yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Cacería insatisfactoria
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51: Cacería insatisfactoria 51: Cacería insatisfactoria La caza había comenzado.
La suave brisa rozaba el cabello del rey y la tierra bajo sus pies transmitía las vibraciones de su entorno.
Detalles que antes nunca había percibido ahora eran claros como el día.
Cosas que antes pasaban inadvertidas se habían vuelto sensibles para él.
Incluso con los ojos cerrados, allí, al borde del bosque, sentía que veía más que antes.
Su mundo había cambiado desde que tomó la poción: desde comprender conceptos físicos hasta observar la realidad con una mirada distinta.
Y aunque Crow le había repetido muchas veces que aquello era una maldición, él creía que valía la pena.
Solo por poder experimentar esto, y mucho más, el rey estaba seguro de que incluso perder la vida y volverse loco, no habría parecido tan malo.
Has.
Un sonido suave rozó sus oídos y abrió los ojos.
A unos diez metros, una sombra blanca emergió de los arbustos.
Era solo un conejo, confiado, rebuscando comida sin saber que un cazador ya lo tenía en la mira.
Y aquel cazador no era el rey si no una bestia de colmillos enormes, un leopardo de manchas oscuras y dos ojos brillantes, oculto entre la maleza, esperando el momento exacto para saltar sobre su presa sin saber que otro cazador ya lo había puesto en la mira.
Ambos aguardaban con paciencia.
Cada uno aguardando el momento exacto para hacer el movimiento perfecto.
Y el rey, con la sierra en la mano, resultaba ser aún más paciente que el leopardo mismo.
Grrrrrr.
Con un rugido que anunciaba el fin, el animal se lanzó sin posibilidad de error.
Atravesó la distancia en un destello, tomó al conejo entre sus fauces y lo levantó del suelo.
Crack.
El cuerpo del conejo crujió.
Aún luchaba, desesperado, mientras la sangre caía de la boca del leopardo y manchaba la tierra.
El depredador disfrutaba su triunfo.
Entonces, en medio de ese instante perfecto, un silbido cortó el aire.
Bzzzzzzzzz.
Un corte circular trazó un arco elegante y, a mitad del movimiento, la sierra se desplegó.
El brusco cambio en el centro de gravedad le dio al rey un impulso súbito, suficiente para un segundo corte que aprovechó la inercia del primero.
Bzzzzzzzzzzz.
En una fracción de segundo, ambos cortes se completaron.
El leopardo quedó rígido, congelado en su postura, y antes de poder reaccionar su perspectiva cambió.
Ahora veía al hombre… y también la pequeña lluvia roja que comenzaba a caer en los últimos instantes antes de que todo se volviera oscuro.
“Incluso cazar un leopardo se ha vuelto fácil”, comentó el rey mientras retraía el arma hasta que la sierra recuperó su forma original.
Aunque satisfecho con el desempeño, no se permitió confiarse.
A pesar de la sangre que aún salpicaba y manchaba su ropa, se acercó al cadáver del leopardo para examinarlo.
Lo primero que revisó fue el cuello.
Dos cortes opuestos se unían para formar la decapitación.
Sin embargo, el corte era astillado, irregular y poco limpio.
Eso le indicaba que, aunque la herramienta tenía un peso adecuado, carecía del filo necesario.
La sierra había requerido demasiado esfuerzo para atravesar la carne.
Si el filo hubiese sido correcto, la decapitación habría ocurrido en el primer golpe, no a medias, obligándolo a ejecutar un remate.
“El filo es muy inferior”, murmuró el rey, observando la hoja manchada y frunciendo el ceño al ver un pedazo de hueso incrustado.
Mientras tomaba nota mental, encontró otro problema: la acumulación de sangre en los dientes de la sierra.
Era un defecto fatal, pues promovería oxidación.
Aunque la corrosión podría generar un efecto venenoso, no valía la pena sacrificar la durabilidad del arma.
Mmm… tal vez podría solucionar esto con grasa o algo similar”, murmuró el rey, recordando cómo a veces se usaba la grasa para volver impermeables algunos objetos.
Pero tras pensarlo lo dejó de lado.
Incluso si la grasa protegía contra líquidos, la sangre era distinta.
“Quizá debería ver a Crow después y preguntarle”, consideró el rey antes de agacharse y cargar con el cuerpo del leopardo.
Era mejor dárselo a sus hombres que desperdiciar una caza tan exitosa.
Después de una prueba rápida y un análisis que reveló más defectos de los esperados, el rey comenzó a marcharse del bosque.
