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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Bajo la sombra de Corinto
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31: Bajo la sombra de Corinto 31: Bajo la sombra de Corinto “…….” El sol de la mañana comenzaba a salir, pero no sentía su calor.

Solo frío y nerviosismo.

Aunque lo de anoche pareciera una simple pesadilla, ahora me mantenía en un estado constante de alerta.

Toda la noche no había dejado de mirar el mar, esperando que algo apareciera… pero nada ocurrió.

Solo el mar helado y la niebla que se acercaba poco a poco en la distancia.

“Creo que estoy pensando demasiado las cosas”, me dije, mientras me quitaba la máscara un momento para frotarme los ojos.

Luego me la volví a poner y seguí mirando el mar.

Esto continuó por un buen rato hasta que, con algo de valor reunido, me asomé otra vez.

El agua seguía siendo azul, con peces y animales marinos, el mismo mar que solía gustarme contemplar.

Pero en sus partes más profundas, el vacío negro era más prominente que nunca.

En mi vida actual o en la anterior, nunca le tuve miedo al mar.

Sí me intimidaban las profundidades, pero solo cuando estaba dentro, pues no era buen nadador.

Sin embargo, ahora, al observar desde la cubierta, lo encontraba insoportable.

Cada vez que veía esa negrura en el fondo pensaba en mi sueño.

“Irónicamente, un sueño logró lo que una caída desde el cielo no pudo”, comenté con autocrítica.

Era extraño que ni el casi ahogarme ni estrellarme desde las alturas consiguieran infundirme tanto temor como un simple sueño.

Y lo peor es que parecía tan real… tan posible.

“Haaaaa…” suspiré, exasperado, antes de volver a la hamaca, cansado.

Justo cuando me recosté, varios miembros de la tripulación comenzaron a despertar y a realizar sus labores.

Algunos se pusieron a pescar, otros trabajaban en la brújula.

Yo permanecí tumbado, observando todo y analizando la situación.

A través de ello podía idear productos que facilitarán la dinámica en el barco.

Aunque, en realidad, más que trabajar, era mi manera de evadir lo sucedido anoche.

Y, como siempre, funcionaba a medias.

Aunque no lo pensara directamente, una parte de mi mente seguía atormentándome con esas imágenes.

“Ojalá lleguemos pronto”, susurré, mirando al cielo.

Una acción simple, solo para no ver el mar por un rato.

Lamentablemente, el mar es imposible de ignorar cuando se navega.

De tanto en tanto, olas algo fuertes me mecían en la hamaca y salpicaban gotas que llegaban hasta mi rostro.

No era preocupante, pero por algún motivo me recordaba mucho a cierta hada molesta.

Incluso habría jurado escuchar: “Hey, listen…” “Estás pensando otra vez, ¿verdad?”, preguntó Eris mientras se acercaba a la proa.

“Algo así.

¿Soy tan obvio?”, respondí sin dejar de mirar el cielo.

“Bastante”, contestó ella, sentándose de un salto sobre la barandilla.

“Tienes un aura opresiva cuando piensas demasiado.

Más aún cuando son pensamientos enojados o negativos.” “Entonces lo tengo bastante a menudo”, dije por reflejo.

“Sí.

Y casi siempre que alguien pregunta qué pasó, siempre dices que estás pensando en los dioses”, comentó Eris, esperando ver mi reacción.

Para su alivio, yo solo me encogí de hombros.

La tensión se disipó un poco, y no solo en ella: toda la tripulación pareció librarse de una pesada carga invisible.

“Bueno, ¿qué puedo decir?

Esos sujetos siempre logran enojarme.

Y si no son ellos, entonces es este mundo y su estado actual”, dije, dejando escapar otra queja más, algo que ya era costumbre en mí.

“Sabes, Crow, creo que deberías dejar de pensar tanto en eso… al menos aquí, en el barco, o en lugares con mucha gente.

Tu aura cuando te enojas realmente presiona a los demás”, dijo Eris con franqueza.

