Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 28

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. yo no pedí ser un dios maldita sea
  4. Capítulo 28 - 28 Eris
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

28: Eris 28: Eris Clip Clip Clip En la familiar cueva que hacía de taller, resonaba constantemente el sonido del martilleo.

Era un golpeteo fuerte, aunque algo amortiguado, pues el yunque improvisado no sostenía una gran pieza de metal, sino una alargada y pequeña que estaba siendo continuamente encogida.

Esto era a propósito.

Así debía ser para la siguiente invención.

Clan.

“………” Con un último y poderoso golpe, Crow detuvo el martilleo y se tomó un breve descanso antes de tomar lo que había estado moldeando.

Lo miró con cuidado hasta que asintió, satisfecho por su delgadez y forma recta.

“Una aguja de metal perfectamente hecha.

O varias, ya que de aquí podría sacar por lo menos cuatro si las rompo adecuadamente”, comenté mientras dejaba la pieza sobre el yunque.

Luego tomé un cincel y lo coloqué con cuidado sobre la larga aguja.

Clip.

Clip.

Clip.

Clip.

Con cuatro golpes en diferentes posiciones, el anteriormente largo y delgado trozo de metal se rompió, formando cuatro agujas metálicas.

“Ufff”, suspiré mientras las colocaba cuidadosamente.

En cuanto terminé la creación de las agujas, dejé de hacer todo lo que estaba haciendo y me recosté en mi silla.

“Bueno, esto ya está.

Solo me faltaría imantarlas.” Al decir esto, mi sonrisa se volvió como la de un zorro.

Con las agujas listas, solo quedaba la parte que realmente les daría valor: imantarlas.

Sin exagerar, convertiría estas cositas de un simple objeto de uso cotidiano en un maldito Rolex.

Un Rolex por el cual podría obtener una inmensa cantidad de dinero y recursos.

“Bueno, es hora de que trabajes”, comenté divertido mientras me levantaba y traía una roca de la esquina del taller.

Esa roca no era otra que Wilson, mi fiel amigo.

Y sorprendentemente, una piedra con algunos bordes de magnetita.

Algo que nunca esperé.

Cuando creé a Wilson, no tenía nada especial; literalmente era la piedra más redonda que encontré.

Nunca imaginé que tuviera magnetita.

No fue hasta que obtuve los Ojos de Dragón que vi que Wilson tenía ciertas partes de un material hecho de algo más que piedra volcánica.

Y, de hecho, no fue hasta ayer que supe que era magnetita.

“Bien, amigo.

Ahora quédate quieto y déjame trabajar”, dije mientras tomaba una aguja y empezaba a frotarla con cuidado sobre la parte imantada de Wilson.

Esto duró unos treinta minutos.

Luego tomé otra aguja y la acerqué cuidadosamente a la anterior.

Como resultado, ambas se pegaron entre sí por el magnetismo.

“Amigo… eres mi piedra filosofal mi oro de moctezuma ”, dije emocionado mientras dejaba la aguja y levantaba a Wilson en alto.

Mientras celebraba mi primer trabajo conjunto con mi amigo, me reía a todo pulmón.

Él y yo habíamos convertido una simple aguja en un maldito tesoro para esta época, una brújula o al menos así sería cuando se juntara con una hoja y se pusiera en agua.

Tras una breve celebración, froté las agujas restantes sobre Wilson y, tras imantarlas todas, las coloqué con cuidado en un pedazo de tela.

Lo guardé en mi bolsillo antes de salir entusiasmado de mi taller dejado a Wilson sobre un mueble para que vigilara.

Con pasos firmes y unas ganas de estafar, digo hacer negocios limpios, me dirigí a la puerta.

Al cruzarla, llegué al otro lado, donde me esperaban Gherman y los demás, a cierta distancia mientras vigilaban.

“¿Terminaste de hacer la nueva invención?”, preguntó Gherman, caminando hacia mí.

“Sí, pero esta no se presentará aquí”, respondí con entusiasmo, ante las miradas incómodas del grupo.

“¿Y entonces?”, preguntó la chica rubia, desconcertada.

“Es un producto.

Y como todo producto, debe mantenerse en privado hasta que llegue a nuestros clientes.” Al decirlo, varios intercambiaron miradas tensas.

