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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Es hora de extender el monopolio
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27: Es hora de extender el monopolio 27: Es hora de extender el monopolio “Joder, cada día parezco más un chalán que artesano”, me quejé, mirando la gran pila de ladrillos que tenía que mover.

Tras un día de cocción, los ladrillos que antes eran sólo bloques de plastilina se habían endurecido.

Aquella textura blandita había desaparecido, revelando una dureza excepcional.

Algo bueno, claro.

Los habíamos hecho bien.

Tan bien que incluso podían compararse con un pan ruso… Bueno, casi.

“Nota personal: crear carretas”, pensé, tomando dos ladrillos y llevándolos hacia mis aprendices.

Esto duró diez minutos de caminata, y otros diez más para volver a intentarlo.

Sabía que tenía que cargar cincuenta ladrillos más.

Un trabajo agotador, pero que solo yo podía hacer, siendo el único que toleraba tanto calor.

“A este paso terminaré en la tarde”, murmuré mientras llegaba con dos míseros ladrillos, uno en cada mano.

Una imagen que dejaba en claro el límite físico de este pequeño cuerpo.

Un cuerpo que, sinceramente, se volvía más odioso con cada día que pasaba.

Me hacía desear cambiarlo por uno nuevo.

Algo que requería demasiadas cosas: alcanzar un nivel divino en la profesión de artesano, subir secuencias, y mucho más.

Frustrante, claro.

Más aún cuando había otros que podían hacer mucho con menos.

Pero, como siempre, tener sangre olímpica y estar ligado a esos cabrones me complicaba la existencia.

Después de todo, cambiar de cuerpo sería imposible en circunstancias normales.

Y eso por culpa de mi alma: una alma ligada al linaje de los dioses.

Si quisiera deshacerme de este cuerpo, de ese linaje, de mi relación con los olímpicos, tendría que descomponer mi alma, crear un cuerpo a la fuerza, y realizar un sinfín de procesos problemáticos.

Si no tenía cuidado, podría acabar como un homúnculo fallido, un monstruo… o una piedra inmortal como Kars.

Mmm.

Al pensarlo, un escalofrío me recorrió la espalda.

Pero incluso con eso, planeaba seguir.

Siempre lo hacía.

Porque soy un maldito testarudo.

Con ese tipo de pensamientos pasé todo el día cargando ladrillos.

Incluso en mis sueños seguía haciéndolo: esta vez, me encontraba en la Ciudad Dorada de Elden Ring, en la sala de Marika, completamente llena de tablillas de piedra.

Me puse a leerlas por curiosidad.

Irónicamente, eran mis pensamientos más estúpidos.

Algunos tan absurdos que los arrojé desde el balcón con la esperanza de que se borrarán para siempre.

Tal vez lo logré.

Aunque, extrañamente, tras lanzar una tablilla, juraría haber escuchado a una chica gritar.

Tal vez solo era el sueño… A la mañana siguiente desperté como siempre: fresco y con ganas de empezar el día.

Algo más evidente por un detalle importante.

Ya tenía todos los bloques necesarios para el horno.

Eso me entusiasmó… hasta que recordé que aún faltaba otro material vital para terminarlo, así que, con algo de resignación, me puse a trabajar en otro proyecto mientras decidía qué enseñar en la clase de hoy.

Las clases fueron más breves de lo habitual.

La gente aprendía rápido y cada día eran más eficientes, así que no tuve muchos problemas al enseñar.

“Bueno, hoy, chicos, les enseñaré a hacer un horno”, dije, alzando la mano frente a mis asistentes.

“Pero antes, díganme: ¿cuál es el segundo componente más necesario para construirlo?” Ante la pregunta, el grupo se miró confundido.

Luego observaron los ladrillos, pero tras unos segundos volvieron a quedarse en blanco.

“Crow, sé que debemos unirlos… pero ¿con qué lo hacemos?”, preguntó Gherman.

Aunque entendía lo que quería decir, gracias a mis explicaciones anteriores, no conocía el nombre del material.

Era algo común.

Las recetas para este tipo de construcciones estaban muy bien protegidas, o simplemente no se habían extendido a las zonas de pobreza extrema donde ellos vivían.

Sabían que había que unir los ladrillos con algo, pero no sabían el qué… ni siquiera el nombre del compuesto.

“Haaaaa”, suspiré, decepcionado por no poder jugar con el suspenso.

“La respuesta es el cemento.” El grupo asintió… y volvió al silencio.

“Mejor se los muestro.

De nada sirve enseñar estas cosas sin ejemplos.” Dicho eso, los guié al aula improvisada y, frente a los cuatro, escribí algo en una pizarra de piedra.

Algo que solo yo podía entender.

“Bienvenidos a la clase del profesor Crow.

Hoy les enseñaré cómo crear cemento casero”, anuncié, señalando la piedra con el dedo.

“Cemento.

Un bonito nombre, ¿verdad?”, dijo la chica rubia con entusiasmo.

“A mí me suena como algo que sale del trasero”, respondió el gordito.

Ese comentario dividió al grupo.

Los otros dos apretaron los labios, sin ánimos de seguir con la discusión.

“Olvídense de eso”, regañé antes de continuar.

“Para esta receta necesitamos cal viva, agregados y agua.

O, en este caso… conchas blancas.” Con mi instrucción clara, el grupo entero se fue a recolectar conchas en la costa.

Fue rápido: había muchas, debido a que nadie explotaba ese recurso.

Una vez recolectadas, las limpiamos y las dejamos al sol para secarse.

Este proceso duró hasta que el sol comenzó a ocultarse.

Justo cuando empezaban a preparar la cena, instalé otra fogata—o mejor dicho, una estufa improvisada—para el siguiente paso.

“La cocción.” Pusimos todas las conchas lavadas en un escudo, las esparcimos bien, luego colocamos otro escudo metálico encima.

Alrededor, acomodamos leña, formando una especie de olla improvisada.

La cubrimos con aún más leña y la dejamos cocinar.

Cada cierto tiempo añadíamos más leña, manteniendo la temperatura alta.

Este proceso se prolongó durante toda la noche.

Al amanecer, sacamos las conchas.

Eran muy distintas a las que habíamos dejado: ahora eran blancas y quebradizas.

Una clara muestra de que lo habíamos logrado.

Habíamos creado cal viva.

Algo que, antes de manipular, alejamos cuidadosamente de la gente y tratamos con protección.

“Bien, ahora hay que moler con mucho cuidado la cal hasta volverla polvo”, instruí mientras mostraba mis guantes y máscara.

“Esta cosa es peligrosa, así que deben tener tres cosas en mente.

Uno: nunca se quiten la máscara, ya que les da cierta protección en los ojos y cara: dos nunca toquen la cal directamente sin tener los guantes.

Y tres: le añadiremos agua, pero nadie debe estar cerca durante esa parte, porque la mezcla reaccionará y no quiero que inhalen nada.

¿Alguna pregunta?” “¿Tan peligrosa es esta cosa?”, preguntó la chica rubia.

“Ni te imaginas.

Una sola inhalación podría cocerte los pulmones o dejarte ciega temporalmente… o de por vida”, respondí, mientras mis alumnos me miraban con cierta reticencia.

“Por eso mismo, usen siempre las máscaras y trituren lentamente, con paciencia.” Les indiqué todos los peligros de la cal y cómo debían aplicar cada medida de protección al manipularla.

“No podrías inventar algo que muela esto mientras estamos a distancia”, inquirió Gherman mientras levantaba la mano.

“Podría, pero esto es una clase y les estoy enseñando.

Después de esto les haré una máquina, o algo similar ya que la cal será un producto con el que trataremos mucho en el futuro”, expliqué mientras seguía con la lección.

No negaré que al principio pensé en automatizar el proceso, pero también quería enseñarles las medidas de precaución y cómo tratar con este tipo de cosas.

