yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 56
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- Capítulo 56 - 56 Un momento de paz
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56: Un momento de paz 56: Un momento de paz El mundo en ruinas estaba en silencio, y las miradas de Asura y August permanecían clavadas una en la otra, cada uno reconociendo al oponente frente a sí.
Psssss.
El momento se rompió cuando August retiró el puño del pecho de Asura.
Una inmensa cantidad de sangre salió disparada, salpicándolo todo, mientras el cuerpo de Asura caía hacia atrás.
Plasss.
El sonido húmedo del impacto resonó en la devastación.
El cielo azul quedó suspendido entre ambos y, mientras la vida se escapaba del renuente Asura, August, aún sangrando por el brazo faltante, se sentó junto a él y contempló el inmenso azul sobre sus cabezas.
“Fue una gran batalla”, dijo August, con satisfacción.
“Lo fue”, contestó Asura, algo renuente.
“Pero…” Plop.
Antes de que pudiera terminar la frase, un suave puño le golpeó la cara con amabilidad.
“Perder o ganar nunca importó.
No arruines tu batalla”, aconsejó August, como si enseñara a un niño.
“Solo disfruta.
Disfruta con todo tu corazón e ignora lo demás.” “Es fácil decirlo cuando ganas”, murmuró Asura, sin fuerzas.
“Ganar es una mierda”, declaró August.
“Cuando ganas una o dos veces, brillas, pero cuando solo ganas, se acabó.
Sabes que no hay nada más.
Llegaste a lo más alto y ya no tienes nada a lo que aspirar, nada que mejorar.
Se acaba el impulso, se acaba la creatividad, se acaban las emociones.
Solo queda la decadencia y el aburrimiento.
Asura, la victoria es un veneno para hombres como nosotros.” Ante esas palabras, Asura —no Ares— volteó a mirar al sonriente August.
Un sentimiento complejo surgió en su corazón, ligado a la mentalidad que había guiado toda su vida: la búsqueda inalcanzable de la victoria, siempre visible y siempre lejana.
“Por eso pierde.
Disfruta cada derrota y anhela cada victoria, rogando que no siempre sea así.
Pierde con todo tu corazón y ríe.
Abraza cada derrota, porque será ella la que te lleve más alto.
Recuerda la derrota de hoy y prepárate para la siguiente batalla.
Mejora, desata tu mente y disfruta cada momento de ese proceso.” Las palabras de August cayeron como un martillo en la mente de Ares.
Sin que él lo notara, unas lágrimas brotaron en su rabillo del ojo.
No sabía a qué emoción pertenecían, pero su sonrisa nunca había sido más sincera.
“Entonces no te arrepientas cuando te derrote”, se burló Asura.
“Inténtalo, mocoso.
Estaré esperando”, murmuró August.
“La próxima vez ganaré.” “Y si no, vuelve a intentarlo las veces que hagan falta.” “Jajajaja.” La carcajada de ambos resonó en las ruinas.
Mientras el cuerpo de Ares empezaba a desmoronarse, una extraña sensación de alivio apareció en su corazón, siempre amargado.
“Por cierto, una última lección”, declaró August.
“¿Cuál?” Bam.
Antes de que Ares pudiera tensar los hombros, una gran mano se estrelló contra su rostro.
No tuvo tiempo de entenderlo antes de sentir cómo el puñetazo hundía su cabeza en la tierra y resquebrajaba los huesos que aún permanecían intactos.
“Nunca bajes la guardia, ni cuando ganes ni cuando pierdas.” Con ese golpe, el sueño se hizo añicos y todo volvió a la realidad.
Solo que ahora, con nuevos problemas.
En un enorme palacio lleno de silencio, uno donde un hombre musculoso de cabello rojo yacía tirado mientras miraba el techo, Ares mostraba una expresión idiota.
Una que pronto se volvió terriblemente complicada, luego sombría, cansada y, finalmente, sorprendida.
“Fue solo…” A media frase, un dolor fantasmal le golpeó la cara, como el residuo de una herida profunda mezclado con un agotamiento mental aplastante que lo alcanzó tras la sorpresa.
“No… no pudo ser solo un sueño”, murmuró Ares mientras se tocaba el rostro, que le ardía como el infierno.
“Maldito anciano.” Esa última maldición, pese a su tono molesto y la ligera intención asesina, no pudo ocultar una sonrisa.
Una sonrisa genuina que se abrió paso desde su corazón frío.
“La próxima vez yo te golpearé primero.” Tras decirlo, Ares se quedó rígido en su lugar.
Una pregunta emergió en su mente.
¿Cómo encuentro ahora al anciano?
La duda lo golpeó con fuerza, provocándole inquietud, pero también alegría.
Ahora que estaba despierto, en el mundo real, era más consciente que nunca de la abrumadora diferencia de poder entre ambos.
No era exagerado decir que el viejo lo había golpeado como si fuera un juguete.
Si quería volver a pelear, tendría que nivelar las cosas.
“Para empezar tengo que deshacerme de esta mierda”, pensó Ares mientras se ponía de pie de un salto y observaba sus manos.
Esas manos siempre habían sido perfectas para el combate.
Cada movimiento, cada acción durante el combate, había sido perfecto, ideal.
Todo gracias a su sacerdocio.
Aquello que antaño fue su mayor orgullo ahora era lo que más lo asqueaba.
Durante su pelea con August, la pérdida de su sacerdocio le reveló la verdad.
Él no era un guerrero.
Solo era una marioneta.
Una a la que habían movido toda su vida.
Cada batalla en la que participó no fue él luchando, sino su sacerdocio utilizándolo como un muñeco.
El verdadero Ares no poseía maestría en combate, reflejos, capacidad de lucha ni conocimiento de armas.
El verdadero él solo era un muñeco inútil sin sus hilos.
¡Plan!
Un fuerte golpe resonó y la pared con el espejo junto a su cama se rompió con un estruendo.
La ira que le provocó esa verdad solo lo humilló más, sobre todo al recordar lo orgulloso que había estado de ello en el pasado.
“Nunca más.
Las batallas son solo mías y nunca dejaré que vuelvas a pelearlas por mí”, murmuró Ares con voz débil.
En medio de su rabia, una expresión de sorpresa apareció en su rostro.
Alzó las manos nuevamente y esta vez las observó con atención.
En ellas había un hormigueo familiar.
Uno que lo desconcertó.
“No será…”, pensó Ares, aturdido.
Mientras miraba sus manos, cerró los ojos por un momento, intentando recordar todo aquello que lo había hecho enojar.
No con la intensidad de antes, pero lo suficiente para provocar esa sensación conocida.
Cuando volvió a abrirlos, vislumbró un diminuto e insignificante rayo rojo recorriendo sus dedos.
La cantidad era minúscula.
Irrelevante.
Pero jamás podría olvidarla.
Había sido su mejor aliada durante su momento más feliz.
Aquella que nunca lo trató como una marioneta, sino como un amigo.
Alguien que luchó a su lado y lo apoyó para alcanzar sus sueños más absurdos.
“Esto es mantra”, murmuró Ares, desconcertado, al pronunciar el nombre de aquella energía que lo había acompañado en esa batalla épica.
Mientras observaba su mano, Ares apretó el puño con más fuerza y una débil sonrisa volvió a florecer.
Una nacida del alivio.
Porque si el mantra lo había seguido, por insignificante que fuera, significaba algo.
August era real.
Nunca lo había dudado del todo, pero aun así se alivió al confirmarlo, pues en lo más profundo de su mente persistía un murmullo débil que insistía en que August solo había sido un hermoso sueño.
“Viejo, realmente tengo que encontrarte y darte una paliza”, murmuró Ares.
Tras decirlo, se relajó por completo.
Y aunque deseaba actuar de inmediato—buscar a August, golpearlo, aprender a usar el mantra y deshacerse de la influencia de su sacerdocio—decidió hacer algo distinto.
Algo extraño en él.
Salir de sus aposentos para encontrar un lugar tranquilo donde descansar.
La razón era simple.
Estaba cansado.
Más de lo que incluso las noches con Afrodita habían logrado en todos esos años.
No era cansancio físico; su cuerpo estaba fresco y descansado.
Era mental.
La batalla lo había dejado completamente seco.
Su mente se sentía lenta.
La adrenalina había desaparecido y su ausencia era evidente.
Pero, sobre todo, estaba emocionalmente vacío.
Exprimido.
Combatir contra August había sido como caer del Olimpo y volver al Tártaro una y otra vez.
Los altibajos, la euforia, el cambio de mentalidad, los arrebatos emocionales durante y después de la batalla eran más de lo que había experimentado en toda su vida.
“Haaaaa… Necesito un descanso.” Dijo esas palabras con un tono y una expresión que jamás creyó posibles en él.
Salió de su habitación y comenzó a caminar.
Atravesó varios palacios del Olimpo.
Vio a dioses que lo observaban con miradas que antes lo habrían herido.
Escuchó murmullos, chismes, comparaciones con Atenea.
Algo que antaño lo habría enfurecido más que cualquier insulto.
Ahora le parecían insípidos.
Incluso la idea de escucharlos le daba pereza.
Eso desconcertó e incomodó a quienes lo rodeaban, pero nada más.
Ares ni siquiera se molestó.
En ese momento, encontrar un lugar tranquilo donde descansar era más importante que cualquier conflicto, incluida Atenea.
Y como si el destino quisiera probarlo, al dirigirse hacia la salida del Olimpo se topó con ella.
Sus miradas se cruzaron y ambos se detuvieron.
Atenea lo observó con suficiencia, orgullo y una provocación evidente.
La misma que siempre había terminado en gritos, reproches y humillación para Ares.
Pero algo era distinto.
En los ojos de Ares no había ira, ni rencor, ni deseo de responder.
Eran fríos.
Vacíos.
Como cuando miras a un desconocido al borde del camino.
Sin decir una palabra, sin siquiera fruncir el ceño, Ares pasó a su lado con calma.
Atenea se quedó inmóvil.
Su expresión confiada y burlona se congeló.
Solo fue consciente de lo ocurrido cuando Ares ya no estaba a la vista.
Permaneció allí unos instantes, incapaz de entender si aquel bruto iracundo que creyó conocer seguía siendo el mismo.
Ares, por su parte, caminó sin rumbo hasta que sus pies lo llevaron a un manzano, al borde de un risco.
Tomó una manzana y, sin pensarlo, se recostó bajo su sombra.
Inspiró profundamente y se quedó allí.
No tenía sueño.
Estaba cansado.
Algo adolorido.
Pero se sentía bien.
Se sentía en paz.
Por primera vez en mucho tiempo, una paz que solo recordaba vagamente de su infancia.
“Me pregunto qué estará haciendo el viejo ahora mismo”, pensó Ares mientras mordía la manzana, contemplando el cielo y dejando que ese cansancio—extrañamente agradable—lo envolviera tras la batalla.
Mientras tanto, Crow se encontraba en su nuevo taller junto a los espartanos.
Discutían sobre proyectos pendientes, la administración del tiempo y, sobre todo, sobre la creación de ciertas piezas que Crow había retrasado durante demasiado tiempo.
Las piezas de The Wonder of You.
Componentes que, bajo la excusa de materiales para un pasatiempo, había ido recolectando poco a poco.
En realidad, ya podía comenzar.
Solo le faltaba alrededor de un cuarto de los materiales.
Aun así, prefería hacerlo de noche.
Al fin y al cabo, ya había dormido.
Y probablemente no lo haría en los próximos dos días.
Tal vez menos.
“Crow, pareces más alegre.
¿Dormir realmente ayuda tanto?”, preguntó Eris mientras se acercaba.
“Algo así.
Por cierto, ¿cómo sabes que estoy de mejor humor?”, pregunté con ligera curiosidad.
“Se te nota”, bromeó Eris.
“El aura a tu alrededor ya no dice ‘no me toques, no me hables, no me mires o te mato’.” “¿En serio doy tanto miedo?”, pregunté con cierta duda.
“Es mejor que antes, porque yo y casi todos ya nos hemos acostumbrado”, respondió encogiéndose de hombros.
“Pero empeora mucho cuando estás de mal humor o no duermes.” “Tomaré nota”, dije con seriedad.
Eris me observó unos segundos más antes de sonreír.
“Por cierto, aún no me has contado cómo fue el sueño.
¿Fue feliz?” Ante la pregunta, una sonrisa se formó bajo la máscara.
Contuve las ganas de reír, una risa parecida a la de August, y opté por la explicación más simple.
“Fue un sueño”, respondí.
“Muy divertido.”
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