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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - 64 Una Esparta llena de locos
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64: Una Esparta llena de locos 64: Una Esparta llena de locos “Y el trabajo continúa”, murmuré frente a la puerta que llevaba a las afueras de Esparta.

Una noche de buen descanso con Amón y los demás me cayó como anillo al dedo.

Pero, como siempre, el deber llamaba.

Y, siendo honesto, después de lo ocurrido anoche y los cambios en el sistema, estaba algo entusiasmado por empezar.

Primero estaba la opción de preparación de materiales.

Pensaba sacarle mucho provecho, pero antes de crear cosas a lo loco debía revisar las recetas.

No quería fabricar el material final de alguna creación y descubrir que era el legendario Príncipe Alberto de Cyberpunk.

“Aunque no negaré que sería satisfactorio usarlo para pegarle a Poseidón… No, como es ese sujeto, tal vez le termine gustando al final.” Con un nuevo autotrauma, dejé de pensar en cosas raras y abrí mi Libro del Artesano.

Las páginas mostraban muchísimas más cosas que antes.

Incluso cómo armar una maldita computadora.

Claro, tener el manual y poder hacerlo eran asuntos distintos.

Si quería fabricar algo así, tendría que adelantar a la humanidad varios cientos, quizá miles, de años.

Lo entendí cuando noté la cantidad de recursos necesarios: suficientes para dejar a Esparta en quiebra más de cien veces.

Literalmente.

Para crear una CPU y una memoria RAM decentes tendría que fabricar microchips con herramientas de presión absurdamente precisas… o construir una PC gamer del tamaño de una jodida isla.

“El día en que podré jugar videojuegos en PC está muy lejos”, me quejé, cerrando las páginas que, por ahora, solo podían burlarse de mí.

Irónicamente, el problema no eran las cosas mágicas.

Incluso encontré cómo crear una versión degradada de la cadena que encadenó a Fenrir.

Claro, leerlo era más fácil que hacerlo.

No tenía idea de cómo demonios conseguir: El sonido de las pisadas de un gato.

La barba de una mujer.

Las raíces de una montaña.

Los tendones de un oso.

El aliento de un pez.

Y la saliva de un pájaro.

Lo más sencillo sería la barba de una mujer, los tendones de un oso y tal vez las pisadas de un gato, si dependiera de la nueva función del sistema.

Pero ¿cómo coño conseguía el aliento de un pez?

¿Lo sacaba del agua y, mientras se ahogaba, le metía un tarro en la boca?

“Bueno… eso tal vez sirva”, murmuré, frustrado.

Siempre pensé que cuando subiera de nivel empezaría a crear cosas mágicas, objetos sumamente poderosos.

Sería el mejor herrero mágico.

Pero cuando el deseo se me concedió, fue como darle un manual de brujería a un científico con título.

En pocas palabras, era tan anticientífico que chocaba contra mis creencias fundamentales.

Contra todo lo que yo entendía por verdad.

“…Bueno, al menos he encontrado la llave al mundo mágico.

Y quién dice que la magia y la ciencia no pueden convivir”, intenté animarme mientras revisaba la fórmula para crear… una armadura de caballero.

Al ver aquella armadura icónica, los ojos de Crow se iluminaron.

Siendo honesto, era uno de los pocos sistemas de poder que, dentro de lo posible, respetaba la ciencia.

Pero también era de los más complicados.

Por no decir que era absurdamente jodido de practicar.

Entre miles de personas, solo una podría convertirse en caballero de bronce.

Y entre esos miles, apenas uno de cada diez —o menos— alcanzaría la categoría de plateado.

Ni hablar de los dorados.

No era exagerado llamarlos monstruos anormales.

Y no lo era porque, además de una condición física perfecta, un caballero necesitaba maestría en física, una moralidad al nivel del Capitán América, la diligencia de un protagonista de dark soul… y estar un poco loco sin perder la cordura.

Lo suficiente para soportar un entrenamiento que haría palidecer a un masoquista empedernido.

“…Olvidémonos de esto.

Al menos hasta que se difunda más la ciencia.

Darle una armadura a un grupo de sujetos sin educación superior no es una opción”, murmuré, con un deje de dolor ante el absurdo nivel de requisitos para aquella profesión.

Y eso sin contar los materiales.

Las armaduras no requerían solo metal.

Necesitaban energía del cosmos, materia biológica y… esencia de una constelación.

Eso me dejó en silencio.

“Y ahí se fue mi plan de crear mi propio grupo de caballeros… Por ahora.” Dejé de fantasear.

Ya había perdido suficiente tiempo.

La guerra que se acercaba tenía prioridad absoluta y necesitaba algo útil.

Algo práctico.

Algo que pudiera fabricar antes de que la sangre empezará a correr.

Pasé las páginas con rapidez.

Objetos mágicos.

Tecnologías poderosas.

Artefactos extraños.

Muchos eran fascinantes.

Casi todos imposibles de completar en menos de un mes.

O simplemente inútiles para el conflicto inmediato.

Pero entonces lo vi.

Y casi se me hizo agua la boca.

Entre las creaciones disponibles había objetos de una de mis sagas favoritas.

Y para esta situación… caían como anillo al dedo.

God of War.

No estaban las reliquias más absurdamente poderosas —ni las Garras de Hades, ni las Espadas del Caos, ni la Espada del Olimpo—, pero eso no impedía que hubiera piezas que me hicieran casi babear.

Tres armas destacaban.

El escudo y la lanza espartanos de Kratos.

El látigo de Némesis.

Y los Cestus de Nemea.

Sobra decir que casi babeé al ver los Cestus.

Siempre fueron mis favoritos.

Pero la emoción murió cuando revisé los requisitos de creación.

Para los Cestus de Nemea necesitaba el alma y los huesos del león de Nemea.

Para el látigo de Némesis… la piedra que yacía en las entrañas de Cronos.

Leí dos veces.

Luego una tercera.

Estos requisitos casi me hicieron maldecir al sistema entero.

Eran incluso más jodidos de conseguir de lo que podía permitirme.

Especialmente el látigo, que literalmente exigía la piedra en el estómago de Cronos.

Mi único consuelo fue que la última arma no era tan complicada.

Bueno… dentro de mis posibilidades.

[Escudo y Lanza Espartanos Equipo Grado de rareza: Raro Nivel: 6 Tipo: Fijo — no crecerá; dependerá del usuario que lo empuñe.

Habilidades: Orgullo de Esparta: mientras más combate el usuario, más aumenta el poder del arma, hasta alcanzar un múltiplo de diez.

Lanza Divina: la lanza siempre regresará a la mano del portador, sin importar la distancia.

Fuerza de Leónidas: incrementa la fuerza base del poseedor hasta alcanzar una fuerza digna cuando el múltiplo de diez se activa.

Nunca dar huida: el escudo se regenera mientras el espíritu del usuario permanezca firme.

Si el espíritu se rompe, el escudo se romperá con él.

Requisitos de creación: Un escudo y lanza espartanos que hubiera sobrevivido al menos 10 batallas.

La voluntad de Esparta.

La voluntad de Esparta se obtiene cuando al menos el 60% del pueblo espartano derrama voluntariamente una pequeña cantidad de sangre en un contenedor, el cual puede extraerse como esencia mediante la función de materiales.] “Bueno… esto es sinceramente más realista que las demás”, comenté.

Claro, eso no lo hacía más fácil.

Al contrario.

Conseguir que más de la mitad de Esparta ofreciera su sangre voluntariamente era una locura.

A menos que tuvieras una relación casi inseparable con todo el pueblo, era imposible.

Incluso diría que era más complicado que cazar al León de Nemea.

Irónicamente, de todas las opciones, esta era la predilecta para Crow.

Y aunque sonará pretencioso, mi relación con el pueblo espartano era bastante buena.

Demasiado buena.

Pedir unas gotas de sangre a toda la población sería incómodo… pero estaba casi seguro de que aceptarían.

Más aún si sabían que era para crear un arma para ellos.

“Bueno… es un camino”, murmuré, decidido.

Con un plan de acción en mente y listo para iniciar una larga semana de trabajo, regresé a Esparta preparado para darlo todo.

Estaba motivado.

Extrañamente emocionado.

Lastimosamente, como casi todo en mi vida, la motivación se atenuó apenas crucé los límites de la ciudad.

En las cercanías de un bosque apartado, varias mujeres realizaban experimentos.

Cuestionables.

El resultado era un sátiro enjaulado, utilizado como conejillo de indias para probar nuevas armas químicas.

Un arma que, por el sufrimiento que provocaba —y por lo que ya intuía gracias a Eris—, sabía exactamente cuál era.

“Así que han creado una versión primitiva del gas mostaza”, murmuré desde la distancia.

El sátiro se retorcía dentro de la jaula.

Su piel enrojecida comenzaba a ampollarse.

Tosía, convulsionaba.

Las mujeres vestidas con capas negras de cuervo observaban con frialdad clínica, protegidas por máscaras conectadas a largos tubos que se extendían hacia atrás, alejándose del veneno que ellas mismas elaboraban.

Mientras observaba la escena, inconscientemente plantee mi decisión de crear el arma que tenía en mente.

La guerra aún no había empezado y, en cierta forma, sentía algo parecido a lástima por los enemigos, y justo en medio de esta escena otra cosa sucedió como si el mundo recalcara la situación actual Bam.

Una explosión sacudió el aire.

Desde mi posición vi algo elevarse por los aires antes de caer no muy lejos de mí.

Era un cañón retorcido.

Su boca había florecido como si fuera una flor metálica, abierta por la presión brutal de la detonación que lo destruyó desde dentro.

“Déjame adivinar…”, murmuré, mirando hacia el origen de la explosión.

A lo lejos se elevaba una columna de humo.

Justo donde los cazadores habían instalado su taller improvisado.

“Realmente fui demasiado precavido.” No lo negaré.

Había sido condescendiente con Esparta.

Subestimé gravemente su potencial bélico.

En ese momento sentí que quienes necesitaban ayuda no eran ellos… sino el resto del mundo.

Con solo ver aquello, Crow creía firmemente que, si Atenea o cualquier otra fuerza superior no intervenía en la guerra, el resultado sería unilateral.

Después de todo, una parte aún confiaba en flechas y lanzas.

La otra estaba desarrollando gas mostaza y armas de fuego.

Por un momento quise renunciar.

Dejar de crear esa arma y cualquier otra cosa a mi alcance.

Pero ya había dado mi palabra.

Y no soy alguien que rompa promesas.

Mucho menos cuando se las hace a su propia gente.

“¡Se quiere escapar!” “¡Atrápenlo!

¡Es el sujeto de experimentación!” “¡Les dije que le rompieran las piernas!” “¡Córtenle la verga por mentiroso!

¡Dijo que no se escaparía!” “….” “Sí… por desgracia es mi gente”, murmuré desde la distancia.

Un sátiro escapaba a toda velocidad mientras un grupo de mujeres vestidas como brujas lo perseguían entre gritos y amenazas.

Querían cortarle las piernas y la verga por no quedarse quieto como su conejillo de indias… aun cuando estaban probando gas mostaza sobre él.

“Tal vez debí priorizar la educación ideológica antes de enseñarles cosas peligrosas… como hice con el primero.” “¿Qué les dije de dejarlo ir?

¡Debieron drogarlo o emborracharlo primero!”, gritó una voz demasiado familiar.

Esa era la voz de Eris.

Corría desde la lejanía con la misma presión que las demás, regañándolas por su “poco profesionalismo”.

Me quedé quieto.

Helado.

“Olvídenlo… tal vez el que está mal soy yo”, murmuré.

Después de todo, si crees que todo el mundo está loco… quizá el problema eres tú.

[No.

Ellos al igual que usted están locos.

Solo tiene valores diferentes.] “Gracias por la oportuna aclaración”, respondí con frialdad al sistema.

“Mejor me voy a trabajar.

Si me quedo aquí más tiempo, siento que mi cerebro terminará desalineado con la realidad.” El humo seguía elevándose.

El sátiro seguía corriendo.

Las risas y gritos se mezclaban con el olor químico que flotaba en el aire.

Esparta estaba evolucionando.

Y yo empezaba a preguntarme si la evolución siempre significaba progreso.

Mientras Crow se perdía, como de costumbre, en las decisiones que lo habían traído hasta allí, en otro lugar una figura aturdida comenzaba a recuperar la conciencia.

Antaño impecable, ahora parecía una vagabunda.

Su cabello estaba enredado, su rostro sucio, como si hubiera sobrevivido a un desastre natural.

Uno literal.

Lo último que recordaba era la luna.

La luna destruida en aquel sueño.

Dos monstruos chocando con violencia suficiente para quebrarla.

El satélite colapsando… y ella siendo aplastada bajo una visión apocalíptica que aún le oprimía el pecho.

“Maldito Ares… y maldito August”, regañó la chica, entre enojada y llorosa.

Aquella experiencia había sido una de las más traumáticas de su existencia.

Y, para empeorar las cosas, le había gustado.

La emoción.

El peligro.

La intensidad brutal de estar allí, al borde de la aniquilación.

“Ahhh…”, gimió, hecha un desastre.

“Ese bastardo pagará por—” Se detuvo.

Algo no estaba bien.

No reconocía el lugar.

El espacio a su alrededor parecía un sueño, pero no era uno bajo su control.

Y eso era imposible.

Incluso cuando su poder había sido reprimido, jamás le habían negado su autoridad hasta este punto dentro del plano onírico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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