yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Corinto
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32: Corinto 32: Corinto Nuestra barca roja avanzaba en un mar que seguía teñido por la sangre que aún goteaba de la cubierta.
El otrora hermoso barco ahora parecía una cosa maldita.
En la proa, viendo la ciudad de Corinto, todos aguardábamos llegar… algunos más que otros.
“Realmente odio la sangre y el pescado” comentó Eris, llorando internamente por el olor fétido que impregnaba cada rincón.
Aunque había sido esclava y estaba acostumbrada a descuidarse, estas semanas con Crow le habían devuelto lo que era el cuidado personal básico.
Por eso mismo el hedor y la sensación viscosa de la sangre en la piel la hacían sufrir; aborrecía cada segundo: el toque pegajoso, el olor que el sol intensificaba al calentar los restos secos, la incomodidad de sentirse cubierta de podredumbre.
“Concuerdo contigo” respondí mientras me acercaba a la borda, mirando el mar.
El océano estaba inquietantemente calmo.
Sí, era rojo por la sangre que aún caía, pero no había movimiento alguno, y eso me inquietaba.
Era ese silencio que precede a la tormenta, esa calma que anuncia algo muy, muy malo.
No solo era el mar: detrás de nosotros la niebla se acercaba.
No era una niebla común, nos había seguido todo el tiempo.
Tras el ataque de los peces parecía haberse acercado más, como si estuviera conectada con lo ocurrido… y nos persiguiera.
Lo único que agradecía era que no nos hubiera alcanzado en alta mar, o eso quería creer.
Porque si nos había seguido a propósito, significaba que era algo inteligente, y tenía un objetivo.
“Este viaje cada vez va a peor” dije, agotado.
“Por cierto, anciano, ¿la brújula al menos funcionó?” Un viejo que recuperaba el aliento se levantó de entre una pila de cabezas de pescado.
Lucía terrible: ya no tenía la presencia de antes y parecía peor que un mendigo.
Después de todo, ni un mendigo llevaba el cuerpo pintado de sangre ni el cabello endurecido por su solidificación.
“Funcionó a la perfección, no hubo fallos.
De hecho, aceleró nuestro viaje: sin ella habríamos llegado a Corinto mañana” informó el viejo mientras se dirigía a la proa y levantaba una aguja para entregársela a Crow.
“Quédatela” levanté la mano, interrumpiendo la acción del anciano.
“Considéralo un pago.
Incluso añadiré otro después, por haber soportado este fiasco de viaje por mi culpa.” El viejo se detuvo, sorprendido.
Yo había añadido más al acuerdo: al fin y al cabo, los había arrastrado a este desastre.
“¿En serio, señor Crow?” preguntó el anciano, entusiasmado.
“Sí.
Como dije, considéralo una compensación.” “Por cierto, ¿sabe de algún lugar donde bañarse en Corinto?
Con este sol empezaremos a apestar pronto.” Como si el mundo respondiera a mis palabras, el hedor —ya insoportable— empeoró al llegar a las inmediaciones del astillero.
Bastaba ver las caras de los marineros que se acercaron para recibirnos: parecían haber olido un fantasma.
Eso marcó un tono sombrío, porque no fuimos bien recibidos.
Ni siquiera con la influencia del anciano de Esparta logramos una buena entrada.
De no ser porque me cansé y lancé una bolsa llena de oro en la cara del encargado del muelle, no habríamos avanzado.
Eso y porque el cobarde, tras perder un diente con el golpe, tuvo miedo de reclamar más.
No me arrepiento: el sujeto estaba siendo insufrible, reteniéndonos bajo el sol mientras nuestro olor empeoraba.
Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.
Y, visto del lado positivo, ahora podría mandarse a hacer un diente de oro con lo que le di.
“¿Sigues pensando que te pasaste lanzándole la bolsa de oro a ese hombre?” preguntó Eris, sacándome de mis pensamientos.
“¿Cómo es que siento que últimamente me lees la mente?” dije, mirando a Eris, que parecía adivinar lo que pensaba.
“Eres muy fácil de entender una vez te conocen” respondió divertida.
“Además, te veías mal después de tu lanzamiento ‘más, cuando le rompiste un diente.” “En mi defensa, nos estaba dando mala cara” protesté, indignado.
“Cierto, literalmente quería cobrarnos por oler mal” se quejó Eris, ofendida.
“No me sorprende, huelen como el Tártaro” dijo una voz débil.
“Tú no opines, que tienes suerte de no haber terminado como nosotros después de despanzurrar peces toda la noche” lo regañó Eris, mirando al hombre que crow cargaba en su espalda.
El pobre era Gherman.
Apenas consciente y limpio, se debía a que no había bajado del barco en todo el trayecto, debilitado por haber estado mareado durante tres días.
“Preferiría estar cubierto de sangre y pescado antes que ser una carga que no puede caminar por sí misma” murmuró Gherman, exhausto.
“Ya dejen de pelear, estamos cerca de la casa de baños” interrumpí, sin ganas de añadir más pleitos familiares al aire libre.
“¿Y crees que nos dejen entrar así?” preguntó Gherman al ver nuestras figuras repletas de sangre.
“Nos dejarán.
Y si no, arrojaré otro saco de dinero.
Dudo que se nieguen a abrirnos el baño por unas cuantas monedas de oro.” “¿Piensas romperle otro diente?” añadió Eris con picardía.
“Trataré de que no.
Además, últimamente te has vuelto más atrevida; antes nunca dirías algo así” dije con burla.
“Eso es porque ya no soy solo tu aprendiz y asistente” replicó Eris con orgullo.
“También soy tu amiga.” Ante esa palabra, me quedé rígido.
Pero en el fondo, me alegró más de lo que esperaba.
“Puede que sea así, pero también mi empleada no remunerada” contesté alegre.
“Qué estricto, y pensar que eres mi primer amigo… qué decepción” bromeó Eris con malicia.
En cierto sentido, realmente era así para ambos.
Eris era la primera amiga humana de Crow, pues Gherman era más bien un compañero, y hasta la fecha su único verdadero amigo había sido una piedra.
Mientras que para Eris, después de una vida amarga llena de hostilidad, prejuicios y mala suerte, era la primera vez que podía considerar tener un amigo de verdad, y no un intento fallido de alguien que apenas supiera su nombre y la evitara como a una plaga.
“¿Podrían dejar de charlar y darse prisa?
Cada vez los huelo más” gruñó Gherman, realmente molesto, pues sentía que sus náuseas volvían de tanto oler a estos dos.
“Sí, lo que digas” contesté antes de intentar pedir instrucciones a un transeúnte sobre dónde estaría la casa de baños.
Costó más de lo esperado, pues cada individuo al vernos se apartaba.
Todos menos un mendigo que, al vernos, no huyó, sino que apenas frunció un poco la nariz.
“Señor, ¿no sabría por casualidad dónde están las casas de baño?” preguntó Eris, esperanzada.
“Niña, ¿para qué quieres ir a las casas de baño si tienes el mar a la vista?” respondió el mendigo.
“El mar no es muy seguro últimamente” contesté casi instintivamente.
“Nunca lo fue para los descuidados y los idiotas.
Si mueres en el mar sin siquiera haber navegado entonces, es tu culpa, igual que morir ahogado porque te quedaste dormido en la casa de baños.” “……” Con esas últimas palabras, todo se quedó en silencio.
Yo, algo cansado, miré al hombre y me di la vuelta.
Sin embargo, antes de irme decidí soltar una advertencia.
“Hay algo malo en el mar, y no quiero tener contacto con él por ahora.
Si fuera tú, tampoco lo haría.
Incluso consideraría irme antes de que la niebla llegue.” El hombre alzó un poco la cabeza, pensativo, y al final habló: “Tres calles al frente y gira a la derecha.
Pasa la casa de las putas y enfrente estará la casa de baños.” “Gracias” dije antes de detenerme.
“De nada, pequeño dios” murmuró el mendigo.
“…… no soy un dios” respondí mientras empezaba a irme.
“Solo soy una persona, como tú.” Un silencio gobernó las calles antaño bulliciosas.
El mendigo, que disfrutaba de la sombra bajo un árbol, se quedó pensativo mientras miraba en dirección a donde se había ido aquel pequeño.
De pronto, una carcajada estalló.
“¡Jajajajajajaja!” En medio de la calle resonó una risa alegre, jovial, la de un hombre que hacía mucho no reía.
Y justamente por eso, era tan especial.
“Sí… un hombre.
No pudiste haberlo dicho mejor.” Mientras el mendigo reía, Crow caminó junto a Eris, que se había quedado callada.
Continuaron su trayecto, esta vez siguiendo la dirección indicada.
Pasaron junto a gente que los miraba con asco por el olor y la apariencia que llevaban, algo molesto pero soportable.
Irónicamente, esa monotonía terminó volviéndose casi invisible, hasta que alcanzaron el último punto de referencia que había señalado el hombre: el lugar de las putas, como lo había llamado.
Irónicamente, dicho lugar era la zona del culto de Afrodita.
El viejo no se equivocaba al llamar casa de putas este lugar: mientras pasaban frente a un templo, pudieron ver cómo una hermosa mujer con ropas blancas llevaba de la mano a un hombre hacia el interior, mientras otras mujeres reían coquetamente por la escena.
“Bueno… este lugar apesta.
Y no por nosotros” murmuré, sintiendo un rechazo instintivo hacia lo que veía.
No era que despreciara ese tipo de trabajo.
Incluso las prostitutas tenían orgullo, derechos y obligaciones; aunque mal visto, no debía ser despreciado sin más.
La verdadera incomodidad venía de otra cosa: alrededor de los templos y todo la calle en sí había varios niños robando ocasionalmente, y una que otra persona encargada los veía con desprecio, arrojándoles agua para alejarlos como si fueran ratas.
No hacía falta pensar demasiado para entenderlo.
En estos tiempos no existían preservativos, y muchas de las madres de aquellos niños seguramente eran mujeres del templo.
