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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Impulsar el progreso a la fuerza
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47: Impulsar el progreso a la fuerza 47: Impulsar el progreso a la fuerza “Si las cosas son así, ¿te importaría contarnos todo lo que sepas del enemigo que encontraste en Corinto?” preguntó el rey espartano.

Luego de recibir esta declaración miré al rey y noté que no mostraba renuencia, debilidad ni el más mínimo atisbo de retroceso.

“Dime: ¿seguirías peleando?

Incluso si tu enemigo fuera algo que podría matarte con solo verlo —o siquiera oírlo o conocerlo—, aun sabiendo eso, ¿estarías dispuesto a pelear contra él?” “Puede sangrar.” La repentina respuesta dejó atónito a Crow; y, aunque algo confundido, solo pudo asentir.

“Entonces puedo pelear”, susurró el rey espartano.

“Mientras un enemigo pueda morir, aún podemos pelear.

Sé que no podemos verlo, escucharlo ni saber de él, pero mientras aún haya una posibilidad, por minúscula que sea, pelearé.” Guardé silencio.

Un silencio largo.

Tras unos segundos dejé escapar un suspiro pesado y, con él, una idea vergonzosa.

Odiaba el sistema de cría de Esparta, sus costumbres sexualmente abiertas, ese rasgo cultural que mis ojos ya habían visto en mil variaciones para mi desgracia.

Tantas, que sinceramente agradecía que se me hubieran caído los ojos, pues si seguía mirándolas, me los habría arrancado tarde o temprano.

Aun así, si había algo que podía reconocerles, era el sentido del deber, la responsabilidad y, sobre todo, los huevos —y lo digo en el mejor sentido.

“En ese caso, rey, tengo dos ofertas para ti.” Dicho esto, desplegué los tres pergaminos que llevaba frente a él: pergaminos llenos de símbolos y diagramas.

Tres promesas, tres futuros posibles.

El rey no dudó.

Tomó el primer pergamino y lo abrió con una mueca; no solo por incomprensión, sino porque lo que veía no encajaba con sus espartanos.

Aquello parecía más propio de atenienses: ideas, diplomacia, ciencia.

No guerra limpia y simple.

“¿Qué es esto?” preguntó, frunciendo el ceño.

“El futuro.

Y lo que necesitamos no solo para prevenir este desastre, sino también para hacer que la humanidad deje de estar indefensa frente a monstruos y otras abominaciones”, respondí seco.

“Pero nosotros somos solo guerreros”, replicó, con la voz acentuando la duda.

“Los hombres sí.

Pero las mujeres, los ancianos, los débiles —los artesanos, las amas de casa o quienes no pueden luchar— no”, dije, apoyando las palmas sobre la mesa con fuerza.

“Cuando las espadas, lanzas y escudos no sirven, a la humanidad no le queda la fuerza física.

Le queda el ingenio.

Nos queda la voluntad de levantarnos y la astucia para convertir una piedra en arma.” Mientras la voz de Crow se apagaba, la atmósfera en la sala se volvió espesa, casi sólida.

El rey, que estaba frente a la pequeña figura, sintió algo extraño: una presión que le oprimía el pecho, un sentimiento más intenso que cualquier otro que hubiera experimentado antes.

Por un instante creyó ver un aura roja, como sangre oxidada, desprenderse lentamente del cuerpo de Crow y llenar el aire con una presencia tan densa que parecía devorar la luz… hasta que se desvaneció de golpe, como si nunca hubiera existido.

“Veré qué podemos hacer”, respondió el rey por fin, respirando para calmarse.

“Pero no sabemos nada: ni cómo se usan esas cosas, ni para qué sirven.” “Para eso estoy yo —y mi gente—”, contesté, amortiguando mi arrebato.

“En cuanto al uso: uno de estos diseños emplea pólvora.” Al oírlo, el rey alzó una ceja y examinó los planos buscando el mecanismo.

Miró y volvió a mirar; era evidente que, por muy letrado que fuera, no comprendía los detalles técnicos.

El único que, a su juicio, parecía contener pólvora era el del tubo largo, pero aun así no veía cómo funcionaría.

La palabra frustración se quedaba corta en comparación con lo que sentía.

Esto duró solo unos segundos antes de que el rey se rindiera y se dejará caer sobre el asiento, exhausto.

Mientras lo hacía, algo pareció cruzarle por la mente: Crow había mencionado que le haría dos propuestas, y hasta ahora solo había escuchado una.

“Señor Crow, ¿cuál es la segunda propuesta?” Ante la pregunta, observé alrededor y levanté discretamente una mano.

El rey comprendió el gesto al instante —habíamos hablado antes sobre ello— y dio la orden con firmeza.

Uno a uno, los guardias abandonaron la sala hasta que quedamos solos él y yo.

