yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 42
- Inicio
- Todas las novelas
- yo no pedí ser un dios maldita sea
- Capítulo 42 - 42 Lucha desesperada
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
42: Lucha desesperada 42: Lucha desesperada Cuando estás a punto de morir, o en medio de un peligro extremo, el cerebro hace algo curioso: te hace recordar toda tu vida.
Y no es por consuelo, ni por nostalgia, ni por un acto divino.
Es un mecanismo de defensa: el cerebro busca, a ciegas, cualquier información que pueda salvarte.
Esto lo tenía presente.
Y ahora lo veía frente a mis ojos.
Avanzaba como un cohete envuelto en llamas hacia la playa, y mi vida desfilaba ante mí como un torrente imposible de detener.
Recordé el momento en que conocí a Gherman y a Eris.
Mi primera interacción con los espartanos.
La adopción del pequeño Amon.
Las misiones.
Mi tiempo fabricando muebles.
El sistema llamándome “feo”.
Mi despertar de secuencias.
Y escenas borrosas que no terminaba de comprender.
Todo pasaba frente a mis ojos hasta que una visión vívida inundó mi mente: mi cuerpo chocando con fuerza contra el mar.
Por un instante, ambas imágenes se superpusieron —mi yo actual a punto de estrellarse en el agua, y mi yo bebé cayendo desde los cielos hacia ese mismo mar.
Plap.
Un golpe sordo, familiar, me atravesó la cabeza.
Y con él, un conocido sentimiento de asfixia.
Mi visión se volvió confusa, opacada por el mar oscuro y frío.
Me estaba hundiendo de nuevo.
Lentamente, el océano me tragaba, y esta vez nadie vendría a salvarme.
Pero no era necesario.
Podía salvarme yo mismo… esta vez.
Con toda la fuerza que me quedaba, y a pesar de que mis músculos me mataban y mi cuerpo lloraba de dolor, empecé a impulsarme hacia la superficie tan rápido como pude.
Ignoré los quejidos en mis manos, el ardor en mis pulmones, el grito mudo de cada fibra de mi cuerpo llorando por el dolor.
Fueron los segundos más asfixiantes de mi vida.
Pero cuando mi cabeza emergió del mar helado, lo primero que vi fueron llamas.
Llamas que devoraban un barco.
El mismo en el que había llegado.
Y de su costado colgaba una cuerda, oscilando frente a mí.
“……” Sin siquiera pronunciar palabra, sin atreverme a recuperar el aliento, tomé la cuerda y comencé a trepar al barco en llamas.
Cada movimiento era un suplicio: mis brazos sufrían calambres, mis dedos se abrían solos del dolor.
Era un dolor que me volvía loco, pero no me detenía.
No había tiempo para lamerme las heridas; solo podía apretar los dientes y seguir.
Y tenía razón.
Porque apenas subí lo suficiente para apoyarme, vi, entre las llamas y el humo, cómo una figura gigantesca y tosca se acercaba hacia mí con paso lento y cojo.
“No puedo caer ahora”, bramé con voz ronca, metiendo toda mi fuerza en los brazos y saltando sobre la barandilla.
Plop.
El esfuerzo hizo que mi cuerpo exhausto cruzara el borde y cayera de cara contra la cubierta.
El golpe fue sordo, brutal, y me arrancó un instante de lucidez del aturdimiento.
Pero esa lucidez fue frágil.
Apenas intenté ponerme de pie, sentí como si estuviera caminando sobre nubes.
Mis piernas eran débiles, flácidas; un dolor sordo, profundo, recorría todo mi cuerpo, exigiendo que me rindiera.
““Ni lo pienses, maldito cuerpo”, maldije en voz baja y ronca.
“Haz algo bien por una vez en tu vida… y sigue.” Si pudiste con todo lo demás, hazlo con esto.
No eres tan inútil.
Sigue.
Con pensamientos rabiosos intenté levantarme.
Apenas lo logré.
Mis piernas temblaban, mis brazos no respondían, pero aun así empecé a caminar.
En la distancia, la figura seguía mi ejemplo.
Su andar era casi idéntico al mío: lento, torpe, vacilante, como el caminar de un anciano moribundo frente a una colina empinada.
Sin embargo, el movimiento de —mi propio cuerpo— comenzó a ganar fuerza poco a poco.
Mientras una delgada línea roja descendía por mi máscara, naciendo desde la boca y resbalando hasta la barbilla.
Sangre.
El sabor metálico llenó mi lengua.
El dolor sordo en la punta de esta tras haberme mordido a propósito me permitió entrar en mi segundo aliento: un nuevo impulso, un rugido interno que no venía del miedo, sino del odio a caer volvió a llenarme de energía.
El cerebro, desesperado, exprimió lo que quedaba de su química: adrenalina, cortisol, endorfinas y un sinnúmero de otras sustancias químicas.
“¡Me niego, estando tan cerca!”, grité con todo el aire que aún tenía.
Y corrí.
Primero un trote inestable.
Luego una carrera.
El cuerpo, roto, se movía como un animal herido que aún se niega a morir.
En medio del fuego, tomé un trozo de madera ardiendo y salté del barco.