“Gherman, recuérdame que cuando construyamos nuestra ciudad prohíba la prostitución” le dije mientras pasábamos al lado de un niño dormido, abrazado a otra niña desnutrida.
“Lo haré” susurró Gherman, mirando aquel lugar con una molestia contenida.
Mientras hablábamos, Crow notó que Eris se había detenido.
Estaba de pie frente a los niños, observándolos fijamente.
Al verla, me acerqué y me detuve a su lado, contemplando la escena… y entendiendo por qué se había quedado inmóvil.
“……” El silencio se hizo pesado.
Tras un largo rato, Eris levantó la vista y me miró con los ojos vidriosos.
Yo solo le tomé la mano y la alejé de allí.
Los niños, aunque parecían dormir, en realidad estaban muertos.
La causa era incierta: hambre, sed, enfermedad o incluso hipotermia.
Sus cuerpos mostraban señales de haber intentado sobrevivir a toda costa, pero ya era demasiado tarde.
“Crow… ellos…” murmuró Eris.
““Sí” respondí, sin ganas de adornar la verdad.
“No pienses demasiado.
No pienses en ello.
No eres capaz de salvar o ayudar a todos; solo haz lo que puedas y defiéndelo.
No te agobies por cosas como estas… mejor piensa en lo que deseas hacer para no volver a verlas.” Durante esta pequeña plática entramos en la casa de baños.
El gerente y los habitantes, obviamente, no estuvieron a gusto al vernos, e incluso parecían querer echarnos.
“Queremos una sala, limpia y que nadie haya usado” ordené sin siquiera molestarme en mirar a los demás.
Para quienes deseaban negarse, no tuve que decir nada: la bolsa de monedas de oro que arrojé al dueño habló por sí sola.
La cara de disgusto del hombre cambió en un instante a la de alguien servil y humilde, casi ridícula, como una marioneta colgando de hilos.
El contraste era tan grande que pensé con burla: si ahora le pidiera que me besara el escroto, preguntaría a qué testículo besar primero.
“…… Mierda, no debí pensar en eso.
Ahora, ¿cómo saco esa imagen de mi cabeza?” pensé agobiado.
“Señor, es todo un honor tenerlo aquí” intentó expresarse el dueño, apenas recuperado de su sorpresa.
“Solo guíanos, por favor” interrumpí sus halagos; no quería seguir oyendo su voz, mucho menos mientras esa maldita imagen seguía en mi mente.
“Entendido, señor.
Sígame.” “Creo que debimos haber ido al mar” respondió Gherman al notar cómo de repente todo lucía cargado.
“No es momento ahora.
Además, créeme: mientras menos estés en contacto con él, mejor” dije sin darle mucha importancia.
En ese instante, apenas terminé de hablar, una fuerte patada abrió la puerta de la casa de baños.
De inmediato, ante todos los presentes, entró un grupo de mujeres vestidas pulcramente, lo que provocó que las personas se hicieran a un lado.
Aquel grupo, sin duda, disfrutaba de ese trato, pero al vernos a nosotros sus rostros se torcieron con disgusto.
No solo por el olor, sino también por nuestras pintas: cubiertos de sangre seca y con un hedor a pescado que parecía pegado a la piel.
“……… Creo que tampoco fue buena idea venir aquí” pensé al oler cómo los problemas se acercaban.
Y nunca mejor dicho: aunque Eris y yo olíamos como el demonio mismo, los fuertes perfumes de aquellas mujeres resultaban igual de sofocantes.
Mientras eso ocurría, una figura andrajosa avanzaba hacia el mar.
Apenas llegó a la orilla, frunció el ceño y clavó la mirada en la lejanía.
“…Ese pequeño hombre tenía razón.” Una brisa fría agitó su cabello descuidado.
El hombre no apartaba los ojos del horizonte, donde una niebla oscura flotaba, tan espesa que casi parecía exhalar un hedor a muerte.
Y como si no bastara, al desviar la vista notó algo más: las aguas se agitaban de manera extraña.
Las olas eran erráticas, disonantes, como si una fuerza invisible las obligará a quebrar el ritmo del mar.
“Niebla y Ketos” murmuró, agotado.
“Parece que incluso un perro callejero como yo no tiene cabida en lo que está por venir.
Ojalá ese pequeño hombre haga algo.” Con las preocupaciones trepándole al pecho, el mendigo giró la vista hacia Corinto.
Allí, donde habitaban tanto los inocentes como los hipócritas hambrientos de poder, donde había rincones perfectos para tomar el sol y otros llenos de sombras.
Suspiró, cansado, casi resignado.
“Qué lástima… me gustaba este lugar.” Dicho esto, volvió a mirar el mar.
Algo parecía debatirse en su interior, una decisión que lo desgarraba en silencio.
Permaneció quieto largo rato, demasiado.
Y entonces, con una sonrisa extraña—divertida y cansada a la vez—murmuró: “…Parece que incluso un perro callejero tiene que hacer lo mínimo por los lugares donde suele estar.” Con paso firme, se dio la vuelta.
Esta vez ya no caminaba hacia la salida de Corinto, sino hacia su interior.
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