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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 53

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53: Maestro vs aprendiz 53: Maestro vs aprendiz Ares yacía aturdido sobre escombros.

Un momento estaba hablando y, al siguiente, ya tenía un puño incrustado en la cara.

El dolor era real, mucho más intenso que las veces en que su padre lo derrotaba sin miramientos.

“Bastardo”, gruñó Ares, irritado, mientras levantaba la cabeza entre restos de escombros.

Su rabia solo aumentó al escuchar las palabras que siguieron al golpe.

“Primera lección a recordar: siempre golpea antes de preguntar.” Aquella frase casi lo hizo maldecir a todo pulmón.

¿Qué clase de enseñanza de mierda era esa?

Incluso para alguien tan bruto y famoso por su beligerancia como el, esa lección era ridícula.

“A la mierda con tus lecciones”, gritó Ares, furioso, impulsándose para devolver el golpe.

En una carrera explosiva, se puso de pie.

Con un solo movimiento recorrió la distancia entre ambos, plantándose frente a Augus y embistiéndolo con un puñetazo tan brutal que superaba la fuerza del golpe que había recibido.

Tenía la esperanza de devolverle el favor, matarlo y hacerle estallar el cráneo en mil pedazos para aliviar su ira.

BAM Pero la realidad estaba mucho más lejos de sus expectativas.

Aunque el impacto creó un estallido sónico, la cabeza de Augus apenas se movió.

Solo inclinó ligeramente el cuello, algo que dejó a Ares completamente atónito.

No podía aceptar esa verdad.

“Segunda lección”, dijo Augus mientras sonreía.

“Cuando golpees, usa todo el cuerpo.” De un manotazo apartó la mano de Ares, aún aturdido.

Luego, bajó la mirada desconcertada del dios, el cuello de Augus se tensó.

Un instante después, su rostro salió disparado hacia el de Ares… o, mejor dicho, su frente.

BAM El impacto del cabezazo fue incluso más brutal que el golpe anterior.

De forma espantosa, la frente de Augus hundió el cráneo de Ares contra el suelo lunar, perforando la roca hasta dejar solo sus piernas sobresaliendo en la superficie.

La escena era tan absurda y descomunal que parecía imposible.

Y, en parte, lo era.

La diosa que apenas había logrado colarse en el sueño para espiar se quedó inmóvil, con la expresión arqueada de pura incredulidad.

“Esto tiene que ser una broma”, murmuró Hipnos con un tic en el ojo.

Ella no había visto mucho, pero con observar la escena reciente bastaba: algo estaba terriblemente mal.

Aunque Ares era un perro rabioso y siempre terminaba derrotado por Atenea y otros, esto estaba fuera de lugar.

Aquello se sentía como ver a un adulto apalear a un niño.

Lo mismo se aplicaba para Ares, enterrado bajo la superficie lunar con una expresión que dudaba de su propia existencia.

Su cuerpo, que antes reaccionaba por instinto, ahora era inútil.

Sus reflejos automáticos parecían los de un anciano.

Y todas sus habilidades de combate, que habían sido su orgullo, se desvanecieron como si nunca hubieran existido.

Todo lo que lo convertía en el dios de la guerra había desaparecido.

Era como si a un ave le hubieran cortado las alas y, en plena caída, intentara moverlas solo para seguir desplomándose, incapaz de comprender por qué ya no podía volar.

“Espera… no me digas”, murmuró Hipnos, como si acabara de descubrir algo.

“El sacerdocio de ese sujeto está suprimido.” Al igual que le ocurría a ella, el sacerdocio de Ares en este sueño estaba anulado, y aquello era grave.

El sacerdocio era para los dioses lo que el sentido del equilibrio es para una persona: innato, automático, esencial.

Sin él, un dios perdía aquello en lo que era mejor.

Para quienes habían crecido con su sacerdocio desde siempre, era el pilar que sostenía toda su existencia, su único soporte real.

Si un dios del fuego perdía su sacerdocio, solo perdería su afinidad y la capacidad de manipularlo.

Pero cuando el sacerdocio estaba ligado al talento del dios—si era la habilidad de tejer, de cazar o de combatir—la consecuencia era devastadora: el dios perdía incluso la destreza básica, incapaz de enhebrar una aguja o blandir un arma.

Ese fenómeno ocurría porque el sacerdocio movía sus cuerpos por ellos, antes incluso de que pensaran en reaccionar.

Era un movimiento natural, aprendido desde el nacimiento.

Y cuanto más tiempo pasaba, más dependientes se volvían, hasta volverse incapaces de funcionar sin él.

“Pero aun así… no debería haber una diferencia tan grande.” BAM Como si respondiera directamente a las especulaciones de Hipnos, una pequeña explosión ocurrió bajo la superficie lunar.

Ares emergió con violencia, completamente cubierto de polvo, y su mirada ardía con una ira mucho más intensa.

Pero, a diferencia de antes, Ares ya no habló ni dudó.

Avanzó de inmediato y lanzó sus puños contra Augus, quien solo abrió los brazos, recibiendo el ataque de frente.

BAM BAM BAM BAM Los golpes cayeron sobre Augus como una lluvia furiosa, pero él no se movió.

Mantuvo la postura, firme, dejando que Ares descargara toda su rabia.

Era una burla absoluta, la mayor humillación posible; nadie nunca se había atrevido a hacerle algo así.

Y aun así, esa sonrisa insolentemente tranquila permanecía en el rostro de ese sujeto, una sonrisa que Ares deseaba arrancar con sus propias manos.

Lo que Ares no sabía es que esa sonrisa era completamente genuina.

“Siento dolor”, pensó Crow, emocionado.

Parecía extraño que se alegrara, pero sin dolor esto no se sentiría real.

Cada golpe que lo atravesaba aumentaba su ansia de batalla y lo alejaba de su cuerpo debilitado.

Por primera vez experimentaba lo que era habitar un cuerpo sano y poderoso, uno que no se tambaleaba al recibir daño, sino que se mantenía firme, imperturbable, mientras el enemigo hacía todo lo posible por moverlo.

Además, podía sentirlo: con cada golpe, la fuerza de Asura aumentaba.

Y no solo la del dios; cuanto más avanzaba la pelea, cuanto más deseaba Crow continuar y desgarrar este encuentro hasta el fondo de su corazón, su propia fuerza también crecía de manera monstruosa.

Ese aumento desbordado lo embriagaba.

Era una sensación maravillosa, adictiva, que lo hacía sonreír con un fervor salvaje.

“Tercera lección: el ganador siempre será el que tenga el puño más fuerte.” BAM En medio de la lluvia de golpes, el gran puño de August por fin se movió, y a una velocidad igual al siguiente golpe de Asura.

El espacio se distorsionó.

El impacto destruyó el suelo y, entre ambos, un gigantesco cráter se abrió mientras los puños quedaban suspendidos, separados apenas por una barrera invisible formada de puro poder chocando.

Crack Una barrera que se rompió cuando el puño de August la aplastó, impactando contra el de Asura.

Este sintió cómo el brazo se le entumecía.

Crack Crack Crack O al menos así parecía, porque un montón de grietas se extendieron por el puño de Asura, que continuaba haciendo fuerza.

Las fisuras treparon por toda la extremidad hasta que, ante los ojos horrorizados del dios, comenzó a colapsar.

Sin ofrecer mucha resistencia, el puño junto con el brazo explotó en medio de la confrontación, lanzando a Asura hacia atrás.

Lo bueno, si podía llamarse así, es que esta vez solo retrocedió unos cuantos pasos: una mejora respecto al choque anterior.

Lo malo era que Ares no estaba de humor para apreciar mejoras; solo podía mirar el lugar donde antes había estado su brazo.

El tiempo pareció detenerse.

August, al verlo, sonrió con una diversión casi infantil.

Quien conocía a Asura sabía que este sujeto perdía los brazos como si fueran piezas desechables.

Por algo le dieron el título de Octópodo: en su transformación tenía varios brazos y los perdía como un jodido pulpo… para luego regenerarlos.

Pero los otros dos habitantes del sueño no compartían esa gracia.

“Esto no tiene sentido”, bramó Hipnos, indignada al ver la escena.

No tenía sentido que ese cabrón fuera tan fuerte.

¿Cómo mierda podía ser tan fuerte en un sueño?

…Es un sueño.

A media queja, Hipnos pronunció algo que la congeló.

De pronto miró a su alrededor como si recién comprendiera algo, una revelación que la dejó incómoda: un sueño.

El sueño es el mundo etéreo donde todo es posible, el reino inconsciente del alma colectiva, y ella, como diosa, entendía lo anormal de lo que presenciaba.

En teoría, ella podía aplastar a cualquier miembro del Olimpo en sus sueños; este lugar era suyo y aquí era casi omnipotente… o al menos lo había sido hasta que este sujeto y sus sueños irrumpieron.

“Pero incluso si es así, no debería tener tal grado de fuerza ya que solo es un sueño el que está ligado no todo el mundo onírico”, murmuró Hipnos, confundida.

Los sueños eran un reino donde puedes hacer lo que quieras, sí, pero aún requieren energía del subconsciente, como ella lo llamaba.

Cada acción que interfiera con otras fuerzas —el sacerdocio, la voluntad, enemigos fuertes o entidades reales— consume enormes cantidades de energía, una energía que se dispersa con facilidad.

[Caos te está mirando] En medio del éxtasis provocado por la situación, una voz familiar rozó los oídos de Crow.

Él se quedó quieto, confundido, mirando a su alrededor, convencido de haber escuchado algo.

Pero descartó la idea de inmediato, pues Asura seguía aturdido por la pérdida de su brazo.

“¿Qué pasa?

¿Se te cansó la mano?”, bromeó August.

Pan Pan Pan Los pasos de August resonaron, cada uno golpeando como un tambor en el pecho de Ares.

La figura frente a él se hizo más alta, más imponente con cada avance, y un sentimiento incómodo, familiar, empezó a brotar desde lo más profundo del corazón del dios.

Miedo El mismo miedo que una vez le inculcaron su padre, su hermana y aquellos que lo hirieron de gravedad.

Pero esta vez había algo más: renuencia.

Esa figura imponía una presión inmensa, distinta a todo lo que había sentido antes, acompañada por una contradicción sofocante que no podía explicar.

Ares no sabía de dónde provenía, pero al ver aquella sonrisa y sentir aquella presión que lo aplastaba de una forma nueva, solo pudo tensar la mandíbula.

“¿Acaso no tenías tantas ganas de golpearme?”, murmuró August con burla.

Este Asura era menos decidido que en su impresión original, pero mientras lo observaba, Crow pensó en algo.

Aún no había pasado a su segunda forma.

Eso significaba que su medidor de ira no estaba lleno… o incluso que todavía no recuperaba los recuerdos, tal como sospechaba Crow, pues el Asura del sueño no lo había reconocido de inmediato.

Eso complicaba las cosas, pero por suerte él sabía dónde presionar.

“¿Acaso la golpiza y arrastrada que te dio ese sujeto de los rayos acabó con tu espíritu?”, se burló August.

Ante la mención de aquel sujeto, una imagen nació en la mente de Ares: la figura alta de su padre, su desprecio absoluto, todas las veces que intentó impresionarlo solo para ser humillado, el deseo infantil de ser amado jamás correspondido… y, sobre todo, el modo en que él parecía odiarlo a pesar de todo.

“Cállate”, bramó Ares, apretando los dientes de pura rabia mientras el miedo le trepaba por la columna.

“¿Te molesta que esa mujer rubia y arrogante conspirara para arruinar tu vida?”, insistió August.

“¡Que te calles!”, rugió Ares, enloquecido, recordando a la arrogante mujer que había sido la mayor tragedia de su existencia.

BAM Un golpe resonó en la luna con violencia brutal, desatando una onda expansiva alrededor.

Ares, con su único brazo restante, había alcanzado un nuevo nivel de ira, tan profundo que logró algo imposible: por primera vez, August retrocedió un paso.

“Finalmente te pones serio”, rugió August mientras contraatacaba.

BAM Otra onda expansiva retumbó en la inmensa luna, pero esta vez no provenía de un choque de puños.

Para alegría de August, lo que golpeaba su puño, deteniendo su fuerza, no era otra cosa que la cabeza de Asura, que igual que él había decidido usarla para golpear.

BAM Una nueva onda expansiva, aún más poderosa, sacudió toda la superficie.

La escena anterior se repitió, pero esta vez la frente de Asura rompió el bloqueo y golpeó el puño de August con tal potencia que lo obligó a retroceder.

Por primera vez desde que el combate había comenzado, August, el que hasta ahora parecía invencible, perdió terreno en aquella confrontación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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