“La segunda propuesta es combatir fuego con fuego”, dije con voz firme mientras me acomodaba en el asiento.

“¿Fuego con fuego?” repitió el rey, frunciendo el ceño.

“¿Sabes qué era la Duquesa?

¿Ese monstruo que destruyó Corinto?” “Una criatura mítica.” “Sí… y no.” Lo miré fijamente, desechando mis últimas dudas.

“Ella fue humana alguna vez.” El rey me observó con desconcierto, intentando procesar lo que acababa de oír.

“Pero cambió cuando se convirtió en un Beyonder.” “¿Un… Beyonder?” “Un Beyonder es el término para quienes han cruzado la frontera de lo humano.

Por uno u otro motivo han abandonado su cuerpo humano y se han convertido en algo distinto, algo horrible.

Al hacerlo, su cuerpo y su mente cambian: empiezan a ver lo que otros no ven, a oír lo que nadie debería oír.

Son pobres desgraciados que luchan por mantenerse cuerdos mientras ascienden una escalera cuyos peldaños son inciertos; todo con tal de obtener un poder que iguala o supera al de los dioses autoproclamados.” Ante esa definición, el rey, hasta entonces impasible, comenzó a sudar frío.

Aunque trató de disimularlo, noté un destello de codicia y expectativa en sus ojos.

“Rey, nada es gratis en este mundo”, advertí, intentando cortar cualquier fantasía antes de que germinara.

El rey mostró todavía una valentía entusiasta.

“Pero tú lo dijiste… obtener el poder de un dios.

Si eso está a nuestro alcance, no hay precio que—” Le hice una seña para que guardara silencio y llevé la mano hacia mi máscara.

El gesto transformó la emoción del rey en conmoción.

Crow, el que nunca se había quitado la máscara ni una vez, se estaba quitando la máscara frente a él.

El rey quedó paralizado; no supo por qué, pero un escalofrío le recorrió la espalda.

Cuando la máscara cayó, lo que vio le heló la sangre.

“En donde deberían estar los ojos había dos negros huecos sin fondo; huecos que, pese a ser ya enormes, presentaban grietas como si la ruptura se extendiera hacia algo más.” “Como dije: todo tiene un precio, y esto es solo el inicio”, dije contundente.

Tras la revelación, el rey espartano quedó en silencio.

La codicia se tornó cautela; permaneció largo rato en silencio, reflexionando.

Su mirada volvió al mapa sobre la mesa.

Vio a Corinto: su aliado, una potencia que su pueblo estimaba… y que había caído en una noche.

Cuanto más miraba, más sombras aparecían en sus ojos.

El mapa mostraba otros puntos —promesas de ciudades, potencias en crecimiento— y todas habían sucumbido: por un monstruo, por ofender a un dios, por enfermedad o por malentendidos.

Esparta era fuerte —extremadamente fuerte—, forjada por la doctrina del dios de la guerra que la había moldeado durante generaciones.

Pero esa fuerza no lo era todo.

El rey sabía, mejor que nadie, las limitaciones humanas: ante los dioses o las criaturas míticas, la esperanza era tenue; muchas veces solo el número marcaba la diferencia.

“…….” susurró el rey, la cabeza gacha.

“Sí.” “¿Cuáles son las condiciones?

¿Qué reglas pones para entregarnos todo esto?” preguntó.

“Las condiciones son simples: mano de obra para terminar esto cuanto antes”, dije, señalando la máquina de vapor.

“Ustedes me ayudarán a impulsar el progreso y, a cambio, recibirán conocimiento y materia prima.” “¿Y sobre los Beyonders?” “Necesitaré —no, ¡quiero!— Espartanos dispuestos a morir y, sobre todo, gente dispuesta a ser sometidos a vigilancia extrema.” “¿Vigilancia?” Cuestionó al rey.

“Sí: monitorearlos.

En busca de señales de locura, comportamientos sospechosos.

Porque una vez que la corrupción echa raíces, solo hay dos opciones: matar o mandar a morir.

Dejarlo vivir no solo sería cruel; sería peligroso para todos.” “Me parece aceptable.

¿Cuándo podemos comenzar?”, murmuró el rey.

“Ahora mismo.

Mientras más rápido, mejor”, respondí mientras me ponía de pie.

“Traeré a mi gente.

Tú preparas a todos los artesanos, mujeres y soldados libres para ayudar.” “Entendido”, declaró el rey, haciendo un saludo de igual.

Un saludo que Crow repitió antes de girarse y marcharse con paso firme hacia la salida, mientras su espalda quedaba expuesta al rey.

Aun cuando desapareció tras las columnas, el monarca mantuvo la mirada fija en esa figura.

Un respeto sincero lo invadía, uno que no se extinguió ni siquiera después de que Crow se desvaneciera entre las sombras del corredor.

