yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Lo que encaja y no encaja
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44: Lo que encaja y no encaja 44: Lo que encaja y no encaja “Lo sé, mamá” susurré mientras caía sobre ella.
“Sé que este poder es un veneno para mi, Pero esta es mi decisión.” con forme hablaba, me se pare lentamente se ella mientras me abrochaba la máscara y, sin querer preocuparla más, di una explicación vaga de lo que ocurría.
“pero aún que luzca mal, no tienes que preocuparte” continué, acomodándome la máscara.
“Aun si mi cuerpo sufre esto, no moriré ni desapareceré.
Solo… cambiaré.” “Hijo, esto es más que un simple cambio.” “Lo sé.
Pero también entiendes que, de alguna forma, esto me librará de mi relación con ella.” El silencio se extendió por la playa.
Tetis, con los ojos aún enrojecidos, se los limpió con una mano temblorosa.
Su voz se quebró al pronunciar la pregunta que llevaba guardando demasiado tiempo.
“¿Tanto odias a los olímpicos?” No respondí al instante.
Solo la miré a través de la máscara.
“Odio a los que representan a los olímpicos.
Odio su mentalidad hipócrita y santurrona, su falsa grandeza, esa arrogancia que los hace incapaces de mirar más allá de sí mismos.
Aborrezco su existencia altiva, y maldigo cada segundo en que tuve que estar relacionado con alguien como Hera.
Pero no… no los odio a todos.” Mis palabras resonaron con el crujido del mar.
“Entre ellos hay unos pocos que respeto, incluso admiro.
Pero son minoría, débiles perlas en una playa de basura.” Cada palabra parecía hundir a Tetis un poco más.
Ella había intentado durante años borrar el odio de su hijo, pero sólo ahora comprendía cuán profundo estaba arraigado.
“¿Puedo saber quiénes son esos pocos?” preguntó con un hilo de voz.
Todos se enmudecieron.
Incluso Eris y Gherman, que observaban desde un lado, desviaron la mirada hacia mí.
“Admiro a Hestia por mantener su sentido de justicia, por ver a los demás como iguales.
Respeto a Hades por ser de los pocos que toman su labor con seriedad sin abusar de su poder.
Tengo en alta estima a Nix, porque a pesar de su fuerza, nunca hiere sin razón y prefiere la calma antes que la gloria.” Guardé silencio un momento antes de continuar, más suave.
“Y te amo a ti, mamá.
No te venero por tu título ni por tu poder.
Te amo porque eres la mujer que, al ver a un monstruo moribundo y desechado, decidió salvarlo.
Lo cuidaste, lo alimentaste, le diste todo tu amor mientras otros solo lo veían como algo desechable… Te amo por todo eso, y dudo que algún día pueda pagarte por todo lo que hiciste por mi.” “Veo…” murmuró Tetis, entre deprimida y conmovida.
“Es bueno saber que no nos odias a todos.” “Nunca podría odiarte” respondí con firmeza.
“Tal vez algún día respete a otros, pero hasta ahora solo respeto a los individuos, no a un grupo de dioses autoproclamados.” Tras mis últimas palabras, todos guardaron silencio.
Y yo aún agotado, deje de ver a mamá y me dejé caer al suelo para descansar mejor.
Pero apenas miré el cielo mi ceño se frunció inconscientemente.
Había algo allí, algo que me molestaba.
Una sensación difusa que se hacía más evidente con cada segundo.
“Por cierto, aún no explicas lo de las secuencias.” La voz de Gherman rompió el silencio y me trajo de nuevo de mis divagaciones.
“Puedes pensarlo como un proceso en el que, tras beber una poción, te conviertes en una criatura mítica.” Respondí sin ánimo, con la voz arrastrada.
“Básicamente, algo completamente opuesto a los olímpicos, pero similar en esencia.
Otro tipo de ser sobrenatural… con habilidades igual de absurdas.” Mi respuesta fue tan seca que ninguno se sorprendió.