Intentó seguir el camino que recordaba, pero a medida que avanzaba un sentimiento extraño, familiar pero desconocido, empezó a inquietarlo.
Siempre había confiado en su intuición de guerrero, aquella voz interna que lo había salvado tantas veces.
Pero ahora era más fuerte y preciso.
No solo le advertía del peligro: también le señalaba de dónde provenía, casi como si la amenaza misma susurrara su ubicación.
“………” Aun así, pese a conocer la dirección del peligro que lo acechaba, el rey siguió adelante.
Una débil sonrisa se dibujó en sus labios: peligrosa, emocionada.
Plop.
Plop.
Plop.
Sus pasos resonaban en el bosque solitario.
Y tras cada uno, el rey escuchó con total atención… hasta notar un detalle mínimo.
Plop.
Plop.
Plop.
Plop.
Plop.
Plop.
Cada paso que él daba era imitado por la criatura que lo seguía.
Ese detalle insignificante revelaba algo extremadamente importante: el enemigo tenía inteligencia.
Eso descartaba a casi todas las bestias.
Más aún: podría tratarse de un cazador, porque la técnica de ocultamiento y sigilo era exquisita.
Si no fuera por su nueva naturaleza como Beyonder, no habría percibido nada.
Las pisadas eran sincronizadas, ligeras, casi imperceptibles, y se confundían con las suyas.
“Es un cazador más”, pensó el rey, emocionado.
“Y uno fuerte.
Experimentado.” Plop.
Plop.
Los pasos del rey siguieron firmes y lentos.
No mostró prisa.
Aunque ya sabía la ubicación aproximada y tenía un par de datos útiles, decidió no apresurarse.
Fue paciente.
Dejó que el otro creyera que él era la presa.
Plop.
Plop.
Estaba a punto de llegar a las inmediaciones de Esparta.
Los pasos seguían su ritmo habitual cuando vio el camino a pocos metros.
Fsssss.
Un silbido cortó el aire.
El rey levantó el cuerpo del puma como escudo justo a tiempo.
Plap.
Plap.
Plap.
Plap.
Plap.
Cinco flechas se clavaron en la piel del leopardo en menos de un segundo, casi atravesándolo para llegar al rey.
Perfecta puntería”, analizó con calma mientras observaba las flechas incrustadas.
Plop.
Plop.
Varios pasos discretos volvieron a sonar.
A cierta distancia, el rey intuyó que el atacante se movía hacia su costado, y ya sabía lo que se avecinaba.
Plop.
Antes de que las flechas salieran, un sonido leve y casi imperceptible del arco tensándose llegó a sus oídos.
El rey aprovechó ese instante y lanzó el cuerpo del leopardo hacia adelante.
Plop.
Plop.
Justo a tiempo para detener dos flechas más.
Ambas quedaron clavadas en el escudo de carne mientras el rey corría, acercándose con rapidez.
Estaba a un segundo de alcanzar al enemigo, a nada de atraparlo, pero en medio del último impulso volvió a escuchar el sonido tenso del arco.
Con una señal aguda de peligro encendiéndose en su mente, frenó la carrera y se desvió hacia un lado.
Plasss.
La flecha pasó rozando su mejilla, abriéndole un corte fino y ardiente.
Otra fracción de segundo y habría muerto.
Aun así, el rey no se detuvo ni se acobardó.
Se lanzó hacia la figura oculta mientras la sierra de carne se desplegaba, extendiendo su alcance e impactando con fuerza.
Click.
El choque metálico estalló en el aire.
Las chispas salieron disparadas, iluminando los rostros de ambos contrincantes.
Uno era el rey, mostrando ahora una sonrisa peligrosamente amplia.
El otro era un hombre bajito, con cuernos y cabello enmarañado, que había logrado detener la sierra usando su arco.
Un arco que, para colmo, resistió el golpe.
“Un sátiro”, pensó el rey con disgusto.
Y ese disgusto se volvió casi furia al ver con claridad el arma que el ser sostenía: un arco metálico, adornado, trabajado con una artesanía exquisita.
Una joya funcional.
Algo que cualquiera en Grecia envidiaría… excepto un espartano.
.
Para un espartano, el arco —el arma de los débiles— no era más que una desgracia.
Un insulto.
Click.
Tras el primer choque, la sierra, antes desplegada, se contrajo de golpe.
El mecanismo redujo la fricción y permitió reutilizarla de inmediato.
El giro del arma cambió bruscamente su trayectoria, y ahora el corte iba directo a la cabeza del enemigo.
Crjss.
Un sonido mixto, húmedo y áspero, resonó en el aire.
