Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 40

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. yo no pedí ser un dios maldita sea
  4. Capítulo 40 - 40 Nunca hubo otra opción
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

40: Nunca hubo otra opción 40: Nunca hubo otra opción “Por fin llegaste.” La voz era encantadora, sedosa, con el magnetismo de una mujer madura.

Cada sílaba llevaba un tinte de hechizo.

Pero era inútil.

Ya había visto su verdadera forma.

Y los innumerables colgados hablaban por ella mejor que cualquier palabra: su naturaleza era podrida.

Era irónico.

Horrible por dentro y por fuera.

“Si sabes esto, entonces también sabes por qué vine”, dije entrando en el templo sin bajar la guardia ni un segundo.

“Sí, viniste por estos cariños”, respondió la mujer, acariciando con dulzura la cara de un espartano antes de añadir algo de fuerza.

Crack.

BAM.

El sonido de una mandíbula quebrándose se mezcló con un estallido ensordecedor.

La sangre brotó del golpe, pero no era de espartano con la cara torcida, sino de la muñeca de la mujer.

Un agujero abierto chorreaba en su piel pálida.

“No estoy para tonterías”, dije con firmeza mientras recargaba la pistola con pólvora y otro balín.

El gesto fue rápido, automático, apenas un par de segundos bastaron para recargar gracias a mi familiaridad con el arma.

“Realmente no te afectó”, murmuró la duquesa al ver cómo la había atacado sin dudar.

Luego giró hacia mí con una sonrisa grotesca que se estiraba hasta sus orejas.

“Ni siquiera lo dudaste a la hora de lastimarme.” Contrario a lo que esperaba, no mostró enfado por la herida.

Estaba feliz.

Tan feliz que la sonrisa le rompió las mejillas.

La piel desgarrada empezó a sangrar a borbotones.

“¿Acaso esperabas algo más?”, pregunté en tono gélido, archivando la información en mi mente.

Habilidades: encanto.

Manipulación de cuerpos ahogados.

Dos posibles habilidades confirmadas para la secuencia de la Duquesa Hinchada.

Sólo falta verificar más características.

“Sí, pero sería decepcionante si fuera como esperaba”, contestó la Duquesa mientras su mano comenzaba a recomponerse, como si su carne fuese plastilina.

“Una recuperación de ese calibre no debería ser tan simple.

Sin ayuda externa y sin seguir los procesos de hemostasia, inflamación, proliferación y maduración una herida de esa magnitud no podría sanar”, declaré.

Mi afirmación la confundió.

Por un instante dejó de sonreír.

Y en ese mismo instante, su herida dejó de sanar.

La curación ya no era perfecta: ahora se cerraba con torpeza, como si algo interfiriera en el proceso.

Incluso las grietas abiertas en sus mejillas tardaban más en cicatrizar.

“Realmente eres bastante rígido”, comentó con una mueca que intentaba ser sonrisa.

“Sí.

Y tú, bastante indulgente.” La tensión volvió a estallar entre ambos.

La Duquesa sonreía, pero sus ojos estaban muertos como los de un pez.

Crow permanecía en silencio, irradiando un aura lúgubre propia de un depredador, acentuada por la oscuridad y la máscara de cuervo que ocultaba su rostro, dejando sólo dos cuencas negras que parecían devorarlo todo.

“¿Indulgente?”, se burló la Duquesa con veneno en la voz.

“Un olímpico hablando de—” BAM.

El disparo retumbó en el templo.

La bala pasó a centímetros de su mejilla, arrancándole apenas un mechón de cabello.

La Duquesa se quedó a media frase, sorprendida, mientras observaba a Crow con genuina confusión ante su reacción violenta.

“No vuelvas a llamarme así”, dije con frialdad mientras recargaba la pistola de manera casi mecánica.

“Puedes llamarme maldito, hipócrita, deforme o cualquier insulto que te plazca… pero nunca olímpico.” Mis dientes rechinaban con tanta fuerza que sentí que podían romperse.

La rabia me atravesaba como un hierro candente.

No era solo por cómo trataba a los espartanos y a la gente… era porque había tocado mi punto más sensible.

Frustración, arrepentimiento, culpa y enojo estaban a flor de piel.

“Eres igual de irrazonable que ellos”, comentó la Duquesa con burla.

“De todas las personas, alguien como tú tiene el menor derecho de hablarme de eso”, respondí, con veneno en el tono.

El enojo crecía entre nosotros, pero nadie iniciaba la pelea formal.

Crow no confiaba en poder vencerla; la Duquesa, por su parte, sentía rechazo hacia las habilidades que había mostrado.

De hecho, eso era exactamente lo que Crow había planeado.

El uso de la refutación que redujo su habilidad de curación no fue un acto de cólera hecho solo por el calor del momento, sino una amenaza velada.

Una amenaza que la Duquesa había tomado muy en serio.

Algo que esperaba crow pues la debilidad era una desventaja que no podía mostrarse, sobre todo estando en territorio hostil y bajo circunstancias tan apremiantes.

Crow lo entendía perfectamente: la otra parte controlaba algo que le importaba profundamente, la vida de los espartanos que lo acompañaban y de las personas colgadas afuera, y por esto más que nunca no podría perder el impulso, tampoco debía dejar espacio para que la otra parte tenga ventaja.

“Derecho… ¿y eso cuándo importó?”, replicó la Duquesa, mientras su mirada dejaba de ser encantadora y su sonrisa se transformaba en una expresión completamente inexpresiva.

“Pensar que algo está mal porque viola el derecho de otros es estúpido.

Si puedes hacerlo, todos deberían hacer lo que desean.” “En ese caso, te dejaré las cosas simples.

¿Qué hay que hacer para que te vayas de aquí y dejes este lugar, o al menos me devuelvas a estos hombres inocentes a quienes has tratado como muñecos desechables?” dije con seriedad, sintiendo un profundo asco hacia ella.

“Buena pregunta, pequeño héroe”, respondió la Duquesa mientras se acercaba, mirándome con intensidad.

“Mi deseo es simple: quiero matar a Poseidón, destruir cada uno de sus templos, masacrar a todos sus adoradores y maldecir a cada humano que alguna vez alabó su nombre, hombre o mujer.” Click.

Click.

Mientras se acercaba, cientos, miles de bebés azules hinchados comenzaron a surgir de las paredes y del suelo.

“¿Y solo por eso le hiciste esto a Corinto?

¿Solo por eso colgaste a todas esas personas inocentes?

¿Solo por eso atacaste a un grupo de soldados que pasaban por aquí?” dije, consciente de que con ella no había más espacio para discutir.

““Son creyentes de dioses hipócritas.

¿Qué importa si les hago esto?

Al fin y al cabo, terminarán igual en sus manos.

Yo solo les ahorro el camino y les doy una muerte más significativa”, replicó la Duquesa con burla.

“¿Acaso me reprocharás por eso?

¿Acaso dices que no has hecho cosas similares?

Las personas son más que herramientas; yo les doy el mérito de servir a la caída, en lugar de dejarlos caer.” “…….” “…….” “Prefiero ahorrarme todo lo que quiero decirte en estos momentos, ya que dudo que sirva de mucho.

Así que, antes de arrancarnos la cabeza como dos perros callejeros, ¿te importaría responderme una última pregunta?” “Adelante, pequeño héroe.

Concederé tu último deseo.” “¿Fuiste tú quien me siguió hasta aquí, o fue una coincidencia?” pregunté, soltando la pregunta que más me atormentaba.

“Buena pregunta.

La verdad es que ambas cosas.

Originalmente solo quería seguir a alguien para dejar de vagar tanto por ese maldito charco salado, pero cuando te acercaste sentí que tenías algo que yo quería.

Por eso te seguí dejando de lado incluso la idea de seguirte a la civilización con tal de atraparte.

Lamentablemente, no podía alcanzarte por más que lo intentara.

Fue frustrante.

Y empeoró cuando caíste en mi habilidad: con todo mi esfuerzo, lo único que te di fue un mal sueño”, se quejó la Duquesa con profunda indignación.

“Veo.

Así que al final sí fue mi culpa”, susurré mientras ella se quejaba.

Esas últimas palabras fueron el último clavo en el ataúd de mi esperanza.

La posibilidad de marcharme sin más se desvaneció; el hecho de que esa mujer esté aquí era mi culpa .

“Lo peor de todo es que—” “ Dead eye “ BAM.

Antes de que la Duquesa terminara de parlotear, un disparo —más rápido que los anteriores— resonó desde un ángulo completamente oculto, detrás de la espalda de Crow.

Al mismo tiempo, una flor carmesí brotó del lado izquierdo de la Duquesa; ella, instintivamente, había girado la cabeza ante la amenaza, y la sangre manó como una flor horrenda.

Pues en cuestión de milisegundos, gracias a solo su instinto evitó un disparo que le hubiera volado media cabeza, o al menos dañado el cerebro lo suficiente para que yo la acabara.

“Fallé”, murmuré antes de dar un salto atrás.

BAM.

Justo a tiempo: una gran masa de carne rompió el techo y atravesó el lugar por donde había entrado.

El impacto produjo una onda brutal; la fuerza residual lanzó a Crow fuera del templo, haciéndole dar varias vueltas antes de detenerse.

“¡MALDITO INGRATO!” gritó la Duquesa desde dentro.

“Parece que también la hice enojar”, murmuré mientras miraba lo que había tratado de golpearme.

No hacía falta imaginar mucho para saber lo que era: el que había destrozado el templo era el monstruo marino.

Ahora se veía peor que nunca; los parásitos humanos lo habían corroído.

Grandes huecos en su piel dejaban ver cuerpos dentro, que se agitaban como peces o gusanos.

“¡PEQUEÑO MALDITO SIN HONOR!” volvió a bramar la Duquesa, saliendo del templo con la cabeza aún a medias destrozada.

“Tú no eres un héroe ni tienes orgullo de guerrero.” “¿Orgullo de guerrero?

¿Qué es eso?

¿acaso se come?” grité intentando enojarla mientras recargaba a la carrera y huía entre los colgados hacia los suburbios.

Quería alejarme: si peleaba ahí, heriría a gente inocente.

Lastimosamente fui demasiado optimista.

Mientras corría, cientos de colgados se movían hacia mí; sus cuerpos, arrastrados por las cuerdas, avanzaban como marionetas en masa.

“¡Puta!” maldije.

BAM.

En el mismo instante de mi exabrupto, una mano gigantesca se alzó y empezó a avanzar destrozando todo a su alrededor.

La criatura iba directo hacia mí sin importarle el daño colateral: edificios, colgados, todo quedaba en su estela.

“¡Reputa!” “Las cuerdas no pueden moverse así a menos que sean sólidas o tengan un soporte”, grité mientras echaba a correr como un loco.

Gracias a esa declaración, en un radio de un kilómetro los colgados que venían tras mí cayeron inmóviles al suelo, dándome espacio para correr.

Crack.

Crack.

No hubo tiempo para salvarlos: el monstruo pisoteaba indiscriminadamente a cualquiera que se interpusiera.

“Un monstruo marino no puede salir del agua; sin la presión del mar su inmenso cuerpo colapsaría bajo su propio peso”, volví a gritar cuando la cosa estuvo a punto de agarrarme y exprimirme como un limón.

Gagagagag.

Como si estuviera atado por grilletes o sumergido en brea, la velocidad del monstruo cayó de golpe.

No se había quedado inmóvil ni se había colapsado, pero esa bajada repentina me vino de perlas: pude acelerar y alejarme.

“Haaaaaaaa.” Mi maniobra pareció enfurecer a la Duquesa; los colgados y la bestia bramaron más fuerte al correr tras mí.

Mis refutaciones les afectan los movimientos, ralentizándolos, y eso me daba ventaja momentánea.

“HAAAAAAAA.” El retraso no duró mucho.

Tras un minuto, el monstruo recuperó su ritmo; su velocidad, antes contenida, volvió desenfrenada.

Ya no ignoraba nada: aplastaba aliados, edificios y cualquier cosa en su camino mientras avanzaba hacia mí.

“Debería haber traído una bomba”, me lamenté, anticipando que esto hubiera sido más fácil si primero hubiera ido al muelle a recoger las tres bombas que había fabricado.

BAM.

BAM.

BAM.

Mis pensamientos se deshilachaban entre puños colosales que caían donde yo habría estado.

Cada impacto habría cráteres y me lanzaba con ondas expansivas; aún así, podía seguir gracias a la capa de plumas que me ayudaban a mantener el equilibrio.

Podía esquivar, pero no ileso: los golpes desgarraban mi ropa y me recordaban que, si me alcanzaban de lleno, no saldría bien parado.

Con la Duquesa detrás, desconocida en sus alcances, no había lugar para arriesgarse.

BAM.

Ya no podía quedarme pasivo.

Al esquivar por poco un golpe que destrozó parte de mi ropa, pensé: “Tengo que usarlas, al menos para causar daño básico o distraer .” Saqué una de las bolsas de la cintura.

Sujeté la pistola y preparé algo improvisado.

Mientras esquivaba otro impacto, tome la pistola y la acerque a una parte externa de la bolsa cubierta de pólvora y brea Click.

Con el pedernal de la pistola encendí la primera carga lentamente.

“Bueno, es hora de probar la puntería”, dije en voz baja.

Lancé la bomba en arco y recargé la pistola justo a tiempo para que la bolsa incendiaria estuviera frente al monstruo marino.

Click.

BAM.

Con otro chasquido del pedernal de mi pistola, un segundo disparo resonó y, segundos después, una pequeña explosión retumbó.

“En el blanco”, murmuré, satisfecho.

Al impactar, la bolsa de tela encendida soltó la pólvora en el interior, liberando la pólvora interior para que reaccionara con la llama , esto causó que explotara esparciendo la brea ya encendida por la explosión, algo sin duda ineficiente pero que se solucionaba provisionalmente con un disparo.

Apenas tuve tiempo de pensarlo cuando las llamas comenzaron a propagarse con rapidez: parte de la brea había caído sobre el techo de una casa cercana y, en menos de un minuto, ardía con tal fuerza que el fuego se extendía a las construcciones vecinas.

Pronto, las llamas parecían moverse con vida propia.

En el breve instante en que yo me regocijaba y el monstruo rugía por el fuego y la explosión que le había reventado y manchado con brea caliente, la niebla fue reemplazada por un resplandor infernal.

Las casas y sus alrededores se convirtieron en un incendio fuera de control.

“……” Observé el fuego avanzar con violencia y, de forma inconsciente, miré las otras bolsas que llevaba en la cintura.

Una idea incómoda me atravesó la mente: tal vez, sin querer, las había convertido en algo más que simples bombas caseras.

“Funcionó, funcionó demasiado bien.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo