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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 La Duquesa Hinchada
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39: La Duquesa Hinchada 39: La Duquesa Hinchada Una gran pasarela de cuerpos retorciéndose se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Y aunque no había nadie muerto, aparentemente, no podría decir que fuera reconfortante.

“¿Qué secuencia podría hacer esto en tan poco tiempo?” Esa era mi mayor inquietud.

Aunque sabía del Señor de los Misterios, no podía distinguir las secuencias solo por algunos de sus poderes; no era un experto en todos sus caminos.

Con esto en mente me acerqué hacia uno de los hombres colgados, pero a medio paso me detuve.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, sus movimientos se volvieron menos erráticos, y su sonrisa comenzó a desvanecerse.

Parecía que estaba intentando resistir algo, o mejor dicho, recuperar un atisbo de conciencia.

“Esto es curioso”, comenté antes de alejarme nuevamente.

Una vez lejos, el hombre volvió a ser el mismo de antes: se retorcía como un loco, sufría espasmos y su sonrisa regresaba a la exageración habitual.

“Parece que mi secuencia es más útil de lo que pensaba”, reflexioné al comprender lo que sucedía.

Mi secuencia era Refutador, y con ella tenía resistencia a estas cosas sobrenaturales.

De hecho, se podría decir que era la némesis de todas las secuencias.

Sin embargo, no era ni de lejos la más fuerte: era equivalente a una clase con la defensa más especializada.

Eso, junto a mi resistencia natural, me convertía en el tanque definitivo.

“Es un consuelo no ser tan inútil como pensaba”, pensé, mientras me alejaba del hombre y de cualquier otro colgado, o al menos mantenía una distancia segura.

No sabía qué pasaría si me acercaba más, pero era mejor no experimentar hasta tener más información.

Con esa mentalidad avancé por las calles llenas de colgados y descubrí algo inquietante.

Entre las innumerables personas suspendidas, había ciertos individuos especiales.

Estos no estaban colgados del cuello, sino boca abajo, atados de los pies, mientras yacían dormidos.

Sus rostros lucían calmados, felices y, en cierta forma, alegres, como si soñaran algo placentero.

La anomalía me llamó la atención y, en parte, me tranquilizó, pues casi todos los colgados al revés eran niños y bebés.

“Al menos ellos siguen vivos”, me dije intentando consolarme, aunque ya sentía un nudo en el estómago.

No era reconfortante ver a un niño suspendido boca abajo, pero era infinitamente mejor que verlo ahorcado con una soga o esa sustancia negra en el cuello.

Solo esperaba que estuvieran tan bien como aparentaban sus expresiones.

“¿Qué secuencia sería?”, me pregunté, obligándome a apartar mis pensamientos de los colgados.

Sinceramente, no recordaba una secuencia con esas habilidades.

No pertenecía al Tonto, ya que las personas no parecían marionetas.

Tampoco al Suplicante de Secretos, ni al camino de la Pesadilla, el Aprendiz, la Bruja o el Cazador.

Mi mente repasaba las secuencias conocidas, cada una con sus respectivas habilidades, características y límites.

Sin embargo, ninguna coincidía con lo que veía: niebla, cadáveres, colgados, parásitos… Nada de aquello parecía familiar.

En el mejor de los casos, era una secuencia desconocida; en el peor, había aparecido una nueva.

“Sistema, ¿cuáles son las posibilidades de que se creara una nueva secuencia?” [40/100] “Eso no es nada alentador”, murmuré mientras un sudor frío me recorría la espalda por las altas probabilidades.

Que existieran secuencias ya era terrible, pero que aparecieran nuevas resultaba horroroso.

No solo porque implicaba la posibilidad de más Beyonders enloquecidos, sino porque muchas de mis ideas sobre las secuencias perderían validez.

Clip.

Clip.

Mis pisadas solo aumentaban mi inquietud, y con ellas mis ganas de salir de allí.

Sin embargo, por más que buscaba en las zonas exteriores, no encontraba a los espartanos.

Esto me dejaba con pocas opciones y, a la vez, me obligaba a seguir adentrándome.

Una estupidez, considerando que no sabía a qué me enfrentaba y que mis únicas armas eran una pistola con un solo tiro.

“Esto no puede seguir así”, me dije al ver el gran grupo de colgados, cada vez más abundantes en una dirección: hacia el centro de Corinto, justo el lugar al que debía ir sí o sí.

“Supongo que tengo que buscar al menos lo básico para la defensa”, me dije antes de mirar las casas de los ricos.

Plop.

Con una parada abrí la puerta y, sin dudarlo, entré para robar lo que pudiera servirme; casi no había nada útil en ese momento.

Lo más valioso que encontré fue una espada, pero la dejé: era demasiado larga para mi cuerpo.

Eso era más problema que ventaja, porque aunque tuviera fuerza para empuñarla, no era fácil blandir algo que literalmente me superaba en tamaño.

Como no había muchas opciones, fui al único lugar donde sabía que habría cosas prácticas: la cocina.

No había artículos demasiado útiles, pero sí dos elementos que podía aprovechar: cuchillos y, para mi suerte, “oro negro”.

Brea.

Uno de los pocos materiales inflamables que conocía de la época; aunque no ardía como el alcohol o la gasolina, servía.

Guardé los cuchillos en el cinturón del pantalón —cinco en total—; si perdía uno, tendría cuatro repuestos.

Con la brea y un par de telas improvisé unas pequeñas bombas incendiarias.

No era sencillo y requirió algo de pólvora; até la tela en dos secciones, puse brea en una y pólvora en la otra, las envolví juntas con fuerza y obtuve un petardo relleno de brea caliente.

Repetí el proceso siete veces: siete cargas incendiarias caseras destinadas a esparcir la brea encendida.

Era una bomba incendiaria, pero casera.

No estaba seguro de que funcionara, aunque era mejor llevar algo a ir desarmado.

“Esto debería bastar para darme algo de tiempo o escapar de forma más segura”, dije mientras guardaba todo en su sitio.

Listo y equipado, me preparé para irme.

Al caminar vi, en una esquina, una hoz vieja encima de la chimenea.

Estaba descuidada y sin buen filo, pero la tomé sin dudar.

La razón era simple: podía usarla.

El mango no era muy largo y se adapta a mi estatura.

A diferencia de los cuchillos, me daba un poco más de alcance en combate.

“Bien, espero que todo salga bien”, murmuré al abrir la puerta.

Apenas lo hice, volví a encontrarme con las innumerables personas colgadas.

Sin embargo, esta vez un escalofrío me recorrió la espalda y casi me obligó a retroceder.

Todos, absolutamente todos, habían girado sus cabezas hacia mí.

Me miraban con los ojos abiertos y sonrisas que casi les desgarraban el rostro.

“…” El mensaje era claro: sabían que estaba allí.

Y aun así, no me atacaban.

Aunque la piel de gallina me erizaba los brazos y deseaba huir, tuve que apretar los dientes.

Seguí caminando entre ellos, con los nervios al límite.

Cada sonido, cada movimiento, me mantenía alerta.

Lo peor era cuando alguno de esos cuerpos torcía el cuello para mirarme fijo.

Era obvio que “él” sabía de mí, pero no atacaba.

Eso me ponía más nervioso.

La pasividad del enemigo era peor que un golpe directo: significaba que estaba esperando algo.

Algo que, con toda seguridad, tenía que ver conmigo.

El enemigo me conocía, pero yo no sabía nada de él.

No conocía su rostro, ni sus intenciones, ni sus motivos.

Esa sensación empeoró al llegar al centro de Corinto.

Allí, donde antes se levantaba un templo magnífico, ahora colgaban cientos de personas.

Y aquellas tenían el peor destino por mucho.

Vestían túnicas finas, trajes elegantes, ropas de marineros.

Todos sin excepción eran gente de rango, influyente.

Y, sin embargo, habían terminado con un destino aún más aberrante.

Cientos de criaturas se arrastraban por sus cuerpos: fetos hinchados, pálidos, azulados.

Se deslizaban por la piel de los miserables como gusanos deformes.

A veces, ante mis ojos, se introducían bajo la carne y la abultaban.

Eran, sin duda, parásitos.

Pero esos parásitos, de algún modo, parecían contentos; tenían la inocencia de un bebé.

Eso sólo hacía la escena más grotesca.

Quise apartar la mirada y marcharme apenas llegué aquí.

Pero entonces noté, en la entrada del templo, una lanza clavada y varios escudos yacían tirados: los reconocí al instante.

Eran espartanos.

Eran los escudos de las personas que vine a rescatar.

Ver pistas de ellos no me alegró; me desesperó.

Sólo indicaba una cosa: los espartanos estaban ahí, en las profundidades del antaño templo el cual ahora había sido convertido en una escena sacada de las peores pesadillas que cualquiera pudiera imaginar.

“Espero que estén mejor que estos sujetos”, rogué por lo bajo antes de avanzar hacia el templo.

Los parásitos parecieron notarlo: apenas me acerqué, empezaron a despegarse lentamente y se dirigieron hacia mí.

“Un organismo hinchado y con signos de muerte por ahogamiento no puede estar vivo ni moverse; el cerebro ya no envía impulsos nerviosos y la descomposición daña los músculos”, declaré, forzando la lógica sobre lo que veía.

