yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- yo no pedí ser un dios maldita sea
- Capítulo 50 - 50 Forjas Fuera de su época
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
50: Forjas Fuera de su época 50: Forjas Fuera de su época Clack.
Clack.
Clack.
El sonido del martilleo resonaba en toda la fragua.
Las chispas se alzaban como luciérnagas furiosas, y cada golpe sobre el metal al rojo vivo arrancaba destellos que amenazaban con incendiarlo todo.
Y no ocurría solo en una fragua: en cada taller de Esparta los herreros trabajaban hasta donde sus cuerpos les permitían, forjando materiales según las instrucciones.
Sus brazos, antes firmes, temblaban por el agotamiento, un cansancio que, al volverse insoportable, los obligaba a apartarse.
Entonces sus aprendices ocupaban su lugar, determinados a sostener el trabajo mientras sus maestros descansaban, haciéndose cargo de las tareas más duras.
En una de esas fraguas, rodeado por niños, ancianos, herreros maestros y aprendices, una figura pequeña martillaba sin descanso.
Todos observaban los movimientos de Crow: rápidos, precisos, casi hipnóticos.
Cada uno imaginaba su propio cuerpo imitando sus métodos y la forma en que lo hacía.
Clan.
Clan.
Clan.
Tras un tiempo indeterminado, Crow se detuvo.
Exhausto, adolorido, pero visiblemente satisfecho, dejó el martillo a un lado y, bajó la mirada expectante del público, sumergió el metal incandescente en una cubeta llena de agua y aceite.
El estallido de vapor hizo que varios retrocedieran por instinto.
En segundos, del líquido surgió un trozo de metal brillante.
Crow lo alzó para que todos lo vieran y luego lo dejó sobre una mesa.
“Y este es el metal que superará a todos los metales que tenemos actualmente”, declaré, mostrando mi trabajo con un orgullo que no podía disimular.
El trozo en mi mano era una de las muchas combinaciones que había creado en los últimos días.
Esta, en particular, era la última de la lista que podía fabricar con el equipo disponible, pero sería la que marcaría un avance real.
Un avance que ya estaba en marcha.
Pues desde que llegamos a Esparta hace seis días, todo progresaba más rápido de lo esperado.
El primer molino de viento había sido terminado y había encantado tanto al rey como a la población.
Ahora trabajaban en construir más, aprovechando el viento y la fuerza animal para acelerar nuevos proyectos.
Aún estábamos en la tecnología más básica; faltaba tiempo para alcanzar algo cercano a la máquina de vapor.
Pero al menos Esparta ya había puesto un pie en los niveles iniciales de la era industrial, con molinos de agua y viento que empezaban a producir resultados reales.
“Crow, ¿terminaste los materiales?” preguntó una voz mientras entraba en la herrería.
Era Gehrman.
Sin exagerar, había sido quien más había trabajado junto a mí en esos días, seguido de los demás beyonder recién ascendidos.
Todos estaban dedicando cada gota de esfuerzo al proyecto que les había encargado estudiar: las armas.
“Sí, están recién hechos”, respondí, entregándole el metal recién templado.
“Justo el que necesitaba”, comentó alzándolo contra la luz.
“Por cierto, ¿cómo va el progreso de esas armas?” “No tan bien como quisiera”, admitió Gehrman, con un gesto incómodo.
“Aún hay demasiadas variables inciertas, y hasta ahora todos los prototipos de la sierra de mano tuvieron que ser refundidos.
No estaban a la altura del rendimiento que buscábamos.” El proyecto que les había encargado era la creación de las armas con truco de Bloodborne, o al menos las tres básicas: el hacha cargada, la sierra de carne y, la que más esperanza me inspiraba, el gran espadón de Ludwig.
Estas armas, de implementarse correctamente, podrían mejorar de forma considerable nuestras futuras incursiones.
No serían idénticas a las del juego; mi libro del Artesano me permitió detectar variaciones que, aunque no alteraban demasiado la apariencia, sí aumentaban su funcionalidad, especialmente en manos de un cazador.
Ellos, más rápidos y fuertes que cualquier humano, podían extraer todo el potencial de tales monstruosidades.
“Ya veo… ¿y con las otras?
¿Hay algún progreso?” pregunté, cambiando la mirada hacia el segundo conjunto de armas, aquel al que yo mismo había prestado atención pero del que no esperaba demasiado.
“Bueno, logramos algo, pero me temo que nosotros, al menos en esta etapa, no podemos hacer mucho progreso”, expresó Gehrman, algo apenado.
“Déjame adivinar: no pueden crearlas con nuestros materiales actuales, ¿verdad?”, comenté con sequedad, ya anticipando la respuesta.
El segundo conjunto que encargué a investigar pertenecía a otra gran franquicia de cazadores: Monster Hunter.
Específicamente, las armas tipo ballesta pesada.
Siempre habían sido mis favoritas por permitir mantener distancia frente a criaturas peligrosas mientras se mantenía un gran daño.
Pero aún enfrentábamos demasiadas dificultades técnicas: retroceso exagerado, materiales insuficientes y, sobre todo, el tamaño.
Cuanto más grande el arma, mejores materiales requería y mayor era el esfuerzo durante su fabricación.
Por lo tanto, en esta etapa sólo era viable intentar crear las armas más ligeras que se podrían crear.
Herramientas que no consumieran tantos recursos como la sierra dentada o el hacha del cazador.
En cuanto al espadón… Bueno, supuse que tendría los mismos problemas, así que tal vez debíamos intentar otro ángulo.
Uno tentador era fabricar la lanza-pistola, o incluso un lanzallamas.
Nunca estaba de más tener fuego de nuestro lado “Bueno, concéntrate en lo que sí se pueda construir y ve si puedes empezar por la lanza-pistola”, instruí con cansancio mientras me estiraba y me alejaba de la forja para tomar un descanso.
“¿Planeas seguir con el plan de normalizar las armas de fuego?” preguntó Gehrman, tomando el metal y saliendo de la fragua junto a crow, al igual que todos los demás al notar que la razón por la que vinieron se estaba yendo “Sí.
Son necesarias para enfrentar enemigos a mediano alcance”, afirmó sin dudar.
“Y diles a tus compañeros que dejen de ser tan reticentes.
Usar un arma de fuego no es lo mismo que usar un arco.” No pude evitar maldecir por dentro al decir esto.
Incluso el rey, que era relativamente abierto a mis ideas, despreciaba el combate a distancia.
Cuando les mostré cómo fabricar arcos compuestos, todos pusieron expresiones horribles.
Literalmente les estaba entregando uno de los mejores armamentos posibles en esta era y estos idiotas lo miraban como si fuera mierda fresca.
Si cualquier otra ciudad obtuviera un arma así, festejaron durante días.
No por nada una flecha de un arco compuesto puede atravesar un escudo metálico como si fuera papel.
Un ejército lleno de arqueros con arcos compuestos es lo más cercano a artillería pesada que podría tener esta época antes de que entremos a la era del vapor.
“Bueno, si es así tal vez pueda convencerlos de usar armas de fuego, pero ni sueñes con que toquen un arco.
Los detestan”, expresó Gehrman, levantando los hombros con resignación.
“Aya ellos”, regañé irritado.
“Por cierto, no es por molestar, pero ¿no crees que ya es hora de que duermas?
Según sé llevas cinco días sin dormir”, expresó Gherman, cambiando de tema con rapidez, sacando a flote algo más importante.
“Corrección: son cuatro.
Dormí una siesta de treinta minutos entre el día tres y el cinco”, expliqué con total seguridad.
“Eso no es nada”, respondió Gherman, casi ofendido.
“Mira, sé que no necesitas dormir, pero al menos inténtalo.
No quiero que te vuelvas loco por trabajar en exceso.” “Mira quién habla: el señor ‘solo necesito dormir cinco horas al día’”, comenté con sarcasmo.
“Al menos yo sí duermo”, se quejó Gherman.
“Sí, pero porque tú sí lo necesitas, a diferencia de mí.” “¿Quieres que llame a Eris para que venga a decirte que eso no es cierto?” “Déjame adivinar… ellas te pidieron que vinieras para mandarme a dormir, ¿verdad?” “Casi.
También me lo pidió Tetis.” Mientras los dos seguíamos peleando sobre quién dormía menos y que el sueño ya era necesario , un grupo de cazadores la estaba pasando realmente mal en el nuevo taller improvisado que había mandado construir hace unos días en las cercanías a la caza del rey.
En este grupo estaban el rey, Udeuz y un general sin nombre, quebrándose la cabeza y las manos en un intento frustrante de replicar los dibujos de diseño que les había dado.
El dibujo en cuestión era el plano de una ballesta pesada gigante capaz de lanzar virotes con la fuerza suficiente para noquear a un león con un solo disparo.
Aquello había cambiado por completo la perspectiva del rey sobre los ataques a distancia cercana; de hecho, si entendía bien el diseño, era lo más parecido a una súper arma de matanza que podía usarse a corto alcance, una que convertiría a un soldado enemigo en niebla con un disparo.
El problema era que era imposible de fabricar.
El rey y sus hombres habían pasado días trabajando en ello durante sus ratos libres y, sin importar cuánto lo intentaran, siempre llegaban a la misma conclusión: ningún material disponible podía soportar semejante monstruo.
El metal reventaría tras unos pocos disparos, la culata se partía cada vez que lo intentaban, y los virotes a veces explotaban por la fuerza dentro del arma.
“Ni siquiera la hemos hecho y ya fracasamos”, declaró el rey, frustrado, observando la parte de la ballesta pesada que habían logrado montar: apenas una imitación tosca del cañón y del accionador.
“Mejor terminemos los otros trabajos antes de que esto siga consumiendo más tiempo”, aconsejó el general, molesto, mirando el fracaso sobre la mesa como si fuera una esposa insatisfecha.
“Sí, además ya estamos casi terminando los otros”, aceptó el rey, aunque antes de marcharse le dedicó a la ballesta una última mirada, de esas que anuncian que el tema aún no está cerrado.
“De hecho, si entiendo bien, Udeuz ya debería haber terminado el nuevo prototipo.” Al decir esto, el rey miró el reloj de arena colocado frente a la puerta: una puerta hecha con simples troncos, montada con madera, cemento improvisado y fe; mucha fe.
Una construcción levantada en tres días, sin ningún estándar de seguridad, pero que aún seguía en pie por pura terquedad.
“Esta vez debería estar bien, por lo que podremos probar el arma y analizar si está a la altura de lo esperado”, afirmó.
“Si fuera usted, no tendría tantas esperanzas, mi rey.
Recuerde que Crow dijo que estas armas solo eran prototipos, y que si queríamos verdaderas armas él tendría que conseguir un metal mejor”, recordó el general para evitar expectativas imposibles.
“No te preocupes, soy consciente de eso.
Pero mientras sea ágil y tenga filo, es bienvenida”, comentó el rey con buen humor.
Entre charlas ligeras, el rey entró en una de las cuatro habitaciones.
En esa habitación estaba Udeuz, un hombre de casi tres metros, músculos por todas partes.
Pese a su presencia intimidante, sostenía una hoja entre los dedos y medía su balance como un artesano minucioso.
“Udeuz, ¿cómo va el progreso?”, preguntó el rey suavemente.
“Terminé un prototipo apenas aceptable.
Ahora estoy trabajando en la espada de Ludwig, o intentando crear el mecanismo que convierte una espada pesada en una ligera y viceversa.” “Entonces podemos probarla”, preguntó el general con interés.
“Adelante, y no importa si la rompen; al fin y al cabo es solo una prueba”, contestó Udeuz, señalando una pared donde colgaba una sierra de carne con empuñadura.
“Entonces no tendremos cuidado”, respondió el rey, emocionado, acercándose a la pared y tomando la sierra.
Con ella en mano, el rey empezó a moverla.
Era ágil, veloz, y con cada movimiento sentía cómo el peso ayudaba al balanceo; incluso juraría que resultaba cómoda.
Sin embargo, mientras la probaba también era consciente de algo: esta arma sería inútil sin ser un beyonder.
El peso era simplemente demasiado.
Era un arma pesada, diseñada para una sola mano, y cualquier persona normal tendría dificultades incluso para moverla, mucho menos para usarla con la velocidad adecuada o aprovechar el impulso durante un corte.
Click.
Con un claro sonido metálico, la sierra cambió a su segunda forma.
El rey sintió de inmediato cómo el mecanismo aumentaba el impulso y la fuerza, generando un incremento ligero pero notable en el poder de cada movimiento de cambio que realizaba mientras balanceaba.
“Es bastante buena”, comentó, satisfecho, mientras regresaba a su forma base y se dirigía afuera para realizar una prueba de campo.
Entusiasmado por el desempeño del arma, salió con rapidez, observado por Udeuz y el general.
Tras su partida, ambos retomaron su labor: Udeuz con el mecanismo de la espada, y el general como asistente, igual que había hecho con la ballesta que tanto deseaba el rey.
“¿Crees que rompa el arma?”, preguntó el general, observando los planos extendidos sobre la mesa.
“Seguramente”, respondió Udeuz con calma.
“Pero al menos podrá descubrir qué está mal.
Es mejor que la pruebe ahora a que falle en un momento importante”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com