Sabían exactamente a qué me refería.

“¿Es otro producto para los espartanos?”, intervino el hombre flaco, quien rara vez hablaba.

“Así es.

Este marcará el inicio de una nueva etapa de negocios y, posiblemente, nuestra expansión”, declaré, mirando a todos.

“Además, esta vez, si lo desean, pueden venir conmigo.” El ambiente se tensó.

Era evidente que la propuesta los incomodaba.

No mucho tiempo atrás, ellos habían sido esclavos.

Pensar en tratar con sus antiguos amos —y ahora posibles socios— resultaba, como mínimo, incómodo.

“Claro… solo si lo desean”, añadí, dejando claro que no los forzaría.

Entendía lo que implicaba para ellos.

El silencio duró un instante, hasta que, para mi sorpresa, la más sensata —y antes la más animada— dio un paso al frente.

Al verla, los otros tres, que aún dudaban, la siguieron casi por reflejo, como si quedarse atrás les costará más que enfrentarse al pasado.

“Bien.

Entonces síganme, que esto empieza con un viaje en carreta”, dije, conduciendo al grupo.

En cuestión de minutos, ya todos estábamos montados.

Era un logro.

Con cuatro más, podía decirlo con entusiasmo: habíamos formado una caravana.

“¡Vamos, aborden y carguen todo!

Hoy iniciamos oficialmente nuestra etapa de caravana.” Levanté el sombrero y lo agité como señal.

El gesto fue imitado por los cuatro como si buscaran seguirme el juego.

Algo que sería más cómodo si todos no vistieran trajes similares al mío, incluida la máscara de cuervo.

Pero aún que me incomodara no podría hacer nada, ellos eligieron esa vestimenta y respetaba su decisión.

Yo era su jefe, no su amo.

Que se vistieran como quisieran.

“Adelante”, ordené, y el caballo, como si entendiera, empezó a caminar hacia la puerta que conducía a Esparta.

“Por cierto, señor Crow… ¿Qué es una caravana?”, preguntó el hombre gordo mientras tomaba asiento.

“buena pregunta, y la verdad es que…” A mitad de frase, todo se interrumpió.

Un instante oscuro nos envolvió, y al siguiente, ya habíamos cruzado al otro lado de la puerta.

“… y esa es la razón por la que se llama caravana.

¿Entendiste?”, terminé la frase con una sonrisa de zorro bajo la máscara.

“Este… sí”, respondió el hombre gordo, mirando luego a sus tres compañeros.

Los tres evitaron su mirada, fingiendo no haber oído nada.

Ante ese silencio incómodo, el pobre solo pudo agachar la cabeza, avergonzado.

A mí me divirtió.

Era una broma inocente: había empezado la explicación antes de cruzar la puerta, y al llegar al otro lado, fingí que la había terminado.

Fue algo cruel, sí… pero vamos, mejor eso que mandarlo a traer enterrones de fierro o, peor aún, la llave nuda.

“…” “Perdón, pero algún día también lo haré”, pensé con algo de culpa, mientras me disculpaba en silencio con mis asistentes por lo que haría en el futuro.

Con pensamientos de traición y bromas pesadas me dirigí a Esparta.

Como siempre, los espartanos me esperaban… Sin embargo, no vi la gran figura que solía destacar.

Si hablábamos de udeuz —el tipo que parecía inyectarse proteína y sangre de minotauro—, definitivamente no estaba.

“Parece que falta gente”, comenté al notar que el grupo de espartanos era más pequeño de lo habitual.

Al oír mi voz, varios de ellos sintieron un escalofrío que solo empeoró al no saber cómo responder.

Se limitaron a guiarnos en silencio, un comportamiento que noté con leve curiosidad.

Supuse que era por mi atuendo intimidante, o porque seguían creyendo eso de que era un heraldo, o alguna otra tontería religiosa.

Lo que no sabía era que la verdadera causa de su temor… era yo.

O, más específicamente, el aura que emitía.

Un peso invisible, asfixiante, que oprimía como una niebla densa.

Mis asistentes y el resto de los que me seguían también la sentían, pero en menor medida: se habían acostumbrado tras tanta exposición.

En especial mi grupo de aprendices.

