yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Contaminación
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37: Contaminación 37: Contaminación “……” “……” “Tengo insomnio” dije al borde de un puto colapso nervioso.
Nada de exageración: estaba a punto de levantarme y empezar a maldecir a cualquier entidad relacionada con el sueño.
Y no era para menos, porque justo en el momento en que más necesitaba dormir, no podía.
No sabía si era por el estrés, los nervios o simplemente porque la vida me estaba jodiendo, pero me era imposible conciliar el sueño.
“…… odio esto” pensé antes de levantarme y volver a acostarme.
No duró mucho.
Minutos, segundos, tal vez una hora.
Lo único que sé es que cuando por fin empezaba a darme sueño, justo en el borde de caer dormido, escuché pasos acercándose.
Alguien entraba donde yo estaba.
“Déjame adivinar, ya es la hora, ¿verdad?” dije mirando el techo desde mi cama de plumas.
“Parece que ya estás despierto.
Eso me ahorra la molestia de hacerlo yo”, contestó la voz que acababa de entrar.
Era Gherman, quien parecía en mucho mejor estado que por la mañana.
En contraste, yo —Crow— juraría que, si aún tuviera ojos, seguramente lucirían rojos y cargados de ojeras.
“Sí, y de hecho no dormí nada” admití cansado, mientras me sentaba y sostenía mi cabeza, todavía mareada.
“Es normal.
Los nervios a veces no facilitan el sueño.
No importa cuánto lo necesites, si tu mente está en alerta, tu cuerpo no podrá descansar”, comentó Gherman.
“No lo menciones” dije agotado.
“Solo hagamos esto.” “Como quieras.
Por cierto, Diógenes trajo unos ayudantes.” “Qué bueno.
Parece que sí consiguió refuerzos”, contesté antes de salir de la cama y dirigirme a la puerta.
Al cruzarla, llegamos a la casa de baños donde Eris nos esperaba.
Tras reunirnos, los tres nos encaminamos hacia la plaza de Corinto.
Durante el trayecto vimos cómo la gente apilaba leña en el centro de la ciudad, mientras otros arreglaban cosas.
Claramente se preparaban para la fiesta.
Algo sinceramente lamentable según la situación.
Pero no podías culparlos: eran ajenos a lo que iba a pasar.
Los únicos que sabían algo eran tres desconocidos recién llegados como mendigos, y un vagabundo al que todos despreciaban.
Intentar advertirles solo lograría que nos rieran en la cara y nos mandaran al demonio.
Incluso si nos creyeran, ¿qué pruebas tenemos de que las cosas eran tan malas como parecían?
La niebla, por ejemplo, no era explícitamente hostil.
Podría ser paranoia, o un fenómeno inofensivo.
El monstruo marino tampoco estaba confirmado.
Quizás ni siquiera aparecería.
La única razón por la que me tomaba todo esto en serio era por dos motivos: primero, porque conocía lo suficiente de Diógenes como para confiar un poco en él; segundo, porque Poseidón era un hijo de puta.
Ese tipo no estaría contento si no hacía alguna mierda.
Incluso si un extraño me dijera que planeaba destruir una ciudad solo porque se le antojaba, me lo creería.
Era lo equivalente a que alguien te dijera que Zeus se acostó con tu vecina: en esa situación aunque no tuviera pruebas, tampoco tendría dudas.
“Sí, pero solo consiguió a dos” admitió Gherman con un gesto indefenso.
“Y eso que pedimos ayuda a varias personas por petición de Eris.” Ante la mención, la silenciosa Eris apenas tembló levemente, algo que Crow no pasó por alto.
“El resultado fue que todos te mandaron a la mierda mientras preferían enfocarse en el festival de Afrodita” añadí con fastidio.
“…… No solo eso.
Las sacerdotisas también nos despreciaron y desmintieron, asegurando que nada malo podría ocurrir durante una celebración a su diosa” completó Gherman.
“Qué novedad” añadí sin ánimos.
“Incluso se interesaron en Eris.
Intentaron convencerla de convertirse en una de sus aprendices.” “En pocas palabras, le ofrecieron tutorías para ser una puta” dije con enojo.
“Sí, pero sabes que no aceptó” concluyó Gherman con calma.
“Nunca me uniría a ellas” dijo Eris al fin, rompiendo su silencio.
“Y lo sé” respondí mientras seguíamos caminando.
Sobra decir que no hubo necesidad de más palabras.
Tanto Gherman como yo entendíamos lo jodido que había sido para Eris.
No solo por el estigma que cargaba desde siempre por su cabello, sino porque ella, al igual que nosotros, conocía lo que ese templo representaba.
Un hogar de mujeres volcadas al hedonismo, que disfrutaban de su posición mientras los hijos nacidos de sus “sagrados deberes” eran abandonados a su suerte en las calles.
O quién sabe.
Tal vez el culto a Afrodita no fuera otra cosa que una gran red de prostitución disfrazada de religión.
“No pienses tanto en estas cosas, tenemos mejores cosas que hacer” le dije a Eris, dándole un leve golpe en la cabeza.
“Sí” respondió ella, intentando animarse.
“Por cierto, Gherman, ¿ya movieron las bombas al lugar?” pregunté, cambiando el tema.
“Sí, pero ocupamos ayuda externa.
Estos soldados nos ayudaron a cargarlas junto a la catapulta” contestó con cierta impotencia.
“Vaya, estos sujetos deben tener un buen sueldo” comenté mientras cruzábamos la última calle antes del muelle.
“Sí, un sueldo dado por la pequeña Eris” , objetó Gherman con media sonrisa.
“Bueno… yo les di unas monedas que recogí de las que hay tiradas en la playa” admitió Eris, algo avergonzada.
Originalmente las había guardado para dármelas a mí por si necesitaba cambio.
“En pocas palabras, subcontrataste” dije divertido al ver a Eris ponerse nerviosa.
“…… ¿Qué es subcontratar?” preguntaron los dos al mismo tiempo.
“Olvídenlo.
Luego les digo” respondí cansado, considerando seriamente la idea de darles clases de vocabulario en el futuro.
En ese ambiente más ligero, el grupo llegó al puerto.
Sobre la playa reforzada se alzaba una catapulta, firme como un guardián de hierro frente al mar.
Bajo su sombra yacían dos hombres tirados como perros muertos, mientras Diógenes, indiferente, mordía con gusto una manzana y contemplaba el horizonte donde el sol empezaba a descender.
“Parece que llegamos a tiempo” comenté al acercarme, observando a los dos hombres caídos.
Difícilmente podían llamarse refuerzos en ese estado.
“Sí, acaban de desmayarse” respondió Diógenes antes de darle otro mordisco a la manzana.
“Y justo cuando tenía hambre.” Tras decir esto, sacó un saco de dinero y lo arrojó sobre los cuerpos inertes.
“¿Les robaste mientras dormían?” preguntó Gherman con incredulidad.
“Solo les quité una moneda para unas manzanas.
Considéralo mi pago por conseguirles trabajo” contestó Diógenes con desfachatez.
“…… Yo solo les pagué cuatro monedas” murmuró Eris a su lado.
“Y yo solo cobré una.” “…… Me agrada tu pensamiento capitalista.
Lo apruebo” comentó Crow, levantando el pulgar.
“Veo que me entiendes, maestro.” Diógenes sonrió descaradamente.
Gherman y Eris intercambiaron una mirada desde la distancia.
Aquella complicidad entre el raro sujeto y su maestro los incomodaba, más aún al sentirse reducidos a meros personajes de fondo.
Algo en esa unión resultaba inquietante, casi antinatural.
“Entonces, ¿ahora qué hacemos?” preguntó Eris, intentando entrar en la conversación.
“Lo único que podemos hacer es esperar” respondí, sentándome en una barandilla con la vista fija en el mar.
“¿Y solo eso?” insistió Gherman, caminando de un lado a otro junto a Crow.
“Sí.
Nuestros enemigos no llegaron, y ni siquiera sabemos si lo harán.
Nuestra única opción es esperar.” “Entonces yo me dormiré” replicó Diógenes, acomodándose bajo la sombra de la catapulta para echarse una siesta.
“Yo los vigilaré” dijo Eris, apuntando a los guardias con la mirada.
Temía que volvieran a ser despojados.
“Adelante, solo mantente atenta.” Y así, el tiempo se deslizó en un silencio denso.
Tal como anticipé, a medida que la noche descendía, la niebla comenzó a aproximarse desde la lejanía.
No era una bruma común: parecía avanzar como un ser vivo, con un movimiento lento, deliberado, casi doloroso.
“Ya viene” murmuré, preparando la orden de encender las catapultas.
Sin embargo, a medio gesto me quedé paralizado, igual que los demás.
Nuestros ojos estaban fijos en el mar.
La niebla siguió avanzando como una ola lenta, cubriéndolo todo.
Se desbordaba como un mar blanco que inundaba la playa, borrando contornos, devorando formas, dejando a los presentes en un mundo reducido a siluetas y respiraciones entrecortadas.
No era espesa al punto de cegar, pues aún permitía observar a unos pocos pasos, pero sí impedía mirar más allá.
Era como si el horizonte hubiera sido arrancado del mundo.
Parecía una niebla común, pero Crow, apenas dio un paso dentro de ella, sintió un malestar punzante.
Era como si un nervio desconocido en lo profundo de su cuerpo hubiera sido tocado, vibrando con un dolor agudo y extraño.
“Esto no me gusta nada”, murmuré, cerrando con fuerza la mano contra la bruma que se escurría entre mis dedos.
“Yo la veo como una niebla normal”, respondió Gherman mientras giraba la cabeza a su alrededor.
“Opino lo mismo”, añadió Eris con calma forzada.
“¿Acaso no es solo niebla?”, dijo Diógenes, bostezando como si todo aquello fuera un espectáculo rutinario.
El contraste de sus respuestas con mis sentimientos me perturbó aún más.
Aquella sensación dentro de mí se intensificó, como una alarma que solo yo parecía oír.
El nervio invisible vibraba con insistencia, y con cada respiración la incomodidad crecía, como si algo en la bruma me reconociera.
Entonces sucedió.
De la superficie del mar se alzó una ola solitaria, enorme, que rompió el silencio.
Su fuerza arrastró la niebla, agitándose en espirales que parecían danzar con intencionalidad.
Entre aquella cortina movediza se delineó una silueta gigantesca.
“¡Ya está aquí, preparen—!” Me detuve a media orden.
Algo en el monstruo me obligó a callar.
Mis ojos, más agudos que los de los demás, distinguieron antes que ellos lo que era esa cosa realmente.
Un cuerpo colosal emergía de las aguas gélidas y viscosas.
Era deforme, antinatural, un monstruo marino que parecía haber nacido de la propia putrefacción del océano.
Su sola presencia oprimía el pecho, pero lo que transmitía no era solo terror: también emanaba una atmósfera extraña, como si fuera un error en el mismo mundo.
Su piel, oscura e hinchada, estaba cubierta de cicatrices rojizas.
Cada marca era una huella de manos, cientos, miles de ellas, como si innumerables dedos hubieran intentado desgarrar, sostener o arrancar su carne.
Un mosaico de desesperación marcado en su cuerpo.
Mi primera suposición fue que alguien había intentado matarlo desde el exterior.
Pero aquella idea murió al instante.
Porque, cuando la criatura abrió la boca, la verdad se reveló.
Dentro de su garganta y bajo su piel traslúcida, cientos de figuras humanas se retorcían.
Se movían como gusanos, reptando, empujándose unas a otras.
Algunas estiraban los brazos flacos que se clavaban en la carne desde dentro, deformando la superficie del monstruo.
Otras trepaban unas sobre otras, hundiéndose o emergiendo en una danza agónica.
La visión era atroz.
El monstruo no estaba simplemente herido.
Estaba habitado.
Corrompido.
Parasitado.
““…Esto…” susurré antes de extender los brazos y aferrar a Gherman, Eris y Diógenes de golpe.
Plop.
El aire se quebró como un espejo y, en un abrir y cerrar de ojos, sus figuras desaparecieron.
Plop.
Un latido después, los cuatro cayeron pesadamente sobre la tierra áspera de una isla volcánica.
El suelo estaba tibio, casi ardiente, y el aire cargado con un olor metálico que raspaba las gargantas.
El impacto los dejó aturdidos; por unos segundos, ninguno pudo entender qué había ocurrido.
Gherman fue el primero en incorporarse, con los ojos desorbitados.
“¿Qué… qué demonios acaba de pasar?” murmuró, la voz temblorosa.
Eris se llevó una mano al pecho, intentando ordenar la avalancha de pensamientos.
“No hubo aviso… ni preparación… Crow, ¿’por qué nos trajiste de repente?” Diógenes, en cambio, permaneció sentado, con la expresión descompuesta y los labios curvados en una mueca nerviosa.
No bromeó, no sonrió.
Solo miraba alrededor como si buscara confirmar que aquello no era una ilusión.
Ninguno sabía qué había pasado con el monstruo marino, como era o qué fue lo que pasó.
Menos aún comprendía por qué Crow, normalmente contenido, los había arrancado de ese lugar con tanta violencia, sin una sola advertencia.
Un silencio denso se extendió entre ellos… hasta que fue roto por el sonido de jadeos en busca de aire.
“Ha… ha… ha…” Era mi respiración.
Sonaba irregular, forzada, como si cada inhalación me desgarrara.
Los hombros me temblaban y un sudor frío corría por mi frente.
Había caído de rodillas, clavando las manos en la roca caliente, incapaz de sostener mi propio cuerpo.
Mi mente zumbaba, sacudida por un eco persistente.
Lo que había visto me aterraba.
No era el aspecto grotesco del monstruo —más feo que la peor pesadilla de un loco febril— lo que me había desarmado.
Lo que realmente heló mi sangre fue un sentimiento de familiaridad.
La niebla.
Ese ser.
Ese arrastre de carne y susurros.
No era la primera vez que lo percibía, aunque recién ahora podía ponerle nombre.
Una comprensión tardía, como un recuerdo enterrado que emerge de golpe.
Al entenderlo, un escalofrío glacial me invadió y me obligó a actuar sin pensar.
No para salvarme a mí mismo, sino a Eris, Diógenes y Gherman.
En aquella cosa sentí lo mismo que cuando escuchaba los susurros durante el ascenso.
Lo mismo que había experimentado al forjar las armas de crecimiento.
Lo mismo, débil pero inconfundible, que había rozado el día en que perdí los ojos.
La coincidencia era imposible.
Y, sin embargo, ahí estaba.
“¿Cómo puede ser…?
¿Cómo es que esto pasó…?” murmuraba, la voz temblorosa, fría y alarmada a la vez.
En esa criatura no solo había horror: había familiaridad.
Una resonancia perversa.
Una contaminación que buscaba parecerse a mí, como si esa cosa hubiera seguido el mismo camino que el mío.
“Sistema… ¿qué mierda pasó ahí?” susurré, sin importarme si los demás alcanzaban a oírlo.
“¿Por qué esa cosa tenía una contaminación del señor de los misterios…?”
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