Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 8

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. yo no pedí ser un dios maldita sea
  4. Capítulo 8 - 8 El dios más humano
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

8: El dios más humano 8: El dios más humano En el momento en que abrí los ojos, pude ver el cielo y el sol de la mañana atravesar las ramas del árbol.

Me sentía renovado y, en cierta forma, relajado, algo que no experimentaba desde hace mucho tiempo y que, sinceramente, me hacía querer tomarme un día libre para disfrutar de este momento.

Lastimosamente, no podía quedarme sin hacer nada, ya que eso sería horrible y hasta doloroso.

Mi alma explotada de trabajador no dejaría de generar estrés, y sabía que un día libre solo le daría vía libre a mis pensamientos intrusivos, por lo que trabajar como esclavo era la única cosa que evitaba que me volviera loco.

“Supongo que podría experimentar con las cosas que me regalaron ayer.

Eso contaría como trabajo por hoy”, comenté mientras me levantaba de mi cómoda cama de plumas.

Dicha cama era en sentido figurado, pues las plumas negras que me rodeaban provenían de la capa de plumas que usaba y que Tetis me obsequió ayer.

Apenas me puse de pie con la capa aún puesta, no pude evitar sonreír de alegría.

Y dicha alegría venía del hecho de que, por primera vez desde que llegué a este mundo, sentía que podía pararme sin problemas.

No sentía falta de equilibrio ni rigidez en la pierna derecha.

Por primera vez, recordaba lo hermoso que era caminar sin dolor.

Y aunque el clima seguía siendo un infierno en la tierra, el vapor me seguía ahumando y el idiota de Poseidón me había despertado anoche por una de sus rabietas, sentía que no todo era tan malo en este día.

Cada paso alrededor de la isla se sentía estupendo y, más que nada, increíble gracias a la capacidad que me daba la capa para caminar con normalidad.

“Tenía tiempo sin sentirme así de libre, Wilson”, comenté mientras me sentaba en la pila de tesoros en la playa junto a mi amigo rocoso.

“plop.” Ante ese sonido, vi que Wilson se había caído de su pila y rodaba hasta detenerse a los pies de los tesoros, mientras miraba el paisaje de las olas en el mar, formando una escena divertida y emotiva.

“Cielos, y yo pensaba que era el único dramático”, comenté divertido mientras contemplaba la bella escena del sol saliendo por el horizonte del mar junto a Wilson.

Una vista que, sinceramente, me agradaba, pero que hoy se sentía más cómoda que nunca.

Mientras miraba el amanecer, observé la capa de plumas.

Luego, tras una breve reflexión, decidí probar algo.

Para dicho experimento, me quité dos plumas del abrigo.

Una de estas la dejé en una de las paredes de roca, al lado de mi casa… o, mejor dicho, mi taller hecho jirones.

Para mi sorpresa, cuando esta se colocó en la pared, apareció una especie de picaporte y marco en la roca, como si fuera una puerta de piedra.

Una puerta que, al abrirse, solo conducía a una pared de rocas, como si fuera la típica puerta de los dibujos animados.

“Interesante”, murmuré mientras veía la puerta que conducía a la nada, para luego alejarme y dirigirme hacia el mar.

Una vez en la orilla, esperé un pequeño rato hasta que llegara mi amiga serpiente, Orochimaru, la cual, apenas se asomó, llamé con alegría: “Shhhhhh”, siseó Orochimaru al salir del agua.

“Hola, Orochimaru.

¿Crees poder hacerme un favor?”, pregunté con tono suave al verla.

“Shhhhhh”, volvió a sisear la serpiente antes de asentir de una forma muy humana.

“Quiero que consigas a alguien que vuele a una isla lejana con muchos recursos o, si es posible, a un asentamiento humano.” “Shssss”, siseó Orochimaru antes de quedarse pensativa y luego levantar la cola para hacer dos señas.

“¿Quieres dos plumas?”, pregunté antes de captar su punto.

“Quieres colocar una pluma en un lugar con recursos, mientras otra va a las cercanías de un asentamiento humano, ¿cierto?” Después de mi deducción, Orochimaru asintió varias veces.

Algo que me inquietó, pero bueno, así me ahorraba tiempo.

Sin problemas, saqué otra pluma y se la entregué.

En el momento en que las plumas fueron entregadas, Orochimaru se fue a toda prisa, dejándome solo en la orilla de la isla volcánica, caminando por el lugar donde ella estuvo.

“Últimamente he pedido mucha ayuda y de forma muy pesada…”, comenté, algo avergonzado, mientras miraba por donde se había ido Orochimaru.

Aunque lo que había pedido era sin duda una necesidad, aún sentía que estaba pidiendo mucho últimamente y, sinceramente, no sentía que estuviera bien que pidiera favores tan seguidos.

“Creo que sería bueno hacerle algo para agradecerle.” Mientras pensaba en qué podría llegar a darle a una serpiente para demostrarle mi gratitud, me dirigí nuevamente a donde estaba la puerta de piedra y esperé pacientemente.

Esperé y esperé, hasta que, tras lo que supongo fue una hora sentado (y con dolor de trasero), vi cómo la puerta de piedra emitía un brillo morado antes de desaparecer.

“Bien hecho, Orochimaru”, murmuré emocionado mientras tomaba la placa de la puerta y la jalaba.

Después de que jalé la puerta, sentí un suave movimiento en mi capa de plumas de cuervo, justo antes de que la vista en la puerta cambiara, mostrando un inmenso paisaje verde que se extendía hasta unos límites desconocidos.

Este paisaje resaltaba una belleza natural impresionante, mientras una suave brisa soplaba mi cabello.

Una brisa que, por primera vez, no tenía aire caliente, ni olor a azufre o humo.

Lo que golpeaba mi rostro era una brisa fresca con aroma a lavanda.

“Casi había olvidado cómo se sentía esto”, murmuré mientras entraba sin dudarlo.

Ya del otro lado, pude sentir el pasto en mis pies, la brisa limpia, la temperatura fresca y ese hermoso olor a lavanda.

Era hermoso.

El aire me embriagaba y todos estos pequeños placeres que no había sentido desde hace tanto me hacían sentir extraño.

Sin duda, estaba disfrutando esto como nunca antes.

Algo irónico, ya que, si en mi vida anterior me hubieran dicho que disfrutaría tanto de una brisa fresca, me habría reído y dicho que estaban exagerando.

“Shhhshhh”, siseó.

Al escuchar ese siseo familiar, dejé de disfrutar del ambiente para ver a mi amiga Orochimaru, que yacía a mi lado, mirándome con lo que solo podía describir como alegría y, en cierta forma, una mirada que gritaba: “Alábame, perra”.

“Orochimaru, no tengo nada más que pueda decir, excepto gracias”, dije sintiendo que no había otras palabras para expresar lo que sentía en ese momento.

No había léxico para expresar el júbilo y las emociones que me embargaban, y sinceramente tampoco creía poder decir algo para transmitir lo agradecido que me sentía.

Sin embargo, aunque abrumado por las emociones, poco me duró la alegría.

Apenas vi mis alrededores bien e inmediatamente empecé a analizar los recursos a explorar.

Primero que nada, la lavanda.

Aunque era solo una flor que volvería a crecer, me daría pena cortarla, ya que era lo primero que olía tras ser libre, pero no se podía hacer nada, ya que esta tenía muchas utilidades como aromatizante, algo que sinceramente alabaría, pues estaba harto del olor a azufre.

Lo segundo, los árboles: había muchos más de los que había en la isla volcánica.

Y lo tercero, y más importante… Gyyyyyyy.

Mientras pensaba, vi cómo a lo lejos, entre los bosques, salía un pavo real hermoso y espléndido.

Un recurso valioso para explotar, pues su plumaje era buen adorno, además de su carne, huesos y demás.

El recurso que más necesitaba y del que más requería para mi siguiente proyecto eran los animales.

Y no tenía problema en explotarlos, ya que en esta época había pocos animales que estuviera dispuesto a proteger.

La mayoría eran los acuáticos, a excepción de las cabras, perros y gatos pequeños.

“Orochimaru, puedes seguir.

Yo tengo que prepararme”, dije mientras veía la selva a lo lejos, específicamente en la dirección en que se había ido el pavo real.

“Ahhhhhh”, siseó Orochimaru antes de saltar al mar, dejándome solo en la playa, al borde de la pradera.

En el momento en que estuve solo, miré por última vez la gran roca que ahora era una puerta y, con algo de renuencia, abrí mi libro de artesano.

Pasé varias categorías: muebles, herramientas, pinturas, arte, utensilios… hasta llegar a una sección que nunca había tocado.

Bueno, dos para ser preciso: armas (desde bastones, lanzas improvisadas y, para mi alegría, pólvora… aunque sin armas de fuego aún) y… Trampas.

Las trampas en mi libro venían de todas las formas y tamaños.

Algunas eran inofensivas, otras peligrosas, e incluso crueles.

Entre estas últimas se destacaban muchas trampas de Vietnam y otras que, en su mayoría, parecían hechas para torturar a las presas.

Algo que, sinceramente, me parecía innecesario y una pérdida de tiempo.

A pesar de que no podía esperar para conseguir los valiosos recursos animales, aún pensaba que no había necesidad de hacerlos sufrir, incluso si eran pavos reales.

Y sí, dije pavos reales.

Esa ave estaba relacionada con la perra de Hera, y por ende le tenía algo de manía.

Sin embargo, el animal no tenía la culpa de las acciones de esa diosa maldita.

No era él quien me había arruinado la vida… o al menos eso intentaba decirme.

“Supongo que tengo que dejar de divagar”, dije mientras posaba la mirada en las trampas actuales, específicamente en las de cuerda o aquellas que aseguraban una captura indolora.

En el repertorio había trampas bastante útiles, aunque algunas requerían más trabajo del que estaba dispuesto a invertir en ese momento.

Después de todo, lo único que quería ahora era un caldo de pavo real.

En cuanto al jabalí, posibles vacas y otros animales que usaría para cuero, tendría que cazarlos a mano, ya que dudaba que alguna de las trampas que pudiera fabricar sirviera para ellos.

Al final, me tocó conformarme con las típicas trampas de cuerda: una cuerda atada a un árbol, con varios nudos complicados y un mecanismo de acción que reemplacé por una rama extremadamente flexible y tensada.

Me tomó poco tiempo hacerla, y en comparación con la creación de herramientas de metal, fue un juego de niños.

[Se creó: trampa de cuerda x2] • Habilidad: Artesano XP 1250 + 250 (1500) • Trabajo: Artesano XP 500 + 250 (750) • Trabajo: Artesano Lv 5 (Experiencia para el siguiente nivel: 750/1600) • Habilidad: Artesano Lv 2 (Siguiente nivel: 1500/2000) “Perfecto”, comenté mientras asentía satisfecho.

No voy a negar que estaba siendo fanfarrón, pero me enorgullecía haberlo hecho tan rápido.

No me tomó ni dos horas concretarlo.

“Solo falta el cebo… y a esperar.” Con las trampas listas, lo único que me faltaba era el cebo.

Una tarea nada difícil, ya que para atraer esas aves solo necesitaba una cosa: insectos.

Algo que abundaba en los árboles, y lo único que debía hacer era quitarles la cabeza para evitar que se movieran antes de colocarlos en el centro de ambas trampas, que ya estaban esperando a que una presa incauta cayera.

Si tenía suerte, atraparía un pavo real.

Si no… Bueno, no pensaba comer mapaches.

Aunque eran algo molestos, les tenía cierta renuencia.

No precisamente porque me dieran ternura —aunque sí, un poco—, sino porque eran, por así decirlo, un cóctel de posibles enfermedades.

Y aunque yo fuera un… bueno, uno de esos bichos raros del Olimpo, no quería arriesgarme a contraer rabia o algún parásito que seguramente terminaría en mi cerebro.

“… Haaaaa”, suspiré una última vez al darme cuenta de que estaba divagando de nuevo.

“Realmente debería haber traído a Wilson.” Luego de esa repentina depresión, me oculté en un matorral espeso cargado de bayas ácidas,o eso creía ya que no sería el listo que las probara.

El zumbido de insectos era constante, como un susurro molesto al borde del oído.

Pero aún con eso permanecí inmóvil, mientras desplegaba el libro del artesano y repasaba las trampas que necesitaría más adelante ya que dudaba que las cuerdas me sirvieran en contra de un jabalí.

Varias horas después.

Plop.

Gyyyyyy.

Por suerte para mía, o por mala suerte para el ave, la primera presa en caer fue un pavo real.

Un hermoso pavo real que se retorcía en las cuerdas y gritaba, mientras su espléndido plumaje poco hacía para ayudarle a salir de la precaria situación.

“Por fin… pensé que moriría de viejo ahí”, dije mientras me levantaba del arbusto de bayas con una gran sonrisa en el rostro.

Ante la mirada espantada del pavo real, me acerqué lentamente.

Una vez estuve lo suficientemente cerca, puse un cuchillo de obsidiana en su cuello mientras tomaba su cabeza con la otra, listo para decapitarlo.

Sin embargo, por desgracia, o mejor dicho, por una mala jugada del destino, justo cuando iba a cortar, vi mi reflejo en los ojos del animal.

Vi esa cara que tanto odiaba, y en ella… una gran sonrisa se dibujaba.

Una sonrisa que no sabía que estaba haciendo, y que me molestó profundamente.

Me detuve.

Me quedé ahí, mirándome durante un rato indefinido, mientras la pobre ave intentaba liberarse en vano.

Yo me veía reflejado en sus ojos, veía su miedo, veía la impotencia… y, sobre todo, me veía sonreír y gozar su muerte.

Por un momento, el tiempo pareció congelarse.

Incluso el ruido del animal pareció apagarse.

Y entonces, el pavo real también se quedó quieto en mis manos, como si se hubiera resignado y aceptado su injusto final.

«……» Chop.

El cuchillo descendió, pero no con violencia.

No hubo carmesí, ni una liberación brutal.

Solo un chillido desgarrador, una explosión de plumas, y luego el aleteo frenético del ave escapando como un animal desesperado.

Mientras este huía me quedé allí, con la cuerda aún tensa en mi mano.

El viento sopló con brusquedad, llevando consigo hojas secas y polvo que me azotaron la cara.

Mi cabello se desordenó, ocultando esa horrible cara que nunca aceptaría como mía.

“No seré como ustedes”, susurré con voz vacía mientras miraba hacia donde el animal había huido.

Ciertamente, no lo dejé ir por piedad o empatía.

La verdadera razón por la que lo solté fue porque… lo estaba disfrutando.

Estaba buscando su muerte, anhelaba lastimarlo por un odio que ni siquiera estaba dirigido a él.

Buscaba una venganza que no tenía nada que ver con su existencia.

Sin duda, tenía mucho odio dentro de mí, y estaba relacionado con esa criatura.

Pero no iba a usarla para desquitarme.

Era a Hera a quien odiaba, no a él.

Y no quería rebajarme al mismo nivel de los olímpicos que veían las vidas de los demás como juguetes que mangoneaban a placer y sin ninguna razón que no sea su enferma satisfacción.

“Tal vez algún día te mate, pero no será por placer… sino por necesidad”, le dije a la selva antes de tomar mi última trampa y cortar la cuerda.

Ya no tenía ganas de cazar.

No porque me opusiera a ello, no porque me negara a matar, sino porque ya no me traía ningún beneficio.

Y si algo no me traía beneficio, entonces no valía la pena hacerlo.

Menos aún si eso me hacía igual a ellos: seres sin empatía que abusaban de los más débiles por diversión, por orgullo y por mezquindad… No por beneficios o necesidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo