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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 60

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60: ¿?

60: ¿?

Una vez lejos de todo y de vuelta en mi confiable taller, ya a altas horas de la noche, me acerqué a la mesa y saqué The Wonder of You de la bolsa, colocándolo con cuidado sobre la superficie.

Acto seguido, tomé también los dos lentes rojos que faltaban y los ajusté en las cuencas.

“Por fin terminé esto”, comenté con una sonrisa sincera mientras encajaba los cristales.

Después aseguré las piezas con un broche metálico cuya forma recordaba vagamente a un sol, y me quedé observando The Wonder of You completo.

O eso creí.

Pasaron unos segundos y no apareció ninguna notificación del sistema.

Ninguna confirmación.

Ninguna respuesta.

Con extrañeza, acerqué el casco y lo revisé de arriba abajo, buscando algún detalle que hubiera pasado por alto.

Pero no faltaba nada.

Incluso los elementos más pequeños estaban en su lugar, pulidos y correctamente ensamblados.

Con una creciente incomodidad, saqué el libro del artesano y lo abrí directamente en la página dedicada a The Wonder of You.

La página estaba manchada.

Donde horas antes había estado el diseño, ahora solo quedaba una extensión ennegrecida, como si el papel hubiese sido consumido por una sombra.

“Sistema, ¿qué pasa?”, pregunté.

No hubo respuesta.

Solo silencio.

Un silencio antinatural.

Tan absoluto que incluso los ruidos de la ciudad habían desaparecido.

No había viento, ni insectos, ni el murmullo lejano de Esparta.

Nada.

Dejé el libro sobre la mesa y me acerqué a la ventana.

Al asomarme, lo único que vi fue oscuridad.

No una noche común, sino una negrura profunda, más oscura que la tinta, tan densa que parecía líquida, como si pudiera tocarse.

“De acuerdo… esto es interesante”, murmuré, sintiendo que algo se movía bajo aquella quietud imposible.

No sentí miedo.

No servía de nada.

Si algo había aprendido de todas las veces que casi muero era que, en momentos así, perder la calma sólo aceleraba el final.

“Tal vez debería averiguar qué pasó”, añadí, girándome de nuevo hacia la mesa.” O si tú causaste esto “ Miré fijamente a The Wonder of You.

A simple vista no tenía nada especial.

Era un casco peculiar, sí, pero nada más.

“Espera… “un casco”, murmuré, y una idea comenzó a tomar forma.

Por un instante me sentí como Jim Carrey frente a aquella máscara, esperando que algo ocurriera en cuanto me la pusiera.

Y, sin pensarlo más, lo hice.

La levanté y con cuidado la coloqué sobre mi cabeza.

Uno.

Dos.

Tres.

Pasaron cinco, diez… quince segundos.

Nada.

Con una mueca incómoda me la quité, sintiéndome estúpido.

Después de todo, no dejaba de ser un casco.

Uno que, pese a estar terminado, no había sido reconocido por el sistema y no había obtenido ningún estatus de equipo de crecimiento, como sí ocurrió con mi máscara anterior.

A medio pensar me detuve.

La idea me golpeó con fuerza.

Era una creación de tipo crecimiento.

Pero… ¿Qué hacía que una creación fuera de crecimiento?

La primera vez ocurrió con la máscara de cuervo, y fue algo casi instintivo.

La segunda, con la secuencia y cuando obtuve la habilidad de la secuencia 8, una que creó un arma de crecimiento aunque al inicio no era más que un arma común.

“Supongo que vale la pena intentarlo”, murmuré finalmente, sosteniendo The Wonder of You frente a mí.

Así fue durante un rato.

Tras prepararme tanto para el fracaso como para el éxito, dije en voz alta lo que llevaba tiempo pensando.

“A partir de hoy, tu nombre será The Wonder of You.” Después de la declaración, esperé.

Nada ocurrió.

Pasaron unos segundos y empecé a asumir que había cometido otro error.

Click.

Clik.

O al menos así fue hasta que, por fin, un sonido rompió el silencio.

No era mío.

Dudando, giré la cabeza hacia su origen y me encontré con una visión imposible: la ventana estaba abierta y el techo goteaba.

Un líquido negro emergía de allí.

No, no del techo.

De la oscuridad misma de la ventana.

Pronto el líquido comenzó a brotar también del techo.

“Oh no…”, murmuré, ya en pánico, mientras tomaba The Wonder of You e intentaba cerrar la ventana, como si eso pudiera servir de algo.

Plop.

Como era de esperarse, mi intento fue inútil.

El líquido negro empezó a entrar a borbotones.

Era viscoso, terriblemente oscuro, y no se comportaba como agua.

Lo siguiente que supe fue que todo estaba negro.

Me encontraba en el fondo del líquido.

Me hundía cada vez más, incapaz de ver más allá de mí mismo, cayendo como si descendiera hacia el fondo de un océano infinito.

Mientras tanto, en un lugar desconocido.

Un espacio negro, infinito, liso como un espejo.

Allí se encontraban cuatro figuras borrosas.

Eran formas desconocidas.

Cualquier rasgo parecía pasajero, como si el concepto mismo de forma física les resultara ajeno.

Indescriptibles, y aun así reconocibles por una sola característica sólida.

El color.

Cada una estaba rodeada por un tono etéreo, confuso, flotando como niebla en capas finas a su alrededor.

La figura que se encontraba al frente, inclinada hacia el mar negro, tenía un contorno morado que a veces se tornaba rojo.

La que estaba en el centro brillaba con un dorado intenso.

Aunque parecía ajena a todo, emanaba una sensación inconfundible de superioridad y vanidad.

Frente a ella se encontraba otra, definida por un halo blanco que delimitaba su figura levemente inconsistente.

La última era la más pequeña de todas, apenas una quinta parte del tamaño de las demás.

Era inquieta, animada, y emitía un brillante color rosado.

“Por fin está hecho”, expresó el tono rosado con emoción, como si celebrara.

“Bicho molesto, solo tuviste suerte”, respondió el dorado, claramente irritado.

“Ella tiene un punto, pero no esperaba que fuera así”, intervino el blanco con una sonrisa.

“Valió la pena darte el beneficio de la duda.

Sin ello, me temo que no estaríamos presenciando un espectáculo tan… divertido.” En medio de sus palabras, una fluctuación respondió.

No fue sonido ni lenguaje.

Era caótica, incomprensible y, aun así, entendida por todos.

Era la comunicación del más callado de los presentes.

El que oscilaba entre el morado y el rojo.

“Parece que alguien está más emocionado que nosotros”, comentó el blanco con diversión.

“Quién diría que el caos indigente, incapaz incluso de pensar como una fuerza, mostraría tanto empeño en esto.

Hasta el punto de que esa débil conciencia que creías innecesaria… comenzó a formarse.” “Con conciencia o sin ella, sigue siendo uno de los dioses idiotas”, se burló el dorado.

“A lo mucho se ha convertido en un perro fiel.” “Parece que alguien sigue molesto por no haberlo hecho antes”, comentó el tono rosado.

“Hum.

¿Y qué si hiciste esto?

Al final no eres más que un parásito que aprovechó la suerte para volverse algo más que un simple programa de herramientas”, se quejó el dorado con altivez.

“Lo que digas, señorita vanidosa”, respondió la luz rosada mientras hacía un gesto extraño.

“Al menos yo ayudé a mi anfitrión y no lo mandé al demonio por algo tan trivial como su apariencia.

Algo que podrías haber arreglado, pero no.

La señora perfecta prefirió no hacer nada por alguien que no cumplía sus estándares.” “Cállate.

Si no fuera por tu suerte y por haber vendido a ese pedazo de basura a un idiota—” “Bien, terminó el tiempo de peleas”, interrumpió una voz alegre.

Pertenecía al plateado.

“Aunque disfruto sus discusiones, el trabajo es trabajo”, continuó con una sonrisa torcida.

“Después pueden seguir intentando matarse para que yo decida quién lanza los mejores insultos.

Pero ahora deben cerrar el trato antes de que cierto individuo haga algo estúpido.” Mientras hablaba, señaló a la sombra morada y roja que nunca había dejado de observar el infinito negro bajo sus pies, como si mirara algo a través de la negrura.

“Me parece bien”, respondió el rosado, avanzando un paso y colocando una mano en el infinito negro.

“Ni pienses que tocaré eso”, contestó el dorado, apartando la mirada.

Era algo que el rosado ya esperaba.

No le afectó.

Al contrario, lo agradecía: prefería cometer errores antes que depender de esa perra superficial.

“Bien, Caos”, dijo el rosado.

“Es tu turno.” Ante la orden, la figura que había permanecido observando el infinito reaccionó por primera vez.

Tocó la negrura, y de ese contacto surgieron ondas que se extendieron por el vacío bajo ellos.

El negro morado y rojo respondió.

Por primera vez.

La reacción se intensificó cuando Caos hundió la mano en la sustancia oscura.

Algo extraño se deslizó de ella, forzado hacia el negro bajo el.

La ondulación se volvió violenta.

La negrura comenzó a perder su color, transformándose en un blanco lechoso que se expandió como tinta en el agua, y entonces desapareció el color negro dejando solo el blanco.

Cuando el blanco terminó su expansión, la figura de Tono dorado dio un pisotón molesto.

De él brotaron cientos de cadenas negras que envolvieron el blanco, tiñéndolo otra vez de oscuridad.

Pero ya no era la misma.

Ahora solo quedaba una esfera negra, anclada.

De ella, las cadenas se extendieron hacia un lugar desconocido y comenzaron a retraerse, como si arrastraran la esfera a través de una dirección desconocida.

Un espacio donde la lógica, la forma y el color carecían de sentido.

Un lugar caótico, informe, difícil de comprender.

Un lugar donde todo existía al mismo tiempo.

Pasado.

Presente.

Futuro.

E incluso antes de haber sido creado.

Mientras eso ocurría afuera, en el interior de la esfera negra florecía un inmenso mar de flores brillantes de color morado sobre un infinito océano oscuro.

En medio de ese mar reposaba una pequeña figura.

No tenía una forma definida, apenas una silueta vagamente humana, pero había un rasgo inconfundible: un largo cabello morado oscuro que flotaba y se extendía entre las flores.

“Umm… me habré quedado dormido sin darme cuenta”, me pregunté mientras flotaba en el líquido negro.

Con duda extendí una mano frente a mí, pero solo vi un borrón indistinto.

Confundido, la bajé de nuevo, preguntándome cómo había llegado allí.

Aquella figura era Crow, entonces no tenía idea de cómo había terminado en ese lugar.

Su último recuerdo era haber corrido para cerrar la ventana, luego el torrente de líquido negro que lo ahogó… y después nada.

De pronto se encontraba flotando en aquello, fuera lo que fuese.

“Me pregunto qué habrá pasado con The Wonder of You”, pensé mientras observaba mi mano derecha, la misma con la que había sostenido el casco.

Ahora estaba vacía.

Entre pensamientos confusos, Crow pasó un largo rato flotando.

No deseaba permanecer allí, pero tampoco tenía alternativa.

Tampoco quería saber qué había bajo el líquido negro; la última vez que había visto algo parecido a un mar oscuro, la experiencia no fue agradable.

Aun así, no sentía prisa.

Ese lugar era… agradable.

Sí.

Agradable.

Crow experimentaba algo que rara vez sentía: tranquilidad, paz.

Flotando entre las flores, todo parecía relajante.

Sus preocupaciones se diluían, la urgencia perdía sentido, y emociones como la alegría, la emoción, el aburrimiento e incluso el miedo se volvían innecesarias.

Aquellos sentimientos que normalmente lo impulsaban a actuar estaban ausentes, y, de algún modo, eso resultaba placentero.

Era como recostarse en las piernas de su madre durante las noches en que ella le cantaba.

Sentía que no había nada de qué preocuparse.

En ese instante, nada importaba.

Era un momento feliz.

Pero los momentos felices nunca fueron hechos para durar.

Cuando parpadee, la escena había cambiado.

En el simple acto de cerrar y abrir los ojos, aquel lugar hermoso desapareció.

Al abrir los párpados, lo primero que vi fue a The Wonder of You, frente a mí, inmóvil, observándome.

El casco yacía sobre la mesa de mi taller.

La luz de la mañana entraba por la ventana, bañando la habitación con un brillo casi amable.

Una vista hermosa… incapaz de ocultar el problema que me sacó del aturdimiento provocado por el cambio tan abrupto.

Olía a sangre.

Al levantar apenas la cabeza, un líquido viscoso escurrió hacia abajo.

Sentí el golpe húmedo contra la máscara de cuervo que llevaba puesta.

“……” De manera inconsciente llevé la mano hacia la máscara.

Apenas la toqué, una sensación cálida manchó mis dedos.

Lo confirmé al quitármela.

Había pedazos de carne adheridos a ella.

Eran parte de mi rostro.

Se me había caído.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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