comenté mientras observaba el entorno reconocible.

“Este es el DLC de la Torre de Bruma de Dark Souls 2.” Mientras Crow yacía en sus sueños, en un lugar algo alejado se llevaba a cabo una reunión importante.

En Esparta, dentro de la casa del rey, los espartanos se congregaban alrededor de un amplio mapa de su territorio.

Tras marcar un punto con precisión, comenzaron a discutir cómo debían explotarlo.

“Mi rey, ya que hemos señalado un punto, deberíamos empezar a mandar gente”, sugirió uno de los consejeros.

“No.

Sería un gran desperdicio en esta etapa”, respondió el rey con firmeza.

“No sabemos cuánto azufre podría haber.

Mandar tropas sólo para explorar sería peligroso.” Ante esas palabras, todos en la sala bajaron la mirada.

Era un punto prometedor, sí.

Pero, a pesar de conocer el valor del azufre, sus capas y sus mapas carecían de información detallada sobre ese terreno.

En el peor de los casos, no encontrarían nada.

En el más horrible, perderían tropas en una erupción.

Un riesgo que ningún mortal podría soportar, y que era muy real considerando los constantes berrinches de Poseidón.

“¿Entonces seguiremos comprando más recursos al señor Crow?”, preguntó uno de los mayores, cruzado de brazos.

“Sí.

Pero sólo acumularlo sin usarlo sería dañino para Esparta”, dijo el rey con una expresión grave.

“La pólvora es un arma, un recurso que debemos recolectar y almacenar en la mayor cantidad posible… pero no deja de ser un arma.” Mientras hablaba, sus ojos se posaron con lentitud sobre las marcas enemigas en el mapa.

Tras analizarlas y señalar las más abundantes, tomó una decisión.

“Y toda arma debe ser usada, pero también probada”, declaró, presionando con el dedo una región del mapa.

“Por eso, hay que ponerla a prueba y conseguir beneficios para Esparta.

Beneficios que superen con creces el costo de la pólvora, para revitalizar nuestra ciudad… y poder comprar aún más para la siguiente incursión.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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