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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 La locura del progreso
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59: La locura del progreso 59: La locura del progreso En el sombrío taller, Crow trabajaba un rubí con extremo cuidado.

Había sido cortado múltiples veces con un fragmento de diamante que ahora descansaba a su lado, reducido a un pequeño instrumento de precisión: tosco, gastado, pero eficaz.

Todo estaba dispuesto para la última etapa.

El pulido.

“Ya casi termino”, murmuró Crow mientras ajustaba una lámpara improvisada para iluminar el rubí.

La lámpara no era más que una vela y un embudo, pero le daba la luz exacta para completar el paso final.

Ese último proceso no era complicado: el rubí ya había sido trabajado y poseía un pulido considerable, uno que solo necesitaba un tratamiento simple para convertirse en lentes funcionales.

El procedimiento requería apenas polvo de esmeril, aceite de oliva, un trozo de cuero fino, agua tibia y vinagre.

Nada más.

El objetivo era lograr una semitransparencia estable.

Aun así, le había tomado a Crow casi dos horas continuas, rozando el momento en que debía presentarse a dar una conferencia.

Antes de eso, deseaba dejar todo prácticamente terminado.

Faltaban solo unos minutos cuando un golpe en la puerta reclamó su atención.

La puerta se abrió y entraron Gherman y Eris.

Para su pesar, nunca le habían parecido menos oportunos.

Solo restaba instalar los lentes.

Pero una cosa era el tiempo personal y otra, el trabajo.

“No pareces muy contento de vernos”, comentó Eris al pasar a su lado.

“Estaba a punto de terminar un trabajo de semanas y aparecen para decirme que tengo que detenerme para atender otras cosas”, respondí con voz seca.

“Cualquiera se enojaría”.

“Le doy la razón”, añadió Gherman.

“¿No se supone que, como asistente confiable, deberías estar de acuerdo conmigo?”, se quejó Eris ante la repentina traición.

“Soy asistente, pero también cazador y artesano.

Sé lo que se siente cuando te interrumpen justo antes de terminar algo”, dijo Gherman con una sonrisa, recordando al trío que había explotado, incendiado y llenado de humo el taller no menos de cuatro veces esa semana.

Y para desgracia suya apenas era martes.

“Una cosa es trabajar y otra olvidar las responsabilidades”, expresó Eris con cansancio.

“Mejor vámonos, hagamos esto rápido y así puedes completar tu proyecto”.

“Esa idea sí me gusta”, dije, animado, mientras tomaba The Wonder of You y lo guardaba junto a los lentes en una bolsa de cuero.

Me la ató al costado como una cartera y, sin hacerlos esperar, partí con Eris y Gherman.

Los guardias en espera entraron para guiarnos, y de paso para cargar el inventario que les indiqué, todo cubierto por una manta.

Durante el camino hablamos de varias cosas, poniéndonos al día.

También me permitió entender mejor la situación de Esparta.

Y, sinceramente, mi opinión fue clara: preocupante.

Había subestimado a los espartanos.

No solo eran guerreros; tenían la chispa de científicos locos.

Por Gherman comprendí que muchos, especialmente los cazadores, tendían a crear artefactos extremadamente raros, destructivos y peligrosos.

Un ejemplo era la nueva lanza-cañón.

Otro, una bomba dentro de otra bomba, oculta en un escudo.

Sinceramente, no sabía qué les pasaba por la cabeza.

¿De qué servía un escudo que explotaba en el momento en que el enemigo lo golpeaba?

Y las aprendices de Eris no eran mejores.

Tenían un aire de químicas locas.

Cada nueva sustancia era exprimida hasta el agotamiento.

Al vinagre le habían encontrado usos insospechados; al arsénico, más de quince aplicaciones distintas; del amoníaco extraído de la orina habían aprendido a obtener tanto un agente de tortura como un detergente eficaz.

Incluso habían tomado al pie de la letra un comentario casual mío: que mezclar cenizas de árbol con agua era peligroso porque generaba lejía.

Lo estaban haciendo de verdad.

Lejía y cloro casero.

Lo único que agradecía era que, al menos, seguían medidas de seguridad: máscaras con tubos de aire, guantes de cuero grueso y ropa de protección completa.

Sin exagerar, creía haber creado el primer clan de brujas.

Con esas vestimentas, manipulando sustancias capaces de derretir el rostro de alguien con solo inhalarlas, daban una imagen inquietante.

Y lo más perturbador era que quien las lideraba era la aparentemente inocente Eris, que resultó tener mucho más de científica demente de lo que jamás imaginé.

En pocas palabras, todos estaban locos.

Los espartanos, mis aprendices… todos.

Incluso el gordo y el flaco, que intentaban averiguar si era posible catapultar un barco.

“Saben, no es por quejarme, pero creo que deberíamos añadir más precauciones a nuestras vidas”, les dije con voz sobria, sintiendo que todos bailábamos sobre una cuerda floja.

“Me parece bien.

Estoy trabajando en mejores materiales para las máscaras”, respondió Eris.

“El cuero sirve para los guantes, pero ayer derretimos un par por dejarlos demasiado tiempo junto a una fórmula”.

“Yo también lo apruebo.

Es doloroso cuando un arma de fuego te golpea el brazo por la fuerza del retroceso”, añadió gherman, frotándose el antebrazo.

“……” Olvídenlo.

Creo que ya no teníamos salvación.

Sabía que el auge de la invención volvía un poco loca a la gente, pero no a este nivel.

Al ver el lado neurótico de mis propios esfuerzos, sentí impotencia.

Aun así, no podía reprimirlo: la creatividad y la invención suelen caminar de la mano con la locura y la imaginación.

“Solo tengan siempre en mente su seguridad”, dije al final, sin nada más que añadir.

Tras ese breve momento de duda existencial, llegamos por fin a la plaza de Esparta.

Con varias antorchas y una gran hoguera encendida, comenzó mi exposición del día.

No era solo mía: la había impulsado para fomentar el desarrollo.

Cada semana, la gente se reunía en la plaza para presentar un nuevo descubrimiento, una invención o una idea útil.

Era una especie de premiación a la creatividad, pensada para compartir conocimiento y acelerar el progreso.

Allí se asignaban recursos a los proyectos más prometedores y sus creadores recibían recompensas según el impacto de sus logros.

Por supuesto, antes de cualquier presentación se realizaban pruebas de seguridad.

Algo que debía tener muy en cuenta, especialmente con los grupos de Eris y Gherman, que eran, sin lugar a dudas, los más peligrosos.

Lamentablemente, no todos eran tan especiales ni tan atentos a las precauciones.

Algo que tuve que aceptar en el mismo instante en que llegué, pues apenas puse un pie en la plaza vi al rey con su prototipo de lanza cañón.

No muy lejos, un grupo de mujeres con máscaras sostenía un artefacto que me resultó tan familiar como inquietantemente desconocido.

“Eso es una bomba”, pensé, lamentando haber difundido la pólvora tan pronto.

La inquietud se convirtió en pánico cuando noté que la granada tenía compartimentos que parecían contener líquidos.

Para mi completa desgracia, la primera en llegar al centro fue nada menos que Eris, quien, junto a otras mujeres con ropas de cuero y máscaras de cuervo, presentaron su invención.

“Permítanme presentarles mi creación de esta semana.

Hoy hemos desarrollado la primera bomba venenosa”, explicó Eris con orgullo.

“Un artefacto con más de tres sustancias tóxicas en su interior que, tras estallar, es capaz de mermar al enemigo”.

Varios aplausos siguieron a sus palabras, un sonido que me heló la sangre.

Levanté la mano antes de que aquello fuera demasiado lejos.

“¿Y puedo saber cuáles son esas sustancias tóxicas y cómo reaccionan?”, pregunté, observando la granada.

“Cloro, vinagre y amoníaco”, respondió Eris.

“Todos se mezclan tras una pequeña explosión inicial al encender la mecha”.

“¿Y eso no mataría también a quien la lanza?

¿O no causaría daño a aliados por una fuga o una reacción imprevista?”, insistí, aturdido.

“Sí, pero está bien sellada y es de uso desechable.

Debe arrojarse de inmediato.

No es efectiva a corta distancia, pero contra formaciones tortugas o fortificaciones funciona de maravilla”, explicó.

Los aplausos estallaron de nuevo.

Las mujeres sonreían orgullosas.

“¿Cómo es que estamos entrando en la guerra química?”, pensé, completamente perdido.

Las siguientes presentaciones no fueron mejores.

El rey y sus hombres mostraron su lanza cañón; algunos ciudadanos exhibieron artefactos extraños, bizarros y francamente cuestionables.

Cuando llegó el turno de mis dos últimos discípulos, los culés, esperaba poco.

Para mi sorpresa, sacaron un as bajo la manga: estaban diseñando un prototipo de motor para barcos impulsado por personas, basado en molinos de viento adaptados.

Aquello sí me impresionó.

Estuve a punto de llorar.

Por fin, una invención útil, no bélica ni suicida.

O al menos eso creí, hasta que también presentaron el lanzador de hombres: una maqueta de una máquina similar a una catapulta, diseñada para arrojar soldados por los aires y cruzar líneas enemigas.

Suspiré.

La plaza de Esparta aplaudía.

Y yo solo podía preguntarme qué clase de futuro estaba ayudando a construir.

“Crow, es tu turno”, dijo Gherman, dándole un codazo al aturdido Crow.

Este recuperó la conciencia casi por instinto, arrancándose de fantasías sobre un porvenir caótico.

Al notar que todas las miradas habían vuelto a él, sonrió con rigidez y, algo más lejos de aquellos pensamientos de autodestrucción, dio un paso al frente.

Mientras avanzaba, hizo una señal a un par de espartanos a un lado de la plaza.

Ellos trajeron su invención y la colocaron ante todos, despertando miradas cargadas de curiosidad.

“Saben, durante mi tiempo aquí me he dado cuenta de muchas cosas”, comencé, acercándome al gramófono.

“Y una de ellas es la dificultad de abarcarlo todo.

Cada día se aprende algo nuevo.

La gente descubre más y más, pero el tiempo no alcanza.

Entre comer, entrenar, trabajar y vivir, el día se consume.

Enseñar todo lo que uno sabe se vuelve imposible”.

Hice una breve pausa.

“Yo mismo dedicó gran parte de mi tiempo a compartir conocimiento, y aun así soy incapaz de instruir a todos.

A los que están aquí… y a los que vendrán”.

Mientras hablaba, destapé el gramófono, dejándolo completamente visible.

Para que todos lo observaran con atención.

El aparato no se parecía a nada que hubieran visto antes; ni siquiera podían imaginar su propósito “Así que pensé… ¿por qué no plasmarlo?”, continué.

“¿Por qué no contener mi voz en un lugar donde cualquiera pueda escucharla cuando quiera y las veces que desee?

Mi invento es una forma de preservar pensamientos.

Conocimiento al alcance de todos, sin importar el tiempo ni la distancia”.

Coloqué la mano sobre la manivela y comencé a girar con suavidad.

La rueda giró, el mecanismo cobró vida y el disco metálico empezó a rotar.

Al principio, el sonido era apenas perceptible.

Luego, al alcanzar cierta frecuencia, emergió una estática extraña.

Una estática que hizo que toda la plaza callara.

“He creado un medio para plasmar la mente, el arte del canto y la forma en que ustedes entienden el mundo”, declaró mi propia voz.

“Sin necesidad de leer ni escribir.

Solo escuchar.

Les he abierto la posibilidad de transmitir el alma del conocimiento, incluso cuando ya no estén aquí”.

Un murmullo recorrió la multitud.

La voz que salía del gramófono era la mía.

Al principio, algunos creyeron que hablaba yo mismo, pero conforme miraban el aparato, la comprensión llegó como un golpe.

La conmoción creció, densa, casi reverente.

El rey, que observaba desde un costado, dio un paso inmediato hacia el gramófono.

Se inclinó, acercó el oído, comprobó que la voz no provenía de mí.

Cuando confirmó lo imposible, levantó la vista y miró a Crow con asombro genuino.

Era la misma expresión que había tenido la primera vez que vio la pólvora.

La misma expresión que precede a un mundo que acaba de cambiar.

Plop.

Plop.

Con el final de la grabación y el entusiasmo generalizado, Crow dejó el gramófono en su sitio y sacó otro disco.

Uno especial.

Apenas comenzó a sonar, explicó su funcionamiento con palabras simples y medidas.

La atención fue absoluta.

Lo que escuchaban parecía magia.

Un poder que, hasta ese momento, muchos solo habrían atribuido a los dioses o a entidades similares.

Pero ahora lo comprendían.

Y, lo más inquietante, lo podían usar sin dificultades.

Crow observó la escena desde un costado.

Sintió una alegría extraña, serena, distinta a la euforia de la invención o al orgullo del logro.

No necesitó decir nada más.

Con naturalidad, se permitió retirarse, dejándolos con el gramófono.

La grabación haría el resto.

Mañana daría una clase más detallada.

Explicaría no solo su uso, sino también cómo fabricarlos.

Esperaba que aprendieran, que hicieran sus propias grabaciones.

Que esto se popularizara.

Que esta tecnología sustituyera, al menos de forma temporal, a los libros.

Libros que eran lentos de producir, difíciles de copiar y sin margen de error.

Soñaba con algo distinto: que todos documentaran lo que aprendieran, que plasmarán su visión del mundo y que otros pudieran escucharla, no filtrada, no reinterpretada, sino en sus propias palabras.

“Parece que tendré el resto de la noche libre, y hoy terminaré por fin lo que llevo tanto tiempo haciendo”, murmuré mientras me dirigía al taller.

Instintivamente, llevé la mano a la bolsa en mi costado y la sujeté con cuidado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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