“Veo que es tal como dijiste”, murmuró el rey.

Un sonido de bastón golpeando la piedra rompió el silencio.

Desde la parte superior descendió una figura maltrecha: un anciano de rostro surcado por cicatrices, una mano cubierta de quemaduras y un ojo ciego.

El cabello, antes espeso, ahora caía en mechones desiguales.

Aun así, en sus ojos no había dolor ni resignación, sino una chispa de fe y orgullo.

“Te lo dije, mi rey”, murmuró el viejo.

“Entre todos los presentes, ese pequeño es quien más se acerca a lo que un héroe debería ser.” “Sí, pero pienso dejar que solo ella alcance eso”, replicó el rey, con voz grave.

“Mis hombres no volverán a estar indefensos.

No volverán a fallar.

Y no se verán humillados por nadie más.” Mientras hablaba, el rey giró hacia el anciano, que lo observaba con una leve sonrisa.

Ambos compartían la misma determinación: una llama nacida del orgullo de un espartano.

El anciano había sido testigo directo de la tragedia de Corinto: vio a la mujer que lo colgó de cabeza, que lo obligó a mirar mientras abusaba de sus hombres.

Vio la ciudad arder, el monstruo reptando entre el fuego, y la diminuta figura que se alzó frente a ambos, desafiante ante la muerte.

Recordó la lucha desesperada, las explosiones, los gritos… y al final, la silueta que emergió de entre las llamas para salvarlo.

“Sí… todo concuerda con lo que dijiste”, murmuró el rey mientras recorría con la mirada los planos sobre la mesa.

Mientras el rey y el anciano estudiaban los diseños y daban órdenes para movilizar a la gente, Crow corría hacia su taller.

El viaje de regreso fue más rápido que la llegada; los espartanos no se detuvieron ni aminoraron el paso, y en pocos minutos lo dejaron frente a la puerta.

Apenas cruzó el umbral, una extraña sensación de déjà vu lo golpeó.

Se detuvo en seco, mirando hacia el punto más alejado del taller, con una punzada de inquietud y miedo.

“Esto es demasiado rápido”, murmuré, entumecido, con un miedo que no quise reconocer.

Sabía lo que me esperaba en esa dirección.

Aún aturdido por la velocidad con la que todo había ocurrido, me desvié hacia el lado opuesto del taller.

Allí, entre unas rocas, yacían varias vasijas.

Pero algo en ellas había cambiado: dos tenían un color rojo intenso, como si sangraran, mientras que las demás mostraban una tonalidad rosada, a excepción de una… Una que, por más que la mirara, parecía desvanecerse.

Al entrecerrar los ojos, tenía la sensación de que simplemente dejaba de existir.

“Estas son…”, murmuré.

“Ugh…” Un dolor punzante me atravesó el cráneo antes de terminar la frase.

Casi caí, abrumado por la cantidad de información que se agolpaba en mi mente.

“Haa…” Cuando el dolor se disipó, mi expresión bajo la máscara se volvió compleja.

Las vasijas contenían tres tipos de secuencias.

Las primeras corresponden al Camino del Cazador, desde la Secuencia 9 hasta la 7.

El segundo grupo pertenecía a uno de los caminos más peligrosos y tentadores: el Camino de la Bruja, desde la Secuencia 9 hasta la 6.

Su poder estaba entre los más formidables, pero su corrupción era igual de terrible.

Y el último frasco… Ese fue el que más me incomodó.

No solo porque apreciaba ese camino, sino porque era el más extenso y completo: del 9 al 5.

El Camino del Observador.

Uno de los más fascinantes… y también de los más desesperantes.

Solo quien ha conocido el poder de ese sendero entiende el horror que son capaces de provocar.

“Esto podría ser buena… o muy mala suerte”, murmuré mientras observaba las vasijas.

Las examiné una vez más, repasando en mi mente todo lo que había visto y comprendido.

Cada una contenía la cantidad justa para crear una pequeña porción de Beyonders.

Pero no sentí alegría.

Algo en mi interior sabía que las cosas no serían tan simples.

Aunque tenía las secuencias, desconocía hasta dónde podrían llegar… o cuánto costaría mantenerlas.

Porque cuando un Beyonder muere, deja atrás un residuo; o mejor dicho, material para crear uno nuevo.

Si no se maneja con cuidado, podría convertirse en un peligro biológico para la gente normal.

En cuanto a entregar secuencias peligrosas, me lo prohibí.

Solo lo haría si la desesperación me obligaba… o si encontraba personas lo suficientemente rotas como para no tener otra elección.

Porque aunque todos los caminos del ascenso son horribles, hay algunos que conducen más rápido a la locura.

Y esos son los que abren la puerta a lo verdaderamente monstruoso.

La Secuencia del Demonio, el Suplicante de Secretos y otras semejantes son un buen ejemplo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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