No era solo iniciativa suya el hacer esta pregunta; el anciano y varios tripulantes le habían pedido que hablara con crow y le pidieran algo de piedad.

“¿Mi presencia es tan mala?”, pregunté, sorprendido.

“Bueno, tu aura enojada es como si un león durmiera en tu espalda, esperando que te movieras para devorarte”, explicó con honestidad.

Aunque Eris no lo sentía del todo, Gherman y los marineros le habían comentado lo fuerte e intimidante que se volvía la presencia de Crow, especialmente cuando estaba molesto.

“No sabía eso…”, susurré, con cierto remordimiento pues desconocía totalmente de esto.

Nunca imaginé que mi humor pudiera presionar tanto a los demás.

No era un desastre, pero sí un problema.

Si fueran enemigos o desconocidos de dudosa moral, no me importaría intimidarlos para marcar un punto.

Pero si se trataba de mis compañeros, era distinto.

“……….

Prometo no hacerlo tan seguido, al menos en público”, dije, algo apenado.

“Podría prometer más, pero ya es costumbre… lo hago hasta inconscientemente, lo siento.” “Eso es suficiente”, respondió Eris, terriblemente aliviada de que todo hubiera salido bien.

“……” Mientras la veía relajarse, memorizaba esta charla en mi mente.

Una sonrisa se formó bajo mi máscara.

No estaba feliz por llegar a un acuerdo ni por corregir un problema que desconocía.

Estaba feliz porque, al menos, otra de mis asistentes comenzaba a tratarme de forma directa.

Hasta ahora, en más de un mes, solo Gherman lo había hecho.

Y yo lo apreciaba, sobre todo viniendo de los más cercanos.

No negaría que en algún momento podrían enojarme con un mal comentario, pero esa era justamente la alegría de compartir camino con alguien.

Después de todo, sería extremadamente aburrido y hasta desagradable que todos me dijeran siempre lo que quiero escuchar y ocultaran cosas como el tema que acababa de discutir .

“¿Oye, Eris?”, pregunté mientras la miraba.

“Sí, Crow”, respondió Eris inmediatamente.

“¿Quieres acompañarme y hablar?

Si hago esto pensaría menos y no pondría una carga en todos”, pedí amablemente, evitando decir que también lo hacía por la noche.

No quería seguir lidiando con aquella pesadilla, y una charla era la mejor forma de mantenerla a raya.

“Será todo un placer”, contestó Eris con una gran sonrisa en el rostro.

Con estas palabras inició una larga conversación.

Ninguno de los dos se planteó grandes cuestiones: solo decían lo primero que les venía a la mente, y así mantenían el hilo.

A veces yo contaba conocimientos científicos, curiosidades divertidas o extrañas, mientras que Eris compartía leyendas de la época, sus viajes y anécdotas que le resultaban cómicas o fascinantes.

Y aunque esas charlas casi nunca llevaban a nada trascendente, ambos las disfrutábamos.

Tanto, que sin darnos cuenta la mañana se convirtió en mediodía, y el mediodía en atardecer.

Sin embargo, ninguno quiso detener la conversación.

Al final lo hice yo, por una simple razón: Eris no era tan resistente como yo.

Si se mantenía despierta demasiado tiempo, podría afectar su salud.

A mí, en cambio, no podía importarme menos.

No solo porque era más resistente que un maldito tanque, sino porque tampoco me interesaba demasiado este cuerpo.

Algún día lo destruiría y me desharía de él.

Cuando llegara ese momento, lo único que importaría sería que hubiera soportado lo suficiente.

Lo demás, como las caries en un diente de leche, carecía de importancia.

“Crow, no quiero dormir”, murmuró Eris con carita de perro regañado.

“Pero llegaremos mañana o pasado a Corinto.

Si no estás bien descansada, no podrás disfrutar este viaje”, le respondí con expresión seria, aunque no tuviera mucho sentido bajo la máscara.

“Pero quiero seguir”, insistió Eris con tristeza.

“Seguiremos mañana, lo prometo”, dije, sellando mi palabra.

“Tú lo dijiste”, respondió sin querer insistir más, temiendo enojarme.

“Sí, lo prometí”, asentí mientras la despedía.

“Lo prometiste, recuérdalo”, replicó antes de entrar en el camarote.

Conforme la figura de Eris desaparecía en la penumbra del camarote, una sonrisa divertida se dibujó en mi rostro.

Pero esa sonrisa, que parecía crecer con facilidad, se fue apagando poco a poco cuando advertí que me encontraba casi solo, con excepción de uno que otro marinero y del capitán, que seguía estudiando la brújula junto al anciano.

“…Supongo que es tiempo para dormir.” Con ese pensamiento, mientras yacía en la hamaca, me quedé rígido.

No me moví ni cerré los ojos; solo miraba, casi inconscientemente, el mar y la niebla que se extendía en la lejanía.

No negaré que esa niebla me inquietaba.

No sabía si era paranoia mía o si realmente había estado presente casi todo el tiempo y ahora se acercaba poco a poco.

“Espero que solo sean imaginaciones mías”, dije, algo en alerta.

El sueño de anoche sin duda me había puesto paranoico, tanto que podría haber sospechado incluso de mi propia sombra.

Pero era lógico: en esta época, lo más normal era que una lluvia dorada cayera sobre ti y te impregnara.

Tener precaución con todo no estaba mal justificado.

“…Crow, no pienses tanto en esto”, me dije, interrumpiendo esos pensamientos.

Normalmente lo seguiría haciendo, pero al menos esta vez no debía hacerlo en el barco.

Trataba de cumplir mi promesa con Eris y, además, no quería que mis aliados comenzaran a preocuparse solo porque yo estaba algo irritado.

“……” Mientras intentaba distraerme y no pensar demasiado, me di cuenta de algo: estaba aburrido.

Tan aburrido que me preguntaba cómo había soportado tiempos así antes.

Luego recordé que gran parte de mis aburrimientos los pasaba quejándome o cuestionando todo, y la sensación de queja disminuyó un poco.

“debo crear algo… para el aburrimiento”, murmuré mientras miraba mis manos y empezaba a jugar con las sombras creadas con la luz de la luna, moldeándolas en formas sin sentido.

“Nota personal: inventar algún juego en solitario o algo similar.” “…Me pregunto si Jenga sería igual de divertido si se jugara solo.” Después de ese pensamiento, mi aburrimiento solo empeoró.

Sorprendentemente no tenía sueño; sin importar cuánto me meciera y cerrara los ojos, el descanso no llegaba.

El insomnio me golpeaba fuerte, y por un instante lamenté haber mandado a dormir a Eris: al menos me habría distraído conversando.

Con mal humor me levanté de la maca y empecé a caminar por la quilla, más por ganas que por necesidad.

Estaba harto de no hacer nada.

“Esto me está recordando a mi infancia”, susurré, evocando los momentos en que quedaba atrapado bajo mantas demasiado pesadas, incapaz de moverme.

Clip.

Un chasquido seco me sacó de mis pensamientos.

Giré la cabeza y encontré un par de ojos fijos en mí.

Eran redondos, húmedos y vidriosos, como si me siguieran con cada leve movimiento.

Hubiera sido una visión aterradora, de no ser porque provenían de un pez atrapado en la cubierta.

La criatura había saltado desde el mar y ahora se agitaba débilmente sobre la madera.

“………” “Ok… no esperaba ver esto”, murmuré mientras me acercaba y lo levantaba con curiosidad.

A primera vista era un pez común.

Nada extraordinario, salvo su estupidez por quedar allí varado.

O al menos eso pensé hasta notar una anomalía en su ojo derecho.

La pupila no era normal: parecía desgarrada, convertida en una estrella torcida que irradiaba una perturbadora deformidad.

“…¿Es ciego o tiene un defecto de nacimiento?”, pregunté en voz baja, alzando la vista hacia el mar como si esperara una respuesta.

Plop.

Plop.

Plop.

Plop.

Plop.

El silencio nocturno fue quebrado por una serie de golpes húmedos.

Primero uno, luego otro, hasta volverse incontables.

En cuestión de segundos, decenas —tal vez cientos— de peces comenzaron a saltar y caer en la borda.

“Esto no es bueno”, dije en seco mientras me acercaba a la barandilla.

Tardé unos instantes en enfocar la mirada sobre el océano debajo, y entonces lo vi.

En el agua, una multitud de siluetas se agitaba bajo la luz de la luna, golpeando la superficie y lanzándose contra la barca.

Se movían en oleadas erráticas, como una masa viva que no seguía lógica alguna.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

No era el número lo que helaba mi sangre, sino la forma en que lo hacían: con violencia desordenada, como si fueran un enjambre de gusanos gigantes a los que hubieran echado sal.

“ No puedo dejar que esto siga“, pensé por reflejo al ver tantos peces y el cómo estos seguían saltando a la nave.

Sin detenerme a pensar demasiado, empecé a recogerlos y arrojarlos al mar.

No porque fueran venenosos o tuvieran algo extraño, sino por una razón más simple y urgente: si seguían acumulándose, el bote podría hundirse por tal cantidad.

“ Dense prisa, tiren los peces y no los dejen subir“, resonó en mis oídos.

El capitán, que hasta hacía poco parecía aturdido y medio dormido, gritó a todo pulmón mientras corría a mi lado para ayudarme a lanzar los cuerpos al agua.

Plop.

Plop.

En medio de un estruendo de salpicaduras, un grupo desordenado comenzó a llegar a la parte frontal del barco.

En menos de un segundo, los espartanos y marineros que dormían despertaron sobresaltados, y aunque por un instante quedaron paralizados por la visión, su entrenamiento les devolvió la reacción.

Se unieron a la tarea, tirando peces al mar con desesperación.

Pero por cada pez que un espartano lanzaba, tres más saltaban a cubierta.

Y lo peor: muchos eran los mismos que acabamos de arrojar.

El ciclo se repetía, vicioso, interminable, hasta que… BAM.

Un estruendo seco retumbó sobre el mar silencioso.

Incluso los peces, que no dejaban de saltar, se detuvieron de golpe.

El origen del sonido era una pequeña figura encapuchada que sostenía una pistola de chispa todavía humeante.

“Matenlos y luego arró jenlos al mar“, grité mientras tomaba un arma blanca cercana.

Plash.

El filo se tiñó de rojo cuando apuñaló a uno de los peces que intentaba subir.

“¡Mátenlos!”, rugió fuertemente un espartano como respuesta a mi instrucción .

“¡Mátenlos!” “¡Mátenlos!” “¡Mátenlos!” Las voces se multiplicaron.

En cuestión de segundos, la cubierta se transformó en un matadero.

Algunos los apuñalaban, otros los despedazaban con espadas y lanzas, y otros se encargaban de arrojarlos al agua.

La situación anormal se prolongó por un tiempo casi interminable, en un ritmo agotador de sangre, vísceras y salpicaduras.

Al final cuando todo terminó el barco no parecía el mismo.

Los cuerpos de los peces habían sido eliminados, pero la cubierta se transformó en un paisaje carmesí: hombres exhaustos, ropas empapadas y un charco inmenso de sangre que cubría la madera y los mares cercanos como si el barco flotara no sobre el mar, sino sobre un charco de sangre carmesí.

Un charco que, en la distancia, revelaba dos cosas: una niebla que ahora estaba definitivamente más cerca que el día anterior y más allá de ella, una ciudad.

Esa ciudad era Corinto, El objetivo de este viaje Pero al verla, ninguno de los hombres del barco celebró.

La contemplaban perdidos, consumidos por un agotamiento que los doblegaba por completo, un cansancio tan profundo que alcanzaba incluso a Crow y Eris los cuales parecían figuras bañadas en rojo, literalmente; tanto que el cabello dorado de Eris había adquirido un tono carmesí, igual que el de Crow.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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