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Z entropy theory - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Let it happen
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16: Let it happen 16: Let it happen Seis meses habían pasado desde aquel día.

El “regordete” como lo llamaban— no podía quedarse quieto.

Cada espacio vacío le carcomía por dentro.

Las horas de clase, el viejo estudio de arte.

Armándose de valor —y consciente de qué es un perfecto acosador— busco su dirección.

Se escabullo en los archivos de la dirección.

‘Barrio La Candelaria’ Conjunto de departamentos en los suburbios de la ciudad.

“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó al acercarse al edificio.

Una cosa era preocuparse, otra muy distinta era aparecerse sin más en la casa de alguien.

Tocar él timbre o ¿no?, se acobardó de nuevo y choco contra los pectorales de alguien.

El presidente del consejo estudiantil, estaba igual ahí, llego momentos después.

“Yo…

es mi deber…

Es deber del consejo verificar que los alumnos…” (esa es tu patética explicación) La entrada tiene un par de cajas sin desembalar, un jarrón con flores marchitas, una chaqueta olvidada sobre un sillón.

El letrero dice, desalojado.

“No está aquí.”  Su siguiente parada fue el hospital psiquiátrico de la ciudad.

En la recepción.

“Lo siento,” dijo tajante.

“No podemos revelar información sobre nuestros pacientes.

16.1 Corazones llenos de amor “El silencio tiene textura.” Canto a la par de una vieja grabadora.

Se erguía en la esquina derecha de la sala blanca.

En su mano derecha, el pincel, en la izquierda, los colores.

Sus trazos seguían el contorno de una figura.

Una gelatina.

No cualquier gelatina.

La del desayuno de aquella mañana.

En la sala de vigilancia el Doc.

Prendió el intercomunicador.

“Vas a tener visita.” La puerta se abrió.

“Unos chicos de la escuela vinieron a buscarte.” Se acercó a ella a ajustarle el cuello de la bata.

¿Buscarla?

Imposible.

Apenas si había asistido dos semanas a clases y sus conexiones sociales eran más escasas que un espejismo en el desierto.

“Están equivocados.” El Doc.

anotó algo en su libreta, de su bata sacó una aguja que brilló un instante bajo la luz artificial.

“Es hora del medicamento.” La pelimorada, se agachó, paso la mano en las prendas de la espalda.

La aguja se hundió en su vértebra 33 de la columna vertebral.

“Deberíamos dar un paseo por la escuela, mañana” sugirió el doctor.

“Mmmmm, si el chico gelatina y el Doc.

me acompañan.” “El chico gelatina no puede acompañarnos.” Pinto en el espacio vacío donde imaginaba que estaba su amigo.

“¿Por qué no?” “Se va a derretir,” respondió.

“Llevemos una hielera.” El Doctor consideró la propuesta.

“Bien.” .

Se inclinó hacia adelante y, la levantó de la esquina y la colocó en una silla de ruedas que esperaba junto a la puerta.

Ató sus muñecas a los reposabrazos con cintas de fuerza.

Luego se agachó para asegurar sus tobillos.

“Por cierto,”¿ya no ha aparecido la chica de pelo de colores?” EXTRACTO DE EXPEDIENTE MÉDICO – CONFIDENCIAL III Paciente #4872 – “Pelimorada” (nombre actual autoasignado) Personalidades documentadas: Ami, Lucero de la mañana, Pelimorada, #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### #### [REDACTADO].

#### ######## ############################### Presenta fragmentación severa de la identidad.

############### Preocupación principal: la disminución de efectos de ################## facilita el retorno de la personalidad denominada “la Innombrable”.

Notas: El paciente no recuerda su nombre verdadero debido al bloqueo psicológico inducido farmacológicamente.

Historial de ingreso: Admitida bajo la personalidad denominada “Sounne”.

Incidentes previos incluyen envenenamiento de compañeros en entorno escolar, manipulación sistemática del personal a cargo de su cuidado, y homicidio de un compañero de primaria (caso cerrado por inimputabilidad por minoría de edad).

El detonante fue la burla hacia una malformación en su mano.

Se colocó detrás de la silla de ruedas y la empujó hacia la puerta.

Aceleró el paso por el pasillo, haciendo sonidos infantiles.

“¡Rum, rum!

¡Bip, bip!” Imitó el ruido de un coche.

Palabras que no aparecían en manuales médicos.

Que contradecían las etiquetas de «Doctor» y «paciente».

“Brrrrm…

brrrm…” Entre las grietas de su memoria fragmentada, existía el recuerdo de una niña corriendo libre, antes de que las primeras voces le susurraran en su cabeza.

El mal congénito desarrollado, de una mujer que la mato.

El reflejo de sus ojos capturó lo que los ojos humanos no podían ser vistos.

La imagen de quien pudo ser si el mundo hubiera sido diferente.

“¡Gasolina!

¡Parada!” La silla se detuvo y la pelimorada, con la gracia de una actriz en un escenario invisible, hizo el gesto de tomar una manguera imaginaria.

Quito una tapa, inserto la boquilla, y recargo.

Debajo del letrero de ‘Morgue’.

Sounne —figura infantil de vestido blanco.

“¿Dream…

come true?” En el umbral de la puerta de la capilla del hospital.

“No.” El temblor recorrió lo que quedaba de su cuerpo.

#Quiero evitar que esta enfermedad se apodere, tome el control, me arrastre de nuevo, necesito tu ayuda…

puedo seguir luchando# Levantó la cabeza del suelo con esfuerzo descomunal, buscando algo más allá de la pelimorada.

“Sé qué estás mirando…

puedo sentirte ahí afuera.

Mamá…

Papá…” Extendió su único brazo, clavado en el suelo.

Arrastró su cuerpo un centímetro, luego otro.

Las piernas se arrastraban inertes detrás de ella.

#Madre…

me abandonaste.

Padre…

despreciaste.

Mataré a todos, nadie merece ser feliz# La pelimorada terminó de recargar el tanque imaginario.

“¡Listo para partir!” “Okay” Aceleró a través del vestíbulo principal, esquivando enfermeras que sonreían con esa tristeza reservada.

El jardín trasero del hospital tiene un gran tragaluz, bordeado de un pequeño oasis de vida.

Junto a una banca de madera desgastada, una figura masculina esperaba de pie.

El doctor se detuvo.

“Mi niña,” dijo el hombre.

“¿Papá?” La sorpresa iluminó su rostro.

Una mujer se acercó desde el otro lado del jardín.

Desato las correas que sujetaban a la pelimorada a la silla de ruedas.

“¿Mama?” “Solicité el alta temporal,” explicó el padre.

Normalizando lo extraordinario.

Sacar a su hija del hospital psiquiátrico es tan común como recogerla de una fiesta.

De su bolsillo extrajo cuatro boletos.

“Ohhhhhh, palomitas de cine,” susurró.

“Ohohohoh, vamos al cine, vamos al cine.” El doctor se acercó al padre.

Los ojos, detrás de los lentes, transmitían una advertencia silenciosa.

“Le administré la medicación.

Estará bien las próximas veinticuatro horas,” dijo en voz baja.

“Llamen si sucede algo.” El doctor extrajo una moneda del aire y la hizo aparecer detrás de la oreja de la pelimorada.

“Te enseñaré magia si prometes portarte bien.” La pelimorada llevó su mano a la frente.

“Entendido, general.” La madre, con la delicadeza de quien teme romper el momento.

“Doc, ¿mi hija podrá asistir a la escuela de aquí en adelante?” “Sí,” respondió él.

“Mamá,” dijo la pelimorada, “abandonaré la escuela.” La madre intercambió una mirada con el padre, el doctor estudiaba la faceta rebelde del conejillo de indias.

“Papá, mamá,” continuó, irguiendo los hombros, “ya no soy su pequeña niña.

Tengo 16 años.” Las palabras se perdieron en el aire primaveral del jardín, flotando a la par de las semillas de diente de león que revoloteaban en el jardín.

Los padres volcaron la las dudas al doctor, buscando alguna indicación de qué respuesta darle.

“Doctor,” murmuró el padre, inclinándose, “¿esto se trata de otra afección?

¿Consecuencias de…?” “Es normal en esta etapa de su crecimiento, la adolescencia es un período turbulento.” “Soy una chica normal de 16 años en su etapa rebelde,” afirmó, apoyando las manos en los reposabrazos de la silla.

“Soy un adulto…” Conteniendo una sonrisa, le apretó la nariz.

“¿Ah sí?

