yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 Fin del calentamiento
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54: Fin del calentamiento 54: Fin del calentamiento “Por fin lo entiendes, Asura”, grité emocionado al dar un paso atrás.
“Cállate, maldito.” Antes de que August pudiera seguir riéndose, el enfurecido y enloquecido Asura/Ares, lanzó otro golpe, esta vez con su único brazo restante.
El impacto no fue sordo: retumbó con un poder feroz cuando su puño chocó contra el rostro de August, un golpe mucho más fuerte que cualquiera anterior.
La cabeza de August se echó hacia atrás por el impulso brutal, un impulso que se cortó de inmediato cuando él mismo tensó los músculos de su cuello para frenar el movimiento.
Giró lentamente la cabeza hasta enfrentar al Asura enojado, y en sus ojos brilló una emoción peligrosa.
BAM BAM BAM BAM Sin intercambiar más palabras, ambos se lanzaron de nuevo al combate.
Los puños chocaron con violencia animal, mezclados con cabezazos, patadas y embestidas que estallaban en ondas expansivas tan constantes que pronto dejaron de percibirse.
La Luna bajo sus pies ya no era una superficie firme: temblaba sin descanso bajo la devastación que provocaban.
Aunque la pelea parecía casi igualada, había un ganador evidente.
August golpeaba más rápido, más pesado, más limpio.
En cambio, Asura/Ares dependía de sus pies, su cabeza y su único brazo para mantener el ritmo, apenas sosteniéndose en igualdad por pura furia.
Y había una razón: August era más veloz que aquel Asura torpe y manco.
Ares se movía bien, pero algo le faltaba.
Su sacerdocio perdido, sus técnicas antiguas, su precisión… todo había desaparecido.
Ahora solo quedaban su ira y su fuerza bruta para resistir a un August completo.
BAM La lluvia de golpes siguió hasta que uno de los dos cometió un error.
El primero en fallar fue Asura.
Un instante, un segundo mínimo en falso bastó para que August conectara un puñetazo directo al estómago de Asura/Ares,.
BAM Pero esta vez Asura/Ares no retrocedió.
El golpe había entrado limpio, sí, pero en el último instante Asura/ares tensó los abdominales, mitigando apenas el impacto que aun así le retorció las entrañas.
“Coff…” El daño interno fue inevitable.
Una bocanada de sangre brotó de su boca.
“¿Eso es todo?”, murmuró Asura/Ares, con los dientes manchados y la voz ronca.
“Ese es tu puñetazo más fuerte, maldito viejo.” “Mocoso arrogante”, regañó August, sonriendo con sinceridad.
El breve respiro terminó.
La competencia de golpes reanudó su brutal ritmo.
Y al igual que antes, Ares—Asura—volvió a perder terreno por un error mínimo.
Cada fallo le costaba una herida: una, luego otra, luego otra… hasta que, tras la cuarta, un cabezazo mal calculado le abrió una grieta en la frente.
Incapaz de mantener el equilibrio, Ares cayó de rodillas mientras August, aunque algo fatigado, seguía fresco en comparación.
“Este maldito viejo es un monstruo”, pensó Asura/Ares, con la mente nublada.
Cuando esas palabras cruzaron su mente junto con las ganas de rendirse, Ares sacó la lengua y— Cha Con un sonido seco y desagradable, mordió su propia lengua con fuerza.
El sabor metálico, caliente y espeso, junto al dolor desgarrador, lo devolvieron a la realidad.
Se puso de pie lentamente mientras miraba a August, que lo esperaba, inmóvil, como si le concediera un honor que solo lo humillaba aún más.
Esa aparente nobleza no era más que un recordatorio de su debilidad, algo que hacía hervir la sangre de asura/Ares Con cada golpe, con cada nueva herida, su deseo de combate crecía.
Y con él, la ira: una ira acumulada por su vida entera, por sus fracasos, por quienes lo habían aplastado, por su propia miseria… y ahora, sobre todo, por ese sujeto que seguía sonriendo como si nada importara.
“Já, ya viene”, pensó Crow, alegre, sintiendo que estaba a punto de terminar la obertura y entrar en el primer acto.
Era inevitable.
Crow lo había percibido desde hacía minutos: el poder de Asura estaba subiendo, ajustándose, alcanzando el estándar que él esperaba.
Y si las mejoras seguían ese ritmo, el desenlace estaba próximo.
Incluso dentro del sueño, podía sentir el mantra hirviendo dentro de su cuerpo, latiendo como una bestia enloquecida que quería romperse en mil pedazos.
Pero él lo contuvo.
Lo mantuvo al nivel de Asura.
Lo hizo por este momento.
Porque al fin ocurrió: una especie de aura roja empezó a envolver el cuerpo de Asura.
Una luz que arañaba el vacío como llamas vivas.
Un preludio.
El fin del calentamiento.
“¿Y qué importa si eres un monstruo?
Eso no evitará que te golpee, anciano.” En medio del grito rabioso, el aura roja explotó alrededor de Asura.
Subió hacia el cielo como una inmensa columna, y el espacio infinito se tiñó de un rojo enfermo.
El blanco de la Luna también se volvió escarlata.
La tierra bajo los pies de Ares, August e Hipnos empezó a temblar como si fuera a desmoronarse en cualquier momento.
Grietas enormes se abrieron, devorando la superficie en fragmentos.
“Jajajajaja, creo que por fin acabamos el calentamiento.” Las palabras apenas murieron cuando el aura de August también estalló.
Su propio mantra se elevó como un torrente desatado, chocando contra el de Asura como dos bestias rabiosas intentando devorarse mutuamente.
Las ondas de choque rasgaron el cielo.
El suelo se partió como papel mojado.
Parecía el final del mundo.
Y en medio de todo ese caos, una pequeña chica se aferraba con desesperación a una roca que temblaba más que ella.
Era movida como un trapo por la violencia de la energía, y la expresión que hacía recordaba a una diosa siendo abofeteada sin piedad.
Toda su aura divina había desaparecido; solo quedaba una muchacha aterrada intentando no salir volando.
“Esto no me gusta”, gritó, casi llorando.
“¡Mamá, ayuda!” Pero nadie vino.
“Haaaaaaa—” El grito final coincidió con el choque definitivo.
El aura de ambos explotó en perfecta sincronía, desintegrando gran parte de la Luna.
La superficie quedó reducida a ruinas, un paisaje muerto que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
En medio de aquel infierno de polvo y luz roja, dos figuras permanecían de pie.
La primera, la más alta y firme, era August.
Un aura dorada cubría su cuerpo, y la espada que nunca había movido de su espalda ahora estaba en sus manos, vibrando con un poder insondable.
La segunda figura era Asura: el cual ahora tenía ocho brazos extendidos, vibrantes, cargados de ira pura.
La mano que antes había perdido estaba completamente regenerada.
Ares contempló su cuerpo con una mezcla de asombro e incredulidad , incapaz de comprender la magnitud del poder que acababa de despertar.
“Este poder…”, murmuró Asura/ ares mientras observaba sus manos, aturdido.
Decir que estaba impresionado era un insulto a la verdad.
La cantidad abrumadora de fuerza que recorría su cuerpo era tan inmensa que por un instante creyó que, si su padre bastardo estuviera frente a él, podría golpearlo como se merecía.
No: incluso podría golpear a todo el Olimpo si quisiera.
“Impresionante, ¿no?”, declaró una voz cargada de emoción.
Ante el repentino sonido, Asura/Ares dejó de maravillarse por su poder.
En un instante sintió como si le arrojaran un cubo de agua helada y la realidad lo aplastara.
August estaba allí, emanando un aura aún más fuerte que la suya, pero eso no era lo que lo perturbaba… Lo que lo inquietaba era la cosa que sostenía en sus manos.
Una espada.
Una espada que siempre había permanecido en su cintura, y que ahora estaba en sus manos.