En el futuro trabajarían con materiales similares, y era mejor que tuvieran este primer contacto bajo supervisión que en algún entorno aislado donde podrían ocurrir accidentes graves.

Con ese tipo de pensamientos, mis asistentes y yo molimos con cuidado la cal viva hasta formar un polvo blanco.

Poco a poco se fue acumulando y lo trasladamos a una gran cubeta de metal.

Mientras lo hacíamos, les indicaba cómo proceder sin levantar polvo, ya que, aunque llevaban máscaras, no valía la pena arriesgarse.

Una vez molida la cal, procedimos a “apagarla”, como se decía.

Vertimos agua sobre ella para que fuera adecuada para su uso en cemento.

Con cuidado y máscara puesta, tomé una cantidad de cal y la vertí sobre un poco de agua.

Shhhhhhh.

Al hacerlo, la mezcla reaccionó al instante.

El sonido era similar al de una brasa al caer sobre cuero húmedo: un siseo vivo, químico.

Con la cal ya apagada, me alejé un rato y dejé que se asentara.

Mientras tanto, fui a buscar otro ingrediente junto a mis asistentes.

Era fácil de conseguir: ceniza volcánica y arena.

Teníamos en abundancia, y apenas nos tomó un viaje reunir suficiente.

Con la ceniza y arena listas, comenzamos a construir el horno.

Primero colocamos los ladrillos cerca, hicimos varias pruebas para decidir la mejor forma de colocarlos, y una vez clara la estructura, mezclamos la cal inactiva con la arena y la ceniza.

Claro que no usamos las manos; empleamos otras herramientas o incluso palos que teníamos a mano.

El cemento no se debía tocar directamente.

Con la mezcla preparada y el diseño acordado, colocamos ladrillo por ladrillo junto con una capa uniforme de cemento.

Poco a poco, el horno fue tomando forma… hasta que lo terminamos: un horno cuadrado, perfecto, funcional.

Un horno que, con algo de cuidado y unas cuantas mejoras, podría servir para cocinar pizza.

… “Mmmm…” A media idea me quedé congelado en mi lugar, pues me preocupó ese último pensamiento.

Pues me hizo cuestionar si la comida, o la cocina misma, generaban algún tipo de contaminación mental ¿Como Cthulhu?

¿O el Señor de los Misterios?

Mientras cuestionaba si a Cthulhu le gustaba cocinar sacudí la cabeza para dejar de pensar en eso.

Miré el horno y lo dejé al cuidado de mis asistentes.

No tenía tiempo de quedarme vigilándolo solo para asegurarme de que no se moviera (cosa que sería preocupante).

En vez de eso, decidí aprovechar el resto del día antes de la cena en algo más productivo.

Ese “algo” era la creación de the wonder of you y una vista a la factibilidad de la creación de la máquina de vapor.

No fue una sorpresa lo difícil que resultaron ambos proyectos.

Requería muchas piezas que no tenía, y otras que ni siquiera podía fabricar en esa etapa.

Ni con ayuda de mis asistentes.

Así que, como buen capitalista, opté por una práctica muy común en China: subcontratar.

Por supuesto, no iba a entregarles los planos completos de la máquina de vapor a mis contratistas, menos los de the wonder of you por lo peligroso que sería si se pudiera crear otro o incluso varios.

solo pensar en esto me daba escalofríos y no de los buenos.

Pero aún que no podría darles los planos sí podía usar las fraguas —o lo que fuera que tuvieran— para mandar a hacer ciertas piezas.

Esta inversión me ahorraría tiempo, pero también me obligaba a diversificar mis industrias.

Tarde o temprano, el azufre dejaría de ser tan demandado o sería más escaso por la sobre explotación, y para evitar una crisis de mi parte, necesitaba crear otra línea de productos de alto rendimiento y demanda.

“Mmmmmm…” Mientras cavilaba sobre eso, una idea me golpeó.