¿Y qué me dices sobre mojar la cama?” La pelimorada se empequeñeció en la silla, Bajo los hombros y un rubor intenso cubrió sus mejillas.

El padre le acarició la cabeza, despeinando es cabello atintando de morado.

“¿Sigues mojando la cama?”, preguntó.

“Llamaré a las enfermeras para agregar el uso de pañales al protocolo.” La pelimorada lo tomó de la bata, pestañeando varias veces.

Encendiendo y apagando el interruptor en su mente.

“¡Seguiré en la escuela!” Los tres adultos le dieron palamaditas.

“Esta niña,” suspiró la madre, “vamos al cine…” “Los quiero,” dijo la pelimorada a todo pulmón.

Pero en el laberinto de su mente, donde nadie más podía escuchar, otro pensamiento se formaba.

Maldigo la muerte por agarrarme hace seis meses.

La muerte no siempre te lleva cuando te toca, espera, paciente, mientras sigues caminando entre los vivos con un pie ya en el otro lado.

“Disfruten la película”, su sombra se alargaba bajo las luces fluorescentes de la salida trasera.

Sacó una pequeña grabadora del bolsillo de su bata.

“Registro del proyecto París 12, el sujeto sigue mojando la cama.

Es un indicador…

tiene que serlo.” “Maldición.

Los cambios en la línea temporal se manifiestan primero en ella.

De alguna manera salen y contaminan el complejo sistema que es la misma existencia.” Se detuvo frente a una ventana.

El reflejo le devolvió la imagen de un hombre al borde del colapso.

“Mierda, mierda,” quebrándose como cristal bajo presión.

“Lo sigo pensando más y todo lleva a ella.

¿Por qué ella?

Los cambios en ella, este nuevo síntoma…

el universo cambió de acuer- esa chica es un err-r.” El doctor estaba al borde de la demencia.

“Voy a morir, comido vivo de nuevo.

Ah, no…” Se limpió el sudor de la frente.

“Eres un científico.

Repasa el primer evento, el inicio del brote zom-.” “-Oh…

eras una chica normal, en cada universo algo se perdía en ti.

Te fragmentas.

Una parte de tu esencia se desprende.” El doctor llegó a su oficina y cerró la puerta tras él, apoyando la frente contra la madera.

“No lo soporté y busqué crearte una fantasía.

¿Cómo salvarme?

¿Salvarte a ti?” Se arrancó un mechón de pelo con fuerza y se dejó caer contra la pared, deslizándose.

“¿Qué hicimos para merecer tal castigo?, Dios, ¿cuál fue el pecado de esa chica?” El doctor divagaba en una lluvia de ideas inconexa.

La grabadora resbaló de sus dedos y cayó al suelo.

Al impactar, se activó la reproducción de una grabación anterior.

“Dondequiera que vayas siempre estoy contigo…” “La pelimorada de 24 años, ‘venía hacer sus pasantías’.

Fue una mala idea aceptarla en mi equipo de trabajo.” El tiempo – ese tirano invisible – mordió sus pensamientos.

La pelimorada del inicio y esta.

Un abismo de diferencia las separaba.

Personalidad.

Físico.

Empatía.

Dos almas distintas habitando diferentes cárceles.

La parasitaria idea se hundió en la piel.

¿Y si fueran dos personas en lugar de la misma?

Una malvada.

De mente y corazón retorcido.

El doctor formuló una hipótesis.

La versión A de otro mundo atravesó las capas del multiverso.

Encontró su contraparte en el universo X, la pelimorada B.

A y B se encontraron.

No sabe qué sucedió exactamente.

Solo especulaciones, fantasmas de la razón.

La B perdió contra la A.

Pero la verdadera pregunta, la que arde en los párpados.

¿Qué busca la A?

“El archivador,” buscó en los expedientes amarillentos del contenedor.

Paciente #4872 Aquí se enumeraban todas las afecciones.

Un caso imposible de aborto de cuatro meses que, de alguna manera inconcebible, sobrevivió.

Eso intuía al trabajar toda su vida en el sector de la salud.

HOSPITAL GENERAL METROPOLITANO EXPEDIENTE CLÍNICO: #4872 CLASIFICACIÓN: CONFIDENCIAL DATOS GENERALES: Paciente femenino, 16 años de edad ####################################################################################################################################################################################################################################### DIAGNÓSTICOS: Síndrome de malformación congénita.

