yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Por un mejor mañana
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46: Por un mejor mañana 46: Por un mejor mañana “……” El retumbar de las olas rompiendo en la orilla me relajaba, aunque la escena no tenía nada de pacífica: a mi lado yacía el cuerpo chamuscado de un monstruo marino; más allá, en las aguas, nadaban cosas que no deberían existir en este mundo.
Aquello parecía sacado de una pesadilla drogada; no había consuelo posible, solo las consecuencias de mis actos, y cosas a las que afrontar.
Había cosas que no quería hacer, pero la urgencia mandaba: y para mí pesar no bastaba con dar todo mi esfuerzo, pues por más que me doliera, yo no bastaba.
Había repartido pólvora, pero retenido las armas de fuego; enseñaba técnicas, pero evitaba que el conocimiento se esparciera entre quienes no consideraba dignos.
Era, en el fondo, tan pretencioso y celoso como los sujetos a los que despreciaba.
“Haaa…” suspiré, exasperado.
Realmente soy un hipócrita.
[O tal vez solo es humano.] La respuesta del sistema me dejó frío; no la negué ni la aparté.
“Sistema, ¿puedes ser honesto conmigo?” pregunté, jugando con un trozo de estatua hundida en la arena.
[Soy siempre honesto con usted.] “¿Soy similar a los olímpicos?” dije, cansado.
[Tal vez debería preguntarse en qué se diferencian ellos de las personas.
Cada olímpico, pese a creerse un dios, no es sino una versión humana exagerada: egoísta, lujurioso, corrupto.
No hay nada vergonzoso en compartir ligeras similitudes; al fin y al cabo, son humanos y representan los valores de su época.] “Supongo que sí,” murmuré antes de lanzar el pedazo de estatua al agua.
El chapoteo me devolvió la impotencia, y apreté los dientes.
“Aun así, los odio.” [Entendible.] “Pero por eso mismo trataré de no ser como ellos,” susurré.
Tras aquella conversación y mucha reflexión en silencio, tomé dos decisiones.
La primera, la que me llenó de pánico: conceder el poder de una secuencia a otros.
Sí, traería desgracias; sí, abriría la puerta a abusos.
Pero también podría sembrar esperanza.
La humanidad no es una cosa que pueda o deba proteger; son individuos con voluntad propia.
Darles la opción sería darles los medios para valerse por sí mismos.
Y siendo honestos, yo no tenía el poder para protegerlos, si se repetía lo que pasó en corinto dudaba poder evitar la tragedia por mi cuenta.
La segunda decisión fue expandir el conocimiento técnico que atesoro, sin importar el origen de quien lo reclame.
Lo hago por dos motivos —uno egoísta, otro realista—.
El egoísta: no quiero repetir a Zeus, quien por ego y arrogancia robó el fuego a la humanidad; monopolizar saberes me convertiría en otra tiranía.
El realista: necesito infraestructura, materiales y manos; sin una red amplia de trabajadores y especialistas no podré producir la tecnología necesaria.
Mi actual monopolio era literalmente una jaula de la que debía salir.
“Haaaa… espero estar haciendo lo correcto.” [Lo está haciendo.] [Además, con su sistema y sus secuencias, usted puede tener la ventaja en la carrera tecnológica que planea comenzar.] “Eso espero,” contesté, resignado.
Luego de mis últimas palabras me levanté y miré a Corinto.
Este lugar, que años atrás fue hermoso, ahora era solo una ruina contaminada.
Inhabitable.
Pero también un sitio que debía mantener bajo vigilancia, no solo por la secuencia de la Duquesa Hinchada, sino porque Corinto, o lo que quedaba de él, podía ser utilizado para fundar una nueva ciudad.
Click.
Mientras caminaba entre los escombros del puerto, mi pie tocó algo duro.
Al mirar hacia abajo, una mezcla de sorpresa y pena me apretó el pecho.
Bajo mis pies yacía una parte de un arma que conocía muy bien.
Sí, lo que había pisado no era más que un fragmento de una de mis armas de fuego.
Por lo que veía, solo quedaba el cañón; el cuerpo, la empuñadura y el perno habían desaparecido.
“Así que aquí fue donde terminaste amiga mía,” susurré mientras sostenía los restos del arma en mis manos.
[La reparará.] “Sí, y de hecho pienso mejorarla,” murmuré, guardando los restos de mi confiable pistola.
Tenía mucho que hacer.
Y mucho que mejorar.
También hay que investigar, pues ahora Corinto ya no era una opción como aliado.
