yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 Esparta inicia la revolución
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48: Esparta inicia la revolución 48: Esparta inicia la revolución La secuencia de la Bruja y la del Observador se quedarían aquí.
Esta fue, literalmente, la primera idea que tuve sobre esto, por no decir que incluso consideré arrojarlas al interior del volcán.
Pero aquello era una idea estúpida: las secuencias tienen el molesto rasgo de ser indestructibles y arrojarlas a un volcán incluso podría crear un monstruo de magma o hacer cualquier cosa rara.
“No tengo mucho tiempo para esto”, murmuré, fastidiado.
Luego de decirlo, volví a mi taller y traje cuatro vasos y unas cucharas antes de regresar hacia las vasijas.
“ con cuatro derivaría bastar para una prueba”, comenté, algo fuera de lugar, antes de destapar una de ellas.
En el instante en que lo hice, lo que apareció frente a mí fue un líquido rojo como la sangre, con cosas sospechosas flotando.
Incluso había cosas vivas.
Al verlo, de manera instintiva quise retroceder, pero me contuve y metí la cuchara en el interior.
Saqué cosa tras cosa, confirmando una por una.
Cada ingrediente en aquel brebaje era extraño, aunque al menos manejable.
Al final terminé con cinco ingredientes, que coloqué en las tazas antes de volver al taller.
Allí utilicé todas mis herramientas disponibles para crear la primera poción de secuencia.
No negaré que fue extremadamente difícil.
Intentar crear una poción con nada más que instrumentos rudimentarios no era lo más acertado.
Incluso diría que el resultado fue pobre.
Pero seguí las instrucciones que aparecían en mi mente y las anoté en un pedazo de cuero.
Así, con esfuerzo y algo de suerte, nació la primera fórmula de secuencia: la del Cazador.
“Listo”, murmuré con prisa.
Tras terminar, tomé los vasos y rebusque entre mis cosas hasta encontrar tres cantimploras de cuero.
Vertí con cuidado las pociones en ellas y partí sin perder más tiempo.
Mi destino era la puerta.
Al cruzarla, llegué a la playa.
Allí estaba mi gente, todavía ocupada en sus tareas: construyendo, trabajando, aplicando todo lo que les había enseñado.
“¡Reuníos!”, grité apenas llegué.
Mi voz los sobresaltó.
Dejaron lo que hacían y, con orden, se dirigieron hacia mí.
Todos llevaban sus máscaras; desde el más grande hasta el más pequeño lucían dignos, casi como un ejército.
El espectáculo desconcertó un poco a Crow, pero no lo detuvo.
“Escuchen.
Recuerden lo que dije hace mucho, ¿verdad?”, exclamé mientras me colocaba frente a todos.
“Pues ha llegado la hora de decidir.
Les he enseñado, y seguiré haciéndolo.
Sin embargo, es momento de avanzar y difundir todo lo que aprendieron.
En sus manos está poner fin a esta época de miseria.
Hay que curar este mundo enfermo.
Y si no somos nosotros, ¿quién lo hará?” Cada palabra caló en las personas, fueran niños o adultos.
Aunque muchos sintieron disgusto ante la idea de trabajar junto a los espartanos —sus antiguos amos—, comprendieron el significado de mis palabras.
Tras tanto tiempo aprendiendo y progresando, finalmente vieron lo que yo había querido mostrarles: el mundo feo, primitivo, lleno de ignorancia, supersticiones y errores.
Aprendieron que las enfermedades que los atormentaban no eran castigos divinos, sino males causados por criaturas diminutas que siempre habían estado allí.
Aprendieron que eran esclavos porque otros hombres así lo decidieron, porque los poderosos necesitaban mano de obra para sostener sus tronos podridos por la ignorancia.
Y entendieron que, a pesar de ser simples personas, podían lograr mucho más.
Que este mundo, vasto y cruel, aún tenía tanto por mostrarles… y por enseñarles.
“ “Hoy volverán al lugar que una vez los esclavizó… pero no como esclavos.
Ni tampoco cómo vengadores.
Regresarán como hombres libres, hombres que cambiarán este horrible mundo y lo volverán mejor, por ustedes, por sus familias y por las generaciones futuras, para que nunca más tengan que pasar por lo mismo.” Sabía que aquello podría traer tensiones, pero era lo mejor por ahora.
Solo esperaba que todos pudieran aceptar esto durante un tiempo.
Por suerte, todos estuvieron de acuerdo.
Tal vez mi discurso los había motivado, aunque noté que no todos estaban del todo convencidos.
Entre el grupo aún había miradas duras, puños tensos, resentimientos que el estar aquí no había borrado.
“Entonces vamos.
Demuestren que son más de lo que este mundo les permitió ser.
Enséñenles a todos que ninguno de ustedes es menos por su origen, sus circunstancias o lo que otros piensen.” “¡Sí!”, respondieron al unísono, con las manos firmes, endurecidas por el trabajo y el propósito.
Nos pusimos en marcha.
Pero nada es para siempre.
Aunque trabajarían en Esparta, esta isla seguía siendo su verdadero hogar; Esparta sería solo el sitio donde comenzarían la reconstrucción.
El grupo de Crow marchó con paso decidido hacia la puerta, cruzándola uno a uno.
Al otro lado los esperaba un destacamento espartano, liderado por el general Udeuz, que los observaba con la calma tensa de un hombre que medía cada gesto.
Sus soldados, en cambio, no disimulaban la incomodidad.
Les resultaba inquietante aquel grupo de enmascarados.
Los enmascarados también sintieron algo: una punzada de satisfacción.
Esos mismos espartanos que antes los miraban con desprecio y soberbia, ahora los observaban con cautela, incluso con temor.
La sensación era embriagante para muchos, especialmente para el gordo y el flaco, los aprendices directos de Crow junto a Eris y Gherman.
“Chicos, es hora de cambiar el futuro”, murmuré a mis aprendices antes de seguir al grupo de espartanos rumbo a Esparta.
El viaje fue largo… o al menos así lo sentí.
Cada paso me hacía dudar, me obligaba a preguntarme si estaba haciendo lo correcto.
Pero cuando la ciudad de Esparta apareció a la distancia, con su bullicio, la mala estructura, sus calles repletas y su gente moviéndose en un orden caótico, volví a afirmar mi decisión.
Recordé que no podía hacerlo solo.
Al entrar en Esparta, cientos de ojos se posaron sobre nosotros.
Los espartanos nos observaban con una mezcla de curiosidad, recelo y desconfianza.
Aun así, mi grupo siguió detrás de mí hasta llegar al centro de la ciudad, donde el rey, sus hombres y varias mujeres ya esperaban.
“Mi gente está lista”, afirmó el rey, avanzando hacia mí con paso firme.
“La mía también”, respondí, levantando una mano para dar la señal.
De inmediato, una de las más jóvenes y otros tres ayudantes se acercaron.
Uno cargaba trozos de cuero y carbón; los otros tres fueron por una mesa improvisada.
En pocos minutos, todo estuvo listo.
Pusieron los materiales frente a nosotros, y yo me incliné sobre ellos.
Antes de empezar, miré al rey.
“Primero, debemos contar todos los recursos.
Quiero una lista de lo que está disponible y que no afecte demasiado la economía de Esparta.
También necesitaré un mapa, si es posible.” Mientras hablaba, mi mirada recorrió el lugar.
La ciudad tenía su propia forma de imponerse: su fuerza, su orden, su rigidez.
Aun así, la arquitectura no era prioridad.
Lo esencial era la viabilidad, no la estética.
“Udeuz, informa a los ancianos y tráeme el mapa”, ordenó el rey sin dudar.
“Enseguida, señor”, respondieron varios espartanos.
En menos de cinco minutos regresaron con lo pedido.
Desplegaron el mapa sobre la mesa mientras los ancianos se reunían detrás del rey, expectantes.
Apenas lo vi, sonreí.
Un río cruzaba cerca de la ciudad: la clave que necesitaba.
Con carbón en mano, empecé a dibujar un boceto sobre el cuero.
Mientras trazaba líneas, explicaba cada parte del sistema.
El resultado eran dos construcciones simples, pero cruciales: molinos, uno de viento y otro de agua.
Al explicar sus usos y aplicaciones —triturar grano, generar movimiento, crear energía mecánica— vi interés en los ojos de los ancianos, las amas de casa e incluso algunos herreros.
Era la primera vez que muchos entendían cómo el ingenio podría reemplazar la fuerza bruta.
“Eris”, llamé sin apartar la vista del plano recién terminado.
“Sí”, respondió, saliendo del grupo de enmascarados.
“Llévate cinco empleados y mano de obra espartana.
Quiero que construyas las aspas del molino y los cimientos con piedra.” “Entendido”, contestó Eris con entusiasmo, tomando el plano y eligiendo a su equipo entre los espartanos y las mujeres libres.
“¿Cuál sería la estimación para terminar el primer molino?”, pregunté al rey y a los ancianos, revisando los recursos sobre la mesa.
“Si se trabaja con este diseño… cinco días, a lo mucho”, respondió uno de los ancianos tras pensarlo un momento.
“Perfecto.
Organicen un segundo grupo que observe el proceso y aprenda a replicarlo.
Nos ahorrará tiempo de enseñanza.” Hice una breve pausa y luego añadí: “Y además… empiecen a fabricar esto.” Dicho eso, empecé a explicar cómo mezclar arcilla, cenizas y demás para producir cal viva: algo esencial para el cemento.
Les indiqué cómo verterlo en moldes cuadrados, y mientras lo hacía, dibujé una segunda estructura sobre el cuero.
No tenía aspas ni eje, solo un gran cuadrado unido a una base ancha que terminaba en una boca abierta, junto a un diseño de muelle.
Era un horno.
No uno cualquiera si no uno de fundición por oxígeno, uno que sería el primero de muchos.
Conforme más planos e instrucciones daba, la antes caótica ciudad espartana comenzó a movilizarse.
