yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 63
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- Capítulo 63 - 63 Bailando al son de una canción ajena
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63: Bailando al son de una canción ajena 63: Bailando al son de una canción ajena “Maldición, ¿qué haré con esta cosa?”, murmuré mirando los tarros donde había puesto mis dientes y mi lengua.
Estas cosas no podían quedarse en esta isla para siempre.
Quién sabía qué podrían causar, no solo por el hecho de que los tarros ya eran objetos sellados, sino porque no quería que existieran en este lugar.
Ya que si alguien los encontraba y los rompía convertiría mi mayor mina de azufre en un campo de peligro biológico.
“Sistema, ¿crees que debería arrojarlos a Athena’s?”, murmuré mientras observaba los tarros, en especial los que contenían las secuencias problemáticas.
Y sí, hablaba del que tenía mi lengua, el que había dado nacimiento a la secuencia, o a una de las secuencias que menos deseaba ver.
Suplicante de secretos.
[No se recomienda.
Si los lanza a Athena’s, esto podría llamar la atención de los dioses, especialmente de Athena, quien podría pedir ayuda a Zeus el cual seguramente atraería la atención de Hera.] Cuando Crow escuchó el nombre de Zeus, su expresión se volvió desagradable.
No quería tener nada que ver con él.
Zeus o Hera, esos dos malnacidos eran como una plaga de la que deseaba mantener lo más lejos posible.
[¿Y qué le parece intentar tirarlos?] “Si se te ocurre arrojarlos al mar, mejor cállate.
Con la ley de atracción, si los tiró al mar tarde o temprano llegarán a las costas de donde estoy para recrear lo que pasó en corinto” [Pensaba proponer tirarlos al espacio.] “Eso es peor”, declaré con firmeza.
“Urano y toda su familia están ahí.
No quiero ni imaginar qué pasaría si obtienen las secuencias y se convierten en dioses exteriores”, dije secamente.
[¿Y ha pensado en guardarlos en un lugar seguro, como otro plano?] Con esa sugerencia, algo se encendió en la cabeza de Crow.
Un foco.
Una excusa, por fin, para acercarse a Hades.
Esta vez incluso podría intentar ofrecerle la secuencia de la muerte.
“……” A medio plan, Crow sintió un escalofrío.
La sensación había vuelto a aparecer, junto con una opresión cada vez más molesta: la idea de que lo estaban guiando por la nariz.
“Sistema, abre el sistema de misiones”, ordené de repente.
[Entendido.] [Misión: Que comience el caos.
Alcanza el nivel avanzado de Artesano y una Secuencia de Nivel 6 en ambas vías.] [El surgimiento del blasfemo.
Amon: dale al individuo Amon las condiciones necesarias hasta alcanzar una secuencia media en el camino del merodeador.] [Busca un trabajo.
Consigue un trabajo relacionado con el alma.] Cuando aparecieron todas las misiones, la primera y la tercera se conectaron al instante.
Todo parecía estar escrito en un guión.
Un guión en el que un cospirador me empujaba en una dirección concreta.
Desde el momento en que me convertí en beyonder, todo parecía estar guiándome en una dirección en concreto.
“Y todo parecía llevarme a un resultado.
No importaba cuánto dijera el sistema que no hacía nada; yo sabía que eso no significaba que nadie más lo hiciera.
Y aunque me molestaba, no era un resultado inaceptable.
Mientras el final fuera algo que pudiera tolerar, no me importaría seguir el guión por ahora.
Después de todo, a diferencia de esos protagonistas inflados que apenas entienden que están siendo guiados voltean la mesa y arruinan todo, matando a un montón de gente y personas cercanas por alguna estupidez en nombre de la libertad, yo tenía más conciencia.
No era optimista ni pesimista.
Era realista.
Si el guión respetaba mis límites y me traía ventajas, bailaría al son de la canción.
Y aun así, aunque bailara al son de la canción, nada me impedía improvisar y seguir el ritmo a mi manera.
Después de todo, miles de actores pueden interpretar un mismo papel y cada uno ofrece una versión distinta.
Y si el caos de ese ritmo tocaba mis límites o me obligaba a hacer algo que absolutamente me negara a hacer, todavía podía voltear la mesa.
“Contactaré con Hades”, dije sin ganas de pensar más.
“Por cierto, ¿crees que le interese la secuencia de la muerte y todos sus caminos cercanos?” [El sistema no tiene idea, pero si no funciona podría venderle incluso la información de su futura esposa.
En esta etapa aún no debería conocerla.] “Sistema, algunas veces eres un hijo de puta, o muy listo, o muy malnacido”, comenté secamente.
No negaré que era una buena idea, pero ejecutarla sería desastroso.
Especialmente ahora, porque tras eso pasarían dos cosas: primero, comenzaría un invierno que duraría demasiado tiempo y arruinaría la vida de las personas, si no causaba una subextinción; segundo, me ganaría el odio de Deméter.
Algo que prefería evitar.
[Solo es un consejo.] “Sí, claro”, respondí antes de darme la vuelta y detenerme a medio paso.
Cuando Crow se detuvo, miró la dirección de la puerta y, tras pensar un momento, caminó hacia ella.
Entonces ocurrió un ligero cambio.
La puerta ya no llevaba al bosque, sino a otra playa.
Una playa medio abandonada, con restos de personas que alguna vez intentaron formar un pequeño grupo, como una caravana, pero que ahora estaba vacía.
Al ver ese lugar, Crow sintió una amarga nostalgia mezclada con cansancio.
Permaneció allí un momento antes de avanzar hacia el bosque cercano.
Entre las ramas apareció pronto un claro, y en él yacía una cuna bajo un árbol.
Al verla, Crow notó que era mecida suavemente por una serpiente.
La criatura se giró y lo miró con algo que quizá era reproche, quizá alegría.
A su lado, otros animales también parecían observarlo y saludarlo: tortugas, pájaros y, el más singular de todos, una piedra con una cara dibujada, empujada por una ardilla.” “Lamento haber estado ausente tanto tiempo”, me disculpé mientras me acercaba a la cuna.
En su interior, un niño dormía plácidamente.
Y aunque lucía un poco más rellenito que la última vez que lo vi, también se veía mejor cuidado.
Aquello confirmaba que mi elección había sido correcta: a diferencia de mí, Orochimaru, Wilson y Tetis eran mejores figuras paternas.
Ese hecho me entristeció un poco, pero al mismo tiempo alivió parte de mi culpa.
Después de todo, nunca creí ser un padre adecuado, ya fuera porque no me creía capaz de algo así o porque yo estaba demasiado ausente, atrapado en el trabajo y el caos.
“Realmente soy un pésimo padre”, pensé mientras observaba al bebé dormir.
Como si sintiera mi mirada, sus ojos comenzaron a abrirse lentamente hasta encontrarse con los de Crow.
Apenas se miraron, el pequeño estiró su manita hacia él.
Crow, sin oponer resistencia, le ofreció un dedo, que el niño tomó y comenzó a juguetear con torpeza.
Verlo así relajó a Crow.
Incluso lo divirtió.
Era extraño sentirse tan tranquilo.
Normalmente siempre estaba contra el tiempo o envuelto en eventos extraños; demasiadas cosas sucedían a la vez.
Solo en momentos como ese, con su familia, Crow podía bajar la guardia y relajarse de verdad.
Pero esa calma no podía durar.
Crow sabía que pronto tendría que irse.
La guerra con Atenea se estaba gestando y tenía menos de un mes para idear algo que ayudará a los espartanos.
Con cierta renuencia, tras un rato intentó apartar la mano.
A medio movimiento, el bebé la sujetó con fuerza, aferrándose mientras balbuceaba y comenzaba a sollozar, como si comprendiera que Crow se marchaba.
Al ver al niño llorar y sentir el suave apretón, a Crow le picó el corazón.
Y entre ese escozor y los sollozos de Amón, entró en conflicto.
Su cabeza le decía que debía irse y continuar con su trabajo, pero su corazón le pedía que se quedara, aunque fuera solo por hoy.
Lo demás podía esperar un poco.
La lucha interna duró largo rato, uno en el que su corazón terminó imponiéndose, ayudado por el llanto suave de Amón.
Así que, indefenso pero feliz, Crow relajó el cuerpo y se acomodó de nuevo junto a él, esperando tranquilo y jugando hasta que el bebé volvió a quedarse dormido.
Aquello pareció alegrar a Amón, que dejó de llorar y comenzó a reír como un bebé satisfecho.
Y no solo alegró a Crow, sino también a los animales a su alrededor.
De forma extraña, parecían observar la escena con miradas cálidas.
Incluso Orochimaru, posado en una rama, ajustó su postura y, con la cola, acomodó a Wilson para que también contemplara el momento.
Mientras tanto, en un palacio extremadamente lujoso.
Frente al salón principal de las habitaciones de Ares se encontraban dos personas.
Una era el propio Ares, cuyo semblante sombrío hacía pensar que estaba a un paso de matar a alguien.
La otra era una mujer de curvas impresionantes, cabellera rojo fuego y una belleza feroz y cautivadora… o lo sería, si Eris no tuviera una expresión más fea que llorar.
“Vamos de nuevo, Enyo”, ordenó Ares mientras se acomodaba.
“Ares, no deberíamos… ya llevamos tres días con esto”, pidió Enyo, casi suplicando.
“Y cada vez es igual”.
“¿Y?”, respondió Ares sin dudar.
“Si es necesario, incluso si pasan años, seguiremos así”.
Luego frunció el ceño.
“Ahora deja de quejarte y pégame”.
“Mierda… ¿no pudiste elegir un pasatiempo más común?”, se quejó Enyo con veneno mientras apretaba el puño y lo dirigía hacia el rostro de Ares con toda su fuerza.
¡PLAM!
Un golpe seco resonó.
La palma de Ares detuvo el puño de Enyo a escasos centímetros de su cara.
Era algo natural… y a la vez antinatural.
El rostro de Ares estaba cubierto de venas marcadas, y su mano parecía a punto de estallar por la fuerza con la que palpitaban las venas en su brazo.
“De nuevo”, ordenó Ares mientras soltaba el puño de Enyo y volvía a apoyar la mano sobre su pierna, con tanta presión que sus uñas se clavaron en la carne.
“Al menos podrías fingir que lo disfrutas”, gruñó Enyo mientras levantaba el puño otra vez.
Así pasaron las horas, en un ciclo constante que llevó a Enyo por todas las fases del duelo, hasta que solo quedó la aceptación.
Ya ni siquiera miraba a Ares ni preguntaba nada; simplemente alzaba el puño, acumulaba fuerza y golpeaba de forma mecánica, una y otra y otra vez, en un ciclo monótono y agotador que parecía no terminar nunca.
Hasta que, en un intento tras un tiempo indeterminado, su puño avanzó un poco más.
La sensación fue distinta.
Ese cambio despertó a Enyo de su aturdimiento.
Alzó la mirada hacia Ares y se quedó helada.
Su puño no había sido detenido por la palma.
Había atravesado la defensa y golpeado de lleno la nariz de Ares, de la cual comenzó a brotar sangre.
“Ares, lo siento, yo…”, intentó disculparse Enyo mientras retrocedía el puño.
Pero Ares no la escuchó.
Se tocó la cara, notando que había amortiguado el golpe, y retiró la mano para observarla manchada de rojo.
“Jajajaja… hahahahaha…” Contrario a lo que Enyo esperaba, Ares no se quejó ni la reprendió.
Comenzó a reír, luego a carcajearse como un loco “¡Por fin!”, bramó Ares, eufórico, aunque la vena de su frente seguía palpitando.
“¡Por fin he debilitado esa maldita correa!” Mientras hablaba, una sonrisa salvaje se dibujó en su rostro.
Era la sonrisa de alguien que había logrado aflojar, aunque fuera un poco, la cadena que lo sujetaba: la cadena de su sacerdocio como dios de la guerra, aquella que obligaba a su cuerpo a reaccionar instintivamente ante cualquier ataque.
Pero esta vez no lo había hecho.
Su sacerdocio había fallado.
Y aunque aquello fue producto de una voluntad monstruosa, circunstancias precisas y un esfuerzo inmenso, seguía siendo una victoria.
Una pequeña, pero real, victoria contra el sacerdocio que lo había convertido en en una marioneta que movía cuando y como quería.
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