Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 67

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. yo no pedí ser un dios maldita sea
  4. Capítulo 67 - Capítulo 67: El encuentro de dos conocidos muy desconocidos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 67: El encuentro de dos conocidos muy desconocidos

El sonido de la música resonaba a todo volumen. La gente bebía alegre alrededor de una gran hoguera, y toda Esparta estaba reunida en la plaza: vitoreando, cantando, bailando o divirtiéndose con alguna invención improvisada.

La multitud celebraba sin reservas, animada por el calor del fuego y la alegría compartida.

Sin duda, fue una de las mejores escenas para pasar el rato… sobre todo porque aquella fiesta existía gracias a mí. En cierta forma, era una celebración para conmemorar mi regalo a Esparta y a toda la gente que había dado un poco de sí misma para la creación del arma que los representaba a todos: la Voluntad de Esparta.

Esto sin duda era conmovedor, pero yo no podía sentir este ánimo como desearía hacerlo.

Y la razón era simple.

“Ha…”

Un gran bostezo escapó de mí mientras permanecía sentado, observando a todos festejar desde una silla frente a la hoguera.

Me estaba muriendo de sueño. Pasar varios días sin dormir finalmente me estaba pasando factura. Algo que aún podría solucionarse en esta celebración… si no fuera por dos factores bastante desagradables.

El primero era simple: era introvertido. En las fiestas, mi expresión natural era prácticamente la misma que la de un cadáver en un velatorio. Eso significaba que mi máximo nivel de participación social consistía en quedarme en una esquina observando cómo los demás se divertían.

El segundo factor era aún peor.

Mi actividad favorita en cualquier fiesta —la única razón real por la que me gustaba asistir— era comer hasta reventar.

Algo que ahora ya no podía hacer.

Después de todo, resulta difícil comer cuando ya no tienes boca… ni cara. Claro, podría intentar meter algo en el hueco donde antes estaba mi rostro, pero prefería no probar esa teoría. No ahora, cuando todos estaban celebrando.

“Creo que debí haberme ido a dormir cuando empezó la fiesta”, comenté con el tono cansado de un viejo gruñón mientras cocinaba un pedazo de carne sobre la fogata.

“Sabes, Crow, a veces eres bastante gruñón”, comentó Eris desde un lado, friendo otro trozo de carne en un palo.

“No lo niego”, respondí mientras apretaba mi pedazo ya cocido, escuchando cómo la grasa chisporroteaba en el fuego. “Pero habría sido muy desconsiderado no asistir”.

Tras decir eso, giré el trozo de carne y se lo ofrecí a mi amiga. Algo bastante lógico, considerando que yo no podía comerlo. En realidad, la única razón por la que lo hacía era para combatir el aburrimiento… aunque también me gustaba el olor de la carne cocinándose.

Algo curioso, teniendo en cuenta que ahora formaba parte del exclusivo club del “señor oscuro”. En otras palabras: también había perdido la nariz.

“Nadie te habría obligado, sabes”, confesó Eris mientras tomaba la carne que le ofrecía Crow. “Pero es agradable saber que te preocupas tanto por nosotros”.

“Son mi gente. Si no tengo en cuenta sus sentimientos y deseos… ¿Quién lo hará?”, respondí mientras levantaba la mirada hacia el cielo estrellado.

“Siempre dices ese tipo de cosas”, respondió Eris con una pequeña risa mientras se quitaba la máscara de cuervo. “Y precisamente por eso… todos confían tanto en ti”.

Tras levantarse la máscara, Eris dio un gran bocado a la carne antes de hacer una mueca al notar que estaba demasiado caliente.

“¿Qué puedo decir? Soy alguien sentimental que valora mucho los lazos emocionales”, contesté mientras me levantaba algo somnoliento. “Pero en serio, si no me voy a trabajar o a hacer algo que me mantenga despierto, dudo poder aguantar mucho más”.

“Entonces ve a dormir. En serio, no entiendo por qué te gusta tanto no dormir durante días cuando trabajas en serio”, se quejó Eris por los terribles hábitos de sueño de Crow.

“Eso no es un mal hábito. Es hiperconcentración: el estado ideal de todo buen trabajador y jugador. Un estado donde das el alma en lo que haces y logras cosas muy por encima de tu promedio, a costa de un pequeño descuido en tu salud personal”, explicó con bastante pasión.

“En pocas palabras: un adicto al trabajo”, resumió Eris.

“Sí, un adicto al trabajo”, me quejé sin ánimos. “Olvídalo. Me voy a dormir. Cuida que no explote nada mientras tanto”.

Bam.

A mitad de la frase de Crow, una pequeña explosión sacudió un rincón de la fiesta. Justo el lugar donde un par de “brujas” —como a Crow le gustaba llamarlas por su fascinación por las ropas herméticas oscuras y su amor por la química— hacían una demostración de cómo fabricar fuego griego.

“Por favor, dime que no le echaron pólvora una botella de fuego griego”, me quejé, imaginando ya el desastre que ese grupo de locas había creado.

“Corrección: fuego espartano”, explicó Eris con orgullo. “Y sí, son explosivos. Tomamos inspiración de tus otras creaciones y añadimos lo que sabíamos y aprendimos”.

“Me voy. Solo no quemen Esparta mientras no estoy”, murmuré, demasiado cansado incluso para quejarme.

Ahora lamentaba sinceramente haberles dado la pólvora. Aquellos lunáticos eran auténticos adictos a ella. Literalmente no se la esnifaban por la nariz porque los mataría.

Con la cabeza hecha un lío y unas ganas brutales de dormir, caminé hacia mi taller. A veces me detenía para saludar a alguien, responder alguna pregunta o escuchar a quien solo quería hablar un rato.

No era una mala sensación… pero el cansancio realmente me dificultaba todo. No fue hasta que llegué a mi taller que fui realmente consciente de haber llegado. Mis piernas, literalmente, me habían guiado hasta allí en piloto automático.

No sabía si aquello debía preocuparme o tranquilizarme, porque también era una demostración clara de que quizá me había pasado con el trabajo y que tal vez me había detenido en el momento antes de que ocurriera algo peor.

“Relájate… solo eres un adicto al trabajo”, murmuré mientras entraba en mi taller y me dirigía a la pequeña habitación del fondo donde tenía una cama.

Con un suave plaf, me dejé caer sobre la sábana y me quedé ahí tirado. Irónicamente, en el mismo instante en que mi cabeza tocó la almohada, el sueño empezó a desvanecerse. Ahora estaba despierto… y con dificultades para dormir.

“Me tienes que estar jodiendo”, murmuré. “¿Cómo es que ahora no…?”

A mitad de la frase levanté la mirada y me quedé petrificado.

Porque apenas alcé los ojos me encontré en un lugar que me resultaba conocido y desconocido a la vez.

Ya no estaba en mi taller.

Ante mí se extendía una inmensa pradera floreada que se perdía hasta donde alcanzaba la vista. Una enorme extensión de flores moradas brillantes se mecía suavemente a mi alrededor, como si el campo entero estuviera cantando una canción de cuna.

“Ok… eso fue rápido”, comenté al reconocer el lugar que debía ser mi sueño.

Ya estando allí, volteé a ver mis alrededores con curiosidad. Curiosidad porque no era mi típico sueño con temática souls. Este lugar era totalmente diferente de los anteriores: era algo que ya había visto antes en la realidad.

Este era el mismo sitio que vi cuando creé The Wonder of You y quedé atrapado en aquel mar negro.

“…”, murmuré mientras miraba alrededor, solo para encontrarme un trono de piedra negra detrás de mí. “Sí… es este lugar”.

Nadie respondió.

Solo silencio… y una profunda desgana.

Bueno, algunas ganas de comer también.

“Mmm…”, murmuré mientras chasqueaba los dedos.

Click.

Con el chasquido, frente a Crow apareció una manzana. Una manzana roja perfecta, que tomé entre mis manos antes de darle una mordida con total gusto.

A pesar de que aquello no era comida real, saborearla resultaba más refrescante que cualquier otra cosa.

“Diablos… nunca pensé que algún día entendería tanto a Barbosa”, murmuré mientras tragaba un bocado.

Ese simple momento resultó más satisfactorio de lo que habría imaginado.

Y habría sido aún mejor si, mientras disfrutaba de mi manzana, un fuerte sonido de chapoteo no hubiera resonado en mis oídos.

Ante mi mirada, algo salió disparado desde debajo de las flores con violencia.

Plop.

La cosa en cuestión era una chica.

Pequeña, desaliñada y claramente golpeada. Tenía sangre por todo el cuello, algo de polvo encima y aún conservaba un aura etérea débil. Pero lo más extraño no era su estado…

Era su expresión.

La chica tenía una sonrisa pervertida mientras se aferraba al suelo e intentaba levantarse, a pesar de verse absolutamente miserable.

“Con este ya llevo cincuenta intentos… no puedo esperar por el cincuenta y uno”, murmuró con una expresión tan extraña que incluso Crow no sabía qué pensar.

“Disculpa… ¿Quién eres?”, intenté llamar su atención.

Al final ella no me respondió.

Era como si la chica no pudiera percibir mi presencia, a pesar de que estaba literalmente a pocos pasos de ella.

No fue hasta que se desplomó contra el suelo que reaccioné, algo aturdido, al notar que su figura simplemente desaparecía como si el suelo en el que había caído fuera un portal.

A simple vista solo había un mar de flores. Pero cuando examiné esa zona en particular sentí algo extraño. Allí no había nada sólido.

Las flores parecían cubrir… una especie de abertura.

Movido por la curiosidad, me acerqué y asomé la cabeza con cuidado.

Y lo que vi fue extraño incluso para los estándares de mi vida.

Cuando introduje la cabeza en la abertura, mi punto de vista apareció del otro lado… como si mi cabeza hubiera atravesado el espacio.

Ahora estaba mirando hacia arriba desde el suelo.

Frente a mí se extendía una escena que me resultaba inquietantemente familiar.

Un campo índigo cubierto de flores blancas se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Y en medio de ese campo había dos figuras enfrentándose.

Una era la misma chica de antes, ahora con una expresión que recordaba demasiado a la de Gojo después de volver de la paliza que le dio Toji.

La otra figura era un hombre delgado que sostenía una lanza más grande que él mismo.

Llevaba puesto un casco de samurái… y permanecía completamente inmóvil frente a ella.

“Así que al final vuelves”, declaró el samurái mientras extendía su alabarda de tres metros. “Esa determinación, incluso para un inmortal, es encomiable”.

Ante esas palabras, un aura noble y trágica se extendió por todo el ambiente, potenciada por el susurro de las flores y la luz de la luna.

“Deja los discursos, viejo. Solo cállate y pégame”, declaró la chica con emoción, rompiendo por completo la atmósfera profunda y solemne.

“O tal vez solo eres un shura particularmente pervertido”, se quejó el samurái, sintiéndose sucio por alguna razón.

Clank.

Sin querer seguir viendo esa pelea, saqué la cabeza de aquel lugar y regresé al espacio lleno de flores moradas, esta vez dudando seriamente de lo que acababa de ver.

En primer lugar, ese sujeto no era otro que Isshin, del juego Sekiro. Algo que no estaba en conflicto con lo que sabía, pues mis sueños a menudo incluían escenas de la saga Souls.

Pero ¿quién era esa chica?

Y, más importante aún, ¿por qué me sentía algo incómodo al verla?

No era algo físico; de hecho, era hermosa. Tampoco algo fisiológico, pues no sentía ninguna reacción extraña ante su presencia.

Lo verdaderamente incómodo era que me recordaba demasiado a cierto personaje masoquista de Konosuba.

¿Y por qué lo digo?

Porque su cara era, sin exagerar, la de una pervertida.

“Parece que mis sueños cada vez son más raros”, murmuró Crow, algo agobiado, preguntándose qué diablos estaba pensando su propia psique para crear un personaje así.

Mientras pensaba en eso, Crow se sentó en el trono de piedra y, sin querer desperdiciar ese valioso tiempo de ocio, intentó conseguir algo que llevaba tiempo deseando.

Click.

Con un suave sonido de chasquido, Crow sacó de la nada, una lata de Pepsi. Luego también hizo aparecer un buen trozo de filete y empezó a comer con ganas.

Bueno… “comer” en sentido figurado.

Después de todo, aquello era un sueño y no existía la sensación de saciedad. Pero el sabor y la textura eran los mismos, así que al menos servía para relajarse.

Clank.

O bueno… algo así.

Cada cierto tiempo la misma chica volvía a caer, exactamente igual que antes, con una expresión que mezclaba placer, frustración y emoción.

“Espero que mi mente no esté intentando decirme algo incómodo… como que tengo tendencias masoquistas”, murmuré, sudando frío.

…

…

“Bueno, aunque pensándolo bien, me encantaban los juegos souls-like. Cualquier otra cosa me aburría”, intenté defenderme, evitando cualquier posible asociación.

Plop.

“Amo que los enemigos peguen fuerte”, murmuró la mujer mientras caía otra vez. “Si no pegan fuerte, no son buenos”.

“…Haré como que no escuché eso”, dije mientras apartaba la mirada.

“He…”

Tras aquella frase, la mujer —aún algo sumida en su éxtasis— recuperó poco a poco los sentidos y empezó a mirar a su alrededor, como si hubiera notado algo extraño.

Mientras rebuscaba con la mirada por los alrededores, finalmente posó los ojos en mí. Pero, en cuanto lo hizo, su expresión cambió… y se volvió completamente aburrida.

“¿Qué demonios eres?”, preguntó, poniendo una cara que recordaba demasiado a la de un viejo intentando usar un teléfono móvil. “¿Y por qué estás en la capa más profunda de este lugar?”

“…¿La capa más profunda?”, pregunté, dudoso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo