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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 65

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65: Conversaciones incómodas 65: Conversaciones incómodas Clack.

Clang.

En un taller ardiente y sofocante, Crow martillaba constantemente un bloque de metal.

Lo había calentado hasta casi derretirlo.

Luego, con el metal aún al rojo vivo, tuvo la tarea absurdamente delicada de verterlo y moldearlo sobre un escudo que parecía sacado de un maldito deshuesadero.

No era exageración: estaba sudando balas.

Si cometía un solo error, la cosa se arruinaría y volvería a ser chatarra.

Literalmente.

Lo que estaba reforjando —parchando, rellenando, reconstruyendo pieza por pieza— eran los restos del escudo y la lanza del anterior rey de Esparta.

Un hombre impresionante.

Lo suficiente como para convertir ese escudo en un colador.

Y la lanza… por amor a la ciencia.

¿Cómo demonios una lanza de metal podía estar oxidada hasta el núcleo?

Y la madera ni se diga parecía a punto de deshacerse con solo mirarla.

Y aun así, tenía que salvarla.

Nunca había entendido del todo la frase: “Si algo está roto, lo mejor es tirarlo.” Hasta ahora.

Llevaba tres días seguidos trabajando.

Tres días en los que podría haber creado equipos mucho mejores.

Pero no.

Tenía que ser un arma que hubiera pasado por incontables batallas… y, por supuesto, la única que cumplía los requisitos era esta cosa que se desmoronaba entre mis manos.

Durante el proceso, mi mayor dolor de cabeza —y mi mayor miedo— fue reconstruir lo que ya no existía.

Lo destruido debía ser refundido o recreado de forma… creativa.

Con muy poco margen de error.

Era, en esencia, la paradoja del barco de Teseo.

Pero peor.

Porque no solo reemplazaba piezas… tenía que reinventarse con los restos que ya existían.

Hubo un punto en el que tuve que moler la madera inservible y usar la función de materiales para mantener su esencia sin perder la conexión original, algo que era frustrante ya que solo se podía usar en pocas partes pues si cambiaba todo con la función de materiales el material perdía su yo original provocando que ya no cumpliera con los requisitos para la creación del arma especial.

“Ha…”, suspiré, agotado.

Frente a mí había una lanza remendada, pero con una estética casi heroica.

Y un escudo parcheado, reforzado, más grueso de lo que cualquier escudo espartano debería ser.

No era bello.

Pero resistiría.

“Crow, creo que deberías dormir.” La voz vino desde un lado.

Era Gherman que había entrado al Taller con preocupación hacia el sujeto que llevaba tres días y tres noches sin detenerse.

“Dímelo cuando termine.

Además, honestamente, aún aguanto dos días más”, respondí con sequedad, sacando otra pieza del horno de fundición.

“Tal vez tres, si creo el café.

Recuérdame crearlo en el futuro.” “Si esa cosa te permite estar despierto una semana, me encargaré personalmente de que nunca se cree”, intervino Gherman con tono seco.

“Entonces lo haré a escondidas”, respondí, volviendo a martillar el metal.

Un metal extraño.

Una mezcla entre el hierro oxidado original, hierro nuevo y pequeñas trazas de plomo.

Una metalurgia inestable… pero necesaria para mantener la conexión con el objeto original.

“…Siendo honesto, me preocupas”, añadió Gherman.

Y no le faltaba razón.

Si no fuera por mi naturaleza… ya estaría muerto.

“Gracias, pero descuida.

No moriré”, dije sin detenerme.

El martillo cayó con más fuerza.

“Ahora, ¿me harías el favor de colocar el escudo en el apoyador y golpear el otro extremo para ajustar la última pieza?” Mientras Crow decía esto, tomó la pieza al rojo vivo y la sumergió en una mezcla de agua y aceite.

Un siseo violento llenó el aire.

Cuando la sacó, lo que emergió fue una placa.

Una placa marcada con un símbolo: omega.

“Está bien…”, murmuró Gherman mientras tomaba el escudo y lo fijaba en una estructura metálica.

Luego agarró un martillo cercano.

“Gracias”, respondí, sosteniendo la placa aún caliente mientras me acercaba.

Frente al escudo, con Gherman manteniéndolo firme, metí la mano en una ascua cercana y saqué varios remaches al rojo vivo.

El calor mordía la piel, pero no me detuve.

Los coloqué con precisión en los puntos de unión entre la placa y el escudo.

Respiré hondo.

Levanté el martillo.

Clang.

El golpe resonó con fuerza.

El escudo vibró… pero resistió.

Los pernos brillaban, incandescentes.

“Bien.

A la cuenta de tres golpeamos al mismo tiempo.

¿Entendido?”, ordené sin apartar la vista.

“Entendido… pero ten cuidado.

Recuerda que eres más fuerte que yo”, respondió Gherman, ajustando su agarre con ambas manos.

“Descuida.

Tengo control.” Ajusté la postura, midiendo la fuerza.

“Uno… dos… tres.

Ahora.” Bam.

Bam.

Los martillos cayeron al unísono.

El metal, aún maleable, se deformó bajo el impacto.

Se aplastó, cediendo poco a poco.

Golpe tras golpe.

Ritmo.

Presión.

Calor.

Cada impacto hundía más el remache, fijando la placa como si estuvieran clavándola en la carne misma del escudo.

Tras varios golpes coordinados, el perno quedó completamente sellado.

No se movería.

No se rompería.

No sin arrancar algo más con él.

Sin detenerme, repetí el proceso.

Uno tras otro.

Seis pernos en total.

Cuando terminé, el escudo y la placa eran una sola cosa.

La primera parte estaba completa.

“Por fin… terminé la parte difícil”, dije, dejándome caer al suelo sin cuidado alguno por mi apariencia.

No me importaba.

Nunca me importó.

Miré el resultado.

Y sentí dos cosas.

Orgullo… porque había transformado un pedazo de chatarra en la viva imagen de un arma digna.

Y rencor… porque tuve que hacerlo partiendo de algo tan miserable.

“¿Entonces vas a descansar ya?”, preguntó Gherman, con el brazo ligeramente adolorido.

Aquellos pocos golpes habían dejado clara la diferencia entre nuestras fuerzas.

“Ya casi.

Solo déjame terminar el último paso y me iré a dormir”, respondí.

Sabía que, si me negaba, traerían a Eris… o peor, a tetis la única capaz de hacerme hacer algo que no quería sin protestar.

“¿Lo prometes?” “Sí.

Solo ve con el rey espartano y dile que prepare a la gente.

Necesito que donen una pequeña cantidad de sangre.

Cuando termine eso… me iré a dormir.” Gherman me observó unos segundos antes de asentir.

“Bien.

Te veré en la plaza.” Se giró, pero antes de irse añadió: “¿Quieres que lleve el escudo y la lanza para la ceremonia?” “si, es el lugar más indicado y el único que podría tener a tanta gente”, respondí mientras me sentaba derecho con el cuerpo tenso.

“Yo iré a aclarar la mente.

Necesito despejarme.” “Me parece una excelente idea.” Con mejor ánimo, Gherman tomó el escudo y la lanza.

Luego salió del taller a gran velocidad.

La puerta se cerró.

El sonido del metal desapareció.

Y, por primera vez en días… Hubo silencio.

Una vez solo, Crow se quitó la máscara.

Intentó frotarse los ojos, buscando aliviar el peso del cansancio.

No funcionó.

Cuando su mano llegó al lugar donde deberían estar, no encontró nada.

Solo un vacío.

Un agujero sin fondo.

“…Nunca pensé, ni por un segundo, que extrañaría esa cara de mierda”, bromeé con cansancio.

“Aunque fuera solo para algo tan superficial como frotarme los ojos.” El silencio no respondió.

Y eso lo hacía peor.

Sabiendo que, si me quedaba ahí, terminaría desplomándome, me levanté con torpeza y caminé hacia la salida del taller.

Necesitaba moverme.

Mantenerme despierto.

“…Ahora que lo pienso, ¿cómo tomaré café si ya no tengo boca?”, murmuré de repente, con una extraña sensación de derrota.

No era solo el café.

Era todo.

Comer.

Beber.

Saborear.

O eso creía.

Porque, siendo honesto, desde que perdí la lengua… y luego la boca… tampoco había sentido hambre ni sed.

“Me pregunto si vierto el café en el agujero de mi cara contaría como alimentación”, pensé, casi filosóficamente, mientras caminaba sin rumbo.

Error.

Mis pasos me llevaron, sin darme cuenta, al campo de entrenamiento.

Aún con todos ocupados en la reorganización de Esparta, ese lugar seguía activo.

Menos concurrido que antes —las nuevas revoluciones recientes habían cambiado muchas cosas—, pero todavía había gente que venía aquí a entrenar.

No me habría importado… De no ser por cierta costumbre espartana, y dicha costumbre era entrenar desnudos.

“…Realmente debería considerar construir un edificio para esto, en lugar de dejarlos al aire libre”, comenté al ver la escena.

Un grupo entrenaba.

Cuatro hombres.

Diez mujeres.

Todos completamente absortos en su práctica.

Los hombres se enfocaban en ejercicios con lanza, coordinando movimientos con disciplina casi militar mientras mostraban, todo algo que desgraciadamente ya estaba normalizado hasta cierto punto para mí.

Las mujeres… eran otra cosa.

Sus cuerpos estaban esculpidos como estatuas vivientes.

Músculos definidos, abdomen marcado, fuerza evidente en cada movimiento.

Levantaban, arrastraban y cargaban peso con una facilidad que desafiaba cualquier lógica de la época.

Si tuviera que compararlas con algo moderno… “Sería con Maki”, murmuré para mí mismo.

Ese tipo de presencia.

Pues cada mujer era marcada y en forma, sin exageración entre el grupo de mujeres todas tenían como mínimo 6 cuadrados en el lavadero.

Sin duda eso las hacía muy atractivas… hasta que te das cuenta de que podían ponerte en 4 cuando llegaras a la intimidad.

y eso si eran amables contigo Y entonces dejaba de ser atractivo.

O quizá no.

Ahí estaba el problema.

“…”, me quedé en silencio unos segundos.

“Crow, no te desvíes… todo menos eso”, me advertí, sintiendo un escalofrío incómodo recorriéndome.

Había algo en ese lugar que no era sano para mi mente.

Algo que mezclaba admiración, incomodidad… y pensamientos que prefería no analizar.

Desperté de golpe de esa espiral y me di la vuelta.

Me fui.

Rápido.

Antes de quedarme más tiempo del necesario.

Porque si lo hacía… Sentía que mi mente, ya bastante dañada, terminaría deformándose aún más.

Y eso, viniendo de alguien del siglo moderno con acceso a absolutamente todo el porno que pudiera desear… ya era decir demasiado.

[¿No cree que está siendo algo alarmista?] “No lo creo”, le contesté a mi sistema.

“Sé cuándo leer una alarma, y créeme… esta fue una grande.” [O tal vez solo está algo fatigado.

Lleva trabajando sin parar días, y la comida, bebida y demás ya no son una forma de desestresarse.

Actualmente, su única otra vía son esos sueños… y usted se ha negado a dormir.] “……” “Sabes… tengo que darte la razón.

Tengo que dejar la mala costumbre de no dormir”, admití esta vez.

[También debería encontrar otras formas de desestresarse.

Está bajo mucha presión.] “No me agarres del codo”, murmuré.

“Dormir bastará.” […] [Lo tomaré como un acuerdo.] “Gracias”, dije con una ligera sonrisa.

Ahora que estaba irritado, lo último que necesitaba era otro sermón.

[Por cierto… por curiosidad, ¿usted considera atractivas a las espartanas?] “……… ¿Y esa pregunta?” La sorpresa fue tan repentina que casi me hizo perder el equilibrio.

Una bola curva.

Nunca me lo esperé.

Hasta ahora, mi sistema jamás había hecho una pregunta tan… personal.

[Solo es un tema de conversación.

Y parte del servicio de asesoramiento.] “Así que ahora eres mi psicólogo, ¿eh?”, me quejé, frunciendo el ceño.

O lo habría hecho, si pudiera verlo.

[No es necesario responder.

Es solo que el sistema desea orientarlo.] “No sé qué es peor… que estemos teniendo esta conversación o que no me parezca tan descabellada”, murmuré, cansado.

[Entonces…] “Sé que me arrepentiré de esto… pero eres el único con quien puedo hablar de estas cosas.

Y también la única opción que tengo para sincerarme”, comenté con un suspiro pesado.

[Perfecto.

Empecemos la sesión.] “Voy a lamentar esto…” “Y respondiendo a tu pregunta… sí, encuentro atractivas a las espartanas.

Como cualquier persona normal.

Aunque no son mi ideal de mujer atractiva.” [¿Y cuál sería su ideal?] “…… ¿En serio tengo que decir esto?” [Puede decir lo que quiera.

Al final, esto es solo un desahogo.] “Haaaa…” Suspire.

“Pechos grandes… cintura de avispa… caderas anchas… un cuerpo voluptuoso, como un reloj de arena… y cara de ángel que te haga pensar en cómo esa carita podría tener ese cuerpo.” [En pocas palabras, la figura más atractiva para usted es una mujer con rostro angelical y cuerpo de súcubo.] “Algo así…” contesté, ya medio muerto de vergüenza.

[¿Algún personaje como referencia?] “Esto se está volviendo incómodo lo sabes…” [Es la única pregunta de índole sexual.

Las demás serán personales.] “…… Enma Kaoru… de la novela hentai, no la del anime que dejo que desear, habló de la que salió en la novela visual”, respondí finalmente, evitando profundizar.

“Cambiemos de tema.” [Bien.

Ahora, otra pregunta: si tuviera que tener pareja, ¿preferiría que fuera hombre o mujer?] “…… ¿En serio?

¿Ahora me estás haciendo un test de homosexualidad?” [No.

Solo pregunto por preferencia.

O si le resultaría desagradable.] “Me gustan las mujeres”, respondí sin rodeos.

[Hmm… ¿le gustaría realizar un test de orientación?] “¿Tanto dudas de mí sexualidad?”, dije, con un deje de irritación apenas contenido.

[Leon Kennedy] “……… No saques a león en este tema.

todas mis palabras en el pasado eran chistes, ¿entiendes?”, contesté molesto.

“Se terminó.

No puedo seguir con esta mierda.” [Me parece bien.

Después de todo, sirvió.

Ahora usted se ha relajado.] Frente a esa afirmación, por poco mandé al demonio al sistema.

Pero, tras contenerme, tuve que darle algo de razón.

Esa charla absurda y profundamente incómoda me había obligado a soltar parte de la tensión… y mi mente, aunque todavía pesada, ya no estaba tan al borde.

“Por cosas como esta es que trabajo tanto”, me quejé, echando a andar hacia la plaza de Esparta, ansioso por terminar de una vez y poder dormir.

[Por cierto, anfitrión… ¿Puedo hacer una última pregunta?] “No.” Respondí seco.

Sin espacio para negociación.

Aun así, el sistema siguió funcionando frente a mis ojos, desplegando texto con una calma irritante.

[Incluso si su pareja no tuviera esas características… o si los resultados fueran inesperados, incluso impensables… ¿Qué es lo que usted más valoraría en una pareja?

Cuál sería el punto que desea] “……” Me detuve en seco.

Por primera vez en mucho tiempo… no tuve una respuesta inmediata.

Miré a mi alrededor, como si alguien más pudiera responder por mí.

Como si el mundo tuviera una salida fácil para esa pregunta.

Pero no había nada.

Solo ruido, piedra… y yo.

Entonces bajé la mirada.

En un charco cercano, mi reflejo me devolvió la imagen de siempre: la figura cubierta, la máscara de cuervo… algo que ya no se sentía del todo humano.

Me quedé observándola más de lo necesario.

“Si tuviera que dar una respuesta… tan directa…” murmuré al final.

Tragué saliva.

“Diría que… desearía a alguien que realmente intente amarme.” Mi voz sonó más baja de lo que esperaba.

“No pido amor a primera vista.

Ni rechazo la atracción física… pero no es eso lo que importa.” El reflejo no cambió.

Nunca lo hacía.

“Quiero a alguien que esté ahí.

Que me acepte.

Que sea mi apoyo cuando lo necesite… que no me engañe…” Mi voz vaciló apenas.

“Y que… de verdad intente amarme.

Así como yo intentaría hacerlo.” El silencio se alargó.

“…Aunque sé que estoy pidiendo demasiado.” El agua del charco tembló levemente… deformando la máscara de cuervo reflejada en el agua.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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