yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Un plan hecho con mucha cinta y fe
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35: Un plan hecho con mucha cinta y fe 35: Un plan hecho con mucha cinta y fe “Bueno, te veremos en una hora,” dije mientras me levantaba de la piscina.
“Recuerda traer la catapulta.
Y si puedes convencer a unas cuantas personas de sobra para que te ayuden, mejor aún.” “Haré lo que pueda,” respondió Diógenes, aún recostado en la bañera.
“Bueno, chicos, es hora de irnos,” señalé mientras me ponía de pie.
“Entendido,” contestó Gherman sin dudar.
“Esperen… ¿qué pasa con nuestra ropa?
Todavía está mojada,” preguntó Eris.
“La usaremos hasta conseguir otra,” dije sin ánimos.
“En pocas palabras, unos minutos en los que encuentro un lugar donde poner la puerta.” “¿Puerta?” preguntó Diógenes, confundido.
“Es un asunto privado.
Ahora concéntrate en tu trabajo,” respondí antes de darme la vuelta y dirigirme a donde había dejado mi ropa.
“Esto no me gusta…” pensó Eris mientras seguía con impotencia a Crow.
Crow se vistió.
La ropa seguía húmeda, sí, pero era preferible a estar cubierta de sangre.
Lo mismo hizo Eris.
Por suerte no tardarían mucho, pues al salir, Crow se dirigió al dueño del establecimiento, listo para ser un pródigo y darle uso a los tesoros que habían estado trayendo constantemente los animales marinos.
“Si quisiera comprar este lugar, ¿cuánto me costaría?” La frase sonaba presuntuosa, y en circunstancias normales el dueño jamás la habría tomado en serio.
Pero viniendo de quien acababa de pagar un baño privado con suficiente oro para un año entero, la pregunta se volvió difícil de ignorar.
“Señor… Aun si quisiera vender, no estoy seguro de poder desprenderme de esto.” Intentó explicar con algo de impotencia el dueño pues esta casa de baños a pesar de no dar mucho aún le proporcionaba estatus y.
“No necesitas dejar de trabajar.
Para mí, la propiedad solo necesita dos condiciones: que el baño al que fui esté siempre limpio y reservado para mí, y una habitación aislada, escondida del resto.
Eso es todo,” dije mirándolo con calma.
“No perderás nada más: tus ingresos seguirán siendo tuyos, ante los demás seguirás siendo el dueño, y todo permanecerá igual… salvo por dos salas y un poco de autoridad.” El dueño se quedó mudo.
Lo que Crow pedía era casi nada a cambio de la riqueza que ofrecía.
“Trato hecho, señor.
El precio será de 5,000 monedas de oro…” No alcanzó a terminar la frase: sus ansias por aceptar eran evidentes.
Perder un par de habitaciones de toda su inmensa casa de baños no era nada frente a semejante ganancia.
“Guíame a la habitación privada y luego te pagaré.” “Enseguida, por favor sígueme,” respondió el dueño humildemente, antes de guiar al grupo por los pasillos con cautela para evitar las zonas donde las sacerdotisas de Afrodita recibían sus tratamientos.
Pasamos junto a baños, salas de descanso, almacenes y desagües, hasta llegar a la parte trasera de la casa.
Allí había una gran sala con sofás, objetos de contabilidad y lujos reservados.
“Este es mi aposento privado.
Aunque luce así, no lo utilizo demasiado.
Perderlo no afectaría a la casa como lo haría despojarme de la sala de baños principal.” Mientras hablaba, Crow recorrió la sala en silencio, examinando cada rincón, hasta detenerse frente a una pared despejada.
“¿Entonces estás seguro de querer cederme este espacio?” pregunté por última vez.
“Por supuesto, mientras el precio sea el adecuado,” respondió el dueño sin importar mucho qué pasará con esta sala, pues con el dinero que recibiera podría hacer muchas más salas como esta.
“Entonces el trato está sellado,” dije, sacando una pluma negra de mi abrigo.
La acerqué a la pared, y ante la mirada desconcertada del dueño, la pluma se adhirió al muro y se transformó en una puerta oscura.
“Quédate aquí mientras traigo tu pago,” le advertí, antes de abrirla.
Al hacerlo, se desplegó un vacío sin límites.
Crow entró y su figura se desvaneció, provocando un escalofrío en el dueño, que de pronto comprendió que quizá había metido la mano en un lugar demasiado peligroso sin darse cuenta.
Un minuto después regresé, cargando una bolsa enorme, como la de Papá Noel.
“Aquí está el pago,” dije, soltando la bolsa.
Clink.
El sonido metálico al golpear el suelo retumbó con nitidez.
El dueño, aturdido, no pudo evitar mirar dentro.
Y en ese instante todo miedo, toda sospecha y toda cautela se desvanecieron, devorados por el brillo hipnótico de cientos de monedas de oro.
Su avidez le borró de la mente cualquier pensamiento racional, y se abalanzó sobre la bolsa en un espectáculo patético.
Eris y Gherman no pudieron evitar sentir repulsión ante la escena, pero en cierta forma también Pena.
“Ahora, ¿podría dejarnos solos hasta que volvamos a requerir sus servicios?” preguntó Crow con amabilidad medida.
“Sí… sí, desde luego, nuevo dueño,” respondió el hombre, inclinándose con una reverencia torpe mientras intentaba arrastrar la bolsa de oro.
El espectáculo era patético.
Pese a su descomunal peso, se negó a pedir ayuda, y se arrastró como un perro sobre la alfombra, jadeando, sonriendo con tal ansia que incluso a Crow le provocó incomodidad.
Por un instante pensó que habría sido mejor esconder el oro en otro sitio, lejos de la mirada de ese hombre que parecía haberse vaciado de toda dignidad.
Nadie quiso acercarse.
Todos tenían la misma sensación: que si lo tocaban, aquel sujeto reaccionaría como un animal rabioso protegiendo su hueso.
Así, con un silencio incómodo y casi ritual, lo observaron durante largos minutos, hasta que por fin desapareció al otro lado de la recámara, arrastrando su tesoro con esfuerzo ridículo.
La puerta se cerró y el silencio pesó aún más.
Nadie sabía qué decir.
Entonces Crow, mirando a sus compañeros, dejó escapar en voz baja una duda sincera.
“¿Creen que hice algo mal al darle ese oro?” “Solo hiciste una transacción,” dijo Gherman, algo molesto.
“Es culpa de él por volverse así con solo una bolsa de oro.” “Pero… si no le hubiésemos dado todo de golpe, tal vez no habría caído tan bajo,” añadió Eris a un lado, con un dejo de incomodidad.
Crow no dijo nada, pero en silencio estuvo de acuerdo con ella.
Esa falta de respuesta fue suficiente para que Gherman los mirara a ambos con cansancio.
“Pueden ser listos—tú incluso, Crow, puedes ser más sabio de lo que yo lograré en toda mi vida—pero eso no significa que entiendan mucho a los humanos.
Y menos aún sus deseos.” Guardó silencio un instante, como si las palabras pesaran más de lo que quería admitir, antes de añadir en voz baja: “O tal vez sí.
Después de todo, los dioses también tienen deseos… y por lo que hacen, ya sabemos en qué terminamos si no hay control.” “…Sabes, tienes un punto ahí,” admití, sintiéndome menos culpable.
La verdad me incomodaba la forma en que el sujeto se había comportado al recibir el oro, pero si lo pensaba bien, no era problema mío.
Gherman y Eris habían visto aún más riqueza y no se habían vuelto locos.
Además, el tipo seguramente volvería a la normalidad.
No era como si le hubiera entregado el Anillo Único.
“Y hablando del Anillo Único…” Tal vez solo era una mala idea, o un impulso por seguir con referencias, pero cuando alcanzara un nivel mayor como artesano, realmente quería forjar un anillo único.
Claro, no lo usaría para gobernar a nadie: solo lo tendría de colección.
Incluso le pondría un seguro, por si a algún lunático se le ocurría intentar aprovecharlo.
“Crow, estás teniendo pensamientos peligrosos,” comentó Eris, aunque en su voz había un alivio: parecía contenta de ver que aquello no me había afectado tanto.
“Sabes, empiezas a asustarme,” le reclamé con seriedad.
Ella me conocía demasiado bien.
“No es por quejarme,” interrumpió Gherman con fastidio, “pero ¿no deberíamos estar preparándonos para un monstruo gigante, en lugar de hablar de problemas existenciales humanidad y moral?” “Perdón,” respondimos Eris y yo al unísono.
“Mmmmm,” gruñó gherman, cansado de tanta filosofía, dioses y destino.
Todavía le dolía la cabeza por lo que dijo Crow antes.
“De acuerdo, dejemos esto,” añadí, mientras abría la puerta y la atravesaba.
Eris y Gherman me siguieron.
El grupo emergió en un ambiente sofocante: calor extremo, humedad pesada, y un aire cargado de azufre.
Habíamos regresado a la isla volcánica.
“Realmente nunca pensé que extrañaría tanto este lugar,” dijo Gherman con un dejo de nostalgia.
“Yo digo lo mismo,” contestó Eris, igual de aliviada.
“Chicos no se relajen,” advertí, apagando sus ánimos.
“Solo venimos a recoger materia prima.” “Cierto… tenemos que lidiar con un monstruo marino,” suspiró Gherman, cansado solo de recordarlo.
“¿En serio vamos a pelear contra eso?” preguntó Eris, nerviosa al imaginar lo que se avecinaba.
“‘Pelear’ es una palabra muy vaga,” respondí mientras avanzaba hacia mi taller.
“Lo que vamos a hacer… es bombardearlo.” “¿Ok… y eso qué es?” preguntó Gherman, genuinamente confundido.
“Le lanzaremos cosas que hacen BUM en la cara,” contesté con naturalidad, hojeando mi Libro del Artesano en busca de fórmulas para bombas caseras.
La verdad es que ahí dentro había de todo: desde planos de dinamita hasta diseños rudimentarios de granadas.
Pero no tenía ni el tiempo, ni los recursos, ni el personal para fabricar nada sofisticado.
Con algo de amargura acepté la cruda realidad: lo único viable en ese momento era crear la versión más básica, cutre y posiblemente inútil de todas.
No tenía de otra que crear un petardo gigante.
.
Un barril, suficiente pólvora, telas y muchísima fe.
Fe en que el artefacto encendiera cuando debía, fe en que explotara con la fuerza justa… y, sobre todo, fe en que no lloviera y mojara la pólvora antes del gran momento.
“Sigo sin entender cómo vamos a enfrentar a un monstruo marino con… ¿estas cosas?” preguntó Eris, mirando el barril que estábamos convirtiendo en bomba.
“Nosotros no vamos a matarlo, al menos no ahora,” contesté mientras envolvía el barril con tela o lo que sea que protegiera mínimamente contra la humedad.
“El objetivo es espantarlo.
Matarlo será una meta a futuro.” “Suena bien, pero… ¿cómo se supone que encenderemos estas cosas?” intervino Gherman mientras me ayudaba a fijar las telas al barril.
“Bueno, si esto fuera como en las películas, podría usar mi pistola.
Pero me temo que esa no es una opción.” Dije, malhumorado, mientras ajustaba las telas y revisaba la pólvora.
“Así que tuve que improvisar un método más clásico: una mecha hecha con cuerda y algo de pólvora y cera.
Se enciende, esperas unos segundos… y entonces, boom.” “Crow… ¿Qué es una película?
¿Y qué es una pistola?” preguntaron Eris y Gherman al unísono.
“……” Un silencio pesado llenó el aire.
El humor que había mantenido hasta ahora se me evaporó de golpe, no solo porque tendría que explicar cada cosa con detalles e incluso dibujitos, sino porque, una vez más, me di cuenta de lo triste de mi situación: el único que entendía las referencias… era yo.
Y eso, es frustrante.
Mientras tanto, en la ciudad, en la casa del gobernante de Corinto… En la entrada, un hombre vestido de forma descuidada permanecía quieto, murmurando para sí mientras los guardias lo miraban con creciente incomodidad.
“Mmmmmm…” murmuraba Diógenes.
“Señor, ¿puedo saber por qué está aquí?” preguntó al fin uno de los guardias, incómodo porque aquel hombre llevaba ya tres minutos plantado frente a la puerta.
“Bueno…” respondió Diógenes con una calma descarada.
“Estaba considerando si me convenía más robarle una catapulta al dueño y luego dejarlo buscarla… o cobrarle el favor que me debe y pedírsela directamente.” El guardia se quedó mirándolo en silencio, con una expresión que parecía cuestionar su propio oído.
“Perdón, puede repetir eso “ “Estaba considerando si me convenía más robarle una catapulta al dueño y luego dejarlo buscarla… o cobrarle el favor que me debe y pedírsela directamente” repitió Diógenes.
Ante esto y tras confirmar que había oído bien, él guardia se quedó frío, “No sería más fácil cobrar el favor, simplemente?” intervino el segundo guardia, intrigado por lo que acababa de escuchar.
“Sí, pero entonces perdería ese favor.
En cambio, si le robo la catapulta, sería como tomar prestado… consigo lo que quiero y sigo conservando la deuda.
Es un ganar–ganar.” Los dos guardias intercambiaron miradas incrédulas.
“Señor… ¿y por qué nos cuenta esto a nosotros?
Somos guardias.” “Porque si lo supieran, no me harían nada.
Y, además, seguro que irían a avisar a alguien de mi presencia, lo cual me ahorra la molestia de presentarse.” Como si sus palabras hubieran convocado la respuesta, un hombre mayor salió de la casa.
Apenas puso los ojos en Diógenes, se llevó la mano a las sienes, como si le hubiera estallado una jaqueca.
“Guardias… déjenlo pasar y que haga lo que le dé la gana,” ordenó con resignación antes de retirarse, igual que si hubiera visto una plaga indeseable.
“Excelente.
Ya que puedo pasar, ¿les importaría ayudarme a llevar una catapulta?” preguntó Diógenes con total naturalidad.
Los guardias solo se quedaron en su sitio, mirando al vacío, dudando de la vida misma y preguntándose qué demonios acababan de presenciar.
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