yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 66
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- Capítulo 66 - 66 La voluntad de Esparta
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66: La voluntad de Esparta 66: La voluntad de Esparta Después de lo que fue posiblemente mi charla más incómoda con el sistema, me dirigí al centro de Esparta y, mientras más me acercaba, más evidente se volvía el movimiento de la ciudad.
Poco a poco, la gente estaba agrupándose y reuniéndose en un mismo punto.
En poco tiempo, una gran multitud ocupaba el corazón de la ciudad.
A pesar de la cantidad de personas, todos se apartaron cuando vieron a Crow.
Incluso los más cercanos se movieron con respeto, abriendo un camino hacia el centro, donde el rey, junto a los demás cazadores, ya los esperaba con una enorme palangana de metal del tamaño de una tina.
“Vaya, sí que son rápidos”, comenté mientras avanzaba hacia el centro, sintiendo todas las miradas clavadas en mí.
“Nos prometisteis un arma que representará a Esparta, y por ende todos deben estar presentes”, dijo el rey, dando un paso al frente.
“Aunque no esperaba que fueran tan entusiastas con esto”, bromeé al ver cómo acudía gente de todas las edades, desde niños hasta ancianos.
“Nadie se perdería tus creaciones”, respondió el rey con una sonrisa apenas contenida.
“Menos una tan interesante… y que requiere de toda nuestra ayuda”.
“…Es extraño pensar en cómo esto me parece tan normal hoy en día, en el pasado nunca pude haber pensado que las cosas terminarían así”, pensé, negando con impotencia.
Sin dar más vueltas a la escena, me coloqué frente a la palangana y observé a todos los presentes que esperaban en la plaza.
“Esta creación mía, a diferencia de las demás, no será algo que me represente a mí, sino a ustedes”, declaré en voz alta.
“Lo que quiero crear es un símbolo.
Un símbolo de ustedes, un símbolo de Esparta, de su gente y de quienes la aman.
Por eso, a partir de ahora, pediré una gota de su sangre.
Una sangre que debe ser entregada por voluntad propia”.
Ante mis palabras, muchas personas dieron un paso adelante, algunas emocionadas, otras confundidas.
Pero antes de que pudieran hacer algo, Crow levantó la mano para detenerlos, dejando a todos desconcertados, incluso al rey, que ya estaba listo para cortarse con un arma de cazador.
“Esta acción debe venir del corazón, o saldrá mal”, dije, obligando a todos a quedarse en su lugar.
“No se dejen llevar por la presión social.
Si buscan aceptación, si solo quieren estar aquí… entonces no den su sangre.
Esa sangre no serviría y sería problemática”.
Mientras hablaba, Crow se colocó frente a la palangana, observando su superficie metálica.
Luego alzó la vista y miró a todos los presentes como un vigilante silencioso.
“Solo aquellos que amen este lugar y estén dispuestos a dar algo de todo corazón por su nación podrán dejar su sangre.
Una sangre que no debe tener motivos secundarios, solo el deseo de apoyar a Esparta”.
Con esa declaración, todos los presentes se detuvieron.
Miraron sus manos, aturdidos, como si el peso de la decisión los aplastara.
Algunos, incluso, dieron un ligero paso atrás.
Era evidente que muchos se sentían presionados, incluso indignos.
Pensaban que, si su deseo no era puro, podrían arruinarlo todo… y eso era mentira.
En el peor de los casos, solo dejarían una gota inútil en la palangana.
No afectaría realmente la creación del artefacto.
Pero Crow no solo quería crear un artefacto.
“Mi gente nunca dudará Una sola frase rompió el silencio de la escena.
Frente a todos, el rey, vestido como cazador, dio un paso al frente.
Se acercó a la palangana y, como si nada pudiera cuestionar su declaración, sacó un cuchillo y se apuñaló el brazo derecho sin titubear.
Luego apoyó la mano sobre el borde, dejando que una cantidad abundante de sangre cayera en su interior.
“Mi gente no necesita dudar.
Todos aman a Esparta, y la idea de que alguien no lo haga nunca fue un problema”, declaró el rey, apartando la mano mientras la sangre seguía corriendo por su brazo.
Luego giró la cabeza hacia su pueblo.
Todos los ojos se posaron en él.
“¡ESPARTANOS!”, gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
“Nunca olviden lo que significa Esparta.
Esparta no es la tierra bajo nuestros pies.
No es la costumbre.
No es nuestra identidad guerrera ni nosotros como individuos.
Esparta es todo eso.
Esparta son ustedes: su gente, sus ideales, sus sueños, sus tradiciones y su espíritu.
Esparta son ustedes… y les pido que den un paso por ello.
No duden.
Ustedes son Esparta”.
Como si sus palabras fueran una chispa, encendieron a todos los presentes.
Se acercaron a la palangana casi en procesión y comenzaron a donar su sangre.
Mujeres, niños, ancianos y guerreros, sin distinción de edad, género o posición, se reunieron y ofrecieron su contribución.
Gota a gota, cada uno entregó una pequeña parte de sí mismo.
La sangre, que al principio eran apenas unas gotas, pronto se convirtió en un charco oscuro que llenaba la gran tina.
La cantidad creció hasta casi rebosar, alimentada por la multitud que no dejaba de avanzar.
Cuando el último en acercarse —un niño delgado, agotado, pero con los ojos brillantes— hizo un pequeño corte, la sangre estuvo a punto de desbordarse.
En ese momento, Crow, que había observado todo en silencio, esbozó una leve sonrisa —o algo parecido— y dio un paso adelante.
Si tuviera que decir algo sobre esto, sería que… realmente no lo decepcionaron.
El tiempo que pasó en Esparta, aunque traumático e incómodo, también fue, en cierto modo, feliz.
A pesar de todos sus problemas —la crudeza, la locura, un sistema cuestionable de esclavitud y cierto tinte xenófobo—, eran de las pocas personas con valores firmes.
Si te ganaras su confianza, podrías poner tu vida en sus manos sin dudar.
Mientras no los traicionaras, ellos no lo harían contigo.
Tenían unidad, sentido del deber y una franqueza brutal: si querían decirte algo, lo hacían de frente.
No existían las puñaladas por la espalda.
Tal vez podían golpearte si los provocabas, pero al menos sabías dónde estabas parado.
En ese sentido, eran de las personas más confiables que podrías encontrar.
Y, dado que depositaban en él tantas expectativas, no podía permitirse fallar.
“Déjenme el resto a mí”, dije, con una emoción difícil de ocultar, mientras avanzaba hacia la palangana.
Frente a aquella enorme cantidad de sangre, Crow extendió lentamente la mano.
Sus guantes de cuero rozaron la superficie oscura.
[ding: se detecta material para una creación específica.
¿Desea crear el siguiente elemento?
La voluntad de Esparta] “Sí”, susurré.
Tras ese leve murmullo, algo comenzó a suceder frente a los ojos de todos los presentes.
La sangre que ellos mismos habían ofrecido empezó a encenderse.
Al principio fue un pequeño fuego rojo, débil, casi tímido, pero poco a poco creció hasta alcanzar la intensidad de una hoguera.
Y, sin embargo, nadie sintió calor.
A pesar de la magnitud de las llamas, lo único que percibieron fue una sensación extraña… reconfortante, casi alegre.
Un suspiro colectivo pareció recorrer la plaza.
Entonces ocurrió algo más.
Una pequeña llama surgió en medio de la multitud.
No fue al azar: nació en el rey.
Su brazo derecho, el mismo que había sido herido, comenzó a arder suavemente, como si el fuego hubiera brotado desde su propia herida.
Pero no gritó.
No hubo dolor.
Al contrario, su expresión se suavizó, como si aquel fuego lo envolviera con una calidez profunda.
Con un movimiento firme, apartó la tela que cubría su brazo y dejó la herida al descubierto.
Ante todos, la carne comenzó a cerrarse.
Lentamente.
Visiblemente.
Como un milagro.
Y no fue el único.
Las llamas empezaron a aparecer en otros.
Uno, luego otro, y otro más.
Pronto, el pueblo entero de Esparta ardía en ese fuego carmesí.
Pero nadie entró en pánico.
Nadie huyó.
Porque aquel fuego no quemaba… abrazaba.
Era cálido, firme, como el abrazo de una madre dura, pero inquebrantable.
La multitud se convirtió en un mar de pequeñas llamas vivas.
Y entonces, esas llamas comenzaron a elevarse.
Una por una, se desprendieron de sus portadores y ascendieron, formando finos hilos de luz carmesí que se dirigían hacia el gran fuego central.
Cada hilo que se unía hacía crecer la llama.
Más grande.
Más intensa.
Hasta que finalmente cubrió toda la plaza.
Todos quedaron envueltos en un único incendio rojo.
En el corazón de ese fuego imposible, la sangre comenzó a reaccionar.
Se elevó lentamente, reuniéndose en el aire hasta formar una esfera perfecta.
Se comprimió.
Se tensó.
Hasta alcanzar el tamaño de una palma.
Y entonces… latió.
Un latido profundo.
Firme.
Sereno.
Como el de un corazón antiguo.
Bum.
Bum.
Bum.
Cada pulsación hacía vibrar el fuego que envolvía la plaza, como si todo estuviera conectado a ese núcleo.
Entonces apareció una grieta.
Fina al inicio.
Pero pronto se extendió por toda la superficie, ramificándose como una telaraña.
crack El sonido era seco.
Inevitable.
Y, de pronto, la esfera se rompió.
El fuego que cubría la plaza se expandió suavemente, como una ola que retrocede.
Ya no devoraba, ya no envolvía: ahora reposaba sobre el suelo, como un manto rojo vivo.
En el centro… algo flotaba.
Una cinta.
Una cinta roja y dorada, grabada con antiguos símbolos de Esparta.
Patrones repetidos, firmes, cargados de significado.
“La voluntad de Esparta…”, murmuró Crow, ligeramente aturdido.
Con cuidado, extendió la mano.
La cinta reaccionó.
Como si tuviera voluntad propia, se deslizó por el aire hasta posarse sobre su palma, flotando con una quietud casi solemne.
Durante un largo rato, todos —incluso Crow— permanecieron en silencio, observando la cinta.
Perdidos.
Admirados.
Asombrados.
Pero, al igual que antes, el primero en moverse fue el rey.
Sin palabras floridas ni gestos innecesarios, avanzó con determinación.
Mientras lo hacía, recogió la lanza y el escudo que habían quedado a un lado, olvidados por todos ante la magnitud de lo ocurrido.
Con ambas armas en mano, se detuvo frente a Crow.
Y entonces se arrodilló.
No en sumisión.
Su cabeza nunca se inclinó.
Solo apoyó una rodilla en el suelo, elevando la lanza y el escudo en un gesto que no hablaba de obediencia… sino de respeto.
Respeto hacia el herrero que acababa de forjar algo único.
“Un espartano nunca debe caer de rodillas”, le recordé mientras tomaba la lanza.
“Ante un enemigo o un extraño, las rodillas de un espartano nunca tocarán el suelo.
Pero ante un amigo… rendir respeto nunca es una vergüenza”, respondió el rey, con una leve sonrisa.
“¿Un amigo…?”, susurró Crow, aturdido.
Había dicho muchas veces que tenía aliados, compañeros… incluso amigos.
Pero en el fondo, siempre había existido una distancia.
Nadie lo había llamado así, de forma tan directa.
Escucharlo en voz alta… fue distinto.
Extraño.
Pero no es desagradable.
“Sí… “un amigo”, repitió Crow, esta vez con una calma inesperada.
Sin más demora, acercó la cinta roja hacia la lanza y el escudo.
La cinta reaccionó al instante.
Como si tuviera vida propia, comenzó a enroscarse alrededor de ambas armas, cubriéndolas por completo.
Se deslizó sobre las grietas, las abolladuras, las marcas del combate… y las fue ocultando.
No.
Más que ocultarlas… las estaba sanando.
Una llama roja brotó sobre la lanza y el escudo mientras la cinta terminaba de fusionarse con ellos.
Las armas cambiaron.
Se elevaron.
Se volvieron algo más.
[Felicitaciones: ha creado un equipo de nivel 6.
La voluntad de Esparta] La notificación apareció como siempre, acompañada de otras ventanas emergentes que ignoré por el momento.
Mi atención estaba en el rey.
El espartano se puso de pie lentamente, sosteniendo la lanza y el escudo renovados.
Ambos sonreímos.
El sol, cercano al ocaso, caía en el horizonte, tiñendo todo de tonos cálidos… salvo por las llamas rojas que aún ardían en los alrededores, desafiando la luz del día.
“No solo mi amigo”, dijo el rey.
“Un amigo de toda Esparta”.
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