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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 El perro y el cuervo
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34: El perro y el cuervo 34: El perro y el cuervo “¿La gravedad?

¿Y eso qué es?”, preguntó el mendigo, genuinamente confundido.

“La gravedad es lo que te mantiene aquí, lo que permite que vivas.

Y, a diferencia de esos sujetos que se hacen llamar dioses, es algo verdaderamente indispensable para este mundo.” Mientras decía esto, levanté una mano del agua y dejé que varias gotas cayeran.

“La razón por la que el agua fluye hacia abajo es la gravedad.

El porqué, al caer, terminas en el suelo… también es la gravedad.” Ante mi repentina charla, Gherman y Eris parecieron confundidos.

Si bien entendían las palabras por separado, todas juntas sonaban enredadas.

El único que pareció comprender —y al mismo tiempo quedó atónito— fue el mendigo.

Yo también me quedé en silencio, pero por otra razón.

Un mensaje apareció frente a mí, iluminando el aire como un mal presagio: [ El título “El Medidor de Tiempo” está haciendo efecto.

Caos ha puesto su atención en ti.

] En el instante en que este mensaje apareció frente a mi, una gran presión cayó sobre mi cuerpo.

No era el tipo de opresión que te aplasta contra el suelo ni la que te arrebata el aire de los pulmones.

Era distinta… familiar.

Como si me observará un viejo amigo que no veía desde hacía mucho tiempo.

Claro que eso no suavizaba el sentimiento miserable que me golpeó de pronto.

Yo solo quería hacer una referencia a JoJo’s, no atraer la atención de algo que podría moldear este mundo como plastilina.

Y lo peor era esa voz interna, ese instinto que me gritaba: “Si dices una estupidez ahora, todo se iría al carajo.” “¿Podrías explicarlo más a fondo?”, preguntó el mendigo.

Esa simple pregunta fue una maldición.

Sentí cómo la presión aumentaba al instante, como si el aire mismo me advirtiera que ya no tenía opción.

Podía callar, pero sabía que no me dejarían.

Básicamente… había metido el puño en la nariz del dragón.

Nunca pensé que una simple referencia podría joderme tanto.

“¿Quieres que lo explique más a fondo?”, repetí, frotándome la cara con cansancio.

En estos momentos realmente deseaba volver al pasado y golpearme por ser un bocazas, pero esto no era opción para mí.

Así que mientras intentaba no maldecir, respondí la pregunta mientras mi cerebro funcionaba a todo lo que podía dar.

“La gravedad…” murmuré, levantando de nuevo una mano, dejando que el agua resbalara entre mis dedos con un dramatismo involuntario.

“Piensa en ella como un lazo.

No importa qué tan alto saltes, o qué tan lejos corras… siempre te arrastra de vuelta.

Es lo que mantiene las estrellas en su lugar, lo que impide que este mundo se desarme como piezas sueltas de un juguete barato.” “¿Entonces todo posee gravedad?”, preguntó el mendigo, cada vez más interesado.

“Todo tiene gravedad.

Solo cambia la medida de su efecto, ya sea físico o inmaterial.

Los rayos, el agua, el aire… incluso el destino mismo puede torcerse bajo ella.” Ante mis palabras, el mendigo guardó silencio.

Había incomodidad en su mirada mientras recorría los alrededores como si intentara ver algo en ellos.

“Pero esto no significa que nosotros no podamos afectar…” “La gravedad —continué— es una fuerza que siempre actúa en dos direcciones.” “¿En dos direcciones?”, preguntó Gherman, sorprendido.

Ante su duda, una sonrisa se dibujó en mis labios.

Al mismo tiempo recordé aquella escena de Pucci perdiendo ante Emporio, aun cuando el destino y el mundo parecían guiarlo hacia la victoria.

“La gravedad dicta el destino de todos.

Un destino ya escrito, porque nos atrae hacia personas, eventos y sucesos que parecen inevitables, guiándonos por un camino predeterminado.” Hice una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire antes de continuar.

“Pero ese destino no es incorregible.

Porque, aunque la gravedad del mundo te atraiga hacia algo, tú puedes distorsionarla siguiendo una sola regla.” En ese instante, el ambiente en la casa de baños cambió por completo.

Una opresión sutil envolvió el lugar, llegando incluso a Eris y a Gherman.

No entendían del todo lo que decía, pero lo sentían: interrumpirme sería un pecado imperdonable.

Crow también lo sintió.

En ese preciso momento, notó más fuerte que nunca la mirada de Caos, más intensa que antes, pero curiosamente pacífica.

Reconfortante y aterradora a la vez.

“La ley que puede distorsionar la gravedad —expliqué— es una de las misma que rige el universo: la masa.

A mayor masa, mayor atracción gravitatoria.

Y cada acción que realizamos, cada decisión, cada acto que otros cometen por nosotros, añade masa a nuestro ser y a nuestra alma.

Esa masa altera la gravedad de nuestro destino, atrayendo hacia nosotros sucesos que antes estaban fuera de nuestro alcance.

“Este principio no tiene límites.

Y cuando alcanzamos un punto crítico, el peso acumulado de nuestra propia existencia puede colapsar la gravedad establecida, rompiendo el destino mismo y arrastrándonos hacia una nueva órbita… una que ni siquiera el tiempo puede prever.” Mientras decía esto, no pude evitar recordar JoJo.

El sacrificio de la protagonista heredando su destino a Emporio; el stand Weather Report, que no era otra cosa que la extensión del alma del hermano de Pucci; y la habitación de Emporio, ese espacio aislado, un mundo aparte e individual que en cierta forma se convirtió en el último vestigio y testigo de todo un universo.

Cada una de esas piezas del rompecabezas fue una masa concentrada, tan densa que al unirse por completo a emporio generó una singularidad en el destino… una singularidad que arrastró incluso a Pucci.

Esos fragmentos, sumados a la inevitable conexión de la sangre Joestar en Pucci, se entrelazaron y lo situaron todo en un mismo plano, como si el universo hubiera conspirado para que se encontraran.

Y esa es la prueba de mi teoría: la gravedad no es un destino fijo.

Es una ley que actúa en ambos sentidos.

Puede atraerte hacia lo inevitable… pero también puedes jalarla y deformarla, hasta crear un destino distinto al que parecía escrito desde el inicio.

Cuando las últimas palabras fueron dichas y el pensamiento de Crow terminó, el mundo pareció detenerse frente a sus ojos.

El agua dejó de fluir, la expresión de todos se congeló e incluso el mismo Crow fue incapaz de moverse.

Sin embargo, a pesar de esto, Crow aún podía pensar.

Era consciente y veía todo pasar sin poder moverse, como si estuviera bajo la influencia de The World.

[ Ding.

El título “Medidor de Tiempo” ha sido actualizado por el sistema y por una entidad externa.

Título “Medidor de Tiempo” ha evolucionado a “Analista del Caos”.

Efectos: Caos te presta mucha más atención que antes.

Aumenta en gran medida la digestión de pociones y secuencias, además de la probabilidad de obtener masa con cada evento importante.

] [ Felicidades.

Gracias a un gran acto de racionalizar algo tan importante como el destino y enseñarlo a un grupo de individuos tan relevantes para el mundo, la poción se ha digerido por completo.

] [ Secuencia 8: Racionalista 100/100 ] [ ¿Desea actualizar la secuencia?

] Con esta última notificación, él mundo volvió a la normalidad.

Por un segundo quise caerme, pero me mantuve.

Sinceramente no puedo decir que fuera feliz por esto: digerir la poción de golpe, aunque bueno en apariencia, no me quitaba la extraña sensación que me dejaba el nuevo título , más aún cuando implicaba que Caos me observaba con mayor frecuencia.

Lo cual, siendo sincero, ya rozaba lo escalofriante.

Literalmente era el equivalente a que Azathoth te mirara.

“Ya entiendo un poco”, murmuró el mendigo mientras dejaba de reflexionar y se recostaba en la tina.

Su figura fue iluminada por un rayo de luz que entraba por la ventana.

Y, por un instante, todos juraría que ese rayo lo golpeaba únicamente a él.

Algo imposible, pues ya estaba allí desde antes, pero ahora adquiere un significado distinto, como si representara una especie de iluminación.

“No lo entiendo todo, pero está bien”, susurró nuevamente el mendigo antes de mirar a Crow con respeto y gratitud.

“Le agradezco esto, maestro.” Con un leve movimiento de la mano, el hombre saludó a Crow y lo reconoció como maestro, pues en esos breves momentos le había enseñado más de lo que había aprendido en toda su vida.

“Tómalo como una charla formal, y como un agradecimiento por la noticia de Ketos, de la cual desconocía”, dije casi suplicando que cambiáramos de tema.

“Tal regalo tomado como una charla formal… realmente eres único”, respondió el mendigo antes de sonreír.

“Y ni siquiera te equivocas.” Con eso, el asunto quedó zanjado.

Nadie volvió a hablar de la gravedad.

El mendigo ya había obtenido más que suficiente, y Eris y Gherman apenas entendían una fracción de lo ocurrido.

De hecho, casi sintieron que Crow había hablado en otro idioma.

Esa falta de continuación hizo que la presión que antes sentía Crow desapareciera, confirmando que Caos se retiraba.

Algo que él agradeció inmensamente.

“Por cierto, ¿qué haremos con Ketos?”, preguntó repentinamente Gherman, sintiendo que aquello era más importante que lo que acababan de discutir y que, de hecho, debía haber sido la clave de esa reunión desde un inicio.

“Yo solo vine a avisar y ayudar.

La decisión siempre estuvo en sus manos”, respondió el mendigo.

“¿Y no podemos acabar o enfrentar esa cosa?”, preguntó Eris, sin comprender por qué había tanta importancia en algo llamado Ketos.

Ante su simple sugerencia, Gherman y el mendigo se miraron con incomodidad.

““Niña, ¿y cómo piensas matar a un monstruo marino gigante que es casi invulnerable?”, dijo el mendigo, como si recordara lo obvio.

“¿Monstruo gigante?”, murmuró Crow antes de quedarse pensando.

“Una pregunta: ¿qué tan invulnerable es su piel?” “Varios héroes intentaron matarlo, pero ni siquiera lograron rasguñarlo.

Las espadas y lanzas son como plumas y ramitas para él”, explicó Gherman, recordando las leyendas y los rumores que había escuchado toda su vida sobre Ketos.

“¿Y qué más podrían esperar del supuesto castigo divino de Poseidón?”, contestó el mendigo con dureza ante el análisis de gherman.

“Las espadas no sirven… tal vez porque no tienen la fuerza suficiente”, murmuraba mientras pensaba en distintas formas de actuar en el mínimo tiempo posible.

Varias ideas llegaron a mi mente: algunas absurdas, otras demasiado lentas, y yo solo contaba con uno o dos días.

Además, estaba la niebla, que traía consigo un peligro desconocido.

Entre esos pensamientos me asaltó más de una vez la idea de simplemente marcharme y no preocuparme por el desastre.

Pero mis valores no me lo permitían, sobre todo cuando intuía que yo era, quizás, el causante de todo esto.

“Matar a Ketos… es poco probable”, admití mientras miraba el techo del baño.

Todos voltearon hacia mí.

Sin que nadie lo notara comencé a sonreír bajo la máscara.

“Pero herirlo y ahuyentarlo… no es imposible.” En mi mente repasaba todas las opciones.

Entre ellas, apareció una de las armas favoritas de la humanidad por excelencia: las explosiones.

Claro que, con tan poco tiempo y sin recursos, no podía aspirar a algo tan potente como la dinamita —que requería nitroglicerina—.

Pero siempre quedaba la vieja opción de cambiar calidad por cantidad.

Y, para mi suerte, lo único que me sobraba era cantidad.

El silencio que siguió fue incómodo.

Eris y Gherman no sabían qué decir, y el mendigo me observaba con una mezcla de interés y cautela.

Yo carraspeé, buscando romper aquella tensión.

“Por supuesto.

Y créeme, será un espectáculo inolvidable.” Una sonrisa se dibujó bajo mi máscara.

“Aunque… Ahora que lo pienso, ¿conoces a alguien que pueda venderme una catapulta?” El cambio de tema cayó como un golpe seco en la habitación.

“¿Una catapulta?”, repitió Gherman, incrédulo.

“Crow… no creo que un mendigo—” “¿Quieres ver a un mendigo, a un general… o a una prostituta que me debe un favor?”, interrumpió el mendigo, con un tono repentino que hizo que el aire se espesara de nuevo.

“El general.

Incluso podríamos discutir una posible defensa”, respondí sin dudar.

Entonces miré a Eris y a Gherman, que parecían aún más perdidos que antes.

“Hablando de esto… ¿Puedo hacerte una pregunta en nombre de mis amigos?” “Adelante.” “¿Puedo saber cuál es tu nombre e identidad?”, pregunté, ya intrigado por quién era realmente este hombre joven.

“Solo soy un mendigo… un perro callejero.

Pero, si buscas cómo llamarme, puedes decirme Diógenes.” “Diógenes, es un placer conocerte.

Puedes llamarme Cuervo… o, si prefieres, simplemente Crow.” “Crow.

Un nombre curioso”, dijo Diógenes, mirándome con fijeza.

“Sí, pero en realidad es solo la palabra ‘cuervo’ en otro idioma”, admití con un encogimiento de hombros.

“El cuervo que se llama cuervo en otro idioma.” “Solo me gusta cómo suena.

Después de todo, ¿no están los nombres para eso?” … Un silencio breve se extendió antes de que ambos soltáramos una carcajada.

“Jejejejeje…” “Jejejejeje…” Frente a la confundida Eris y al incómodo Gherman, Diógenes y yo reímos.

Tal vez aquellas bromas sin gracia nos divertían… o quizá era algo más.

Porque, viéndolo bien, no parecíamos dos hombres compartiendo un chiste, sino dos locos celebrando haber reconocido al mismo loco.

Mientras tanto, en un lugar discreto, se desataba un caos silencioso.

En un templo dorado, cubierto de hilos, yacían tres mujeres demacradas.

Ellas, que alguna vez fueron seguras y burlonas, ahora se arrastraban como perros callejeros entre las pertenencias que antaño habían sido regalos de sus visitantes.

La raíz de su miseria no era otra que los hilos que las rodeaban.

Hilos que antes podían tocar y manipular a placer, pero que ahora se habían vuelto su condena.

Todo había comenzado por un hilo en particular.

Un hilo negro que las hermanas encontraron, nacido de un sentimiento primitivo: miedo.

Estaba oculto, escondido en lo más profundo del tejido, y aun así, cuando se reveló, despertó en ellas algo que jamás habían experimentado: pánico ante aquello que siempre había sido su juguete.

Humilladas y con la sensación de un destino inevitable, las hermanas intentaron destruirlo.

Alzaron sus tijeras, decididas a cortarlo, pero en el instante en que estas rozaron el hilo ocurrió la tragedia.

Las tijeras colapsaron sobre sí mismas como si fueran absorbidas, y con ellas todo el templo entró en un frenesí descontrolado.

La realidad se desgarró.

Las tres mujeres fueron deformadas grotescamente: partes de sus rostros y cuerpos se estiraron como hebras de espagueti, mientras el tiempo en torno a ellas se volvía inestable.

En algunos rincones del templo, los segundos pasaban con normalidad; en otros, las flores crecían, florecían y se marchitaban en cuestión de un parpadeos.

Todo era distorsión: años comprimidos en instantes, décadas que latían en un respiro.

Las hermanas eran arrastradas por aquel torbellino temporal, estiradas y desgarradas entre infancias, madurez y vejeces que las atravesaban en un ciclo sin control.

Cuando, al fin, el caos se detuvo y el templo recobró una calma extraña, solo quedaron las tres hermanas, deformadas y tambaleantes, intentando recomponerse.

El hilo negro permanecía intacto, como si nada hubiera ocurrido.

Su forma era sencilla, casi banal, pero lo verdaderamente alarmante era cómo su oscuridad comenzaba a teñir los demás hilos, extendiéndose como una infección.

Una infección que devorando todo a su alrededor, incluso la luz que intentaba tocarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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