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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Rumbo a Corinto
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29: Rumbo a Corinto 29: Rumbo a Corinto “Mierda”, maldije enfurecido mientras miraba el cielo.

Mi humor se había ido al demonio antes de siquiera empezar el día.

La sensación de que olvidaba algo me golpeaba como un maldito tren y, aun así, no recordaba qué era.

Decir que estaba frustrado era quedarse corto, muy corto.

Lo peor era que sabía que no podría dejar de pensar en eso.

Era un pensamiento pegado como chicle en el pelo.

“Oye, sistema, ¿por casualidad recuerdas de qué me estoy olvidando?”, pregunté mentalmente.

[…] No hubo respuesta, por más que esperé.

“¿Sistema, estás ahí?” [Lo sentimos, pero este sistema está fuera de servicio actualmente debido a que el anfitrión olvidó su existencia.] Puse los ojos en blanco.

¿Mi propio sistema me estaba aplicando la ley del hielo?

[Así es.

Y es debido a que el usuario hizo lo mismo por casi un mes.] “Técnicamente tú empezaste, casi no me hablaste por años cuando llegué a este mundo”, respondí mentalmente.

Si íbamos a hablar de la ley del hielo, él llevaba la delantera por mucho.

[Aun así, el sistema no contestará.] “Bff… lo que faltaba”, pensé con frustración.

“Ahora mi sistema está haciendo un berrinche.” Sin ánimo para aguantar más tonterías, me levanté y miré a mi alrededor con cierta resignación.

Para mi desgracia, un grupo de hombres musculosos hacía ejercicio completamente desnudo en un campo cercano.

También había mujeres, claro, pero la imagen de varios tipos sudados con abdominales más definidos que los de La Roca fue suficiente para sumar un nuevo trauma a mi lista.

“Haaaaaa…” suspiré agotado, cubriéndome los ojos, que ya consideraba seriamente arrancarme.

“Odio esta época.” “Crow, ¿qué es una época?”, preguntó una voz a mi lado.

Era Eris, que se veía más nerviosa que un conejo.

Claramente asociaba mi mal humor con su nombre y, aunque en parte tenía razón, eso no significaba que fuera a tratarla mal o convertirme de golpe en el villano de su historia.

“La época es la imagen que dictan los tiempos: un reflejo de las costumbres, creencias y de los seres de poder que moldearon el mundo en lo que ves ahora mismo”, expliqué mientras observaba el entorno.

“Entonces ya veo por qué la odias tanto”, dijo una voz ajena.

Era Gehrman, que llevaba observando en silencio todo lo que ocurría en Esparta desde que habíamos llegado.

“¿Tan fea es esta época?”, preguntó Eris con inocencia, mirando la ciudad.

A lo lejos, vio cómo unos niños eran apaleados por haber intentado robar un trozo de pan.

“Esto es solo la punta”, murmuré, recordando una de las leyes más crueles de la tradición espartana: Al niño se le arranca de los brazos de su madre, se le arroja sin piedad a un mundo que no le debe nada y se le obliga a robar… o matar, si es necesario.

Porque en Esparta, la infancia no es un derecho: es el molde donde se forja la semilla del guerrero perfecto.

“Eris, esta época es horrible.

No hay palabras bonitas para maquillarlo.

Y cualquier época lo será: no existe un tiempo en el que todos sean felices.

Pero, entre todas las miserias, hay épocas más feas que otras… y la nuestra, sin duda, está entre las cinco peores que conozco.” El silencio gobernó la carreta.

Los espartanos que alcanzaron a escuchar no comentaron mucho.

Aunque la incomodidad se notaba en sus rostros, no eran quiénes para contradecirme; no después de recordar su propia infancia plagada de malos recuerdos, lo mismo que su adultez plagada de monstruos, penurias y peligros.

Con ese clima llegamos a la casa del rey.

En la entrada nos esperaban dos figuras familiares: Udeuz y el propio monarca.

Ambos estaban sudados, seguramente por entrenar… o eso quise creer, porque mi salud mental ya había tenido suficiente para un solo día.

“Veo que el señor Crow ha decidido hacernos otra visita”, dijo el rey, avanzando con una sonrisa.

“Y, por lo que veo, no viene solo.” “Son mis asistentes”, respondí, sonriendo.

“Después de todo, no puedo hacerlo todo yo.” “Veo…” El rey inspeccionó las figuras encapuchadas.

Aunque eran más grandes que Crow, no transmitían la opresión que irradiaba el pequeño Crow.

Eso lo alivió.

La idea de varios individuos como Crow en Esparta lo había asustado, después de todo apenas podrían con uno ni imaginarse cómo podrían tolerar la opresión de un grupo de Crow.

“Por cierto, esta vez estoy aquí más como probador que como negociante”, dije, usando un término que lo desconcertó.

“Deseo que prueben un nuevo producto.

Dependiendo de cómo resulte, podremos hacer mejoras.” Saqué un paquete envuelto en tela.

“Este prototipo formará parte de un experimento en el que quiero la cooperación de los espartanos.

Y, por supuesto, no será gratis pues pienso pagarle por las molestias.” “…Discutamos esto dentro, señor Crow”, dijo el rey, con las expectativas inflándose como globos mientras más escuchaba.

“Bien.” Entré, seguido por mis asistentes, que permanecían en un silencio inusual.

Eris, normalmente curiosa y parlanchina, no dijo una sola palabra.

Supuse que ellos también sentían la tensión y querían mantener una cierta presencia, temiendo que hablar de más pudiera arruinar el trato o perjudicarme.

Era comprensible… pero, si soy sincero, preferiría que hablaran.

Negociar con un tipo degenerado que probablemente acababa de salir de una actividad que no quiero ni imaginar sería menos estresante si ellos dijeran palabras para aliviar el ambiente.

Con la tensión en alto y la migraña martilleando mis sien, entramos en la casa del rey.

Nos sentamos en la mesa del salón principal.

Esta vez, a mi lado estaban mis asistentes; frente a mí, el rey, sus tropas y un grupo de ancianos.

Era un claro desbalance… pero al menos no era como la última vez, cuando tuve que manejarlo todo solo.

“Entonces, ¿puedo ver el producto ahora?”, preguntó el rey, con un brillo ansioso en los ojos.

“Sí”, respondí, mientras colocaba el paquete envuelto en tela sobre la mesa.

Un grupo de espartanos lo tomó y se lo entregó al monarca.

El rey, como si estuviera desenvolviendo un regalo, retiró la tela y dejó a la vista varias agujas.

“Interesante…”, murmuró, tomándolas.

Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver cómo las agujas, de pronto, se atraían y quedaban pegadas entre sí.

“Wow.” Con la expresión de un niño que acaba de descubrir un juguete nuevo, empezó a manipularlas, girándolas entre los dedos, antes de volver su atención hacia mí.

“Para poder usarlas se necesita un recipiente con agua y unas hojas secas”, expliqué con calma.

“¿Oyeron?”, ordenó el rey a sus hombres, sin dejar de juguetear con las agujas.

Pasó un rato hasta que regresaron con lo pedido.

Entonces el rey, con cierta reticencia, me devolvió las agujas.

Con todo listo, y bajo la atenta mirada de todos, tomé una hoja seca y la atravesé con una de las agujas.

Luego, la dejé flotando sobre el agua.

Un murmullo recorrió la sala cuando la hoja comenzó a moverse por sí sola, girando lentamente hasta señalar en una dirección concreta.

“Siempre que esta aguja esté sobre agua tranquila y tenga un elemento que le permita flotar, apuntará a dos puntos fijos: el norte y el sur, y esto sin importar en dónde estés.” [Ding.

Se ha logrado un gran invento.] Al mismo tiempo que aparecía la notificación, las expresiones del rey y los ancianos se tornaron extremadamente solemnes.

Sus miradas permanecieron fijas en la aguja flotante, mientras pensamientos insondables cruzaban por sus mentes.

“Crow, esto apuntará siempre al norte y al sur, ¿verdad?” preguntó el rey con expresión solemne.

“Teóricamente, sí,” dije mientras me levantaba y tomaba la aguja del agua, mostrándola frente a todos.

“Pero deseo asegurarme; por eso quiero su cooperación.” “¿Y qué haríamos nosotros exactamente?” preguntó el rey con expresión solemne.

“Verán, últimamente he pensado en expandir más mi industria, y como ustedes son mis compradores actuales, decidí hacer esto en una ciudad agilizada: Corinto,” dije mientras observaba las expresiones de todos y, al notar que no eran malas, continué.

“Pero como quiero asegurar la calidad, pienso hacer una prueba antes de la venta, y para esto necesito su ayuda.” “Si decidimos ayudar, ¿cuándo sería la comisión?” preguntó el rey espartano.

“Una aguja si es funcional; si no, podría conseguirles un cargamento de azufre o flores de lavanda,” respondí inmediatamente.

El silencio volvió a toda la sala y el rey, que parecía incómodo antes, se volvió más silencioso, como si estuviera considerando demasiadas cosas, tantas que ni sus asistentes ni ancianos podían abarcarlo.

“¿Puedo saber en qué consiste la ayuda y qué deberíamos proporcionar?” inquirió el rey de Esparta.

“No mucho, solo un barco pequeño y un barquero a Corinto.

Deseo hacer un viaje por mar y probar la aguja; quiero saber si funciona como espero o si tendría algunas complicaciones,” mencioné mientras miraba la aguja.

Aunque confiaba en el conocimiento moderno y estaba dispuesto a vender esta cosita como si fuera un maldito Ferrari, aún debía saber si esto seguía funcionando igual que en la época moderna.

A pesar de ser un capitalista a pleno derecho, aún era un artesano y, como tal, tenía mi orgullo.

Y este orgullo era el que me impedía vender algo defectuoso o que no funcionara según lo establecido.

En cuanto a por qué dudaba tanto, bueno, aunque me duele decirlo, no puedo decir que la ciencia sea 100 por ciento efectiva en un mundo donde un grupo de idiotas todopoderosos hacen lo que se les plazca.

Un ejemplo sería el futuro Zeus, que porque se le hincharon los huevos le robó el fuego a la humanidad.

Un fuego que, por cierto, no estaba a su jurisdicción, pues en términos de autoridad, los únicos que rendirán el derecho o poder para hacer esto eran Hestia.

Gracias a este tipo de situaciones, tenía que plantearme muchas cosas, como si algún idiota hubiera cambiado el campo magnético del mundo solo porque amaneció más especial de lo normal.

“¿Y solo eso?” preguntó el rey de Esparta, inquieto por la posibilidad de que Crow solo necesitará tan poco.

“Sí, se podría decir que el viaje es más para un experimento que para un viaje real”, respondí, ocultando el hecho de que, una vez en Corinto, solo pensaba dejar una pluma para volver.

“…Me parece bien”, dijo el rey tras una pausa reflexiva.

“Les proporcionaremos todos los recursos y la nave, pero deseo que lo acompañen algunos de mis espartanos por seguridad y un anciano que será su asistente.” “Me parece bien.

¿Cuánto tardaríamos en partir?” pregunté.

“Bueno, si tuviéramos prisa, podríamos salir esta misma noche.

El viaje tomaría siete días: tres para llegar, uno para el reabastecimiento y otros tres para volver”, calculó el rey con expresión pensativa.

“Me parece justo, pero debo informar que, una vez llegado a Corinto, podría quedarme unos días”, anuncié ante la mirada extraña del rey.

“Cuando termine mi estancia, usaré mis métodos para volver y podremos negociar otros asuntos.” “Entonces está decidido”, declaró el rey con rapidez.

El rey no preguntó qué haría yo en ese lugar ni qué esperaba, pero el hecho de que me quedara en vez de regresar llamó su atención.

En la aguja, él vio claras mis intenciones de iniciar una asociación con Corinto.

Eso, sin duda, era mil veces mejor que ver a Crow haciendo tratos con posibles enemigos, pero seguía siendo una carga: Corinto no era Esparta y, en el futuro, podría convertirse en un competidor.

Amistoso, sí… pero competidor al fin y al cabo.

Mientras más analizaba la situación, más sentía el rey que no podría permanecer inactivo.

Esa inquietud impulsó aún más su idea de llevar a cabo una guerra, una que no solo debía aplastar a los rivales, sino también permitirle explorar las ventajas y usos bélicos que podría ofrecer la pólvora, un recurso en el que los ancianos ya trabajaban y que comenzaba a mostrar avances prometedores.

“Es un trato.

Volveré en la tarde con mis aprendices; ahora solo déjame prepararme.

Y, por cierto, deseo hacer un intercambio para la comida antes de irme”, dije mientras me disponía a marchar.

En realidad, más que prepararme para el viaje, quería dejar comida a mis trabajadores.

Me ausentaría unos días y debía asegurarme de que tuvieran alimento, agua y suficiente trabajo para mantenerse ocupados.

“Entonces nos veremos antes del anochecer”, dijo el rey, asintiendo con firmeza.

Con la negociación preliminar ya establecida, me retiré con mi séquito.

Sin embargo, antes de partir, le entregué algo al rey… algo que solo él podría leer.

Tal como esperaba, lo guardó con cuidado y se dirigió a un lugar apartado, probablemente para leer en privado aquello que le había dado.

Quizás exageraba un poco al hacer esto, pero quería que este asunto fuera conocido por el menor número posible de personas externas, pues intuía que podría traer problemas en el futuro.

Lo que le entregué era una carta escrita por una de mis asistentes, principalmente Eris, que era la única con la capacidad de escribir griego.

En ella solicitaba ciertas piezas con especificaciones muy precisas, hechas a medida.

No eran otras que componentes esenciales para The Wonder of You, partes que necesitaba que fueran fabricadas con la mayor exactitud posible y que de ser posible fueran conocidas por el menor número de individuos posibles.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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