Aunque al principio estaban muertos de miedo, con el tiempo lo habían superado.

Habían aprendido a soportarlo.

Una muestra perfecta de lo adaptable que es el ser humano.

En particular los marginados, aquellos que han vivido siempre bajo la sombra de la muerte y condiciones miserables.

“Crow, pareces tener bastante autoridad sobre ellos”, comentó débilmente la chica rubia.

“Bueno que puedo decir, soy un comerciante misterioso que vende productos únicos y peligrosos.

Sería raro si no me tuvieran respeto… o miedo”, respondí sin darle demasiada importancia.

En mitad de esa conversación, me quedé paralizado.

Iba a dirigirme a ella otra vez, pero me detuvo un pensamiento simple y problemático: no sabía su nombre.

Me resultaba incómodo seguir llamándola “la chica rubia”.

Ya era hora de preguntar.

Hasta ahora no lo había hecho porque temía que fueran como Gherman.

No quería tocar una fibra sensible si esos nombres venían de un pasado doloroso.

Pero con las conversaciones haciéndose más frecuentes y públicas, no podía seguir evitándolo.

“Por cierto, sé que nunca te lo pregunté, pero… ¿cuál es tu nombre?”, solté sin rodeos.

“……” La chica se quedó congelada, confusa, antes de esbozar una sonrisa extremadamente rígida, tan rígida que incluso bajó la máscara se notaba.

“Bueno, no sé cómo decir esto es que…” “No tienes nombre”, adiviné al verla dudar.

“No, no”, dijo, cada vez más asustada, antes de bajar la cabeza.

“Es que… cada vez que decía mi nombre, la gente a mi alrededor se disgustaba.

Por eso me odiaron.

y en cierta forma fue por esto que me convertí en esclava…” Mientras más hablaba, más triste se volvía su semblante.

Sus ojos alegres se vaciaron bajo la máscara, como si reviviera recuerdos terribles.

Al verla así, simplemente extendí la mano y le di un dedal en la cabeza.

“Auch, ¡eso duele!”, protestó mientras se cubría la frente.

“Niña, no seas tan reflexiva.

Incluso si tu nombre es feo una blasfemia o un término que provoque disgusto, sigue siendo solo un nombre.

Incluso si es horrible, no me podría importar menos”, dije mientras la miraba.

“Solo dilo.

Y si no te gusta, cámbialo.

O consérvalo.

Al final, es tuyo.

Y quien se disguste por eso… es un idiota.” Mis palabras la tomaron por sorpresa.

Me miró confundida, luego sonrió mientras se quitaba la máscara y se frotaba los ojos, que ya se le habían llenado de lágrimas.

Me sentí incómodo.

No soy bueno manejando llantos, así que con cierta torpeza le di unas palmadas en la espalda.

Mis demás aprendices me ayudaron a calmarla, y así continuamos hasta que llegamos a las puertas de Esparta.

Allí, la chica rubia dejó de llorar.

Me miró con algo de duda.

“Solo dilo.

Al fin y al cabo, es solo un nombre”, dije mirando al frente.

Con ese último empujón, reunió valor.

No solo yo, también los otros aprendices —que fingían desinterés— alzaron una oreja con disimulo para escuchar.

“Mi nombre es… Eris.” Shhhhhhhh.

En cuanto ese nombre fue pronunciado, un sonido de estática apagó el mundo.

Los ojos de Crow vieron cómo copos de nieve caían en todas direcciones, como si el universo entero se hubiera convertido en una pantalla sin señal.

En medio de esa distorsión, decenas de ojos emergieron desde los copos de nieve, y todos lo miraron fijamente.

En cuanto sentí esas miradas, un pinchazo agudo me atravesó la frente.

No era exactamente dolor.

Era como si mi mente estuviera siendo afinada como una cuerda tensa… hasta que los ojos en la estática empezaron a sangrar cuando una aura aún más ominosa empezó a aparecer en los alrededores y parecía mostrar una tremenda hostilidad hacia los ojos.

“………” Instintivamente levanté la vista, buscando el origen de esa presencia mayor.

Y cuando lo vi, entendí muchas cosas.

“………” “Crow… crow” murmuró Eris, desconcertada.

“¿Eh?”, solté sin entender qué pasaba y por qué estaba mirando arriba, antes de que me presionara las sienes.

Pues un dolor punzante y vibrante aparecía de golpe.

Como si hubieran usado mi frente de tambor.

“¿Alguien más siente dolor de cabeza tras escuchar ese nombre?”, pregunté mientras intentaba frenar la pulsación con los dedos.

“Porque a mí me está taladrando el cráneo.” “¿Dolor de cabeza?”, repitió el gordo, mirando a los demás.

“Yo estoy bien”, dijo el enano, tan inexpresivo como siempre.

“Yo no sentí nada”, respondió Gehrman, confundido.

“Entonces… creo que tu nombre tiene algo raro”, le dije a Eris, sin rodeos.

“¿Podrías repetirlo?

Quiero comprobar si se trata de una maldición o solo una coincidencia.” Mientras lo decía, ya imaginaba el trasfondo: unos padres con sentido del humor dudoso le ponen ese nombre a su hija y, como respuesta, cierta diosa amante del caos decide marcarla de por vida.

Nada nuevo.

No sería la primera vez que un dios se ofende por un gesto trivial.

Eris palideció un poco, tragó saliva y dudó.

“¿Estás seguro?

Pareció que algo muy desagradable te pasó cuando lo dije…” “Descuida”, respondí mientras me frotaba la frente.

“es solo una migraña en comparación con otras torturas mentales que experimentó seguido, esto fue casi relajante.” Ella titubeó un momento más.

Luego respiró hondo, con esa expresión que ya conocía bien: resignación mezclada con miedo.

No era la primera vez que le pasaba.

““Mi nombre es Eris”, repitió con un hilo de voz.

… Nada.

No hubo pérdida de conciencia, ni incomodidad, ni dolores de cabeza.

“Parece que tu nombre arrastra una pequeña maldición”, dije, mientras ella forzaba una sonrisa amarga, como quien confirma lo que ya sabía.

“Por suerte, soy algo así como una negación ambulante.

Mientras estés cerca de mí, ese tipo de efectos se diluyen.” Ella no respondió al instante.

Solo bajó la mirada.

Por un segundo, creí ver algo más allá del miedo: rabia contenida, vergüenza antigua.

“Supongo que no fue fácil crecer con ese nombre, ¿eh?”, solté sin pensarlo demasiado.

Ella apenas asintió.

“No tienes idea.” Su voz era baja, pero cargada.

No pregunté más.

En este mundo, si un dios pone los ojos sobre ti, rara vez es por algo bueno.

“Me tomaré un pequeño descanso.

Les dejo el carruaje.

Y tú, Eris, no andes diciendo tu nombre a la ligera.

En cuanto a ustedes dos…” señalé al gordo y al enano con un dedo.

“Les preguntaré el suyo después.

Si están malditos, espero que al menos no me causen un dolor de cabeza después.” “Jejeje.” x3 Los tres hombres se rieron al unísono, mientras la niña inflaba los cachetes visiblemente molesta.

No podía culparla.

Todos habíamos convertido su tragedia en un chiste.

Entre risas, mientras los demás intentaban animarla, me acosté en la carreta.

Prefería descansar un poco y evitar mirar hacia Esparta.

Conociéndome, vería algo desagradable y no podría quitármelo de la cabeza.

Sin embargo, al alzar la vista hacia el cielo inmenso y azul, fruncí el ceño.

Algo estaba mal.

No sabía exactamente qué, pero lo sentía.

Era como haber olvidado algo importante: sabías que existía, que lo habías visto antes… pero no podías recordar ni cómo se veía, ni por qué era relevante.

“…Espero que no haya sido importante”, murmuré, antes de apagar el pensamiento.

No tenía ganas de pensar.

Además, mi cabeza seguía matándome.

Pero incluso si cerraba los ojos y vaciaba la mente por un rato, una pequeña imagen de estática seguía apareciendo en mi cabeza.

No había nada definido, solo un zumbido visual constante, como si ese recuerdo olvidado intentara abrirse paso a la fuerza.

Sin embargo, lejos de aclarar algo, solo lograba irritarme.

Era como tener una palabra en la punta de la lengua: sabes que está ahí, sabes que la conoces, pero cuanto más la buscas, más se esconde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo