yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 La guerra es una necesidad
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57: La guerra es una necesidad 57: La guerra es una necesidad No hay nada que aprecie más que el sonido de la maquinaria funcionando.
Ese ruido, mezclado con el pulso del progreso, es embriagador, pero para mi desgracia no era del todo uniforme.
Frente a un tosco artefacto me encontraba.
Era una de mis creaciones más divertidas e innovadoras, algo que ya empezaba a considerar no sólo como un experimento, sino como el futuro de la comunicación.
Lo que tenía frente a mí era el prototipo de una de las máquinas que más apreciaba y que pensaba presentar ante todos en la plaza de Esparta.
No era otra cosa que un gramófono.
Uno tosco, hecho con materiales caseros, pero aun así un producto revolucionario, útil incluso para futuras incursiones.
El gramófono no parecía muy impresionante a simple vista, pero tenía la capacidad de preservar la voz, algo con un sinnúmero de aplicaciones.
Si lograba replicarlo y expandir su uso, podría grabar instrucciones, conocimientos y técnicas.
Literalmente, podría dar clases sin estar presente y en múltiples lugares a la vez.
Algo similar podía lograrse con la imprenta, pero había un inconveniente: su costo.
El gramófono, en cambio, era barato, fácil de usar y, con uno solo, muchos podrían beneficiarse.
Por supuesto, esto no le fue contado a nadie.
Era una sorpresa.
Una que había preparado para esa misma tarde, durante una de mis sesiones de instrucción diaria.
Rock.
Tock.
Mientras observaba el gramófono casero, esos golpes me sacaron de mis planes.
Sin dudarlo, cubrí el artefacto con una lona de tela y me dirigí a la puerta.
Al abrirla, vi a un anciano al servicio del rey.
Su expresión era tensa, sutilmente inquieta, como si algo no estuviera del todo bien.
“Señor Crow, el rey desea su presencia en el palacio.
No lo requiere de inmediato, pero espera que vaya cuando esté libre”, expresó el anciano.
“Entonces iré ahora.
No tengo mucho que hacer en este momento.
Solo déjeme recoger algunas cosas”, respondí sin mayor molestia.
“En ese caso, yo y un grupo de espartanos lo estaremos esperando”, anunció.
“Bien.” Sin añadir nada más, regresé al interior y reuní algunas herramientas.
Al pasar junto a la mesa de trabajo, me detuve.
Sobre ella había un casco, o algo parecido, a medio terminar.
Una máscara metálica incompleta, sin la sección de los ojos ni los sellos finales.
Era algo que llevaba tiempo deseando construir y que por fin estaba cerca de completarse.
The Wonder of You.
O al menos, su primera parte.
Con todo listo y sin perder más tiempo, me uní al anciano en el camino.
Durante el trayecto pude observar de primera mano los cambios que comenzaban a consolidarse.
Nuevas viviendas tomaban forma, los espartanos ya no entrenaban solo al aire libre, sino que incorporaban pesos y estructuras de carga, corriendo de un lado a otro con disciplina renovada.
La tasa de criminalidad seguía existiendo, pero al menos ya nadie te acuchillaría a plena luz del día por un trozo de pan.
“Parece contento, señor Crow”, comentó el anciano mientras pasaba junto a un puesto y tomaba una manzana.
“Saber que tus esfuerzos están dando frutos y que están siendo bien utilizados siempre es satisfactorio”, respondí, observando a la gente trabajar.
“Así es”, asintió el anciano, antes de adoptar una expresión más seria.
“Y si queremos que continúe así, debemos asegurarnos de que todo siga girando.” Mientras el anciano pronunciaba aquellas palabras, Crow percibió una amenaza sutil en su tono.
No iba dirigida a él, pero bastó para darle una pista clara de por qué el rey deseaba verlo.
Esa sensación mantuvo a Crow ligeramente tenso, o al menos así fue hasta que llegaron al taller del rey, uno que en ese mismo instante estaba siendo apagado por él y varios de sus hombres.
“¡Apáguenlo antes de que se extienda!”, gritó el rey mientras volcaba un barril de agua sobre las llamas.
“, señor, le traigo otra tanda!”, gritó un agitado udeuz al llegar con tres barriles más.
“Mierda, se está acercando al techo”, exclamó el general al ver cómo el fuego trepaba por la estructura.
Mientras observaba al grupo luchar contra el incendio, Crow empezó a considerar alternativas: materiales de construcción no inflamables, talleres hechos casi por completo de cemento, menos elementos combustibles o, al menos, una mayor distancia entre ellos.
La idea solo se reforzó cuando el general que había bebido la poción tuvo un accidente: un puñado de pólvora en un compartimento de su cintura había explotado.
El daño no fue grave, era poca cantidad, pero le dejó una cicatriz considerable, la cual aproveché para enseñar un tratamiento básico de quemaduras.
Tras el procedimiento —innecesario, considerando lo rápido que sanaban esos sujetos—, todos entramos al taller, ahora con una pared parcialmente chamuscada.
Fue entonces cuando vi la causa del incendio.
Sobre la mesa central, justo en medio, había algo imposible de ignorar: una mezcla entre un cañón y una lanza de mano.
Y no, no era una exageración.
Habían creado literalmente un mini cañón adherido a una lanza.
Lo más indignante no era lo absurda que resultaba el arma, sino que funcionaba.
Y gracias a la fuerza exagerada que poseían, incluso podían blandirla.
Con dificultad, sí, pero podían hacerlo.
Eso hacía que aquella aberración fuera, contra toda lógica, viable.
“De acuerdo… no tengo palabras para esto”, murmuré mientras observaba el arma, que parecía sacada directamente de un videojuego.
“¿No se suponía que debían crear una lanza pistola?” “Lo hicimos”, respondió el general con orgullo, el mismo que casi había perdido un riñón por la explosión anterior.
“Incluso tenemos tres ya terminadas.” “Pero una se nos hacía muy poco”, añadió el rey, aún algo alterado.
“Así que pensamos… ¿y si hacemos el proyectil más grande?” “Y le ponemos más pólvora”, complementó Udeuz.
“Y así nació esta belleza”, declaró el rey mientras tomaba la lanza y la agitaba con entusiasmo.
“He aquí la lanza cañón.” “…Mientras sirva”, comenté, agradecido por llevar la máscara puesta.
Sin ella, mi expresión de absoluto estreñimiento habría sido evidente.
“Claro que sirve”, afirmó el rey, aunque dudó un segundo.
“Casi.
Gherman sigue descansando tras el disparo.
Está en la cama de atrás, acabamos de acomodar su hombro.” “En otras palabras”, dije con cansancio, “crearon un arma que incluso ustedes, los cazadores —los más resistentes entre nosotros—, son incapaces de usar sin lesionarse.” “Casi”, replicó Udeuz con orgullo.
“Yo puedo usarla una vez y solo me deja el brazo completamente entumecido.” “Udeuz”, suspiré, “mides tres metros, eres la definición viviente de un culturista, y además la poción del cazador aumentó tu fuerza, básicamente fue como darle esteroides a un caballo.
Si ni siquiera tú puedes usarla sin consecuencias, eso ya es preocupante.” Lo miré como quien observa a un niño particularmente estúpido.
Un niño que, irónicamente, podría hacer que Michael Jordan pareciera pequeño, y cuyas manos eran más grandes que unos malditos guantes de béisbol.
Ante mis comentarios, los generales y el rey agacharon la cabeza, visiblemente incómodos.
Algo sutil, difícil de notar para cualquiera que no los conociera, pero que por desgracia empezaba a volverse habitual.
Y, para mayor desgracia de Crow, lo sería aún más con el tiempo.
Porque, pese a todo, jamás pensaron en bajar los estándares.
Seguían siendo cazadores, sí, pero antes que eso eran guerreros espartanos.
Y su lema seguía intacto: mientras más grande y más poderoso, mejor.
Bueno… eso, la disciplina y toda la ideología.
Una que, desgraciadamente, sólo florecía de verdad en el campo de batalla.
En pocas palabras, pese a ser espartanos, seguían siendo hombres.
Algo que Crow entendía… y que al mismo tiempo lo dejaba impotente.
“Saben que no pudieron haberme llamado solo por esto, ¿verdad?”, me quejé, decidiendo dejar ese dolor de cabeza para mi yo del futuro.
“Sí.
Bueno.
Espera aquí.
Tenemos que hablar de asuntos serios”, declaró el rey mientras se retiraba la máscara y abandonaba esa actitud improvisada e imprudente para adoptar, por fin, el porte que se esperaba de un rey.
Se marchó y regresó casi de inmediato con varios papiros, colocándolos sobre la mesa.
Muchos de ellos mostraban cifras que hicieron que Crow frunciera el ceño.
Cuanto más leía, más alarmantes se volvían.
“Estas cifras son de nuestros recursos”, dije con incomodidad.
“Son más bajas que las anteriores que revisamos.” “Porque no consideramos adecuadamente la eficiencia”, respondió el rey con gesto tenso.
“Tuvimos en cuenta la deficiencia, los errores, incluso el fracaso constante en lo que tú llamas la revolución.
Pero no fuimos lo suficientemente optimistas con el éxito.” “¿Entonces el éxito es el problema?”, pregunté, genuinamente sorprendido.
“Los molinos muelen más trigo, cebada y otros cultivos de los que podemos mantener.
La madera es cada vez más demandada.
La mano de obra comienza a escasear.
Y las reservas de metales y otros recursos difíciles de renovar están empezando a agotarse”, explicó el rey con gravedad.
Ni él ni Crow habían previsto esto.
Ni en sus sueños más extraños imaginaron que la adaptabilidad del pueblo espartano sería tan brutal.
Programas que estimaban durar meses se completaron en semanas.
Mentalidades que Crow creyó que tardaría años en inculcar se asentaron en cuestión de días.
Los hombres que antes entregaban todo al entrenamiento comenzaron a usar el trabajo pesado como ejercicio continuo, jornadas enteras sin descanso.
Las mujeres de carácter fuerte aprendieron como esponjas y pasaron a dirigir, crear y supervisar obras delicadas.
Incluso los niños que antes sobrevivían en las calles se convirtieron en recaderos ejemplares, a veces trabajando más que los adultos.
Todo encajaba como una máquina perfecta.
Todo avanzaba en armonía.
Y precisamente por eso el consumo aumentaba sin control.
Los recursos que se estimaban suficientes para uno o dos años comenzaban a agotarse.
Y cuanto más progresaba, mayor era la velocidad a la que se consumían.
“A este paso, y siendo optimistas, no duraremos ni seis meses”, comentó el rey, visiblemente agobiado.
“Entonces necesitamos recursos”, dije sin vacilación.
Ante mi comentario, la tensión se apoderó de la sala.
Los espartanos, normalmente intrépidos, y el propio rey guardaron silencio, como si ocultaran algo.
Tras una breve lucha interna, el rey finalmente habló, con evidente dificultad para formularlo.
“El comercio no es una opción viable.
No tenemos mucho que ofrecer, y la propagación de tecnología al extranjero podría causarnos problemas si no demostramos fuerza.
Por eso… quizá lo correcto sería dar el primer paso y declarar una… guerra.” La palabra cayó pesada.
Nadie habló durante varios segundos.
Pero antes de que el rey pudiera continuar, Crow tomó la palabra.
“Bueno, si no hay otra opción, supongo que podríamos prepararnos.
Adaptar el armamento actual, ajustar las armas existentes y—” Se interrumpió a media frase.
Notó entonces que todos lo miraban con incomodidad, como si aquella respuesta no fuera la esperada.
“Déjame adivinar”, comenté con un tono casi divertido.
“Pensaron que estaría en desacuerdo con una guerra, ¿cierto?” “Algo así”, admitió el general, incómodo.
“Después de todo, siempre hablas de progreso.
Incluso cuando diseñas armas, usas términos menos violentos y más prácticos.” “Y cada vez que mencionas la obtención de recursos”, añadió Deuz, “prioriza el comercio y acuerdos similares.” “Que sea entusiasta con el comercio no significa que esté en contra de la guerra”, respondí con calma.
“No soy tan ingenuo.
Si se trata de una guerra por recursos, por un motivo que valga la pena y justifique arriesgar la vida, entonces tienes mi apoyo.” Mi expresión se endureció.
“Pero eso no significa que apoye guerras inútiles.
Si son por razones estúpidas o por capricho, las odio.
Odio que se hagan cosas sin sentido.
Porque lo que se pierde no son cifras ni territorios: se pierden vidas.
Las vidas de quienes confían en ti y las de otros que son arrastrados a morir por órdenes de superiores incompetentes.” “Lo entendemos.
Y nosotros nunca hacemos guerras inútiles”, declaró el rey, visiblemente aliviado.
Y, en cierta forma, no mentía.
Aunque Esparta era una sociedad puramente militar, sus guerras rara vez nacían del capricho.
Luchaban por territorios, por supervivencia o porque ese era su deber.
Vivían rodeados de enemigos, externos e internos, y toda su estructura existía para resistirlos.
Educaban para obedecer.
Para soportar.
Para morir si era necesario.
Valoraban la verdad cruda por encima de la comodidad o la ilusión.
Por eso no luchaban por honor, sino por Esparta.
Por su continuidad.
Y por esa razón, cada espartano estaba dispuesto a dar su vida.
Si para preservar su floreciente ciudad era necesario pavimentar el camino con cuerpos, no dudarían en hacerlo.
Ya fueran los de sus enemigos.
O los suyos propios, entregados por voluntad.
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