El salto no fue largo, apenas lo justo para alcanzar el muelle.
Pero fue suficiente.
Y lo fue porque, al aterrizar, lo vi: a lo lejos, en una pequeña saliente —un puesto de avanzada— se alzaba una catapulta.
Y en ella… un barril verde.
Otros dos descansaban a su lado, esperando su turno.
“Ahí estás…” murmuré, con un hilo de voz entre la exhalación y el delirio.
GAAAAAAAAA.
El rugido del monstruo retumbó en el aire.
Como si sintiera lo mismo que yo: el final acercándose.
Ketos —o lo que quedaba de él— también comenzó a avanzar.
Su cuerpo temblaba con cada paso, y cada movimiento era un castigo.
Los músculos desgarrados se partían como sogas podridas, cayendo en jirones al suelo.
Pero aun así, seguía.
La misma desesperación que me hacía avanzar lo movía a él.
En cuestión de segundos, todo se volvió una carrera.
Una lucha entre dos cuerpos rotos por llegar primero a su objetivo.
Cada paso que daba me acercaba más a él, y cada uno de los suyos lo hacía más lento.
Ketos —o lo que quedaba de él— estaba destrozado: le faltaba un brazo y su cuerpo se tambaleaba con cada movimiento.
Era más débil que yo, aunque apenas me sostenía.
Y entonces ocurrió el milagro.
Mientras intentaba atravesar una casa, las llamas la consumieron de golpe.
Las maderas podridas cedieron bajo su peso.
Sin equilibrio ni brazo con el cual sostenerse, Ketos —o el cuerpo controlado por la Duquesa— cayó entre el fuego y el polvo.
“No seré el primero en caer”, rugía, usando ese instante para exprimir lo poco que quedaba dentro de mí.
Dejé de trotar y corrí con todo lo que me quedaba de fuerza.
Era como correr sobre nubes que amenazaban con ceder a cada paso.
Pero la capa me mantenía firme.
Aunque mis piernas temblaran, aunque mis pulmones se desgarraron, mi cuerpo no caía.
Y con cada paso, la clave de mi victoria se alzaba más clara en el horizonte.
Entre la bruma y el humo, distinguí una catapulta en el puerto: vieja, dañada, con la madera ennegrecida por el fuego, pero aún en pie.
“¡Hestia!”, grité con todo el aire que me quedaba, alzando la antorcha al cielo.
Como si me escuchara, la llama se elevó con furia, más viva que nunca.
En medio del resplandor pude ver una figura difusa, una silueta que parecía formarse en la punta del fuego.
GAAAAAAAAA.
El rugido del monstruo retumbó desde la distancia.
El cuerpo parasitado de Ketos se levantó, arrancándose del fuego y arrastrándose hacia mí, como si mis acciones lo impulsarán a él también..
“Demasiado tarde”, murmuré, con una mueca torcida.
Apunté la antorcha hacia el barril verde.
La llama pareció entender mi intención: saltó hacia la mecha y la encendió al instante.
“Muy tarde.” Sin perder tiempo, accioné la palanca de la catapulta.
El mecanismo chirrió, tembló… y luego lanzó el barril por los aires.
El ángulo no era perfecto.
La distancia, tampoco.
Pero estaba en el camino.
Y eso era lo único que importaba.
BAM.
Justo cuando la bomba estaba por tocar el suelo, una explosión estalló con una violencia indescriptible.
Ante mí, una enorme llamarada se alzó hacia el cielo.
El fuego del entorno, en lugar de disiparse con la onda expansiva, fue absorbido por la detonación, uniéndose al núcleo del estallido.
En segundos, un pilar de llamas rugientes se elevó al cielo, devorando todo a su paso.
El calor era tan intenso que el aire mismo temblaba.
Me cubrí con el brazo, aturdido por la potencia del fuego.
Pero no bajé la guardia.
Sabía que eso no bastaría.
Y no me equivoqué.
De entre las llamas surgió una figura deformada y lastimosa.
Era Ketos… o lo que quedaba de él.
Su cuerpo se había carbonizado hasta parecer madera quemada.
Pedazos enteros se desprendían de su carne, revelando lo que había debajo: decenas, quizá cientos, de cuerpos humanos fundidos entre sí, aún moviéndose, aún manteniendo aquel monstruo en pie.
Los músculos se sostenían por pura agonía colectiva, pegados unos a otros como si el sufrimiento fuera un adhesivo.
“Sabía que esto pasaría”, murmuré, sombrío… pero también satisfecho.
Estaba en las últimas, sí.
Pero Ketos también.
Solo necesitaba recargar una vez más y todo terminaría— Antes de poder moverme, el cuerpo destrozado del monstruo se inclinó hacia un costado y tomó algo del suelo: una vieja estatua sin cabeza de Poseidón, medio hundida entre las ruinas del puerto.
“Crow…” Con un sonido repugnante, el brazo carbonizado de Ketos se tensó, los huesos crujiendo como madera seca.
Luego lanzó la estatua con una fuerza imposible.
El impulso arrancó lo que quedaba de su brazo, y mientras él se desmoronaba, la estatua salió volando como un proyectil hacia mi dirección.
BAM.
El impacto fue brutal.
La estatua golpeó de lleno la catapulta, haciéndola estallar en fragmentos de madera y mármol.
Las astillas salieron disparadas como metralla.
Antes de que pudiera reaccionar, una de esas ondas me alcanzó de lleno.
Sentí que el mundo se torcía.
El golpe me lanzó hacia atrás, directo a la embarcación en llamas que aún flotaba parcialmente sobre la orilla.
Crack.
El aire salió de mis pulmones cuando mi cuerpo impactó contra el mástil roto.
La madera se partió, pero una enorme estaca atravesó mi abdomen derecho, clavándome en el lugar.
“Waaaaaah…” Un grito ahogado escapó de mi garganta mientras una bocanada de sangre me llenaba la boca.
Mi cuerpo, ya agotado, se desplomó sin fuerzas.
Los brazos colgaban inútiles.
Las piernas eran peso muerto.
Solo el cuello, tembloroso, mantenía mi cabeza erguida.
La conciencia se me escapaba, gota a gota, junto con la sangre que caía al mar.
Y aun con todo esto Seguía despierto.
Despierto mientras aquel trozo de carne sin extremidades —Ketos— se arrastraba lentamente hacia mí.
No tenía prisa; se movía con una calma grotesca, reptando entre las brasas, como un pez recién puesto sobre la tabla de cortar.
Podía verlo acercarse, podía oler la carne quemada.
Y aún así, si lo hubiera querido, tal vez habría podido escapar.
Pero no lo hice.
Me negaba a irme así.
Aunque mi cuerpo ya no respondiera, aunque la cuerda de mi vida estuviera por romperse, no pensaba rendirme.
No podía dejar a la duquesa libre.
Era un Beyonder peligrosísimo, un monstruo disfrazado de mujer, y sabía que si la dejaba viva, jamás llegaría tan lejos otra vez.
Y lo peor… es que su poder había nacido por mi culpa, por lo que si la dejaba miles de personas inocentes morirían sin motivo por un monstruo que cree.
“Aún tengo algo que puedo hacer”, murmuré, exhausto, mientras veía aquella cosa enorme acercarse paso a paso, arrastrando su miseria hacia mí.
Tenía que haber una solución.
No me daría por vencido.
Perder, cuando estaba tan cerca, no era una maldita opción.
“Cuando la gente está al borde de la muerte, el cerebro recuerda todo lo que puede… buscando una forma de sobrevivir”, susurré, atragantándome con mi propia sangre.
Y, tal como antes, un torrente de imágenes se desató en mi mente.
Toda mi vida desfiló ante mis ojos: mis errores, mis triunfos, mis pérdidas.
Buscaba desesperadamente algo, cualquier detalle que me diera una ventaja.
Plan.
Plan.
Plan.
Todo lo que sabía, todo lo que había hecho, era inútil en esta situación.
El monstruo se acercaba, y el tiempo se acababa.
Cuando Ketos finalmente llegó frente a mí, su boca se abrió de golpe, revelando el mar de cadáveres que lo formaban… y, en el centro, a ella.
La Duquesa.
Su cuerpo estaba deformado, calcinado, irreconocible.
Aun así, sonreía.
Exhausta, desfigurada, pero sonreía como si hubiera ganado.
“Perdiste, pequeño olímpico” Aquellas palabras me atravesaron más que la estaca.
Me helaron la sangre.
Me arrancaron la esperanza.
No había victoria posible.
No tenía salida.
Ella era superior a mí en casi en casi todo.
En el instante en que acepté esa verdad, algo en mi mente hizo clic.
Mientras los recuerdos seguían desfilando, algunos —borrosos, sellados, perdidos— se iluminaron de pronto.
Sabía que los olvidaría pronto, que se desvanecerán igual que como había pasado antes, pero por un segundo los tuve.
Y en ese segundo, entendí qué debía hacer.
“Je… jejeje… “,Una risa rota, mezclada con tos y sangre, se escapó de mi garganta.
La duquesa me observó con repulsión y desconcierto.
Detuvo su avance a escasos centímetros.
Por primera vez, dudó.
“Me ganaste, tu saliste victoriosa, entonces… así que obtén tu recompensa”susurré, con una sonrisa demencial.
“¡Maldito mocoso!” “2$&;94!2$;93ñ “ susurré interrumpiendo a la duquesa.
El cuerpo de la duquesa se tensó.
Su rostro se deformó mientras cientos de venas explotaban bajo su piel.
Sus ojos se inyectaron en sangre, y fluidos oscuros comenzaron a escurrir por los orificios.
Ella no entendía qué había dicho, pero su cuerpo reaccionó de forma adversa como si mis palabras fueran una especie de veneno.
“Toma tu maldito premio perra “,rugía en voz baja.
Entre espasmos, moví el brazo.
Apenas tenía fuerza, para apenas moverlo.
Metí la mano en una bolsa colgada a mi cintura y, sin dudarlo, saqué un pequeño objeto esférico.
Mientras la duquesa seguía paralizada, lo apreté con fuerza y se lo metí en la boca.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com