La sangre estalló en todas direcciones mientras un chasquido de hueso y carne rasgada vibraba como un eco sucio.
La hoja atravesó la carne del sátiro y dibujó un arco rojo salpicado de fragmentos blancos.
El sátiro observó al rey con una expresión incrédula, como si intentara comprender lo imposible: cómo lo habían alcanzado, cómo había muerto, y por qué tan rápido.
Las preguntas se acumulaban en su mirada, mezcladas con una indignación muda que no llegó a convertirse en sonido alguno.
Incluso en sus últimos instantes, su mente seguía aturdida.
Solo había venido a cazar por diversión, y por que era su deber ¿Cómo aquella “presa” pudo responder así?
¿Cómo había fallado?
Ninguna respuesta llegó.
Y aun cuando la muerte lo reclamó, los ojos del sátiro permanecieron abiertos, incapaces de encontrar paz, incapaces de comprender la verdad de su derrota.
El suelo teñido de rojo se extendía a los pies del rey.
El olor a sangre era casi embriagador, pero a pesar de haber obtenido una victoria aplastante, y de haber reafirmado su superioridad frente al enemigo —uno menor comparado con quienes alguna vez había enfrentado en su juventud—, su expresión no mostraba orgullo ni regocijo.
Solo mostraba una cosa.
Preocupación helada.
Una inquietud nacida del cadáver del sátiro.
Haberlo matado lo pondría en problemas; no, el simple hecho de que este hubiese intentado asesinarlo ya era una señal de que algo andaba mal.
Los sátiros rara vez atacan sin razón, y cuando lo hacían solía ser por celos.
Pero el rey no tenía mujer, ni tampoco había atraído la atención de alguna ninfa.
Si no se trataba de celos, entonces había una razón más profunda.
Y esas razones casi siempre llevaban a un sujeto extremadamente problemático: Dionisio.
No era que Dionisio fuera cruel a propósito o malicioso por naturaleza… pero su presencia generaba caos, tragedias y desgracias por motivos absurdos.
Celebrar y beber.
Lo que para cualquiera sería motivo de alegría, para él podía convertirse en una masacre.
Sus fiestas no diferían demasiado de una ejecución pública: personas bebiendo hasta morir, hombres, jóvenes y niños comiendo hasta reventar, y mujeres hermosas desplomándose por paros cardíacos tras días de danza brutal.
Actividad que, demasiadas veces, era forzada por los sátiros… o por el mismo Dionisio, que hacía bailar a sus víctimas hasta que sus pies sangraban.
“…Esperemos que solo me haya atacado porque estaba en su territorio”, murmuró el rey.
Si ese era el caso, era casi un alivio.
Pero si Dionisio estaba planeando celebrar una de sus fiestas en las cercanías… entonces no destruiría Esparta, pero sin duda traería un dolor de cabeza monumental.
Más aún si los sátiros comenzaban a interesarse por las mujeres espartanas.
Aunque las mujeres de Esparta eran fuertes y seguramente preferirían pelear a muerte antes que ser profanadas, eso no detendría a esos cerdos lujuriosos.
Peor aún: podrían fijarse incluso en las niñas si las encontraban atractivas.
Con pensamientos caóticos y un creciente peso en el pecho, el rey llegó a Esparta.
Al ver la ciudad, que cada día cambiaba y mejoraba con la ayuda de su gente y de todo lo nuevo que traía Crow, sintió con más claridad que nunca su deber: protegerla.
Proteger a todos.
Complacer a los sátiros, como habían hecho otras ciudades en el pasado, sería una opción razonable para evitar problemas… pero no en Esparta.
Nunca permitirían que su gente fuera entregada a un destino tan estúpido y vergonzoso.
Menos ahora, cuando incluso el más débil y pequeño era valorado.
Proteger a todos era una obligación.
Una que no daría por sentada, aunque significara iniciar un conflicto con los sátiros.
Un conflicto que, gracias a todo lo que Crow había aportado, parecía posible afrontar… …aunque sería preferible evitarlo.
“Ashu.” En Esparta, acostado en una cama que apenas había tenido tiempo de preparar, Crow estornudó con un ruido seco que rompió el silencio.
Parpadeó, confundido, mirando a su alrededor como si esperara encontrar al culpable escondido en algún rincón.
Se llevó la mano a la nariz, desconcertado.
¿Se estaba enfermando?
La idea era absurda.
Podía contar con una mano las veces que había estornudado desde que había llegado a este mundo; un número tan pequeño que convertía ese simple gesto en algo casi anti natural.
Algo fuera de lugar en su vida actual.
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