Solo se miraron entre ellos, intrigados.
Especialmente Gherman, que me observaba con esa mezcla de respeto y anticipación por este tema.
“La loca que me dejó así… y convirtió a Corinto en un caos, era una secuencia media.” Dije al fin, con cansancio.
A partir de ahí, expliqué todo lo ocurrido en Corinto: la aparición de la duquesa, su poder, cómo la enfrenté y, finalmente, cómo la maté.
Detallé cada cosa con calma, pero también con una claridad que hizo que todos se estremecieran.
Repetí una y otra vez lo peligrosas que eran las secuencias, y cómo la más mínima alteración podía llevar a la pérdida de control.
Mamá me escuchaba en silencio, cada vez más tensa, hasta que llegué al verdadero secreto.
“El origen de las secuencias…” murmuré, bajando la voz.
“Todas nacen de una sola fuente.
Y esa fuente soy yo.
Yo soy el ingrediente principal.” El aire se volvió espeso.
Gherman palideció, Eris dio un paso atrás… y Tetis se quedó completamente inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
Cuando procesó lo que había dicho, me tomó con ambas manos del rostro y me obligó a mirarla.
Sus ojos, todavía húmedos, ahora brillaban con un miedo que jamás le había visto.
“Júrame… júrame que nunca volverás a mencionar eso.” Intenté apartar la mirada, pero su agarre fue implacable.
“No solo tú,” añadió.
“Ellos también.” Sin darles oportunidad de dudar, invocó su divinidad.
La atmósfera cambió: un peso invisible cayó sobre nosotros.
Y casi por obligación hizo que gherman y eris hicieran un pacto de no revelar esto, así creando un juramento antiguo, uno que si se rompía provocaria la ira de las furias.
Nadie protestó.
Ni Gherman ni Eris.
Solo aceptaron… y sellaron en silencio el juramento sin hacer mayores preguntas.
Quise protestar, pero no pude.
Entendía por qué mamá actuaba así, aunque me incomodaba verla tan seria.
Buscando romper esa atmósfera sofocante, intenté cambiar de tema con torpeza.
“Por cierto… ¿cuánto tiempo llevo dormido?” pregunté, intentando aligerar el ambiente.
El resultado fue todo lo contrario.
Las caras de todos se volvieron incómodas; Gherman y Eris se miraron, forzando sonrisas impotentes que solo empeoraron mi sensación de inquietud.
“¿Cuánto?” insistí, esta vez con un tono más tenso.
El silencio se alargó.
Finalmente, eris respiró hondo y, con una expresión que no supe leer, respondió con voz baja: “Hoy es la nueva luna llena… así que ya han pasado cuarenta y cinco días.” Por un momento, todo pareció detenerse.
Sentí un vértigo repentino, como si el suelo se abriera bajo mí.
Cuarenta y cinco días.
Un mes y medio.
Había estado en coma durante un mes y medio El pensamiento me golpeó tan fuerte que sentí una punzada en el pecho, como si el simple hecho de comprenderlo me provocará un infarto.
Mientras me debatía entre el dolor y la confusión, Tetis me observaba con una mezcla de curiosidad y ligera preocupación.
No entendía qué tenía de grave mi reacción; al fin y al cabo, un mes y medio no era tanto.
Entre sus conocidos había dioses que habían dormido siglos enteros.
No fue hasta diez minutos después, cuando logré recuperar el aliento, que empecé a repasar mentalmente mi larga lista de posibles asuntos descuidados.
La primera y más importante era Amon.
El Cual había dejado a cuidado de orochimaru, Sin pensarlo mucho me levanté di una orden a eris y gherman para que me esperaran en la playa y salí corriendo hacia la dirección en donde estaba amon junto a tetis que me seguía de cerca Por suerte, el pequeño estaba bien.
En cuanto lo vi, sentí cómo el pecho se me descomprimía.
