yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 33
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33: ¿Crees en la gravedad?
33: ¿Crees en la gravedad?
“Qué desgracia, qué imagen tan lamentable…” Fueron las primeras palabras de las mujeres apenas llegaron, mirando con desdén al grupo de Crow, Eris y Gherman.
Una de ellas, de cabello trenzado adornado con flores marchitas, rió con ironía.
“Mendigos mugrientos y plagados de muerte se atreven a entrar en una la zona más lujosa de nuestro templo y pararse frente a nosotras.” “Mírenlos, incluso ocultan sus caras.
Seguro ni siquiera pueden soportar verse al espejo.
Qué desgracia… al menos tienen la decencia de esconder su fealdad.” “Y esas ropas, hechas a la carrera… Qué pena.
Parecen peores que mendigos.” Las burlas de las sacerdotisas retumbaban entre las columnas, pero Crow solo las miró con indiferencia.
Ante la mirada de todos, giró el rostro hacia el dueño de la casa de baños y habló como si las mujeres no fueran más que aire.
“Llévanos al baño.
Por cierto, ¿tienen agua caliente?
La sangre es más fácil de lavar con agua caliente.” “Sí, sí, señor… tenemos agua caliente.” El hombre sudaba frío ante la frialdad del chico frente a las servidoras de Afrodita.
“¡Hey!
¿Nos escuchaste, pequeño vagabundo malagradecido?” “¿No sabes quiénes somos?” “Sí lo sé.
Y créanme, no podría importarme menos.” Crow levantó apenas la voz, sin molestarse en mirarlas.
“Si quieren que alguien les infle el ego o les bese los pies, busquen a otro con tiempo y saliva de sobra.” Mientras pronunciaba esas palabras cortantes, tomó de la mano a Eris y se dio la vuelta.
Con un gesto vulgar, levantó el dedo medio hacia las sacerdotisas.
No buscaba una pelea absurda con un grupo de mujeres más interesadas en inflar su ego que en cuidar la podredumbre de las calles donde habían levantado sus templos.
En silencio, abandonó el lugar.
Su desprecio y desinterés quedó flotando en el aire, más fuerte que cualquier insulto que podría haberse dicho.
Las sacerdotisas, indignadas, lo miraron marcharse con saña, listas para reaccionar, pero el jefe de la casa de baños hizo una discreta seña.
De inmediato, el personal se movilizó con rapidez y docilidad, más fieles que los perros.
La tensión se disipó poco a poco, y las sacerdotisas, aunque molestas, se relajaron.
Crow y su grupo fueron alcanzados por el dueño, que los guió hacia el interior.
Los condujo hasta las cámaras más profundas, reservadas para clientes selectos, lugares solitarios que solo se abrían a quienes podían pagar sumas absurdas.
“Señores, ¿desean compañía o—?” “Solo danos jabón, mucha agua y no dejes entrar a nadie más.” Lo interrumpí sin querer prolongar aquello.
“Opino lo mismo.” Gherman descendió de mi espalda con torpeza, todavía inestable.
“Yo también los quiero.” Eris sonrió, aliviada.
“Entonces seguiré sus deseos.” El dueño se inclinó con una sonrisa servil antes de retirarse.
Apenas desapareció de nuestra vista, entré al baño y observé el lugar.
Era espacioso, con bancos suficientes para diez personas y piscinas privadas.
“Bien.
Esto será así: hay un lavadero y dos piscinas una pequeña y grande.
Yo usaré el lavadero, Eris tomará la primera piscina pequeña y después nos reuniremos en la segunda.
Usaremos toallas limpias y, cuando terminemos, Gherman irá al lavadero antes de unirse a nosotros.” “Me parece justo.” Eris no comprendía del todo la razón de mi orden.
“Entiendo…” Gherman, en cambio, captó la intención: mantener la privacidad de ella.
“Entonces vamos, que juro que cada segundo aspecto más.” Me di la vuelta hacia el lavadero.
Mientras me separaba de ellos, aprecié lo silencioso del lugar.
Por primera vez en días, no había ojos curiosos ni olor a sangre.
Me quité la máscara y comencé a desvestirme con rapidez.
No disfrutaba el proceso: aunque mi cuerpo no me causaba tanto desagrado como mi rostro, estaba lleno de marcas imposibles de ignorar.
En mi pecho, cicatrices profundas se entrecruzaban como una telaraña.
La espalda estaba agujereada por viejas heridas que parecían perforaciones.
En la pierna derecha, el hueso había sanado mal tras una fractura, dejándola torcida.
No había un solo lugar sano, las únicas excepciones eran mis brazos y manos.
Todo lo demás era un recordatorio de cuando hera me lanzó desde lo alto y me dejó marcado para siempre.
No me avergonzaban estás cicatrices, pero tampoco era fácil verlas.
Había en mi cuerpo una contradicción grotesca: el tono trabajado de alguien forjado en el esfuerzo y, al mismo tiempo, la fealdad de un maltrato convertido en cicatriz.
Era en todo el sentido de la palabra una mezcla de estatua heroica y monstruo de feria.
“Creo que ya entiendo por qué el Hefesto original ni siquiera se molestaba en cuidarse” pensé con amargura.
Aun si entrenabas para tener el cuerpo de un maldito Adonis, no podrías aspirar a nada, pues lo único que quedaba era un monstruo feo, un monstruo que, aunque lo intentara, jamás podría llegar a algo.
“Espero no molestarlos con esto” pensé antes de empezar a lavar toda la sangre.
Fue un proceso largo.
El pelo resultó extremadamente difícil de limpiar, lo mismo que la máscara.
Irónicamente, lo más sencillo fue el abrigo y la ropa: la tela solo conservó un tono rojizo una vez lavada, mientras que mi abrigo de plumas necesitó apenas un enjuague para quedar como nuevo.
Eso me recordó lo bien hecho que estaba.
“Definitivamente tengo que mejorar mi equipo” pensé mientras observaba la máscara, que tras un buen rato de fregado lucía impecable.
La volví a colocar en su sitio.
Con todo listo, caminé hacia la sala de la piscina con una toalla ceñida a la cintura.
Me incomodaba bastante por una razón: la cojera había regresado.
Sin el abrigo de plumas, mi cojera era más notoria que nunca.
Dudé por un momento si debía usarla aun aquí, pero lo descarté enseguida: ya era suficientemente raro bañarme con máscara como para agregarle eso.
“Crow, parece que fuiste el primero en—” Al entrar, lo primero que vi fue a Gherman esperando.
Antes de que pudiera lanzar un comentario duro o una frase de burla, su mirada recorrió cada cicatriz de mi cuerpo, deteniéndose en la evidente malformación de mi pierna.
El corazón de Gherman se desplomó.
Lo poco que le quedaba de renuencia hacia mí se desmoronó al instante.
No por mi carisma, ni por mis ideales, ni por mi visión… sino por la crudeza de aquel cuerpo.
El cuerpo de un niño que estaba destinado a ser un dios, pero que había cargado una vida aún más dura que la de un paria blasfemo como él.
“No te quedes mirando.
Son solo cosas pasadas” contesté mientras entraba en la tina con la toalla aún en mi cintura.
“Si quieres sentir lástima, hazlo, pero que eso no te cambie.
Sigo siendo yo, y nada ha cambiado… ni lo hará” “… Entiendo” susurró Gherman, intentando apartar la mirada de las horribles cicatrices que me marcaban de pies a cabeza.
El silencio perduró, pero en medio de él sonreí bajo mi máscara.
“¿Sabes?
Estas cicatrices son la mejor prueba de lo que dije” comenté con burla mientras lo observaba.
Gherman lució desconcertado.
No entendía a qué me refería ni por qué sacaba el tema ahora.
“No entiendo de lo que hablas” preguntó genuinamente confundido.
“Qué olvidadizo.
¿Acaso no deseabas saber si se podía matar a un olímpico?” respondí con toda la ironía que pude reunir.
Gherman se quedó rígido.
La mente en blanco, aunque el recuerdo le golpeó de inmediato.
“Un olímpico no es inmortal, solo son resistente.
Si logras hacerle suficiente daño en su momento más débil, las heridas, especialmente las más graves, no sanarán… o dejarán marcas terribles.” Dije mientras señalaba mi pierna torcida, mal curada.
“…Crow…” murmuró, sin palabras.
“No necesitas decir nada ni sentir pena.
Esta es la verdad.
Solo aprende y úsala.” “…Aun así no puedo ser feliz” susurró Gherman.
“Mientras esto te incluya… no es motivo de celebrar.” “¡Chicos, ya llegué y—!” dijo Eris alegre al entrar.
A media entrada, el ambiente la golpeó.
Su instinto la detuvo y, al ver mi cuerpo, llevó las manos a la boca sin pensarlo.
Plaf.
La toalla de Eris cayó al suelo.
Nadie dijo nada.
El silencio se impuso.
Mi estado opacaba todo.
Entre todos, ella fue la más dolida: ver así a su único amigo era un puñal en el pecho y una mano cerrándose en su garganta.
Quería gritar, quería llorar, quería decirlo todo… pero nada salía de su boca.
Tenía tanto que decir, pero no podía pronunciar ni una palabra.
La pesadez del ambiente se prolongó.
Incluso Gherman terminó retirándose hacia la barra, dejándonos a Eris y a mí, quietos en nuestro lugar.
“Si me consideras tu amigo, estas cicatrices no cambiarán nada” dije con firmeza.
“Crow… esto…” “Todos tenemos algo que nos avergüenza.
Estas cicatrices solo son parte de un todo.” La miré de frente.
“No me hacen menos ni son motivo de lástima.
Son un recordatorio de que nunca debo rendirme.
No son una carga… son lo que más me impulsa a conseguir mis metas.” Plan.
“Como dije, no podrías haberlo expresado mejor.” La voz provenía de la entrada.
El mendigo que nos había indicado el camino hacia aquí se hacía presente.
“Parece que el dueño de este lugar no puede cumplir lo que dijo” comenté con burla al verlo entrar con tanta fanfarria, a pesar de que le había ordenado al dueño que no dejara pasar a nadie.
“¿Qué esperabas de un hombre que deja que sus deseos hablen más que su boca?” preguntó el mendigo mientras se desvestía.
Luego miró directamente a Eris.
“Niña, el cuerpo no debe ocultarse, pero recuerda que no todos pueden tolerar esta verdad.” “Sí…” respondió Eris por reflejo, algo avergonzada, antes de tomar de inmediato su toalla y envolverla de nuevo alrededor de su cuerpo.
“Bien.” El mendigo se lanzó al agua y comenzó a flotar con descaro.
Plop.
Con otro chapoteo, Eris también entró.
Al poco tiempo, Gherman apareció con su toalla, solo para encontrarse con la incómoda imagen del vagabundo completamente desnudo disfrutando del baño como si fuera suyo.
“Crow, él…” comenzó a decir Gherman, incómodo.
“Solo déjalo.
Al fin y al cabo, uno más o uno menos no importa mucho” respondí, relajándome.
“…Haaa.” Gherman suspiró, resignado, antes de entrar al agua y permanecer allí, envuelto en un silencio tácito.
El silencio se volvió extraño, pesado, pero nadie lo rompió al principio.
Todos intentaban disfrutar de la calma… hasta que Gherman, con su paciencia agotada, habló.
“Y, ¿se podría saber el porqué de la visita?” preguntó, incapaz de callar más.
“Es por algo que sabes… y no sabes.” Contestó el mendigo, fijando su mirada en mí.
“Tú ya debes intuir a qué me refiero, ¿verdad?” “Haaa…” suspiré con cansancio.
“Déjame adivinar: es por la cosa en el mar.” No había demasiadas opciones sobre qué podía referirse.
Seguramente estaba vinculado a mi advertencia previa, y por eso había venido en esta ocasión.
“Sí… y no.” La expresión del mendigo se tornó seria.
“Aunque la niebla es una gran amenaza, no es la única.
En las mareas contrarias se acerca un desastre familiar.” “¿Y este desastre sería…?” “Ketos.” Con esa sola palabra, todo calló.
Aunque Eris no comprendió, tanto Gherman como yo supimos de inmediato lo que significaba.
“Ketos… lo que faltaba.” Me froté las sienes, fastidiado.
No hacía falta explicarlo: había llegado en el peor momento posible.
O tal vez yo mismo era la causa de todo.
Quizá nuestro arribo atrajo la niebla, y la niebla, a su vez, había atraído a Ketos.
Fuera o no culpa mía, todos estábamos en medio de aquello.
“Parece que entiendes de qué hablo —dijo el mendigo—.
El destino los trajo: Ketos, la niebla y ustedes… todos aquí, en la misma ciudad, el mismo día, a las puertas de una de las mayores fiestas a Afrodita.” “Así que por eso estaba tan animado el barrio de Afrodita…” murmuré, mirando al techo con ironía.
“Sí.
Aunque no es tan grande como los Ístmicos, esta fiesta mueve a mucha gente.” El mendigo se cruzó de brazos.
“Tengo la certeza de que los muelles quedarán descuidados.” “Demasiada coincidencia.
Parece que las diosas del destino nos están jugando una mala pasada.” Gherman frunció el ceño con molestia.
“Ja.
¿Diosas del destino?
Claro…” me burlé, aunque en el fondo sabía que esto no era una simple casualidad.
Era demasiado perfecto: los muelles descuidados, la niebla, Ketos… incluso parecía una trampa.
Pero ¿quién podría mover tantos hilos en mi contra?
Definitivamente no eran esas brujas con complejo de acertijos de Gotham, algo que estaba seguro por qué mi capa tenía anti adivinación.
“¿Pareces despreciar a las diosas del destino?” preguntó el mendigo, notando mi actitud.
Las palabras cayeron como un eco incómodo en la sala.
Sonreí bajo la máscara, y tal vez por cansancio o por mal gusto, pronuncié algo que siempre había querido decir antes de morir.
“No las desprecio.
Pero antes de creer que un hilo y tres diosas tuertas pueden hacer conmigo lo que quieran, prefiero creer en algo más tangible.
Algo más confiable.” Todos, incluso Eris, me miraron con atención.
“Entonces, si no fueron las diosas, ¿qué crees que fue?” preguntó el mendigo, genuinamente curioso.
Sonreí.
“Jejeje… dime, amigo.
¿Tú crees en la gravedad?”
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