Con esos pensamientos en mente, emprendí el lento camino fuera de la playa.
Avanzar entre las ruinas era pesado, y cada tanto me detenía al ver los cuerpos esparcidos por el suelo.
Cuerpos que yo mismo me moleste en decapitar con el cuchillo que aún llevaba encima.
No podía darme el lujo de que apareciera otra Duquesa, al menos no ahora.
Era consciente de que intentar suprimir el surgimiento de una secuencia no serviría del todo, pero al menos podría ralentizarlo.
Una vez frente a la puerta, me dirigí hacia la isla volcánica y entré en mi taller.
Allí, con unas vasijas que había comerciado con los espartanos, me preparé para un experimento.
Cada vasija fue llenada con agua y transportada a una zona cercana al taller.
Una vez tuve cinco de ellas, las llené con algas, pasto y otras plantas.
Tras hacerlo, tomé un cuchillo y, observando su filo, lo acerqué a mi cuello.
Click Corté varios mechones de cabello que cayeron frente a mí y los introduje en una de las vasijas.
Luego me corté las uñas, añadí algo de sangre de una pequeña herida y, por último, en la vasija libre deposité el ojo restante que guardaba en una bolsa.
“Sinceramente, esto parece un ritual satánico.” Fue lo único que pude decir mientras observaba las vasijas.
Aun con la mala impresión que me causaban, debía hacerlo.
No solo para estimar el tiempo de los cambios, sino también para descubrir si cada parte de mí afectaba, en cierta medida, la creación de la secuencia.
“Oye, sistema… ¿cuáles crees que sean las posibilidades de que obtenga las secuencias que deseo?” [Se desconoce.
El sistema no tiene nada que ver con la creación.
Tal vez todas sean aleatorias.] “Eso no es muy alentador», murmuré, mirando las vasijas.
Mis secuencias deseadas eran el Lector, el Cazador, el Bardo y, tal vez, el Sabio.
Todas eran vías de beyonder con utilidad real: el Lector y el Sabio aportarían al desarrollo de la civilización, mientras que el Bardo —vinculado al Sol— y el Cazador —al Sacerdote Rojo— ofrecían caminos de combate estables y con menos riesgos.
Podría decirse que eran de los senderos de batalla más equilibrados.
“Mmmmmm.” Mientras observaba las vasijas una vez más, regresé a mi taller improvisado.
Saqué de entre mis cosas una gran tira de cuero blanco, un palo y un trozo de carbón.
Pasé medio día dibujando y trazando los planos de tres invenciones.
La primera era un cañón, un arma capaz de llamar la atención y elevar el poder disuasorio de los humanos.
La segunda, una máquina de vapor, el motor que podría impulsar una nueva era tecnológica.
La tercera era una imprenta antigua, acompañada del diseño de una máquina para producir papel a partir de pulpa de madera.
Estas tres piezas eran los pilares de lo que podría ser una explosión tecnológica: la máquina de vapor sería el caballo que tiraría del carro, la imprenta el vehículo que permitiría a más personas subirse al viaje, y el cañón, la zanahoria… porque si algo desean los humanos de manera casi instintiva, es tener armas con las que defenderse y disuadir amenazas.
«Sistema, abre mi estado.» Estado Básico: Nombre: Crow Divinidad: Rebelde / Resistente al fuego Títulos: Nací con un martillo en la mano /Analista del Caos”.
Trabajo: Artesano intermedio Lv.
1 (Experiencia: 44,998 / 50,000) Habilidad: Artesano Lv.
7 (Siguiente nivel: 60,678 / 64,000) Ojos de dragón Lv.
2 (Siguiente nivel: 849 / 2,000) Secuencias: Secuencia 8: Carpintero del alma (38/100) Secuencia 7: Refutador (47 / 100) Habilidades: Artesanías: mejora la manipulación de herramientas.
Intuición de artesano: aumenta la percepción de materiales valiosos cercanos, como si fuera un sexto sentido.
Ect ] Al ver mi estado después de tanto tiempo, mi mirada se clavó en la experiencia de trabajo: apenas me faltaba un paso para alcanzar el siguiente nivel.
Uno que, seguramente, me permitiría crear cosas más complejas… tal vez incluso de otros mundos de ficción.
Pero, pese a estar tan cerca de ese nivel, era consciente de que quizá no podría lograr nada significativo con los pocos materiales que tenía a la mano en estos momentos.
“Necesito hacer algo rápido”, murmuré, guardando los manuscritos que había elaborado para sacar un mapa.