Hyyyyyyy.

Un chillido miserable y asqueroso salió de las bocas de los fetos inflados.

Se retorcieron como si volvieran a ahogarse, pero poco a poco fueron perdiendo la convulsión y quedaron flácidos en el suelo.

No sólo los que se dirigieron hacia mí: incluso los que se aferraban a los colgados fueron soltándose, hasta desplomarse como despojos secos.

“Parece que aún es efectivo.

Tal vez uno o dos niveles por encima”, murmuré al ver a los parásitos desplomarse.

La prueba me costó algo de espiritualidad, aunque se recargó casi al instante.

Me dio, sin embargo, una pieza clave de información: mi habilidad de Negador tenía ventaja contra estas criaturas en grupo, y quien las controlaba no estaba en un nivel abrumadoramente superior.

A lo mucho, uno o dos niveles por encima.

Peligroso, sí, pero no en las secuencias superiores.

Eso me alivió: mientras no me superaran de un solo golpe, podía aguantar o incluso desgastar a la otra parte.

Confiaba en ello gracias a tres factores.

Primero, la secuencia del Negador, que hasta ahora ha sido la némesis de muchos eventos anormales.

Segundo, mi cuerpo, más duro que un maldito tanque reforzado.

Tercero, mi espiritualidad casi ilimitada, que me permite usar mis habilidades sin demasiada restricción.

“Al menos no estoy tan indefenso como esperaba”, murmuré mientras ingresaba al templo, justo cuando de él salieron varios fetos más.

Gruñeron en mi dirección, pero pronto se desviaron hacia los colgados para seguir con lo suyo.

“Y parece que quien sea que manda esto está consciente de cada uno de mis actos”, añadí en voz baja mientras cruzaba el umbral.

El interior del templo era justo lo que imaginaba: paredes coloridas, columnas griegas, suelo pulido y cientos de pinturas celebrando el orgullo de Poseidón.

Si pudiera resumirlo en una sola palabra, sería pomposo.

No era hermoso.

Tantos colores y tanta decoración me parecían un insulto a los ojos, como si alguien hubiera decidido vaciar un arcoíris dentro.

Incluso con la tenue luz de la luna y unas pocas llamas se distinguía todo con claridad.

Si fuera de día, la sola vista me daría diabetes.

Pero, a pesar de lo cargado del lugar, había algo que destacaba como un pulgar adolorido: todas las representaciones del dios estaban destruidas.

Las estatuas carecían de cabeza o extremidades; los retratos estaban surcados de arañazos; y los símbolos que representaban a Poseidón habían sido reducidos a fragmentos.

“Parece que quien está dentro realmente le guarda un odio profundo a Poseidón”, murmuré mientras me inclinaba para recoger una cabeza de mármol, aún con obvias marcas de uñas.

La observé un instante, como tomando nota de aquel detalle, antes de tirarla a un lado sin darle más importancia mientras me dirigía hacia la parte más profunda del templo.

La sala de oraciones.

Plop.

Con un sonido seco empujé las puertas entreabiertas de la sala de oración y las abrí por completo.

Lo que vi dentro era una escena brutalmente contradictoria con el exterior.

El interior estaba impecable.

Igual de pomposo, pero ahora desnudo de estatuas o pinturas.

En su lugar, había una larga mesa servida con manjares intactos.

Y, en la parte más profunda yacía una cama, una cama que estaba siendo usada en una escena obscena: todos los espartanos estaban entregados con furia a una mujer de formas voluptuosas, y le daban por todas partes de manera desesperada como si fueran un grupo de bestias en celo.

El cuadro era tan sugerente que por un instante casi me engañó… hasta que un dolor de cabeza brutal me taladró el cráneo.

Junto al dolor, una información se incrustó en mi mente: Secuencia 5: La Duquesa Hinchada.

“…” Un escalofrío me recorrió la espalda y el sudor frío comenzó a brotarme.

Todo empeoró cuando los espartanos se detuvieron, como si hubieran recibido una señal.

La mujer giró la cabeza hacia mí y me miró con unos ojos tan encantadores que me dejaron aturdido.

Esa mirada me atravesó con la fuerza de un veneno dulce, hasta que una advertencia más fuerte apareció en mi subconsciente, junto a una visión fugaz que desgarró la ilusión: la voluptuosa mujer de cabellos negros parpadeó, y en su lugar vi lo que realmente era.

No una diosa seductora.

No una cortesana encantadora.

Lo que embestía con tanto fervor los espartanos era un cuerpo hinchado, azul y cubierto de llagas: el cadáver grotesco de una mujer ahogada, deformada por la putrefacción y hinchada hasta el extremo por el agua que aún salía de su cuerpo como si fuera una esponja mojada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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