yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- yo no pedí ser un dios maldita sea
- Capítulo 5 - 5 una riqueza inesperada
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: una riqueza inesperada 5: una riqueza inesperada “Aunque no estoy muy contento con el resultado final, creo que es un primer paso… ¿Tú qué opinas, Wilson?” pregunté mientras observaba mi nueva casa, o en este caso, taller.
Frente a mí, como si fuera el refugio de un niño de ocho años, se encontraba una cueva.
Una cueva que ni siquiera tenía una puerta decente cubriendo su entrada.
Sin duda, era un insulto llamar a eso “casa”, pero ¿qué se le podía hacer?
No había materiales ni herramientas, así que tenía que aprovechar lo que tenía.
Y bueno, aunque solo le había puesto una puerta, se podía decir que ya había conseguido lo básico para una casa.
Plop.
Como si respondiera a mi pregunta, la roca llamada Wilson cayó al suelo y empezó a rodar lejos de mi posición, deteniéndose de espaldas a mi trabajo, como si incluso verla le dañara sus ojos pintados.
“En primer lugar… Auch, eso dolió”, comenté al sentirme absurdo.
Incluso una piedra, una piedra, había dejado en claro que esto era horrible.
“Y en segundo, sé que es una mierda y que solo creé el marco básico… pero iré arreglándola con el tiempo.” No era necesario decir que no recibí respuesta de la roca.
Con algo de dolor, miré mi trabajo, sintiendo que incluso yo había sido perezoso con él.
“Olvídalo.
Haré una mejor cuando tenga el hacha y las demás herramientas”, comenté, agobiado.
Aunque bueno… Eso no era ni la mejor ni la más práctica idea, ya que si necesitaba un taller, este debía tener no solo resistencia al fuego, sino también ser robusto.
Lo cual descartaba hacer una simple casa de madera.
Y todo gracias cierto Dios zoofílico que hacía temblar la isla cada semana.
“Haaaaa”, suspiré cansado.
“Mejor me concentro en lo importante.” Mi siguiente y verdadero paso era crear un taller.
Uno lleno de herramientas útiles y no solo recursos básicos.
Para eso necesitaba más que madera y algas… necesitaba metal.
Metal que, irónicamente, tenía en jodida abundancia.
El único inconveniente era que no sabía procesarlo ni tenía los medios para hacerlo.
“Sistema, por casualidad… ¿no tendrás la función de tienda?” pregunté con algo de esperanza.
[Negativo.
Solo el sistema principal posee esa función.] “Mierda…” respondí, frustrado.
Otra vez con la burra al trigo.
Realmente necesitaba desbloquear el sistema principal, pero para eso requería dos cosas: ser poderoso y ser todo lo contrario a lo que soy.
Algo que, con esfuerzo, podía lograr, pero lo otro… eso no.
Porque si no destruía este cuerpo, dudaba que incluso en la mitología de Cthulhu pudiera ser considerado hermoso, o al menos no tan feo.
“Dios, qué dolor de culo”, maldije, enojado, mientras miraba mi subsistema y posaba la mirada en las ranuras vacías.
“Sistema… ¿Qué necesito para desbloquear otro trabajo?” [Se requiere completar una misión especial.] “¿Y esa misión sería…?” pregunté, mientras pensaba si habría otra forma de mejorar o conseguir un trabajo relacionado con el alma.
[Misión bloqueada.
Para conseguirla, se debe alcanzar el nivel 10.
En ese punto podrá ascender a artesano intermedio y ya con eso se dará una misión para desbloquear otro trabajo.] “Así que solo puedo farmear, ¿verdad?” dije, sabiendo que, a menos que hiciera algo productivo o farmeo incansable, no podría seguir avanzando.
[Básicamente.] “Haaaaa”, suspiré con pesadez.
“Iré a hacer un hacha…” Después de la reconfortante charla, comencé mi farmeo.
Lo primero, como dije, era fabricar un hacha.
Para ello necesité tres cosas: un palo lo suficientemente grueso, una roca, un cuchillo de obsidiana… y muchísima, muchísima paciencia.
Con el cuchillo en mano, corté una rama lo suficientemente fuerte, lo cual me tardó un día entero, más dos días para darle forma y uno más para crear un hueco a medida donde encajaría la parte cortante.
Después de eso, recorrí la isla durante varios días revisando roca por roca hasta encontrar la indicada.
Luego vino la parte más extenuante: encontrar piedra pómez y tratar de sacarle filo a la piedra que usaría como hoja del hacha.
Me tomó tres días seguidos lograr un filo apenas aceptable.
Como toque final, encajé la piedra en el hueco, lo rellené con alga seca para trabarla y la introduje a la fuerza.
Una vez firmemente sujeta, usé algunas cuerdas de algas y las envolví en el mango para crear una empuñadura que amortiguaba el impacto y haría el trabajo menos duro para las manos.
[Ding.] Se ha creado: Hacha rústica.
Habilidad: Artesano XP +300 +600 (Total: 900) Trabajo: Artesano XP +200 +150 (Total: 350) Ojos de Dragón: XP +80 +30 (Total: 110) [Estado Básico] • Nombre: ¿Hefesto?
• Divinidad: Rebelde / Resistente al fuego • Títulos: Nací con un martillo en la mano • Trabajo: Artesano Lv3 (Experiencia para el siguiente nivel: 360/400) • Habilidad: Artesano Lv1 (Siguiente nivel: 900/1000) • Ojos de dragón Lv 1 (Siguiente nivel: 110/1000) “Haaaaa…” Cuando terminé el hacha y vi las notificaciones junto con mi nuevo estado, solté un profundo suspiro de cansancio.
No era para menos.
Llevaba una semana entera trabajando como un jodido esclavo.
Literalmente.
Porque cuando no trabajaba en el hacha, lo hacía creando cuerdas y cuchillos dé obsidiana.
De hecho, muchos de esos cuchillos los hacía solo para subir de nivel.
Y en cierta forma, había tenido un rotundo éxito.
Estaba a punto de alcanzar el nivel cuatro.
Lo único deprimente era que, aparte de la primera vez que obtuve la habilidad de los Ojos de Dragón, no había vuelto a conseguir otra.
Solo obtuve una bonificación en los puntos de habilidad, algo que se notó en Artesano, pero que me desesperaba en los ojos de dragón ya que, aun usándola casi a diario y contando con la bonificación de puntos, la habilidad subía como un anciano artrítico intentando subir las escaleras.
“Una semana para crear un hacha funcional”, repetí con frustración.
A este paso, tardaré años en mejorar mi profesión a nivel avanzado… o a nivel dios.
Algo sinceramente desesperante, ya que parece que mi efecto bola de nieve es demasiado lento.
Y todo es gracias a mi aislamiento.
Si tuviera la opción de acceder a mejores recursos como el metal, o similares, a través del comercio, mi experiencia se dispararía.
Pero no puedo.
Estoy condenado a quedarme aquí… hasta que tenga la aprobación de Tetis o alguna forma de conseguir metales puros para fundirlo …
.usar.
“Espera, creo que se me prendió el foco”, pensé mientras miraba al mar.
De pronto, una idea bastante impactante me vino a la mente como un puñetazo de Mohamed Ali.
Tal vez no tenga que salir.
Con pensamientos y la sensación de que me habían dopado como un caballo, me dirigí al mar a toda prisa.
Ya en la orilla, una cabeza escamosa se asomó a verme, como siempre lo hacía .
“Shhhhhh”, siseó Orochimaru.
“Orochimaru, ¿crees poder hacerme un favor?”, pregunté con emoción.
“Shhhhhh”, volvió a sisear antes de asentir.
“¿Podrías buscar objetos o tesoros en el mar?”, pregunté con renovada esperanza.
Ante mi petición, Orochimaru se mostró algo confundido, antes de mirarme con curiosidad, como si esperara una explicación más clara.
“Quisiera que vieras si puedes traerme objetos metálicos.
Su tamaño o rareza no importan, solo quiero que sean de metal.
Y si es posible, que sean pequeños, no grandes”, dije mientras intentaba ser lo más específico posible.
Después de mi larga explicación, Orochimaru asintió varias veces antes de zambullirse en el mar.
Aquello me alivió.
Ya que si todo salía bien y podía traerme algo de metal, mi excesiva carencia de materia prima metalúrgica se habría solucionado.
Algo extremadamente bueno que solo se pondría mejor si por casualidad me traía herramientas metálicas.
Cualquier tipo serviría.
Pues las mías eran bastante frágiles, por no decir que inútiles.
En esta semana tuve que fabricar no menos de tres cuchillos ya que los otros se agrietaron, y mi martillo, que hice con tanto esfuerzo, ya empezaba a aflojarse.
“Si consigo algo de metal, ahora sí creo que construiré mi taller sin tardar años enteros en averiguar cómo pasar de la edad de piedra a la edad del metal”, dije de mucho mejor ánimo, mientras tomaba mi hacha y corría a talar árboles.
Dos horas después Bueno al parecer, descubrí dos cosas nuevas hoy: no tengo talento de leñador, y mi cuerpo es una reverenda mierda.
Porque, aparte de la fuerza —que sinceramente era bastante anormal— y la resistencia —que parecía de tanque—, mi equilibrio era una abominación.
Lo cual seguramente debía atribuir a cierta cornuda que me tiró desde los cielos y que me dejó cojo.
“A este paso tardaré otra semana en conseguir la madera para una sola puerta”, dije con lágrimas.
Aunque deseaba que esto fuera una broma mía, lamentablemente no era exageración.
Apenas había conseguido talar un árbol pequeño, el cual ni siquiera había terminado de cortar ya que apenas iba por la mitad.
Algo que no solo se debía a la falta de filo del hacha, sino también a que no podía usar fuerza en los cortes.
Apenas lo intentaba y perdía el equilibrio limitando mucho la capacidad de corte.
“Espero que la habilidad de artesano pueda traerme dos piernas extras”, pensé, derrotado, mientras me levantaba, miraba el árbol a medio cortar y volvía a trabajar con amargura.
Chop.
Chop.
Chop.
Cada corte costaba de hacer como el demonio, pero seguí perseverando.
Intentaba convencerme de que faltaba poco.
Me auto engañaba para seguir hasta que el sol ya casi se ocultaba y tras otras dos o tres horas de arduo trabajo.
Clip.
el árbol empezó a crujir… y cayó ante mí con algo de fuerza.
Y justo en ese momento, un sentimiento de satisfacción me invadió.
Un sentimiento que me hacía feliz cada vez que lo sentía, por lo que mientras lo experimentaba decidí dejar mi hacha a un lado y me propuse contemplar la puesta de sol.
Era curioso.
A pesar de lo deprimido y frustrado que estaba antes, en ese breve instante me sentí libre, realizado.
Como si hubiera dado otro paso.
Un paso del que me sentía orgulloso y pleno.
“Haaaaa”, suspiré, exaltado, mientras me dejaba bañar por la luz del sol y sonreía con alivio.
“Realmente amo cuando esto pasa.” Después de disfrutar de esa realización, me calmé y, con algo de fuerza, dejé el hacha clavada en el árbol antes de dirigirme a la playa.
Quería ver si Orochimaru había vuelto y qué me había traído.
“Espero que haya encontrado algo.
Tal vez una herramienta oxidada, un arma o… ostia puta”, exclamé apenas llegué cerca de la playa mientras dejaba de divagar.
Mientras caminaba, pensando en lo que podría conseguir, vislumbré una, para nada modesta, pila de tesoros.
Una pila que, sinceramente, parecía sacada de un banco subterráneo: oro, plata y demás riquezas raras junto muchas chatarra yacían en la playa.
Dicha escena me dejó de piedra.
Nunca imaginé que me traería esto, y aún que lo esperaba nunca llegué a pensar que mis fantasías se quedarían cortas.
En mis expectativas más optimistas, esperaba solo algo corroído… pero parece que había sido demasiado modesto, por decirlo suave.
Shhhhh… En medio de mi aturdimiento, escuché el sonido familiar.
Entre los tesoros, una serpiente emergió, acercándose con una mirada que rebosaba orgullo.
Un orgullo tan desbordante que gritaba: “¡Alábame, perra!” Sinceramente, si no fuera ateo en esta vida— me habría arrodillado y le habría rezado a esa serpiente.
Sin embargo, lamentablemente, no quería hacer eso.
Tal vez me arrodille por un golpe en los bajos, para recoger algo del suelo… o incluso para ciertos propósitos variados, pero nunca para adorar.
“Eres increíble, Orochimaru”,dije con admiración genuina, mientras levantaba el pulgar al estilo Fallout.
“Shhhhhh.” Ante mi elogio, la serpiente asintió con orgullo antes de dirigirse hacia el mar, con un porte elegante que no parecía propio de una criatura como ella.
Era extraño de ver, pero a estas alturas, sinceramente, ya nada me sorprendía.
“Creo que subestimé un poco a las criaturas mitológicas de este mundo”, murmuré, fascinado por lo mágicas que podían llegar a ser.
Al terminar de alabar a Orochimaru, me quedé observando la pila de tesoros.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro.
No era solo por el oro frente a mí, sino por dos de sus propiedades más útiles… especialmente en este momento.
La que más valoraba era su suavidad: si era puro, podía rayarse incluso con una uña.
Y luego estaba su baja temperatura de fundición, lo que lo hacía perfecto para trabajar.
“Me pregunto qué debería hacer primero…”, dije, emocionado.
¿Fundirlo para hacerme una silla?
¿O usar la técnica de molde para crear una obra de arte?
Bueno, fuera cual fuera la elección, ambas me darían puntos.
Así que estaba bien.
Lo único que realmente debía considerar era dónde fundir el oro.
Para hacerlo bien, necesitaba lava.
Por suerte, tenía reservas de eso.
El problema era cómo manipularla, ya que dudaba que mis manos resistieran el proceso.
.
.
.
“Le preguntaré a Tetis si puede conseguirme una olla de metal o de tungsteno”, murmuré, mientras reprimía mi impulso de idiotez.
No quería quedarme manco… al menos no todavía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com