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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Todo es tu culpa
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38: Todo es tu culpa 38: Todo es tu culpa Nerviosismo, pánico, miedo… todo eso era apenas una milésima parte de lo que sentía en ese momento.

Y el que sabía las respuestas permanecía callado frente a mí.

[… ] [El sistema no tiene nada que ver con esto, al menos no con este incidente.] Cuando recibí la respuesta casi escupí llamas de ira.

¿Que no tenía nada que ver?

Entonces, ¿de dónde mierda había salido esa cosa?

“No me mientas.

Sabes bien lo que es, y sabes también que nadie más debería estar expuesto a ello”, regañé, elevando la voz sin importarme que mis compañeros notaran mi anomalía.

No era para menos.

Aunque solo fue un instante, vi suficiente como para aterrarme y hacerme sudar frío.

Y en estos precisos momentos esa maldita cosa estaba suelta en Corinto.

Si fuera un monstruo normal no estaría tan alterado.

Pero no lo era.

Esa criatura estaba impregnada de la contaminación originada en los beyonders.

Y esa contaminación era peor que cualquier maldición existente para la gente común.

[Se repite: el sistema no tiene la culpa.] [El mundo está evolucionando, y el sistema no tiene control sobre esto.] Las palabras no me calmaron.

Al contrario: solo empeoraron la premonición que me corroía el estómago.

“Explícate”, ordené con voz ronca.

[… ] [ Para decirlo en términos fáciles de entender: el mundo, a pesar de sus avances, apenas está en las etapas de moldeado y descubrimiento.

Cada nueva cosa provoca una evolución, en mayor o menor medida.

Cosas triviales, como crear un sistema de horas, o complejas, como la gravedad o el destino, hacen que el mundo cambie, pues está siendo perfeccionado a partir de los habitantes.

Lo mismo pasó con los titanes y los primogénitos: cambiaron el mundo porque el caos los hizo para completarlo.] [En circunstancias normales no sería tan grave y todo seguiría un ritmo.

Pero si se introducen conceptos de diferentes mundos, sistemas de poder o fenómenos ajenos, este mundo aprenderá y se moldeará a ellos, ya que aún está en su etapa temprana… y los clonará a partir de una muestra.] “Déjame adivinar: yo soy la muestra”, dije con amargura.

[Correcto.

Usted, como primer beyonder, es el más propenso a ello.

Pero al mismo tiempo no: Caos ha llegado a cierto acuerdo y no actuará sobre usted a menos que sea consensuado o reclame lo que pidió.] “¿Entonces el reclamo?” [Negativo.

El Caos aún guarda eso.

Pero que no actúe sobre usted no significa que no lo hará sobre lo que dejó atrás.] “¿Lo que dejé atrás?”, repetí, y mi mano tembló mientras inconscientemente palpaba la bolsa colgada de mi cintura.

Dentro yacían ojos que ya no me pertenecían.

Al recordarlo, un escalofrío recorrió mi espalda.

Había esquivado una bala.

Si los hubiera tirado al mar, si los hubiera abandonado en algún rincón lejano, quién sabe qué habría nacido de ellos… “Espera… ¿cómo que partes de mí?” Cuando decían que perdí algo de, lo único que recordaba eran mis ojos.

Nada más.

Ni sangre, ni cabello, ni uñas.

Tetis me mantenía sano, entero, y además era más resistente que un tanque.

No había forma de haber dejado restos.

[¿Está seguro de eso?] Bastó esa simple pregunta para que el corazón se me apretara.

El aire se volvió pesado.

Y mi mente empezó a recorrer, como un rayo, cada momento de mi vida actual.

Vergonzosos, aburridos o alegres, uno por uno.

Busqué sin parar, tratando de recordar si en algún instante había perdido una parte de mí, por minúscula que fuera.

Nada.

Eso pensé, hasta que un recuerdo olvidado emergió como un cuchillo.

El rostro de Hera.

Sus ojos repulsivos.

La caída infinita.

El miedo de morir.

Y, al final, un golpe brutal que dejó este cuerpo eternamente marcado.

“Cuando esa perra me arrojó desde el Olimpo”, dije con voz seca, sombría.

[Respuesta correcta.] “Pero no tiene sentido: esto fue hace años.

La sangre, por más rara que sea, no podría durar tanto en el mar”, dije inquieto, intentando expresar mis dudas.

[La sangre divina ciertamente es especial y tarda mucho en diluirse y desaparecer incluso en el mar, pero eventualmente será absorbida por las aguas.

Sin embargo, la carne es distinta: la carne divina puede perdurar indefinidamente.] “Carne”, murmuré, incómodo.

Decir que no perdí carne sería estúpido.

Mi pierna quedó permanentemente dañada y el resto de mi cuerpo parecía un amasijo maltrecho; sin duda había perdido tejido en esa caída.

Lo que realmente me inquietaba era no saber cuánto: ¿unos trozos?

¿docenas?

¿cientos?

No sabía cuánta carne faltaba, y eso me aterraba.

Crear objetos sellados con partes mías sería horrible; monstruos contaminados ya eran espantosos, pero que se formaran nuevas secuencias a partir de mi material… eso helaba el corazón.

Conocía mejor que nadie lo que un beyonder peligroso podía provocar: la bruja, el demonio, el suplicante de secretos eran ejemplos.

No sabía si esas criaturas podrían subir Secuencias con aquello o si necesitaban algo mío, pero, tal como iban las cosas, estábamos jodidos.

Y no solo yo: quién sabe cuántas personas más se verían involucradas.

“…….” “Gherman, Eris,” susurré apretando los dientes.

“Sí,” respondieron al unísono, tensos por mi actitud.

“Utilicen la puerta de Esparta y vayan con el rey; que corte todo contacto con Corinto hasta nuevo aviso”, ordené mientras palpaba la bolsa que colgaba de mi cintura.

“¿Y tú qué harás?” preguntó Gherman, sorprendido de que crowe no los siguiera.

“A ver si puedo rescatar a algunos espartanos”, contesté sin dudar.

“Podemos ir contigo,” ofreció Eris, convencida de que sería mejor acompañar a Crow que dejarlo ir solo.

““No”, respondí de inmediato.

“Los planes cambiaron.

Ahora solo intentaré salvar a los espartanos.

Si encuentro posibilidad de hacer algo más lo haré, pero esta vez iré solo: ya que así podré escapar si la situación se descontrola.” “Entonces somos peso muerto”, comentó Diógenes.

Sus palabras dejaron a todos en silencio.

Antes de que pudieran replicar, decidí ser sincero.

“Me temo que sí.

Pues si las cosas son tan malas como imagino, el simple hecho de estar ahí los matará.” Me di la vuelta y avancé hacia la puerta sin mirar atrás luego de decir esto.

“Crow…” Eris intentó detener a Crow.

Pero Gherman la sostuvo por el hombro y negó con la cabeza mientras las uñas de su mano libre se clavaron en las palmas de sus manos: no estaba enojado con Crow, sino consigo mismo, por ser tan inútil en ese momento.

Tan inútil que solo pudo ver la espalda apresurada de Crow perderse frente a él.

“Debo darme prisa.

Tal vez aún pueda sacar a algunos de ahí”, pensé con malestar.

Con pensamientos sombríos y un humor de plomo llegué a la puerta de la isla.

La abrí y me aseguré de que, una vez al cruzar, esta no llevará a Corinto.

No podía permitir, ni por accidente, que alguien más entrara.

Xhhhh El mundo se quebró, y al recuperar la vista me encontré en la oficina del jefe de la casa de baños.

Todo parecía normal, pero un silencio pesado lo envolvía, y una niebla espesa cubría el lugar.

“Esto se extiende demasiado rápido”, pensé con cautela.

El silencio ensordecedor era extraño, más aún considerando que esta noche debía celebrarse un festival.

Salí de la oficina.

El pasillo ya no era el mismo que antes: agua se extendía por el suelo, y la neblina lo envolvía todo.

Clip.

Clip.

Mis pasos resonaban en la quietud, mientras la sensación de que algo me acechaba crecía a cada instante.

Sin embargo, recorrí sala tras sala sin hallar nada: ni monstruos, ni humanos, ni siquiera un rastro de presencia.

El vacío era absoluto, como si fuera el único ser en aquel lugar.

“Relájate, Crow.

Es una casa de baños por la noche; es normal que esté vacía”, murmuré, aun sabiendo que era una mentira.

Una mentira imposible de sostener cuando abrí la puerta principal y lo que me recibió fue un barrio griego envuelto en una niebla blanca.

Lo suficiente para borrar los detalles a unos metros, pero no tanto como para ocultar lo esencial: la calle estaba desierta.

Una calle que esa noche debería haber estado abarrotada se mostraba ahora solitaria y sin vida.

“Parece que incluso mis peores suposiciones eran demasiado optimistas”, murmuré mientras avanzaba por las calles desiertas frente a la casa de baños.

Esperaba gritos, incendios, huellas de pánico… cualquier cosa habría sido infinitamente mejor que esto: un lugar reclamado y ahora envuelto en niebla, sin un solo superviviente a la vista.

La cosa que había provocado esto era más peligrosa de lo que imaginaba; sin exagerar, parecía estar en las etapas finales de la secuencia intermedia o, peor aún, ya en la secuencia alta.

Si eso fuera cierto, con mi nivel actual no podría hacer nada.

“Por favor, manténganse vivos”, susurré a la bruma, pensando en los espartanos y en cualquiera que aún pudiera seguir con vida.

Cada paso hacía más patente mi ruego.

Las calles estaban vacías, salpicadas de trastos y restos; hasta el sonido de los animales había desaparecido Plop.

Plop.

El eco de mis pisadas retumbaban en la nada y alimentaba mi culpa: pues en buena parte, este desastre era en cierta medida culpa mía.

Mi carne había sido la semilla de esa cosa; yo la había traído hasta aquí.

“Mierda”, maldije, frustrado.

Mis pasos, que al principio fueron lentos, se transformaron sin darme cuenta en una carrera hacia el centro de Corinto, como si con prisa pudiera encontrar a alguien y, con ello, calmar la culpa.

La suerte no estuvo de mi lado.

Al llegar al centro solo hallé la fogata encendida: ningún cuerpo, ninguna voz.

Las llamas trazaban remolinos en la niebla y las sombras proyectadas se alargaban grotescamente hasta unirse a la mía.

Me quedé paralizado, aturdido; en todo el trayecto solo había encontrado niebla y restos: copas volcadas, comida aún tibia, muñecos abandonados.

Y junto al fuego, algo pequeño llamó mi atención.

Me incliné y lo recogí con las manos temblorosas: una muñeca de trapo tosca, con las coletas chamuscadas.

La sostuve y, al apretarla, una tristeza profunda y una desesperación fría me comprimieron el pecho.

Me sentí infinitamente culpable; asqueado de mí mismo.

“Tiene que haber algo.

Tengo que hacer algo”, me susurré, negándome a aceptar todo lo que me rodeaba, aunque todo estuviera justo frente a mí.

Hip.

En medio de mi miseria, un leve chasquido de chispas me obligó a alzar la mirada.

Un pedazo de leña ardiente se desprendió de la fogata y, al caer, dibujó en el suelo la silueta inconfundible de una flecha en llamas, apuntando hacia una dirección precisa.

“…” Me quedé inmóvil, observando la pila de llamas aún viva.

Sin pensarlo, una sonrisa se dibujó en mi rostro: tenue, amarga, pero auténtica.

Era como si, en medio del desastre, algo aún me ofreciera esperanza.

“Gracias”, murmuré al fuego.

Apreté con fuerza la muñeca contra mi pecho y, sin mirar atrás, emprendí la carrera siguiendo la dirección marcada.

El trayecto fue lento, tortuoso, pero nunca desvié un solo paso, temeroso de perder la señal.

Aunque la niebla cubriera todo, confié ciegamente en aquel rastro de destino.

Minutos enteros se consumieron así, en un único pensamiento: seguir adelante.

Fue entonces cuando, tras atravesar las calles desiertas, llegué a la parte más lujosa de Corinto.

Antaño, allí se alzaban majestuosas casas y jardines de los ricos; ahora, no eran más que cáscaras huecas, carcasas devoradas por la bruma.

Y entre esas ruinas un detalle me confirmó que avanzaba por el camino correcto: agua de mar.

El suelo estaba anegado, con grandes rastros salinos que se extendían como venas oscuras en la piedra.

Pero mientras más avanzaba, más lentos se volvían mis pasos.

No era cansancio; al contrario, era el presentimiento cada vez más intenso de que algo estaba profundamente mal.

Ese instinto que tantas veces me había salvado me lo confirmaba.

Por fortuna o desgracia, no tardé en descubrir la causa.

Tras doblar una esquina, la niebla se abrió lo suficiente para mostrarme un espectáculo que me heló la sangre.

Cientos… no, miles de personas.

La visión no me trajo alivio, sino un golpe brutal de desesperanza, como si la esperanza recién encendida hubiera sido aplastada sin piedad.

Frente a mí, una multitud colgaba suspendida en el aire.

Flotaban con rostros congelados en una grotesca parodia de felicidad: sonrisas amplias, pálidas, casi infantiles, deformadas por el azul de la asfixia.

Sus manos se agitaban de forma errática, crispadas en movimientos convulsos, como si sus cuerpos aún se resistieran a morir en una eternidad de espasmos.

No estaban simplemente en las calles.

Aquella procesión macabra se extendía por balcones, ventanales y fachadas enteras, sujetada por estacas que atravesaban las alturas.

Era un desfile de muerte colgante, interminable que se extendía como si fuera una especie de alfombra roja macabra para darme la bienvenida.

“ …….” 

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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