yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 49
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- Capítulo 49 - 49 Los primeros cazadores
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49: Los primeros cazadores 49: Los primeros cazadores El día pasaba con una rapidez incómoda.
La gente, en un inicio enérgica, empezaba a desfallecer; sus cuerpos agotados ya no estaban a la altura de su espíritu.
Por lo que tuvimos que parar tras dejar a un pequeño grupo que había descansado mientras todos los demás se habían ido a dormir.
Todos, excepto un diminuto conjunto compuesto por Crow, sus aprendices directos, el rey y sus hombres de mayor confianza.
Este grupo particular ahora se reunían en la zona más profunda de la casa del rey: un sótano improvisado que, bajo la guía de Crow, había sido despejado de todo objeto relacionado con los dioses.
No había agua ni ventanas por donde pudiera asomarse el cielo.
Solo una antorcha débil y la tierra bajo los pies.
Ese era el único lugar donde podrían apartarse de la mirada de cualquier olímpico indiscreto que tuviera ganas de ver.
Bueno casi todos pues la llama no se podría quitar pues sin ella ellos ya poco podrían ver.
Cerca de las 3 de la mañana, en ese sótano, ante tres espartanos, el rey, Udeuz, un general desconocido, Crow y los aprendices directos, descansaban frente a cuatro cantinfloras de cuero sobre una mesa.
Crow separó tres y dejó una a su lado mientras él y el rey se miraban con una tensión palpable.
“Esta es la primera de muchas pociones, pero antes quiero que sepas que más que un regalo es una maldición”, advertí mientras apartaba las cantinfloras.
“Si la tomas, dejarás de ser un espartano.
El futuro que te espera es, casi con seguridad, la locura.” “Lo sé.
Y estamos listos para el sacrificio”, respondió el rey con solemnidad pétrea.
“¿Estás seguro?
Tomar esto es prácticamente suicidarte.
Es un veneno que podría matarte, no en combate ni en una muerte gloriosa, sino como un monstruo revolcándose en una esquina.
Tu orgullo, tu identidad, tu honor de guerrero… incluso tu mente se podría perder en cualquier momento.” El silencio cayó como una piedra.
Los espartanos, antes firmes, tragaron de manera inconsciente.
Las palabras de Crow no los habían disuadido, pero sí habían hundido un peso oscuro en sus estómagos.
“Crow, creo que tienes un mal concepto de lo que es un espartano”, declaró el rey mientras tomaba una cantinflora.
“Un espartano no es necesariamente un humano.
No es un guerrero que actúa solo por honor, ni tampoco un guerrero que busca una muerte gloriosa o algún motivo para ser recordado.
Ser espartano es estar dispuesto a pagar el precio por la prosperidad de la gente de Esparta.
Ser espartano es saber que tu vida vale menos que tu gente.” Mientras hablaba, miró la bolsa de cuero una última vez.
“Y como rey y espartano entiendo que es mi deber, mi obligación y mi orgullo dar el primer paso.” Sin dudar más, destapó la cantimplora, dirigió una mirada final a Crow e inclinó la cabeza para beber de golpe.
El líquido espeso entró en su boca como un hilo caliente.
Era tibio, y le recordó a la sangre, aunque sin el sabor metálico.
Tenía un regusto picante, rudo, fuerte, como un vino hecho de plantas amargas.
El rey admitió para sí mismo que, de poder hacerlo, conseguiría más solo para beberlo.
Pero el gusto duró poco.
A los pocos segundos, el mundo a sus ojos empezó a girar.
Sus pies, antes firmes, cedieron y casi cayó de rodillas.
El general espartano al ver esto estuvo a punto de correr a sostenerlo, pero Udeuz se adelantó y levantó un brazo para impedir que siguiera adelante.
“Recuerda… no podemos ayudar.
Y si no resiste…” dejó la frase a medias, pero eso bastó para que los presentes inclinaran la cabeza.
Un murmullo ininteligible se deslizó en los oídos del rey, como una bandada de moscas en sus tímpanos.
Cientos de voces empezaron a vibrar en la mente de él sin parar: superposiciones, ecos, conceptos que nunca volverían nítidos.
El estado era peor que una borrachera; cada instante se estiraba en una tortura interminable.
Pero tan rápido como vino, la sensación se fue, dejándolo aturdido, con fragmentos de conocimiento ajenos aún burbujeando en su cabeza: imágenes borrosas que, sin embargo, evocaban lo que Crow le había enseñado.
Mecanismos, química, y leyes físicas.
Su mente, antes casi vacía de esos términos, ahora hervía con información hasta hacerlo doler la sien.
Había aprendido a construir trampas, explosivos, nuevas aplicaciones de la pólvora y sustancias que desconocía de golpe.
“Felicidades.
Ahora eres un Cazador”, dijo Crow, acercándose y ofreciéndole la mano para incorporarlo.
“Cazador…”, murmuró el rey, todavía tambaleante, y tomó la mano de Crow para sostenerse.
En otro tiempo, ese título habría sido insultante; ahora, con ese saber ardiendo en su cabeza, no pudo evitar sonreír.
El nombre le calzaba.
“Supongo que me queda bien.
Y entiendo por qué dijiste que esto puede volver loco a cualquiera”, declaró con voz rasposa.
“La cantidad de información que metieron en mi cabeza casi me deja idiota.” “¿Y qué aprendiste exactamente?” pregunté, con interés por los posibles conocimientos y sus aplicaciones o efectos en la mente del rey.
El rey aún algo aturdido titubeó, ordenando en la mente sus pensamientos algo caóticos y revueltos.
“Lo suficiente como para que esos eruditos de Atenea me llamen maestro”, dijo al fin, con una risa torpe que dejaba entrever lo indefenso e incómodo que se sentía el rey Crow frunció apenas el ceño por tal declaración, y su curiosidad fue despertada.
“Si es así, hazme una demostración luego.” Crow sabía que todas las secuencias traían consigo cierta cantidad de conocimientos, a veces incluso conocimientos avanzados en ciertos campos.
Pero si lo que el rey mencionaba estaba realmente relacionado con el dominio de un conocimiento que lo pusiera ya en un nivel tan alto, entonces tal vez él mismo había subestimado las pociones.
O mejor dicho, había subestimado el camino del Cazador.
Con el paso de las horas más beyonder nacieron: los hombres de confianza del rey poco a poco se convirtieron en un beyonder, uno por uno, bajo la mirada vigilante de Crow.
Y mientras esté proceso se llevaba a acabo la diferencia en adaptación se volvió evidente.
A diferencia del rey —que solo había sufrido un mareo y una migraña terrible— los otros dos parecían retorcerse bajo un dolor profundo, casi insoportable.
Tal vez se debía a la elaboración tosca, o a factores desconocidos, o quizá a constituciones menos aptas.
Fuera lo que fuera, Crow anotó mentalmente estudiarlo luego.
No ahora.
Mientras los nuevos beyonder se recuperaban entre jadeos, el rey —ya más estable— observó en silencio cómo Crow tomaba la cantimplora restante.
Era la única que pertenecía a él, la única que quedaba sin usar.
Algo en ella hacía que Crow se sintiera incómodo.
No la entregó de inmediato: la sostuvo, pesada en su mano, mirándola en un lapso que pareció estirarse más de la cuenta antes de dirigir la vista a sus asistentes.
La mirada de Crow se detuvo en uno en particular: gehrman, Un hombre que, sin pronunciar palabra, no había apartado los ojos de la poción ni un solo instante.
Se mantenía rígido, expectante, como si la decisión que estaba por tomarse fuera la cuerda que definiría su destino.
Era, además, alguien a quien Crow comenzaba a considerar… un amigo.
“gehrman, ¿podrías ser totalmente honesto conmigo?” pregunté en un murmullo, casi temeroso de la respuesta.
“Siempre le he sido honesto”, respondió Gehrman sin vacilar con un tono anormalmente respetuoso.
“¿Realmente vale la pena para ti?… ¿Quieres cruzar esta línea a pesar de todo?
¿Estás dispuesto a llegar tan lejos?” murmuré, sintiendo que cada palabra pesaba más de lo que dejaba ver.
Sí.
Desde el principio, Crow nunca había olvidado los sentimientos o deseos de Gehrman.
Y Gehrman, con los ojos fijos en la cantimplora, tampoco había olvidado el camino que eligió: su odio hacia dioses como Zeus, el deseo de venganza reservado a quienes jamás podrían alcanzarla y la forma en que reaccionaba cada vez que Crow mencionaba las secuencias… y cómo, si llegabas a la cima, podrías obtener un poder igual o incluso superior al de los Olímpicos.
Todo esto había sido visto por Crow, y aún que no deseaba arrastrar a un posible amigo a esto, él aún sentía que sería peor no dejarlo elegir.
“Si no lo hago, nadie más lo hará por mí” murmuró Gehrman mientras se acercaba y tomaba la cantimplora de cuero.
“Además, ¿qué más da si algún día me vuelvo loco?
Prefiero volverme loco como un hombre libre que seguir viviendo como esclavo de mis miedos y de un sueño que nunca cumpliré.” Sin dudarlo un segundo, y ante la mirada impotente de Crow, Gehrman inclinó la cantimplora y bebió el contenido de un trago.
En cuestión de segundos el líquido desapareció por su garganta.
Cuando todos esperaban convulsiones, gritos o algún tipo de reacción violenta, Gehrman simplemente se quedó ahí, quieto.
Solo abrió los ojos y miró a los presentes.
Luego a Crow.
Y mientras estos se miraban su expresión se volvió incómoda y apenada, pero no dolorosa.
“Crow… creo que realmente…” Gehrman hizo una pausa.
“Creo que digerí la poción.” El silencio cayó como un peso.
Incluso Crow, preparado para el peor de los escenarios, sintió cómo su mente se detenía.
“¿Eh?” murmuraron varios a la vez.
Unos minutos después, en la misma habitación, Crow terminó un examen mental y físico básico.
Con algo de teoría y observación concluyó que la rápida —si no instantánea— asimilación de la poción por parte de Gehrman era, en gran parte,por mérito de este y culpa suya.
Gehrman ya era un cazador incluso antes de beberla.
Un cazador salvaje, acostumbrado a sobrevivir devorando cuanto atrapaba, marcado por un pasado herético que lo había apartado de toda vida civilizada.
Eso por sí solo ya facilitaba su digestión espiritual, pero no lo explicaba todo.
Ahí entraba Crow: él había perfeccionado sus habilidades, lo había pulido como cazador y le había enseñado cientos de conceptos, especialmente trampas y artilugios de caza.
“Así que no puedes desenrollar un papel que ya posees…” murmuró Crow, incómodo.
La sorpresa fue agradable.
No solo demostraba que se podía trabajar la adaptación antes de beber la poción, sino que dejaba claro que la secuencia otorgaba conocimientos más profundos de lo esperado.
Algo que le ahorraba mucho tiempo pues a diferencia de gehrman que recibió educación y tenía sentido que supiera bastante, el rey y sus hombres que antes eran paletos ahora parecían absorber conocimientos mecánicos con una facilidad absurda.
Ya no sufrían migrañas al escuchar palabras como “presión”, “válvula” o “palanca”.
Antes, intentar explicarles la máquina de vapor era como recitar cánticos de dioses exteriores.
Ahora, tras beber la poción de secuencia tras una explicación simple estos ya podrían debatir usos posibles.
De-batir.
Era como ver a unos campesinos discutiendo informática avanzada tras enseñarles cómo usar el navegador.
Y entre todos ellos, Gehrman era el mejor.
Tanto que, si no fuera por el sistema y por el conocimiento más amplio de Crow, la capacidad de análisis del recién convertido dejaría atrás la suya.
“Sistema… ¿estás seguro de que les dimos la poción del Cazador y no la del Erudito o la del Lector?” preguntó Crow en su mente.
[En efecto, fue la poción del Cazador.
La primera secuencia trae consigo conocimientos de caza y de trampas.
Estos incluyen numerosos conceptos mecánicos y lógicos: palancas, gravedad, mecanismos simples para fabricar trampas o dispositivos de caza, así como nociones básicas de química aplicadas a explosivos y materiales similares.] Mientras observaba todos los beneficios que traía la primera secuencia, el rostro oculto de Crow bajo la máscara se torció con duda existencial.
Comparar sus propias secuencias con la primera etapa del Cazador era deprimente.
Las suyas apenas le habían dado algo útil al comenzar, e incluso lo habían perjudicado: gracias a su naturaleza, su propio poder estaba envenenándolo, mientras que estos hombres no solo se fortalecían y agilizaban, sino que además recibían una formación entera en química, mecánica, física y supervivencia sin estudiar nada.
“Sistema, ¿puedo cambiar mi camino de secuencia?” [no] “Lo imaginaba” Con esos pensamientos amargos terminé la prueba física a los beyonder recién ascendidos y empezamos las prácticas reales.
Durante la noche los hice demostrar y familiarizarse con sus roles; pero para mi pena no necesité enseñarles nada.
Actuaban como si la caza fuera un reflejo de su naturaleza más profunda.
Su coordinación, su agresividad controlada, su rastreo y su resistencia alcanzaban niveles que rozaban lo inhumano.
No era exageración decir que cada cazador era un maldito supersoldado.
Un solo hombre podía enfrentarse a un oso sin demasiadas complicaciones, y un león que rastrearon desde la mitad del bosque cayó con apenas unos movimientos.
Eran tan salvajes, tan precisos, tan buenos que solo podrían ser llamados los soldados perfectos por su eficiencia, una que hizo que Crow dudara por un momento de sus propias decisiones.
Los espartanos ya eran guerreros perfectos, la cúspide del apex predator.
Darles la poción del cazador había sido como colocarle alas a un tigre.
Un tigre disciplinado.
Y aún así, mientras Crow intentaba ignorar la incomodidad que le insistía en la nuca —esa sensación de haberse preocupado más de lo debido—, una idea empezó a tomar forma.
Surgió de las armas.
De cómo, pese a la brutal habilidad de los cazadores, sus herramientas los limitaban.
Una lanza perforaba, pero no cortaba.
Una espada cortaba, pero no tenía alcance.
Y los escudos eran lastre puro: su agilidad convertía ese peso en un estorbo inútil.
“Sus armas ahora son muy obsoletas”, pensó Crow, observando cómo el equipo que usaban reprimía su verdadero potencial.
Con esa idea vibrándole en la mente, y con más deseo de fanático que conclusión lógica, recordó ciertas armas de cierto juego.
Armas que encajarían a la perfección con estos nuevos depredadores… si es que lograban funcionar igual de bien en la realidad que en su imaginación.
Las armas de Bloodborne,o siendo más específico las armas con truco
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