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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 45

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45: El peor desenlace 45: El peor desenlace Los realistas como yo siempre piensan en lo peor, mientras las personas idealistas esperan siempre lo mejor.

Era una idea que llevaba tiempo grabada en mí.

Sabía demasiado bien que el mundo no era color de rosa.

Y, aunque siempre creí estar preparado, nunca me había sentido tan estúpidamente ingenuo como ahora.

Frente a mí, en medio de un páramo gris y en ruinas, se alzaba una puerta extraña sobre los restos de lo que alguna vez fue una hermosa casa de baños.

O mejor dicho, lo había sido.

Ahora no quedaba más que carbón y piedra calcinada.

Todo se derrumbaba lentamente, como si incluso las ruinas quisieran olvidar lo que fueron.

La antigua sociedad que alguna vez floreció aquí se había convertido en una ruina: húmeda, ennegrecida, con una lluvia tenue que empapaba mi abrigo de plumas y el cuero endurecido que me cubría.

Guardé silencio.

Durante un largo rato solo observé.

El sonido de mis botas rompiendo los fragmentos carbonizados me devolvió a la realidad.

Cada paso crujía como si pisara huesos viejos.

El olor a humedad se mezclaba con el de la ceniza y algo más… un rastro agrio de carne corrompida.

Comencé a avanzar entre las ruinas.

No había señales de vida.

O al menos, no evidentes.

Cada cierto tramo me encontraba con cuerpos tirados, algunos refugiados bajo estructuras colapsadas.

No sabía cuál había sido su causa de muerte, pero intuía que no fue por la pelea que tuve con la duquesa.

Sus cuerpos aún no estaban lo bastante descompuestos para eso.

De hecho, apenas comenzaban a pudrirse, y el olor era tan punzante que ni siquiera la máscara lograba bloquearlo del todo.

“Lo siento…” fue lo único que pude murmurar ante sus cuerpos.

En medio de las ruinas, los cuerpos y la lluvia, solo quedaba yo.

El responsable de todo.

O al menos, uno de los mayores responsables.

Cada casa destruida, cada cuerpo en descomposición, cada futuro que se extinguió en esta ciudad… todo era consecuencia de mis decisiones hasta cierto punto.

Luego de vagar un largo rato, perdido y buscando en vano algo que pudiera salvar, terminé llegando al corazón del antaño majestuoso Corinto.

Ahora, solo quedaban los restos de una estatua y una fuente llena de agua negra.

Sin decir palabra, ni intentar seguir buscando entre el desastre, me dirigí al centro de la fuente y me senté.

Estaba agotado.

No físicamente, sino mentalmente.

La culpa pesaba más que el abrigo empapado sobre mis hombros.

Entonces, en medio del silencio y la lluvia, un sonido que no escuchaba hacía mucho tiempo resonó en mis oídos: [ Esperaba algo distinto al venir ] Era mi sistema, hablándome otra vez.

“Si te soy sincero, no.

Pero al menos deseaba encontrar una vista más optimista.” Murmuré mientras observaba la lluvia caer y le respondía al sistema.

[ Al menos salvaste a muchos ] “¿Lo hice?” pregunté, sin creerlo.

“Yo solo veo cadáveres… y una ruina abandonada.” [ ¿Y por qué murieron esas personas?

Más importante aún, ¿por qué se fueron?

Abandonar Corinto, por más destruido que esté, no es lógico.

] Guardé silencio.

“Sí… ¿por qué se fueron?” repetí, casi en un susurro.

El repentino recordatorio del sistema me sacó del aturdimiento.

Miré a mi alrededor con más atención.

Corinto estaba arrasado, sí, pero incluso así no tenía sentido que todos hubieran desaparecido.

Por muy dura que fuera la situación, era más sensato quedarse entre las ruinas que empezar desde cero en otro lugar.

Además… ¿por qué murieron los que se quedaron?

Aún con hambre o sed, las reservas no quemadas y el lago cercano habrían bastado para sobrevivir unos días más o al menos les servirá para aguantar más tiempo.

Con más preguntas que respuestas, me incorporé y caminé hacia uno de los cuerpos que había dejado atrás.

Me arrodillé frente a él y comencé una inspección rápida.

“Mujer, entre veinte y treinta años.

Rubia natural.

Muestra signos de putrefacción, pero no hay heridas visibles.

Nada en el torso, el rostro ni las piernas.

La única anomalía son las uñas… se han caído.

Quizás las usó demasiado o se cayeron por una razón que desconocía.” Me quedé pensativo.

¿En qué pudo haberlas usado o por qué se cayeron?

Dejé el cuerpo y avancé hacia otros, examinando uno por uno.

El patrón se repetía: uñas arrancadas o reducidas a fragmentos.

Ninguno mostraba heridas externas graves.

Solo ese mismo detalle inquietante persistía en todos ellos.

Quisiera decir que descubrí algo más, pero fue inútil.

A pesar de recorrer una y otra vez las calles confundidas de Corinto, no encontré la causa.

Sin embargo, algo sí quedó claro: los sobrevivientes no habían desistido en su huida… algo los había obligado a marcharse.

“Haah…” suspiré cansado mientras un nuevo dolor de cabeza comenzaba a apretar mis sienes.

En cierta forma, me sentía casi agradecido por ello.

Ese dolor, esos problemas, me ayudaban a no pensar demasiado en todo lo que había causado.

Pero sabía que era solo una distracción temporal.

Enterrar mis arrepentimientos bajo el trabajo era como beber veneno para calmar la sed.

“Sistema, ¿tienes algún comentario o análisis que me ayude a entender qué pasó aquí?” [¿Ha considerado revisar los muelles?] “Por qué los muelles especialmente “  [ por qué es el lugar en donde pereció la duquesa y hay altas probabilidades de que sí hay algo mal, definitivamente estará ahí ]  “…Sabes, eres más útil de lo que pensaba.” [O tal vez solo necesita hablar más conmigo, en lugar de dejarme acumulando polvo en una esquina.] “Sí… también.” respondí con incomodidad antes de seguir la dirección que me indicaba.

El camino hacia los muelles era gélido.

No solo por la lluvia helada que se filtraba bajo mi ropa, sino porque cada paso que daba traía de vuelta recuerdos fragmentados de aquella noche: mi desesperación, los movimientos erráticos por salvar a las personas que había puesto en peligro, la locura de esa pelea imposible que, de algún modo, logré ganar.

Todo regresaba en oleadas.

Y con ello, una sensación creciente de incongruencia.

Recordaba lo sucedido, sí… pero sentía que algo crucial se me escapaba, algo que debía recordar y que se deslizaba de mi mente como agua entre los dedos.

Ese malestar alcanzó su punto más alto cuando llegué a las inmediaciones del muelle.

Allí, en medio de lo que alguna vez fue un puerto imponente, solo quedaban una estatua y un cadáver gigantesco.

“Ketos…” susurré, con la voz ahogada.

Click.

El sonido resonó en mi mente justo cuando mi visión se nubló.

Un dolor agudo, brutal, me atravesó la cabeza y me obligó a arrodillarme.

Ver el cadáver de Ketos —no el mar— ya que al ver las aguas, una gran cantidad de información entró con violencia en mi cabeza.

Secuencia: 9 — Bella Durmiente 8 — La Dama 7 — Mujer Fatal 6 — Madre Expósita 5 — La Duquesa Hinchada Cuando esa información cayó en mi cerebro, un violento sentimiento de náuseas me golpeó.

Una incredulidad pura nació en mi cabeza.

No era por el cadáver de Ketos.

Ni por la repentina secuencia que acababa de irrumpir en mi mente.

Ni siquiera por la sensación previa de que olvidaba algo crucial.

La incredulidad —y el miedo— nacieron del mar.

En su superficie flotaba una ligera niebla, inofensiva a primera vista.

Pero bastaba mirar un poco más allá para entender que algo estaba horriblemente mal.

En las profundidades, las cosas se movían.

Criaturas que parecían peces, estrellas de mar, cangrejos… pero no lo eran.

Las estrellas tenían dientes.

Los peces tenían rostro humano.

Los cangrejos, labios humanos.

Y las algas brillaban con un color imposible, un resplandor venenoso que se arrastraba bajo las olas como una enfermedad viva.

Ese mar —o lo que quedaba de él— se había convertido en una fuente absoluta de contaminación.

No una contaminación química, sino algo mucho peor: una corrupción nacida de una sola secuencia.

La secuencia de la Dama Hinchada.

“…Mierda.” El cuero cabelludo se me entumeció.

Un terror helado recorrió mi cuerpo mientras los hilos se conectaban, uno tras otro, dentro de mi mente: la desaparición de la gente, los cuerpos tirados y pudriéndose en las calles… “Todos son Beyonder fallidos o incluso recién creados.” Las palabras se escaparon de mi boca apenas en un susurro, mientras luchaba por no vomitar.

.

.

.

“¿Cómo… cómo ocurrió esto?”, murmuré con voz ronca, con la mirada fija en el mar.

[Fuente original: usted.

Su sangre, su carne y sus restos darán nacimiento.] En medio de mi confusión, el sistema volvió a hablar.

Su tono era neutro, pero cada palabra pesaba como plomo.

Sangre.

Carne.

Mientras esa idea ardía en mi mente, una imagen me golpeó.

Levanté la mirada y vi hacia Ketos.

No… más allá, sobre una barca destrozada, justo en el mástil roto.

Ahí había una gran mancha roja.

Cuando fui empalado… Sangre.

Sangre sobre el mar.

“Pero solo fue un poco.” Mi voz tembló, intentando refutar la idea, aferrándome a algo de lógica, aunque sabía que era inútil.

[¿Está seguro?

Recuerde que apenas unos fragmentos de su carne bastaron para crear a la Duquesa Hinchada.

¿Qué cree que sucederá cuando una criatura de alta secuencia, que alguna vez poseyó un ojo completo, colapse en un mar que ya contiene su sangre?] Ante esa respuesta, me quedé en silencio.

Sentí cómo la piel del rostro se me tensaba y la expresión se me volvía más oscura.

El sistema tenía razón.

Y eso solo significaba una cosa: la situación era mucho más peligrosa de lo que imaginaba.

Corinto ya no era una ciudad.

Era un reactor abierto, un Chernóbil espiritual, y mi sangre —junto a los restos de la Duquesa Hinchada— eran su núcleo en fusión.

Todo lo que alguna vez respiró aquí ahora estaba contaminado.

Y el mar… el mar se había convertido en un campo de caza perpetua para la secuencia de la Duquesa Hinchada.

.

.

.

“……” Literalmente, este era el peor resultado posible.

No solo por su significado, sino por lo que implicaba.

Gracias a esto, se había abierto un nuevo camino… y los nativos, ahora, tenían acceso a una secuencia.

En otras circunstancias, eso no habría sido tan terrible.

Si hubiera sido la del Cazador, el Adivino o alguna vía del tipo positivo o neutral, la humanidad habría podido aprovechar esto y así defenderse de los dioses y monstruos de esta era.

Pero no.

Lo que había surgido era, sin lugar a dudas, una de las secuencias más horribles: la de la Duquesa Hinchada.

Y, por lo que había visto, no era menos perversa que las del Suplicante de Secretos o la Bruja.

“¿Por qué no podía ser algo como la secuencia del Sol el marinero o cualquiera de la vía del creador original exceptuando el suplicante de secretos?”, murmuré, profundamente afligido e indignado.

Tal vez… si lograba hacer aparecer esas secuencias podría… A medio pensamiento, mis pupilas se contrajeron.

Una alarma resonó dentro de mi cabeza con fuerza ensordecedora.

Aquella idea era más que una completa estupidez, era una reverenda locura Traer a los Beyonders a este mundo sería una maldita locura.

Ellos no eran más que almas rotas buscando salvación en el abismo.

Pero… ya había una secuencia malvada suelta.

¿Quién la contendría si no era yo?

Nadie más se molestaría en arreglar este desastre.

Los olímpicos, en el mejor de los casos, jugarían con ella como si fuera un juguete nuevo.

¿Y decirle la verdad a alguien bueno, como Hestia?

Ni en sueños.

Por más aprecio que le tuviera, mi madre ya me había hecho jurar que nunca revelaría nada.

No por confianza… sino porque sabía lo que podría pasar si este secreto caía en manos equivocadas.

Si llegaba a oídos del bastardo paranoico de Zeus, mi destino sería el mismo que el de Perseo… o el del pobre desgraciado que intentó ponerle los cuernos a Hades en su propio hogar.

Estos pensamientos contradictorios deformaban mi rostro.

No sabía qué expresión tenía, solo que era fea, torcida por la duda y el cansancio.

El tiempo pasaba, y la idea que había nacido en mi cabeza se aferraba como un parásito imposible de arrancar.

Por más que la odiara, no podía negar que tenía algo de razón.

Aunque me repugnaba la idea de crear o manipular secuencias malvadas, no podía ignorar que la aparición de Beyonders de vías como la del Sol o la del Cazador sería una bendición en este momento.

Más aún cuando sabía que todavía había fragmentos de mí… lejos, contaminando el mundo, dando origen a otras secuencias desconocidas.

Secuencias que, inevitablemente, dañarían a inocentes.

Y si lo de Corinto volvía a repetirse… ¿Podría detenerlo yo solo?

¿Habría podido evitar este desastre si existieran secuencias como la del Sol, el Marino o el Cazador para equilibrar el caos de la Duquesa Hinchada?

“Mierda, ¿qué estoy pensando?”, me maldije entre dientes, sintiendo que mis propias ideas se volvían contra mí.

En mi desesperación había entregado todo, y aún así fue poco.

Sabía que no podía hacerlo solo… pero, ¿realmente era buena idea seguir este camino?

Ya había abierto la caja de Pandora una vez.

Y ahora estaba considerando abrirla por segunda vez para lidiar con el desastre que creó la primera vez que la abrí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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