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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Situación desesperada
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41: Situación desesperada 41: Situación desesperada “Mierda.” Fue lo único que pude decir al ver cómo todo a mi alrededor se prendía en llamas.

Y cuando digo todo, era todo: incluso las malditas casas de concreto —o de lo que fuera que estuvieran hechas— ardían sin compasión.

Como si no bastara, el monstruo también había empezado a arder, convirtiéndose en una grotesca versión pirata de red Lotus godzilla.

“Mierda”, maldije de nuevo justo en el instante en que la criatura se lanzó hacia mí con más violencia que antes.

No dudé: corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron, casi vaciando todo lo que tenía.

Pero esta vez no funcionó.

La velocidad de la cosa había aumentado de forma brutal.

Cuando me atreví a mirar atrás, lo único que vi fue una mano gigantesca levantándose para darme la mayor bofetada que jamás hubiera podido imaginar.

BAM.

El mundo se torció.

Con un golpe sordo, mi cuerpo salió disparado; el mismo suelo, el aire, las llamas, todo empezó a girar en un torbellino absurdo.

Por un segundo, el tiempo se ralentizó: vi mi propio cuerpo dando vueltas en posiciones imposibles.

Vi las casas ardiendo, las llamas trepando como lenguas hambrientas.

Vi al monstruo cubierto por un fuego que devoraba su piel como ácido.

Y vi, al fondo, a esa mujer observándome con un odio puro, casi psicótico.

Y pese a lo absurdo del momento, sonreí bajo la máscara.

Porque también vi algo más.

Vi cómo las personas atrapadas en las llamas no sufrían quemaduras.

Estaban intactas, incluso rodeadas por el fuego.

Lo único que se consumía eran las cuerdas, los fetos hinchados y algunos individuos aislados.

“Sabía que estabas ahí”, pensé con alivio, confirmando una de mis suposiciones más arriesgadas.

Te debo una.

BAM.

BAM.

BAM.

BAM.

Mi cuerpo atravesó varias casas como un proyectil maldito.

Cada pared que rompía liberaba otra explosión: la brea de las bombas que cargaba en la cintura se encendía en la fricción y las llamas, reventando una tras otra como petardos.

Cada impacto me envolvía en brea ardiente, esparciendo fuego en cada punto de la trayectoria.

Y ese fuego, como el anterior, se propagaba con una rapidez demencial, extendiendo el incendio en cuestión de segundos.

“El fuego me rodea por completo.” Las llamas devoraban todo a mi alrededor.

Parte de mi ropa ardía, aunque apenas me producía un ardor soportable: nada comparado con la magnitud del golpe.

“Haaa…” Aunque ningún hueso estaba roto, me costaba respirar.

El aire había sido arrancado de mis pulmones, dejándome mareado y desorientado.

El suelo me parecía girar bajo mi cuerpo, que apenas podía moverse.

Estaba en mi estado más indefenso, un blanco fácil para el monstruo y esa mujer.

Pero, irónicamente, el fuego que me rodeaba era mi única protección.

A esa distancia, incluso ellos no podrían encontrarme de inmediato entre tantas llamas.

Y esos segundos, aunque miserables, eran todo lo que necesitaba para recuperar aliento.

Plop.

El primer intento de levantarme terminó con mi cara golpeando el pavimento.

Un chorro ácido me subió por la garganta y tuve que apretar los dientes para no ahogarme con mi propio vómito.

“Haaaaaa…” El rugido desgarrador del monstruo me devolvió al instante a un estado apenas aceptable.

Frente a mí, avanzaba de nuevo, cada vez más cerca.

Su sombra, distorsionada por el resplandor de las llamas, parecía crecer y alargarse hasta cubrirlo todo.

Sabiendo que no podía darme el lujo de seguir en el suelo ni de descansar, intenté incorporarme lo más rápido que pude.

El dolor sordo que recorría mi cuerpo hacía que cada movimiento pareciera imposible, pero en medio de esta crisis mi cerebro tuvo un destello de inspiración.

“Cuando el cuerpo está en peligro mortal… el cerebro libera un torrente de químicos”, murmuré, como si al decirlo pudiera convencerme de seguir en pie.

“Adrenalina, endorfinas, cortisol… Todos ellos suprimen el dolor, aumentan la fuerza y la resistencia y hacen que los músculos ignoren las limitaciones normales.” BAM.

BAM.

BAM.

BAM.

Tras mis palabras, todos los sonidos de la escena se apagaron de golpe.

El rugido del monstruo, el crujir de las llamas, incluso el choque del aire contra mi piel desaparecieron.

Sólo quedó un sonido: un latido.

BUM.

BUM.

BUM.

Ese latido llenaba todo mi mundo, ahogando cualquier otra cosa.

Las llamas, el monstruo, los gritos, todo se borró hasta quedar reducido al pulso sordo que dominaba mi cabeza.

BUM.

Con ese último golpe, todo cambió.

Mi visión, antes cansada, se volvió más clara que nunca.

Cada detalle se desplegó frente a mí: el suelo ennegrecido y resquebrajado, las llamas devorando mi ropa, mi cabello rojo ondeando entre brasas, las partículas ardientes suspendidas en el aire, el monstruo perdiendo jirones de piel carbonizada a cada segundo.

Era como pasar de una pantalla borrosa a otra en calidad imposible, de 720p a un 4K brutal.

Todo era más nítido, más real.

El dolor se desvaneció de golpe.

El mareo y el peso en mis extremidades desaparecieron.

Me sentía ligero, eufórico, excitado y al mismo tiempo extraño, como si mi mente flotara en un estado que no podía comprender.

Un placer perverso me atravesaba, una calma que me hacía sentir cómodo a pesar de que literalmente estaba en la vívida descripción del infierno.

Incluso cuando vi la gran mano del monstruo acercarse directo hacia mi rostro, no sentí pánico.

Por el contrario, estaba más calmado que nunca.

Con un movimiento lento, casi imprudente, me incliné lo justo para que la mano del monstruo apenas me rozara, esquivando el ataque por un pelo.

BAM.

Una explosión retumbó cuando el golpe cayó detrás de mí.

Aprovechando la torpeza del monstruo, intenté algo extremadamente imprudente: con un giro rápido deslicé uno de los cuchillos restantes y lo clavé en su mano antes de impulsarse por su brazo.

La criatura, en un reflejo animal, trató de sacudirse como si fuera un insecto.

Agitó el brazo con violencia e intentó aplastarme con la otra mano.

Yo me aferraba con todas mis fuerzas, zarandeado de un lado a otro, hasta que vi la otra garra venir directa a aplastarme como a un mosquito.

Con un empujón rápido, esbozó una sonrisa.

“Un cuerpo tan grande, con esta consistencia, es lento e incapaz de sostenerse sin el apoyo de agua o alguna fuerza que apoye su tamaño”, grité.

Mi voz resonó entre las llamas y, por un instante, detuvo al monstruo.

Se quedó rígido apenas un segundo, pero suficiente.

Con un movimiento certero clavé otro cuchillo más abajo y, levantando mi cuerpo, apoyé el pie sobre él, creando un improvisado escalón.

Usé ese punto de apoyo para impulsarme.

Toda la fuerza en mi pierna derecha me lanzó hacia un costado, donde hundí otro cuchillo en su pecho para aferrarme con más firmeza.

GAAAAAAA.

El monstruo soltó un gruñido áspero, molesto, como si perdiera la paciencia.

Sin embargo, pese a la irritación evidente, el rugido sonaba débil, contenido, casi como si no naciera de él.

“No serán ellos”, pensé, mientras desde su pecho percibía cómo los cuerpos bajo su piel nadaban hacia mí, extendiendo sus manos a través de la carne.

“Los humanos con necrosis, los cuerpos hinchados… no deberían moverse”, susurré, golpeando con rabia el torso del monstruo, observando las manos bajo la piel que empezaban a agitarse con más fuerza.

Luego de mis palabras el monstruo se quedó rígido momentáneamente, y cuando pensaba que algo había salido mal HAAAAAAAAAA.

Otro rugido estalló, esta vez mucho más potente, un grito maníaco, desbordado de furia.

El monstruo, en un arranque colérico, levantó sus manos rígidas y las dirigió hacia su propio pecho.

No hacia mí, sino a un punto que me evitaba por completo.

Y entonces, sin vacilar, hundió sus garras en su propia carne.

Crack.

El sonido desgarrador se mezcló con un espectáculo atroz: partió su pecho y dejó a la vista cientos —no, miles— de cuerpos humanos hinchados revolcándose entre sus órganos internos, como un nido de parásitos.

La aberración empeoró cuando introdujo sus garras allí y, con desesperación casi frenética, comenzó a arrancarlos sin cuidado, despojándose parte de sus entrañas en el proceso.

En ese acto brutal, el monstruo reveló algo estremecedoramente humano: la desesperación en su forma más pura.

El impulso de hacer cualquier cosa, sin importar el precio, con tal de librarse de aquello que lo devoraba desde dentro.

“Maldito mocoso.” La voz surgió de la nada, dejando atrás el tono encantador de antes.

Ahora sonaba como un murmullo hecho de cientos de gargantas, grave y disonante.

“Mierda”, maldije, reconociendo de inmediato a quién pertenecía.

Como si respondiera a mi suposición, cientos de mechones negros brotaron y comenzaron a envolver al monstruo.

“AaaaaaAA.” El contacto provocó en la criatura una reacción violenta, desesperada.

El monstruo se retorció con más furia que nunca, pero los cabellos no se lo permitieron: crecían, se clavaban en su piel, lo inmovilizaban poco a poco.

Los cuerpos hinchados en su interior parecían salir lentamente de su letargo.

“Maldita bestia”, escupió la voz.

Y entonces apareció ella.

La dueña de aquellas hebras negras emergió sobre la espalda de la criatura.

La duquesa hinchada ya no tenía rastro de la seductora que se había presentado al inicio.

Su cuerpo estaba cubierto de horrendas quemaduras, y una cicatriz leve, aunque nada mortal, deformaba la belleza que alguna vez había ostentado.

“El cabello es solo una fibra hecha de queratina.

No puede moverse como un brazo, carece de músculos”, grité en cuanto la vi.

“¡Maldita plaga!”, bramó la duquesa, y su voz sonó aún más insoportable.

Sus mechones, al escuchar mi afirmación, se tensaron apenas, como si aquella verdad les restara fuerza.

Un detalle insignificante en otro momento… pero no aquí.

El monstruo, en su estado frenético, aprovechó esa debilidad y se desató con locura renovada.

Comenzó a arrasar con todo: golpeaba, destruía, se revolcaba contra las estructuras ardientes con tal de librarse de ella.

La duquesa, aferrada a su presa, empezaba a perder el control, cada vez más trastornada.

Sus ojos rebosaban odio mientras observaba a la pequeña figura en llamas —yo—, ese insecto que la seguía perturbando.

Y su frustración crecía aún más al notar que, a diferencia de ella, el fuego apenas me causaba un ardor superficial, mientras su carne se carbonizaba con cada segundo.

“¡Te maldigo, maldito olímpico!”, rugió la mujer, con una furia envenenada que desgarraba el aire.

Tras la maldición, hizo algo que me heló la sangre: comenzó a excavar en el cuerpo del monstruo como un gusano, abriéndose paso entre su carne ennegrecida hasta hundirse en su interior.

GAAAAAAAA El monstruo dejó escapar un alarido desgarrador, casi demencial.

Sus garras sufrieron espasmos violentos y, a través de las grietas de su piel, comenzaron a brotar tentáculos convulsos que se incubaban como larvas en su cuello.

Lo vi claro: esa chispa de esperanza que con tanto esfuerzo había encontrado estaba a punto de extinguirse.

“¡Ketos!”, rugí con todas mis fuerzas.

El monstruo, que hasta ese momento había sido puro delirio, pareció recuperar un destello de cordura al escuchar su nombre.

Sus ojos, aunque enloquecidos, se clavaron en mí, el pequeño que lo había estado ayudando.

“¡Si quieres matarla, arrójame allí!”, grité apuntando hacia el muelle.

“¡HAAAAAAA!” Con un rugido que estremeció los cimientos ardientes de la ciudad, Ketos intentó levantarme entre sus manos sin dudar de mis palabras.

Pero la bruja en su interior ya lo había previsto: sus cabellos se expandieron desde las entrañas de la bestia, endureciéndose y bloqueando el brazo que debía lanzarme.

No tenía otra opción.

“El cabello es incapaz de moverse por sí solo… Los cuerpos hinchados y necróticos no pueden desplazarse… En peligro extremo, los seres vivos liberan su máximo potencial gracias a la acción del cerebro y sus químicos…” Repetí la refutación tres veces: dos para minar a la parásita, una para darle fuerza a Ketos.

HAAAAAAAAA Con un rugido todavía más salvaje casi desgarrando su garganta, la criatura se deshizo de su propia limitación.

Aunque su brazo se desgarraba y la carne se reventaba bajo la presión, Ketos me tomó con firmeza y, usando toda su fuerza, me arrojó en dirección al muelle.

BAM El impacto del aire sonó como un látigo al lanzarme.

La fuerza era monstruosa, pero este tipo de esfuerzo en tal circunstancia incluso fue extremadamente costoso para el lanzador: el brazo de Ketos se abrió como fruta podrida, dejando huesos desnudos y musculosos colgando en jirones ardientes.

A Ketos no le importó.

Sus ojos, desorbitados, siguieron la figura que ardía y volaba, una silueta envuelta en llamas como un cuervo de fuego.

“Ha…aaa…” gimió la bestia, un lamento tan humano y tan cansado.

KRACK Y sin embargo y a pesar de estar en las últimas, tomó su propio brazo destrozado y lo arrancó con un tirón brutal.

“¡HAAAAAAAAAA!” El grito que emergió de sus fauces no era suyo únicamente: eran las voces de la duquesa, furiosa, y de los miles de cuerpos parasitarios dentro de él.

Una mezcla de rabia, dolor y locura, como si todo el infierno hubiera decidido gritar al unísono.

CRACK El brazo de Ketos se despejó y cayó al suelo entre carne chamuscada y huesos carbonizados.

Ketos se tambaleó, mientras los parásitos recobraron actividad, moviéndose bajo su piel, y la duquesa ardía en una furia cada vez más palpable, Pero a pesar de todo, a pesar de saber que pronto volvería a ser la Marioneta de esa cosa, ketos de alguna forma sentía felicidad, felicidad al escuchar ese rugido enojado y frustrado de esa mujer al saber que el, su marioneta más fuerte estaba deshilachada y destripada.

Como un trapo sucio, un trapo que ya nunca le sería de utilidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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