Estaba igual de risueño que siempre, y Orochimaru, a su lado, me dedicó una leve inclinación, como diciendo “todo bajo control”.
“Gracias…” fue lo único que logré decir.
“¿Así que esto te tenía tan preocupado?” comentó Tetis con una sonrisa al verme abrazar a Amon.
“No te atormentes tanto.
Orochimaru y yo lo hemos cuidado bien, ¿verdad?” Amon soltó una risita cuando Tetis empezó a hacerle cosquillas, y la escena me arrancó una sonrisa cansada.
Era extraño verlos así… casi como una familia normal.
“No solo Amon”, aclaré, todavía con el alivio a medio respirar.
Porque sí, Amon era una de mis prioridades… pero no la única.
También debía averiguar qué había ocurrido con mis empleados, cómo habían sobrevivido a mi ausencia y, sobre todo, qué había pasado en Corinto.
Cuando pensé en lo que había pasado en corinto, los recuerdo me golpearon como un latigazo.
La pelea.
El fuego.
El empalamiento.
La duquesa consumida por su propia secuencia.
Pero algo no cuadraba.
Había huecos, lagunas en mi memoria que se mezclaban como fragmentos rotos.
Era caótico, sin sentido, y me hacía dudar incluso de que esos recuerdos fueran míos, aunque sentía en la piel cada uno de ellos.
“Haah…” gruñí, frotándome las sienes con fastidio.
Tetis, preocupada, dio un paso hacia mí, pero levanté la mano antes de que hablara.
“No es nada… solo intento recordar algunas cosas borrosas”, murmuré, esforzándome por sonar tranquilo.
Mi mente era una masa espesa, una pasta confusa de imágenes mezcladas y pensamientos dispersos.
Pero comprendía que forzar los recuerdos no serviría de nada.
Ya tenía suficientes problemas; lo más urgente ahora era comprobar las dos cosas que más me preocupaban.
Primero, mis trabajadores.
No sabía si seguían vivos o si habían logrado resistir durante mi ausencia.
Y segundo… Corinto.
O más bien, la infección.
Tenía que ir.
Tenía que ver con mis propios ojos si Hestia había logrado contenerla o, al menos, retrasarla lo suficiente para que yo aún pudiera intervenir.
“Mamá, tengo que ir a ver a mis trabajadores.
¿Podrías quedarte con Amon y cuidarlo?”, pedí mientras la miraba.
“Seguro, cariño.
Pero si ocurre algo, deberías decírmelo.” Tetis colocó una mano sobre mi hombro; su voz tenía esa ternura que solo ella podía mantener incluso cuando sabía que mentía.
Como era de esperarse, había notado que algo andaba mal conmigo.
Quise explicarle, pero no pude.
Ya la había hecho llorar demasiado, ya la había cargado con mis decisiones.
No podía sumarle más peso.
Y además… el problema que tenía, por ahora, no parecía afectarme tanto.
O al menos eso quería creer.
Con esa inquietud me alejé de donde estaba Amon y caminé hacia el lugar donde deberían encontrarse mis empleados.
En el trayecto me reencontré con Gherman y Eris, quienes parecían haberme esperado después de que los dejará atrás un momento.
“Ustedes son los más enterados de lo que pasó en mi ausencia.
Denme un resumen de la situación del campamento”, ordené con rapidez mientras seguía avanzando.
“La situación es estable, pero no ideal”, respondió Gherman con tono profesional.
“Gracias a que dejaste la puerta de teletransportación y una reserva de pólvora negra, pudimos comerciar con los espartanos para obtener los suministros básicos durante tu ausencia.
Pero nada más allá de eso.
Sin acceso a la zona volcánica, nuestra producción de pólvora era limitada.
Por eso, y para no desperdiciar demasiado mientras esperábamos tu regreso, tuvimos que variar un poco nuestra forma de obtener recursos.” “En pocas palabras, pasamos del comercio a la caza, la recolección y la pesca para mantener los números estables”, añadió Eris.
“Debido a eso, el progreso se ralentizó bastante en las áreas de manufactura y obtención de materiales más complejos.” “Pero, como lado positivo, hemos puesto a prueba todo lo que nos enseñaste y lo aprovechamos al máximo”, intervino Gherman con un toque de orgullo.
“Por ejemplo, implementamos la purificación de agua salada mediante ebullición y recolección del vapor, lo que nos permitió generar agua limpia.
Los restos de pescado los usamos como abono para la agricultura, y eso nos ayudó a iniciar la siembra de tubérculos y otras plantas básicas.” “También mejoramos en la curtición de pieles gracias a la constante caza, y cada vez más personas están fabricando sus propios uniformes de Cuervo”, completó Eris, recordando con una sonrisa las nuevas prendas improvisadas.
Ante el reporte terriblemente optimista que escuchaba, mi expresión se volvió rígida.
Sinceramente, no sabía qué decir.
Claro, tenía fe en que al menos sabrían lo básico para sobrevivir un tiempo, pero no esperaba que se las arreglaran tan bien.
Algo que confirmé de primera mano, pues al llegar a donde estaban mis empleados los vi trabajando en distintas áreas.
Era tal como lo había descrito Gherman: la gente se ocupaba en agricultura, purificación, caza, textilería y curtido de cuero de manera constante, todo con una eficiencia que haría sonreír a cualquier amante del orden.
Incluso los niños estaban pescando o ayudando en lo que podían, mientras los adultos les explicaban y aprendían pacientemente junto a ellos, creando un ambiente donde todos eran a la vez maestros y aprendices, compartiendo experiencias, consejos y pequeños descubrimientos.
Entre todas las malas noticias y las complicaciones, esa visión era sin duda la más reconfortante.
No solo porque demostraba que, con lo poco que les había enseñado, ya podían valerse por sí mismos, sino porque también confirmaba que mis esfuerzos no habían sido en vano.
Había algo profundamente satisfactorio en eso, como si un maestro viera a sus alumnos prosperar por primera vez.
El sentimiento era nuevo y reconfortante… pero tuve que ahogarlo.
Aunque aquello era una sorpresa agradable, no significaba que todo estuviera resuelto.
Corinto aún me esperaba.
Y, siendo sincero, no tenía idea de lo que encontraría allí.
Pero algo dentro de mí ya sabía que no me iba a gustar.
.
.
.
Por cierto… Ahora que lo recuerdo, dejé dos bombas activas en ese lugar.
Pensé con amargura, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda al recordar que aquellas dos cargas seguían ahí, silenciosas, esperando.
«…Espero que no se las hayan…» A media frase me congelé.
Instintivamente llevé la mano a la cintura.
Allí estaba mi cinturón, con la bolsa de tela bien sujeta.
Eso me dio un leve alivio… hasta que moví la mano un poco más y noté una ausencia inconfundible.
«Me falta la pistola», pensé.
La idea me cayó encima como un balde de agua fría.
Entonces, una imagen se formó en mi mente, nítida como una herida recién abierta: la estatua del bastardo de Poseidón desplomándose sobre mí, el rugido del aire cortado por toneladas de piedra cayendo a la velocidad del sonido.
Intenté cubrirme con los brazos —una reacción estúpida, instintiva—, pero mis pequeños brazos no eran rivales para un bloque de mármol que descendía como un meteorito.
El resultado fue obvio.
Salí volando, y entre el impacto y el dolor, recordé que mi pistola se me escapó de las manos.
Seguramente cayó lejos, perdida entre los restos y el polvo.
En ese instante, ni siquiera tenía fuerza suficiente para cerrar los puños, mucho menos para sostener un arma.
“Mierda “murmuré al darme cuenta de cómo otro problema se sumaba a mi larga lista.
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