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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 52

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  4. Capítulo 52 - 52 Encuentro de ensueño
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52: Encuentro de ensueño 52: Encuentro de ensueño Flotaba en medio de la nada, literalmente, porque a mi alrededor solo había vacío.

Mi conciencia estaba lúcida, pero mi cuerpo permanecía suspendido en la nada negra.

Bajo mí se extendía una inmensa superficie blanca y, muy arriba, a lo lejos, flotaba un planeta azul.

“Vaya, este sueño es más interesante que los otros”, comenté con ironía.

Últimamente mis sueños eran raros, realistas, y casi siempre estaban inspirados en alguna franquicia que conocía.

Ya había recorrido casi todos mis lugares favoritos de la saga Soul, había estado en Blasphemous e incluso en DayZ.

Todos eran sueños lúcidos inolvidables donde siempre había algo que hacer o un lugar que explorar.

Pero esto… solo mirar la luna desde un vacío cósmico era realmente novedoso.

No reconocía a qué franquicia pertenecía.

“Por cierto, ya que esto es un sueño, ¿no podría también cambiar mi forma?”, murmuré mientras observaba el espacio infinito.

Una idea recurrente en mis sueños lúcidos era interpretar a personajes de videojuegos, algo más por diversión que por otra cosa.

Siempre la descartaba porque prefería usar los sueños para estudiar o experimentar cosas imposibles en la realidad.

Pero considerando que llevaba varios días trabajando como un esclavo, desperdiciar este sueño en algo serio me parecía absurdo.

Ya había trabajado suficiente y un poco de diversión no me mataría.

“Bueno… tal vez debería intentar ser uno de mis jefes favoritos”, pensé mientras notaba que este ambiente le calzaba perfectamente a algunos de ellos.

Mientras Crow reflexionaba sobre sus sueños, una pequeña figura despeinada, con una mirada algo loca, posó sus ojos sobre su mundo onírico.

Una sonrisa desquiciada deformó su hermoso rostro, que antaño transmitía cierta elegancia divina.

“Por fin”, gritó la pequeña figura, observando el sueño familiar con expresión neurótica.

“¡Por fin se volvió a conectar ese hijo de puta!” La orgullosa y afable hipnos había enloquecido desde que aquel sueño apareció por primera vez en su dominio.

Desde ese instante su vida se volvió un desastre.

Cada vez que la burbuja onírica se manifestaba, entraba solo por una razón: golpear al maldito dueño del sueño.

Pero si algo había aprendido, era que entrar allí era un error.

Sus visitas siempre terminaban igual: muriendo, siendo golpeada, perseguida o sufriendo de maneras absurdas.

Solo en lo que iba del año ya había muerto no menos de trescientas noventa y nueve veces, todas indignantes.

Había sido lanzada por un monstruo tiburón, perforada por una mujer-cerebro, arrojada al vacío por un calvo, devorada por dragones, e incluso atravesada —de forma no sexual— por una espada maldita de cuatro metros de largo y uno de grosor.

La lista era interminable.

Pero a pesar de todo, hipnos seguía entrando una y otra vez a esos malditos sueños por un motivo simple: encontrar al bastardo que había creado semejante abominación y hacerlo pagar por cada gota de sufrimiento que le había causado.

Al menos así había sido hasta hace unos días, porque tras la repentina desaparición y silencio de esa burbuja, Ignos descubrió algo que casi la volvió loca: había empezado a extrañar esos sueños.

Extrañaba ser maltratada.

Y esa idea la revolvía por dentro.

Sin darse cuenta, se había sumergido tanto en esos mundos horribles que había empezado a apreciar sus secretos: la arquitectura imposible, los paisajes inmensos, la sensación de exploración… y, lo más inaceptable, el placer que le provocaba que enemigos de tres metros la usaran como saco de boxeo hasta que lograba matarlos.

Ese contraste brutal le daba una sensación más intensa que coger.

“Maldito… te haré pagar las consecuencias por arruinarme”, gruñó Ignos, frustrada y agitada, avanzando hacia la burbuja que le había quitado la inocencia y la había empujado por el mal camino.

Hoy conseguiría su venganza y haría pagar al dueño de esos sueños.

Y no solo por aquella semana que casi la volvió loca como un ludópata que pierde el dinero antes de pagar sus cuentas.

Mientras la pequeña figura sufría otra de sus crisis —ya demasiado comunes en su vida reciente— señaló hacia una dirección desconocida, atrayendo algo que había preparado.

Era una burbuja tan grande como la oscurecida, pero esta era transparente.

En su interior se veía un inmenso campo de batalla y, en medio, un hombre rabioso golpeando todo lo que se movía.