Dondequiera que se mirara, la gente iba y venía cargando materiales, transmitiendo órdenes y ejecutando tareas.
Órdenes seguidas por hombres y mujeres, civiles y soldados por igual.
Los únicos que no participaban eran los niños, que observaban desde los bordes, confundidos al ver cómo los espartanos —antes dedicados únicamente al combate— mezclaban sus ejercicios con trabajos de construcción de forma algo creativa.
Cargaban piedras, movían estructuras, ensamblaban piezas y seguían indicaciones con precisión casi mecánica.
Una máquina que, aunque eficiente, no estaba exenta de fallos: un mal cálculo, un descuido, y los recursos se perdían lentamente.
Crow y el rey lo notaron de inmediato.
Los ancianos también comprendieron que, al ritmo que iban, buena parte de los materiales se desperdiciaría antes de alcanzar la visión de progreso que Crow había prometido.
Pero él ya lo sabía: ninguna revolución era barata.
En medio de la supervisión constante de los proyectos, Crow se tomó un momento para planear cómo obtener más recursos.
“¡Tú y tú!
Llamen a Gherman”, gritó en mitad de una revisión del inventario, señalando a dos espartanos que hacían guardia a su lado.
“Sí, señor”, respondieron al instante.
“Podrías haber delegado el mensaje”, comentó el rey a un lado, sin levantar la vista de los pergaminos donde trazaba nuevos planes agrícolas.
“También podrías no haber gritado”, añadió un anciano que intentaba ajustar el esquema de rotación de trabajo que Crow había propuesto: un sistema circular de esfuerzo y descanso para mantener la eficiencia durante el periodo de desarrollo.
“Perdón, es la costumbre”, se disculpó Crow mientras revisaba los recursos.
“Por cierto, ¿qué tan comunes son las monedas de hierro?
¿Y tienen reservas de otros metales?” “¿Planeas fundir las monedas?”, preguntó el rey, bajando su pergamino con una mezcla de sorpresa y cautela.
“Solo una pequeña parte”, respondió Crow, escribiendo rápidamente sobre un trozo de cuero.
“Principalmente quiero ampliar la cantidad de metales disponibles.” Mientras hablaba, copiaba fórmulas y funciones metalúrgicas del libro del artesano en el sistema, delineando nuevas combinaciones y utilidades.
“Bueno, si se necesita puedes fundir la mitad de todas las monedas si deseas.
De todos modos, es más una especie de regla que una forma de pago”, comentó el rey, sin emoción aparente.
Después de todo, el dinero espartano era tosco: grandes monedas de hierro que apenas servían como dinero.
Su tamaño y peso hacían del trueque un método mucho más práctico.
Cambiar una montaña de metal inútil por algo verdaderamente valioso era, al final, el mismo intercambio.
“Gracias”, agradecí sinceramente antes de terminar de escribir y dárselo al rey.
“ por cierto toma y dáselo a los herreros, que lo estudien y usen lo que consideren útil.
Si desconocen algún metal, puedo ir a reconocerlo más tarde.” “Anciano, tómalo, memorízalo y entrégalo a los herreros”, ordenó el rey, tomando el pergamino y pasándoselo a uno de los ancianos menos ocupados.
“En seguida, mi rey”, respondió el hombre, visiblemente aliviado.
Aunque apenas había trabajado, ya se notaba exhausto.
Ante la mirada envidiosa de los otros ancianos, el viejo se marchó mientras pasaba al lado de Gherman, quien venía acompañado por un espartano.
“¿Me necesitaban para algo?”, preguntó Gherman al llegar.
“Sí.
Haz que te acompañen los espartanos hacia la puerta y tráeme una magnetita”, instruí mientras me frotaba las sienes.
Si había una forma de obtener más recursos, era a través del comercio.
Y lo primero que pensé fue en la brújula.
Tal vez en Corinto no había servido, pero si enviaba un grupo de espartanos a comerciar con las ciudades vecinas, la historia podría ser distinta.
“¿Piensas seguir con la venta de brújulas?”, dedujo Gherman.
“Sí.
No pudimos comerciar en Corinto, así que lo haremos en otros lugares.
Igual que antes, lo haremos por recursos”, respondí, apartándome de la silla y dirigiéndome a supervisar los trabajos, vigilando que no se cometieran errores.
“La brújula… casi me olvido de ella”, comentó el rey a mi lado.
“¿Podrías darme unas cuantas si piensas crear más?” “Dalo por hecho”, respondí sin dudar.
“Por cierto, una vez terminemos esto hablaremos sobre…” Me interrumpí a mitad de frase, apuntando hacia mi máscara, en especial a mis ojos.
El rey entendió la seña.
Asintió en silencio, y su rostro, antes cansado, se volvió más enérgico.
Eso era algo que debíamos discutir, y lo haríamos esta misma noche.
Cuando el sol cayera y los hombres estuvieran fuera de la mirada indiscreta de Apolo, ofrecería a un grupo la oportunidad de convertirse en beyonders.
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