Aunque la hoja aún estaba dentro de su vaina, la presión que liberaba lo alarmaba profundamente.
Y eso lo desconcertaba: ¿cómo era posible que un simple objeto lo intimidaba tanto más que el propio August sin armas?
Como dios de la guerra, Ares había enfrentado de todo: poderes descomunales, inteligencias crueles, corazones rotos, seres superiores que lo aplastaban sin esfuerzo.
Y aun así, en ese instante, un arma en las manos de august—la cosa más reemplazable en un campo de batalla—se sentía como la montaña más alta que jamás había visto.
“Asura, esta es la cuarta lección”, dijo August, sosteniendo la espada con ambas manos.
Ese gesto activó todas las alarmas en la mente de Ares.
Y por primera vez, Asura no lo interrumpió.
Lo escuchó.
Esperó.
Su propio corazón latía más rápido; algo dentro de él reconocía lo que venía.
Su alma parecía susurrarle que estas palabras eran importantes.
Ese reconocimiento involuntario lo enfureció: significaba que, de algún modo, ya había aceptado al maldito anciano como maestro.
“Puedes acostarte con las mujeres más bellas de la tierra, beber los mejores vinos que esos idiotas orgullosos intenten ofrecerte, y recibir las alabanzas y la gloria que te prometen esos dioses pretenciosos… pero nada, ¡nada!, se compara con la sensación de desenvainar una espada frente a alguien que lo merece.” Click.
Con un suave y nítido sonido, la vaina se separó de la hoja, revelando una espada brillante que parecía beber la luz del mundo.
En el momento en que la desenvainó, Asura/Ares sintió que la figura enfrente de él cambiaba.
Ya no era un anciano beligerante, ni un monstruo, ni un rival.
Era un dios de la guerra.
Uno auténtico.
Uno tan digno que por primera vez Ares se sintió indigno de su propio título, como si toda su vida hubiera sido un actor torpe llevando una corona de juguete frente a un circo de payasos.
BAM Con un golpe brutal, la funda de la espada de August fue lanzada con un boom sónico.
Y cuando la funda golpeó el suelo abrió un cráter colosal en la superficie lunar, justo al lado de la cabeza de cierta diosa que apenas emergía de los escombros.
“…” murmuró Hipnos, incapaz de articular palabra.
La diosa quedó paralizada mirando la funda de la espada a un costado de su mejilla, tan cerca que podía ver los granos de polvo acumulados en sus adornos.
La cercanía, el impacto y la comprensión de que, de haber estado un centímetro más a la izquierda, su cabeza habría explotado como una sandía, casi la hicieron desmayarse.
“Prepárate para conocer tu fin, Asura”, gritó August mientras levantaba la hoja dorada, haciendo que su mantra ardiera con una ferocidad todavía mayor.
“Muéstrame de qué estás hecho, Asura.” Bssssss Asura/Ares apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que una línea dorada cruzara el espacio.
August ya estaba frente a él, elevando la espada para un corte vertical.
Mal.
El tajo descendió con tal fuerza que sus nuevas extremidades apenas lograron atraparlo.
Ocho manos se cerraron sobre la hoja, y al instante sintieron un entumecimiento espantoso, una presión que los aplastaba.
El sonido lo confirmó: un crujido seco, multiplicado por ocho.
El eco de sus huesos vencidos por una opresión que lentamente estaba destruyendo sus nuevos brazos.
“Haaaaaaa”, rugió Ares mientras forzaba sus brazos al límite, levantando la espada apenas unos centímetros para desviarla hacia su costado antes de que lo partiera en dos.
Bom La desviación creó un corte monumental.
La espada abrió una grieta gigantesca que atravesó la superficie lunar, penetró las placas internas y generó una onda de inestabilidad que sacudió todo el satélite.
Era como si ese tajo hubiera partido la luna en dos, y solo una frágil fuerza gravitatoria la mantuviera unida por puro capricho del universo.
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