Partía soldados en dos, aplastaba guerreros, y entre cada embestida lanzaba miradas de odio hacia las figuras que lo observaban desde lo alto con desaprobación, frialdad y, sobre todo, superioridad.

“Padre… Atenea”, rugió con una mezcla de furia y dolor.

Su voz arrastraba una pena indisimulada, una que se transformaba en más ira cada vez que veía a esas figuras tratándolo como a un payaso.

Incluso la figura de su propio hermano lo observaba con tensión, como si sentir vergüenza fuera inevitable.

“Haaaaaaa”, bramó el hombre, desatando una nueva ola de violencia.

“Jejejeje”, rió siniestramente la pequeña Hipnos al ver al perro rabioso descontrolarse por completo.

“Perfecto.

Este perro ya está en su punto.” La razón de tanta furia era sencilla: Hipnos llevaba tres días enviándole pesadillas, haciéndolo sentir inferior, alterado, humillado y listo para morder a cualquiera.

Era justo lo que ella necesitaba.

Si su grandiosa diosa del sueño era golpeada, lanzada por los aires y pateada por pelones, entonces dejaría de jugar limpio.

Si ese maldito dueño de sueños la había hecho pasarla mal, ella se lo devolvería con intereses.

Y no había mejor opción que enviar al perro rabioso por excelencia.

“Ares, ve y venga a esta dama… y hazlo de una forma fabulosa, para que pueda apreciar todo el proceso”, ordenó Hipnos apuntando hacia la burbuja como si fuera una entrenadora Pokémon lanzando a su criatura estrella.

Ante la orden, las burbujas del sueño de Ares y la de Crow comenzaron a acercarse; aunque, en realidad, solo la de Ares obedecía.

La de Crow permanecía inmóvil, ignorando por completo la voluntad de Hipnos.

Aquello solo la enfureció más, porque entre todos los seres que había observado, solo el dueño de ese sueño tenía la insolencia de desobedecerla de forma tan descarada.

“Ya veremos si sigues así después de que este perro te muerda”, gruñó Hipnos con hostilidad mientras clavaba la mirada en la burbuja.

Con esa última amenaza, las dos burbujas comenzaron a juntarse y, como si fueran verdaderas burbujas de jabón, se fusionaron en una más grande.

Era lo esperado por Hipnos… o al menos así parecía, hasta que el color negro empezó a propagarse sin control.

En cuestión de segundos, toda la esfera se volvió mucho más oscura que antes, devorando incluso la luz circundante.

La expresión de Hipnos se deformó como la obra El Grito hecha realidad al ver que esto pasaba.

“¡Nooooo!” chilló en pánico.

Se lanzó contra la burbuja, chocando de frente con ella sin lograr entrar.

Ahora el sueño no solo estaba completamente fuera de su control, sino que su incontrolabilidad se había fortalecido hasta el punto de que ni siquiera podía interactuar con él.

“No, no… ¡al menos déjame terminar el sueño de la torre del reloj!

¡O incluso el de la ciudad anillada!” suplicó Hipnos como cierta diosa inútil, terminando en una pose que cualquier seguidor de Axis reconocería de inmediato.

Mientras Hipnos hacía un berrinche monumental en el mundo onírico, dentro de la burbuja las cosas eran muy distintas.

En el inmenso y profundo espacio había aparecido una figura confundida.

Era Ares, quien no podía siquiera procesar lo ocurrido.

Un instante antes estaba atrapado en una de las peores pesadillas que había tenido, y al siguiente estaba sobre una superficie blanca, rodeado de una oscuridad infinita y un planeta desconocido flotando sobre su cabeza.

La situación era tan absurda que incluso él, envuelto siempre en ira y negatividad, dejó de lado su furia para dar paso a la confusión más pura.

No tenía idea de cómo había pasado de un campo de batalla a… esto.

“Así que ahora solo quedamos tú y yo.” La voz resonó en el vacío, vibrando en los oídos del dios.

Ares giró instintivamente y se encontró con una figura que le doblaba la estatura: un hombre imponente, con músculos como piedra y una presencia tan aplastante que lo obligó a tensarse.

Pero era una opresión distinta.

No era como la de su padre, cargada de poder y desprecio.

Ni como la de Atenea, llena de orgullo y superioridad.

Tampoco como la de su madre, que lo observaba desde arriba como si fuera un desastre ambulante.

La opresión de ese hombre era pura e instintiva, la de una bestia con forma humana mostrándole los colmillos sin maldad ni burla, solo intención de combate.

“Tú… ¿quién eres?”, murmuró Ares, observándolo con recelo.

“¡Hagahahahahah!” El hombre soltó una carcajada tan violenta que el sonido vibró por todo el espacio, como si la situación fuera la cosa más divertida del mundo.

Y aquel estallido de risa hizo que Ares, que había logrado mantenerse calmado por un instante, detonara como un saco de pólvora.

“¿Qué es tan gracioso, maldito?” bramó, enfureciéndose de inmediato.

“Me sorprende lo fácil que olvidas… Asura.” “Asura…” repitió Ares, confundido.

Minutos antes En la luna, la figura de Crow flotaba pensativa mientras observaba la Tierra a la distancia.

Al hacerlo, consideró qué personaje debería interpretar.

Tenía varias opciones: tal vez Kiana, tal vez David… había demasiadas posibilidades.

Después de todo, era un sueño, y podía darse el lujo de recrear cualquier escena que había visto en una pantalla.

La idea era divertida, y para su primera experiencia quería algo memorable, algo extraordinario que pudiera recordar.

Una batalla, quizá.

“Una batalla”, murmuré mientras contemplaba la Tierra.

Crow sonrió, y casi al instante su cuerpo comenzó a cambiar.

Su altura aumentó lentamente hasta alcanzar la insana cifra de dos metros cincuenta y nueve; después, su musculatura creció hasta niveles que solo podían igualarse en el universo de Baki.

Su piel se volvió pétrea, su cabello se tornó blanco y una barba espesa brotó en su rostro.

En cuestión de segundos, el pequeño Crow se había convertido en uno de los personajes más memorables de su juventud: Augus, su jefe favorito de Asura’s Wrath, un juego poco valorado que, pese a sus defectos, lo había impresionado con sus combates descomunales.

“¡Hahahahahaha!” rió Crow, asombrado y fascinado.

“De esto es de lo que estaba hablando.” Flexionó su cuerpo, maravillándose del poder que lo impregnaba.

Se sentía invencible, capaz de hacer cualquier cosa.

Y aunque solo era un sueño, experimentar esa fuerza era embriagador.

“A la próxima interpretaré a un jefe aún más grande y fuerte”, murmuró Crow con emoción.

“Pero ahora tengo que probar este poder… y ya sé con quién.” Tras declarar sus intenciones, Crow cerró los ojos y trató de visualizar al protagonista del juego: Asura.

Su piel.

Sus ojos.

Su cabello.

Y, sobre todo, su ira infinita.

Lo que Crow no notó fue que, mientras se concentraba en su oponente, una sombra cruzó el sueño entero, y la luna —que pese a su realismo seguía siendo un reflejo onírico— pareció estremecerse mientras se volvía más real.

Y con esto una figura comenzó a materializarse.

A pesar de lucir confundida, su cuerpo también sufrió cambios: pasó de ser el joven musculoso de tez oscura, cabello negro y rasgos marcados con cicatrices, a una versión más corpulenta, con una piel semejante a la de Crow, el cabello blanco y una vestimenta completamente ajena a la que llevaba antes.

Crow abrió los ojos y, al verlo, lo reconoció al instante.

“Así que ahora solo quedamos tú y yo.” Pronuncié con humor al ver a mi oponente en este sueño.

“¿Tú… quién eres?” preguntó Asura tras una breve pausa, frunciendo el ceño.

“¡Hagahahahahah!” La carcajada salió de mi boca sin poder contenerla.

Había algo deliciosamente absurdo en todo esto: Asura no recordaba quién era yo.

Y aunque aquello no formaba parte del combate original, añadía una chispa nueva, un posible detonante para su furia, quizá incluso suficiente para obligarlo a superar el límite que recordaba de la batalla del juego.

“¿Qué es tan gracioso, maldito?” bramó Asura, irritándose al instante.

“Me sorprende lo fácil que olvidas… Asura.” “Asura…” repitió Ares, todavía perdido.

“Pero descuida, mi pupilo.

Te haré recordar, igual que en los viejos tiempos.” “¿De qué mierda estás—?” BAM A media frase mi figura desapareció de su vista y reapareció frente a él; o, más bien, lo que apareció fue mi puño hundiéndose en su rostro, deformándolo mientras su expresión incrédula aún no alcanzaba a comprender qué había ocurrido.

BAM El impacto lo lanzó como un proyectil.

Asura salió disparado por la superficie lunar hasta chocar contra el suelo, generando una explosión que hizo temblar la corteza de la luna mientras grandes grietas se abrían bajo su cuerpo.

“Primera lección a recordar: siempre golpea antes de preguntar.” Declaré con una sonrisa, marcando una pose con el puño en alto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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