Era el mismo mapa que me había entregado el rey espartano, con los asentamientos humanos más importantes marcados.
Entre ellos, y muy cerca de lo que fue Corinto, estaban Sykio, Argos y Novenas.
Mis próximos objetivos.
No solo posibles aliados, sino también los lugares donde intentaría sembrar el conocimiento que poseía.
Pero antes de hacer todo eso había algo que debía cumplir, o mejor dicho, alguien a quien necesitaba ver.
Con esos pensamientos en mente tomé los tres planos, salí de mi taller y caminé hacia la puerta.
Al abrirla, se reveló ante mí un bosque que conocía muy bien.
Tal como esperaba, apenas crucé el umbral, vi cómo de entre unos arbustos emergía un grupo de espartanos, acompañados por una sombra que ya conocía demasiado bien.
“Es bueno verte de nuevo, Udeuz.” “Lo mismo digo”, contestó Udeuz antes de hacer una seña.
Tras su gesto, los espartanos comenzaron a moverse y reorganizarse en formación de escolta.
“El rey desea verlo”, informó Udeuz con voz firme.
“Entiendo”, respondí con tono sombrío, ya imaginando cómo debería presentarme ante el rey.
Aunque no fuera alguien que me agradara, y aunque su carácter no inspirara la mejor de las confianzas, aún tenía que informarle sobre la pérdida de sus hombres… y sobre el anciano.
Aquellos pensamientos me pesaron durante todo el camino.
Incluso al entrar a Esparta, apenas levanté la mirada, preparándome mentalmente para lo peor.
El trayecto pareció dilatarse y a la vez esfumarse.
En un momento estaba sobre el transporte que siempre me escoltaba, y al siguiente ya me encontraba frente a las puertas del rey.
Permanecí allí un largo rato, bajo la mirada incómoda de los espartanos que custodiaban el lugar.
Por sus rostros tensos y la actitud de Udeuz, ya intuía que algo grave había ocurrido.
Las semanas sin contacto solo aumentaban la pesadez del ambiente, y todos imaginaban lo que había sucedido con la expedición.
“Haaa…” suspiré, sabiendo que no podría retrasarlo más.
Con las manos algo sudorosas abrí la puerta y entré en la sala.
Seguí el camino familiar hasta llegar frente al rey, quien esta vez no mostraba su habitual expresión despreocupada o decadente, sino una seriedad fría y solemne que contrastaba con todas mis memorias de él.
Permanecía inclinado sobre un mapa, concentrado.
“¿Están vivos?”, preguntó el rey levantando la mirada apenas crucé el umbral.
La pregunta repentina me tomó por sorpresa, pero no tardé en recomponerme.
“No estoy seguro… la última vez que los vi, aún seguían con vida”, respondí antes de sentarme frente a él en la larga mesa.
La habitación se volvió silenciosa.
El rey tomó un largo suspiro antes de hablar con un tono cansado: “Entonces, dime qué pasó.
Y por qué, incluso después de enviar tropas, ninguna regresó.” “Corinto ha caído… y ahora es una gran trampa donde ningún humano normal puede habitar o hacercarse.” Las primeras palabras que salieron de mi boca casi hicieron tambalear al rey.
Su expresión se volvió rígida, fea, como si la certeza que lo sostenía se desmoronara.
Pero incluso al sentir su malestar, no me detuve.
Sabía que debía decirlo todo.
Le relaté mi viaje a Corinto: la niebla espesa, los peces que se retorcían antes de llegar, el primer día de aparente calma y cómo, esa misma noche, todo se volvió locura.
Le hablé del monstruo Ketos, de la Duquesa Hinchada y de lo que la Duquesa hacía con sus hombres… y con toda la gente de corinto.
Finalmente, le conté cómo, en sus últimos momentos, la Duquesa contaminó todo el mar de Corinto, convirtiéndolo en un páramo muerto, imposible para la vida humana, claro evitando mencionar que mi sangre fue una gran culpable de esto.
“Así que… eso fue lo que impidió que alguien regresara”, murmuró el rey con una mezcla de incomodidad y tristeza.
“Sí.
Y lo peor de todo es que existe la posibilidad de que esto, algún día, también les ocurra a ustedes”, dije sombríamente recordando que la duquesa era solo una de las secuencias ahí sueltas en el mar.
Esa declaración lo hizo estremecerse.
El rey se quedó en silencio, con los ojos fijos en el mapa extendido sobre la mesa, mientras la sombra del pesar se adueñaba de su rostro.
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