Con ella en mente, fui directo a mi taller y busqué el mapa que había intercambiado con los espartanos.

El mapa detallaba todas las potencias cercanas, posibles socios comerciales.

Lo repasé con calma… hasta que mi vista se detuvo en una en particular: Atenas.

Apenas la vi, fruncí el ceño y descarté esa opción de inmediato.

No solo porque quería evitar a Atenea como si fuera el dios de la peste, sino porque no me convenía venderle cosas peligrosas a los rivales de mis únicos compradores.

No iba a escupir hacia arriba.

Seguí revisando.

Entonces mi mirada cayó sobre otra ciudad: Corinto.

Una ciudad aliada de Esparta, rica, influyente y una gran exportadora de bienes marinos.

Lo tenía todo: dinero, posición y la posibilidad de vender productos marítimos útiles que ya tenía desarrollados en mi sistema.

Cosas que mejorarían la navegación, optimizarían rutas y, con suerte, abrirían una nueva vía comercial.

Solo había un problema: su patrona principal.

Afrodita.

“Afrodita”, murmuré con complejidad.

Sinceramente, era una de las diosas que menos toleraba, por varias razones.

Me generaba incomodidad incluso pensar en estar cerca de ella.

El Hefesto original había sido considerado el mayor cornudo del panteón gracias a esa tipa.

Claro, él también tuvo culpa: la obligó a casarse.

Pero eso no borraba el hecho de que Afrodita era, con todas las letras, una malnacida, pues también era extremadamente celosa y tenía la costumbre de volver loca a la gente por estupideces tan vanales como decir que eran más bella que ella o amar sin su permiso, eso sin mencionar que la idiota creo una de las guerras más grandes por accidente.

Aun así, Corinto era demasiado jugosa como para ignorarla por completo.

Podía evitar los templos y a las sacerdotisas como si fueran los testigos de jehová en mi puerta, pero aun así aprovechar sus riquezas.

Al fin y al cabo, Afrodita no tendría nada que ver conmigo a largo plazo.

No pensaba convertirme en un olímpico, ni mucho menos enamorarme de esa idiota con cerebro de pollo.

Mejor que se la quedara Ares.

Él era el tipo de idiota que necesitaba desarrollo de personaje.

Y así, cuando lo viera deprimido por tener los cuernos más grandes que un venado, podría sentarme a su lado y soltarle sin remordimientos: “Si te sirve de consuelo solo te acostaste los huevos de tu abuelo.” Solo pensar en eso me alegraba el día.

Con ese pensamiento, guardé el mapa y me puse a revisar mi libro del artesano en busca de posibles productos para corinto.

Fue sencillo: encontré rápidamente muchas ideas relacionadas con la navegación.

Algunas incluso me sorprendieron, no porque fueran extrañas, sino porque eran absurdamente normales y fáciles de fabricar.

Un buen ejemplo era la brújula magnética, algo que incluso un niño podría construir si tenía los materiales adecuados.

Otro caso eran los sistemas de poleas dobles o triples, junto con un telescopio.

Cosas que podía fabricar con una mano en la espalda y que seguramente tendrían una demanda considerable.

“Mmmmmm…” Mientras pensaba en cuánto podrían valer esos artículos, se me ocurrió investigar un poco sobre Corinto.

Tal vez daría un paseo o le preguntaría directamente a Esparta.

Si realmente quería establecer una relación comercial con ellos, debía saber qué necesitaban.

Luego, como buen capitalista, se los vendería a precios inflados… sin llegar a lo ridículo, claro.

“¿Me pregunto si debería hacer lo mismo con Esparta?”, solté en voz baja, antes de que una imagen específica arruinara la idea.

Recordar cómo ese anciano se llevaba a un chico a un callejón, con una erección más firme que la nariz de Pinocho, me provocó un escalofrío en toda la espalda.

Si era honesto, después de ver eso, no me atrevería a pasear por ese lugar ni aunque estuviera armado hasta los dientes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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