yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Lo que flota bajo las mareas
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30: Lo que flota bajo las mareas 30: Lo que flota bajo las mareas El salado viento acariciaba mi máscara y hacía revolotear mi largo cabello rojo.
La arena en mis zapatos me traía un sentimiento añil, y el olor del mar me atravesaba la máscara hasta llenar mis pulmones.
Contemplaba la puesta de sol: un espectáculo digno de admirar, aunque mi ánimo no estuviera para ello, y eso, más que tristeza, me provocaba irritación.
“Nunca diré que estoy lo suficientemente preparado para un viaje”, pensaba mientras observaba el horizonte.
Tras unas breves negociaciones y ciertos encargos, había regresado a mi refugio.
Recolecté azufre para comerciar por más provisiones, dejé a dos de mis aprendices y les asigné tareas.
Todo estaba prácticamente listo.
Incluso me había despedido de Amon, Orochimaru y Wilson.
Básicamente, estaba todo listo para mi viaje a Corinto, y lo único que quedaba era esperar a que el barco estuviera listo para partir.
Pero aun así sentía que podía hacer más.
Cuando intentaba pensar en qué, nada me venía a la mente.
Era frustrante y recalcaba una mala costumbre que ni la reencarnación me quitó: mi maldita paranoia a la hora de salir.
“Por lo menos esta vez no tengo que volver cuatro veces porque olvidé las llaves o apagar la cocina”, dije divertido antes de darme la vuelta y mirar al astillero en la playa, donde un grupo de espartanos preparaba una embarcación que no era pequeña.
Algo sorprendente, pues no me imaginaba a estos sujetos teniendo tal cosa.
Seguro era robado.
Si ni siquiera tienen un astillero decente, ¿cómo podrían tener un barco tan grande y elegante?
Eso, y que obviamente tenía varios rayones en donde alguna vez estuvo el nombre de la embarcación.
“Haaaaa”, suspiré cansado al ver cómo una parte de mi niñez moría más de lo que creía posible.
Los honorables y temidos espartanos eran un verdadero grupo de cholos.
Ya sabía que esto era cierto y que, en cierto punto, todos en el pasado lo eran.
Pero sinceramente, cuando se trataba de ellos, era un caso especial.
Como alguien que, antes de saber de historia, los veía como impresionantes y mis héroes, ahora solo me daban cosa.
Literalmente quería un reembolso por mis sentimientos anteriores.
“Pareces deprimido, Crow”, preguntó una pequeña voz.
Era Eris, que se había acercado a mí en algún momento.
“Solo estoy algo pensativo”, dije, sin querer sacar a la luz el tema de mi pasado yo, que se retorcía en una esquina de mi cerebro.
“Siempre estás pensativo”, dijo Eris mientras se paraba a mi lado.
“Los únicos momentos donde nunca te encuentras pensativo son durante las clases o cuando creas algo.
Deberías jugar con algo o disfrutar de un descanso y pensar menos.” Las palabras de Eris no podrían haber dado mejor en el clavo, y aunque era consciente de ello, las encontraba incómodas.
Me daba cuenta de que cada vez que tenía tiempo libre me la pasaba quejándome.
Una vez estaba bien, pero con la frecuencia que lo hacía ya era preocupante.
“Tienes un punto”, dije mientras me cruzaba de brazos.
“Tal vez necesito relajarme y disfrutar un poco.
Quizás lo haga cuando volvamos.
Por cierto, ya que preguntaste algo, ¿te gustaría responder una de mis preguntas?” “¿Por supuesto?” respondió Eris con el ánimo que solo podría tener una niña animada.
“¿Qué tal ha estado tu tiempo aquí?” pregunté, mirándola a los ojos.
“¿Te agrada por dónde estoy llevando las cosas?” Frente a una pregunta tan directa, Eris se puso visiblemente nerviosa.
Algo comprensible: era un tema delicado que nadie querría discutir.
Pero yo quería saber la respuesta.
Después de todo, Roma no se hizo sola.
Si quería ir por buen camino y no meter la pata por estupideces, debía estar abierto a las opiniones de mis compañeros.
No solo porque era importante escucharlos, sino porque ellos podían notar cosas que yo pasaba por alto.
“Señor Crow, yo… yo…” “Eris”, mencioné su nombre en voz alta, algo que la hizo sobresaltarse y casi actuar con miedo por instinto.
Antes de que lo hiciera, continué: “No te preocupes tanto.
Pregunté porque tu opinión importa, y aunque no me guste lo que digas, no te haré nada.
Después de todo, no soy un dios, no soy un ser que todo lo sabe ni alguien incuestionable.
Solo soy tu jefe, y por eso necesito saber qué piensas.” Con algunas dudas, Eris me miró durante un largo rato, pero tratando de armarse de valor, dijo su opinión más sincera.
“Creo que el tiempo que pasé con ustedes fue uno de los más felices de mi vida”, susurró Eris.
“Nadie me juzgó y usted me enseñó tantas cosas nuevas.
Todos eran felices y, a pesar de no tener mucho, hacemos todo lo que podemos para avanzar.
Si tuviera que dar mi opinión de mi tiempo con usted y todos, entonces diría que es un sueño del que no quiero despertar.” Las palabras de Eris eran sinceras.
Durante este tiempo no había recibido miradas desagradables, nadie la había llamado bestia o cosa por sus orígenes, que podían parecer algo salvajes, ni intentaron tratarla como una prostituta por su color de cabello.
Incluso crow había sido amable, incluso cuando le dijo su nombre… nombre que antes había provocado que todos la dejaran de lado como si fuera una plaga o un desperdicio.
“Me alegra escuchar esto”, dije mientras sonreía bajo mi máscara.
“Esto muestra que hago un buen trabajo.” “Crow”, susurró Eris, algo conmovida.
“Una sociedad donde todos puedan tener una oportunidad y trabajar para ser tan grandes como quieran es mi objetivo.” Mientras decía esto, la miré.
“Tú te has esforzado y te mereces ser feliz.
Si ni siquiera puedo hacer esto, entonces mi trabajo es por nada.” Después de decir estas palabras, empecé a caminar.
Cuando estuve a su lado, le di una pequeña instrucción .
“El barco está a punto de zarpar, pequeña Eris.
Trae a Gherman”, dije mientras pasaba junto a ella.
“Sí… sí, señor”, dijo Eris, algo tartamuda, mientras salía corriendo con empeño hacia donde debería estar Gherman.
Mientras corría a toda prisa, de forma inconsciente miró hacia atrás a la figura que se erguía lentamente en la playa.
Una sonrisa apareció en su rostro, más brillante que antes, y no desapareció ni siquiera cuando llegó hasta Gherman, que descansaba sobre una gran roca mientras veía el mar con cierta nostalgia.
Una nostalgia que se apagó un poco al ver a la pequeña figura de Eris llegar prácticamente dando saltitos de alegría.
“Pareces feliz”, comentó Gherman al ver a la pequeña chica rubia.
“Sí lo estoy”, dijo Eris.
“Más feliz que nunca.” “………” Mientras Gherman observaba a Eris, inconscientemente desvió la mirada hacia la dirección de Crow.
Un sentimiento mezcla de amargura y alegría brotó en su interior.
“Si hubiera más sujetos como tú en lo alto, el mundo no sería la mierda que es ahora”, susurró Gherman mientras se levantaba de su piedra.
“Disculpe, no escuché, señor Gherman”, preguntó Eris al oír un débil murmullo.
“No es nada, vámonos.
Odio los atardeceres”, dijo Gherman sin ganas de seguir mirando.
Tras la breve charla, todos en la playa fueron al barco.
Los preparativos para zarpar estaban listos y la tripulación en orden: capitán que da órdenes, anciano que asesora, maestro que maneja las velas, navegante que guía y marinos y soldados para servir y proteger Básicamente, todos estaban listos, más tres individuos extra: Crow, Eris y Gherman.
Cuando subimos al barco, lo primero que noté fue lo hermoso y espacioso que era.
Sin embargo, apenas entramos, nos dimos cuenta de que seguíamos en plena Edad Griega.
Donde debería estar el camarote, había solo un grupo de camastros toscos.
No era como en God of War, donde había una gran cama o una sala intensa para “ese tipo” de cosas.
Todo era más simple y compacto.
Además, apenas había un cierre decente, pues las paredes eran literalmente cortinas de tela tosca.
“Bueno, al menos tenemos dónde dormir”, pensé mientras miraba a los demás e imaginaba cómo sería.
“Bueno, están en buen estado”, dijo Eris mientras tocaba su lugar, solo para retirar la mano al pincharse con algo.
“………” “Creo que haré algo, ya que no creo que sea bueno dormir ahí”, comenté ante las miradas curiosas de mis dos asistentes.
No tenía ganas de acostarme en algo que me pincharía con cada movimiento, así que decidí improvisar otra invención.
Tomé las telas, las doblé un poco y, ante la vista de Gherman y Eris, las até a unas vigas.
En pocas palabras, hice unas hamacas, algo que llamó la atención de mis asistentes, quienes se pusieron a juguetear con ellas.
Tras improvisar la hamaca, dejé la habitación para que Eris y Gherman se acomodaran y me dirigí hacia la popa.
Allí pude ver cómo lentamente nos alejábamos de la playa y del astillero improvisado, algo que aproveché para acercarme al anciano que estaba junto al capitán.
“Espero no estar interrumpiendo algo, pero me gustaría ver si podríamos empezar las pruebas”, dije al llegar junto a las dos figuras.
“No está interrumpiendo nada, señor Crow”, dijo el anciano entusiasmado, dejando de charlar con el capitán como si fuera algo trivial.
“Sí, solo es una charla para ajustar el rumbo”, contestó el capitán.
“Entonces vamos a esto”, dije, sin querer hacer esperar más al anciano.
Esto pareció entusiasmarlo, junto al capitán, que parecía haber estado discutiendo el tema.
Algo que se confirmó cuando unos espartanos cercanos se acercaron con un vaso de agua apenas llegué.
“Parece que lo esperaban más que yo”, bromeé mientras sacaba una aguja y una hoja.
“Es un producto de importancia indispensable”, bromeó el anciano mientras se colocaba a mi lado.
“No probarlo cuanto antes sería un problema.” Ante sus palabras, los espartanos asintieron.
Esto me hizo sonreír bajo la máscara, pues al parecer les interesaba más mi éxito que a mí mismo.
Con esos pensamientos, coloqué la aguja sobre el agua.
Ante la mirada de todos, empezó a moverse.
El anciano, tras confirmar que la aguja se había detenido, tomó un cuchillo y empezó a tallar marcas en la madera.
Eran el norte, sur, este y oeste.
Literalmente había creado una brújula completa.
“Supongo que con esto ahora solo queda vigilar”, comenté con sarcasmo al ver que el anciano era más preciso que yo.
“Sí”, contestó el anciano mientras se sentaba y comenzaba a observar la aguja.
Lo siguiente fue… interesante.
El anciano se quedó ahí, viendo cómo la aguja se movía ocasionalmente, y con cada cambio, informaba al capitán.
La imagen, sin duda, era bastante profesional.
Tanto que alguien como yo, sin conocimientos de navegación, solo podía ser un estorbo.
Así que, consciente de ello, me alejé de ambos, fui a la proa del barco y me recosté contra la barandilla frontal para observar el horizonte.
Miré largo rato el mar, dejándome llevar por pensamientos varios.
En pocas palabras, estaba matando el tiempo; era lo único que podía hacer en ese momento.
No resultaba fácil, ya que mi único entretenimiento era contemplar las olas.
No conocía a nadie en el barco y mis compañeros no eran la mejor opción para una charla ahora… Eris estaba rendida, tumbada en la hamaca como borracho un domingo por la mañana, y Gherman… “Haaaaaaa…” Pobre de él, el mareo lo tenía destrozado.
En esos momentos estaba en la popa, expulsando hasta el alma.
“Nota personal: no volver a traer a Gherman en barco”, pensé mientras lo veía desmoronarse en la cubierta.
El tiempo se deslizó de minutos a horas, hasta llegar al final del día.
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte y la brisa salada me agotaba.
La experiencia había sido, sinceramente, aburrida: contemplar el mar unos minutos era agradable, apreciar la naturaleza ayudaba a calmar la mente e incluso buscar peces resultaba entretenido… pero demasiado prolongado.
Al menos tenía el consuelo de no ser el peor de la tripulación: pues en el fondo estaba Gherman, el cual ahora yacía tirado en el piso, pálido pero un poco más estable que al inicio.
“Supongo que eso de que la miseria ama la compañía no era broma”, pensé con un toque de culpa, desviando la mirada hacia un mar que ya empezaba a oscurecer.
El agua se tiñó de negro, reflejando las estrellas como un tapiz majestuoso.
Gracias a la ausencia de contaminación lumínica, el cielo estaba en su máximo esplendor, adornado por una luna llena que colgaba plateada sobre nosotros.
“…Realmente es hermoso”, susurré.
El vaivén de las olas, la brisa salada y aquel cielo de ensueño me envolvieron en una calma hipnótica.
El sueño empezó a pesarme, así que entré en la cabaña, cargué a Gherman y lo dejé con cuidado.
Al volver la vista, vi que Eris seguía profundamente dormida en mi hamaca.
“Realmente te gustó más de lo que esperaba”, comenté en voz baja.
Sin despertarla, tomé unas sábanas y telas extra y salí de nuevo.
Tras revisar el espacio disponible, me dirigí a la quilla y, entre las dos vigas que formaban una “V”, até las telas improvisando otra hamaca, esta vez con la vista directa al cielo.
“Supongo que esto podría contar como una experiencia inolvidable”, bromeé mientras ajustaba los nudos.
Me dejé caer en la hamaca improvisada, contemplando el firmamento, meciéndome suavemente al compás de la marea, como si unas manos invisibles me arrullaran.
El aire fresco me acariciaba sin llegar a ser frío.
“Realmente, esto es perfecto…” susurré, cerrando los ojos con satisfacción.
Estaba a punto de dormirme cuando, en el horizonte, vi cómo una neblina espesa comenzaba a avanzar lentamente sobre el mar.
Plop.
Mientras dormía, un sonido de chapoteo llegó a mis oídos, seguido de una sensación fría y repentina.
Abrí los ojos sobresaltado… y ya no estaba en la hamaca, de hecho, ni siquiera estaba en el barco.
El agua me rodeaba por todas partes.
“¡¿Qué mierda?!” gruñí, agitando los brazos para mantenerme a flote mientras giraba en todas direcciones.
Hasta donde alcanzaba la vista, sólo había mar.
Ni rastro del barco.
“¿Me habrán tirado…?” pensé, pero descarté la idea casi al instante.
Si me hubieran empujado, lo habría sentido, y además, el barco debería estar a la vista.
Recordaba con claridad que estaba recostado, a punto de quedarme dormido… y nada más.
Pero algo había cambiado.
El mar ya no era azul ni acogedor: era una inmensa extensión negra, tan oscura que parecía absorber la luz.
No había reflejos, no había olas… solo una calma inquietante.
“Esto… ¿qué demonios está pasando?” Nadé en una dirección cualquiera.
Luego en otra.
Y otra.
El resultado fue el mismo: nada, solo un horizonte infinito de agua negra.
“Podría usar la capa…” pensé, buscando la tela oscura para activar mi habilidad de viaje.
Pero al tomarla, mi respiración se cortó.
Mi mano no era mi mano.
Era más delgada, más delicada, completamente ajena a mí.
Entonces noté mi cabello flotando en el agua… un cabello largo, y no rojo, sino de un morado profundo, casi negro.
“¿Qué… demonios…?” No era solo que hubiese cambiado; era que ni siquiera me había dado cuenta hasta ahora.
Como si algo en este lugar me obligara a ignorar lo obvio.
Shhhhh… El susurro del mar negro me hizo girar sobre mí mismo, buscando cualquier otro cambio.
Incluso quise ver mi reflejo, pero el agua oscura no lo devolvía.
“…” Y mientras miraba el agua con la esperanza de ver mi reflejo o alguna pista, algo se movió en las profundidades.
Apenas fue una figura vaga… pero suficiente para erizarme la piel.
Tragué saliva y, tras reunir valor durante un tiempo que se sintió eterno, sumergí la cabeza para mirar mejor qué había bajo el agua.
Lo que vi me dejó helado.
En el fondo, perdido en una negrura sin límite, había… caras.
Cientos.
Miles.
Pálidas, sin expresión, todas mirándome a la vez.
No se movían, no parpadeaban.
Solo estaban allí, en silencio absoluto, flotando al borde de la oscuridad más profunda.
Miles de ojos vacíos, fijos en mí.
Plop.
Un golpe sordo me arrancó del abismo y me devolvió de golpe a la realidad.
Sin saber cómo o por qué, desperté sobre la quilla del barco, empapado en sudor frío, jadeando con una opresión en el pecho que me robaba el aire.
Hiperventilaba como si hubiera estado corriendo por mi vida.
Sobre mí, la hamaca que había improvisado se balanceaba lentamente.
Me había caído mientras dormía, pero nada de eso tenía importancia.
La imagen seguía clavada en mi mente, como si no quisiera soltarme.
Un malestar áspero se retorcía en mi estómago y me provocaba náuseas.
Permanecí tumbado en el piso un buen rato, mirando el cielo, esperando que mi respiración se calmara.
Cuando al fin pude incorporarme, lo hice a duras penas.
Un mechón de mi cabello rojo se deslizó por mis hombros mientras un escalofrío me recorría entero.
Las manos me temblaban, y la sensación de miedo no cedía.
Era como si algo, desde la negrura, aún me estuviera mirando… Pero no había nada.
Solo yo, en la quilla, junto al mar.
Un mar al que no me atrevía a mirar, porque temía que, si lo hacía, vería de nuevo esas innumerables caras devolviéndome la mirada.
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