Trastorno esquizoafectivo con características ######## Disfunción neurológica mixta Inmunodeficiencia adquirida HALLAZGOS FÍSICOS: Malformación congénita de extremidad superior: sindactilia compleja grado III-IV, con fusión ósea y de tejidos blandos entre los dedos 2°, 3° y 4°.

Limitación funcional.

########################### Microcefalia focal izquierda: perímetro cefálico -2DE.

Hipoplasia del lóbulo frontal izquierdo confirmada por resonancia magnética (véase anexo A-3).

Disregulación de la temperatura corporal: fluctuaciones de hasta 3.8°C en períodos de 6 horas sin causa infecciosa aparente.

Regresión psicológica significativa: edad mental actual estimada 6-8 años, inconsistente en tiempo aleatorios.

HALLAZGOS NEUROPSIQUIÁTRICOS: Esquizofrenia de inicio temprano (9 años) con alucinaciones predominantemente visuales y auditivas.

Episodios recurrentes de catatonia (duración: 6-72 horas) seguidos por períodos de agitación psicomotriz.

Desarrollo cognitivo asimétrico: CI verbal 142, CI manipulativo 78.

Disociación con presencia documentada de al menos 13 personalidades alternantes.

HISTORIAL DE TRATAMIENTO: Múltiples hospitalizaciones por descompensación psicótica (77 en los últimos 24 meses) Resistencia a antipsicóticos convencionales Respuesta parcial a Clozapina 3000mg/día Terapia electroconvulsiva interrumpida por crisis comiciales atípicas … ..

.

INCIDENTES: Intento de suicidio (hace 6 meses): Sobredosis múltiple con benzodiacepinas, antipsicóticos, alcohol y opioides.

Requirió ingreso en UCI durante 72 horas.

Coma inducido.

Daño hepático moderado.

CONSIDERACIONES ESPECIALES: Este caso representa una anomalía médica sin precedentes documentados.

La paciente requiere supervisión continua y régimen de tratamiento personalizado.

Se recomienda consulta con comité de bioética.

Dr.

[——–], Director Médico Fecha del informe: 02/03/2025 La pelimorada se inclinó.

Sobre la media negra, qué centímetro a centímetro ascendía por la geografía marfileña de su pierna.

Sus muslos magnetizaron las miradas del entorno.

Provocaron suspiros contenidos, crearon silencios súbitos en conversaciones ajenas.

Tiro de la falda corta con ambas manos.

El cuerpo gira levemente.

La tela oscura revoloteo y luego se adhirió a sus contornos.

El sonido metálico de la caja registradora y monedas cayeron como gotas de lluvia metálica sobre el tejado de cristal.

El cajero —un joven con acné— evitaba contemplarla directamente.

“¡Las palomitas están listas!”, anunció una voz desde el mostrador de confitería.

El hermano pequeño salió disparado hacia allí.

La pelimorada lo siguió atraída al olor de las palomitas recién hechas.

Ella tomó la caja de cartón que contenía las palomitas.

El aroma cálido y salado ascendía en espirales invisibles.

Vertió picante sobre las palomitas con generosidad transgresora.

“¡Mira, mira!” La voz del hermano pequeño.

“¡Una máquina de juguetes!” El niño se había adherido literalmente al cristal de la máquina expendedora.

Sus manos pequeñas dejaban huellas sobre la superficie transparente.

La pelimorada abandonó las palomitas sobre una mesa cercana.

Buscó en los bolsillos de su falda, encontró el frío perfecto de una moneda.

La insertó en la ranura y el mecanismo interno de la máquina zumbo.

“Saca esa gorra de lucecitas,” suplicó el hermano, “Lo quiero.” El objeto, bastante llamativo, se encuentra ubicado en la esquina izquierda del dispositivo.

“Ehm, pan comido.”  Sujetó la palanca metálica.

La giró calculando la distancia adecuada.

Posicionó el mecanismo en el que su intuición le indicaba y presionó el botón rojo.

La palanca descendió al interior de la máquina.

“Cuidado.” La pelimorada se mordió el labio inferior.

El carmín rojo — aplicado con esmero frente al espejo del hospital— pintó de manera leve sobre el esmalte natural de sus dientes.

Las pinzas metálicas de la máquina se abrieron.

“Sí, lo has enganchado.” La gorra cayó en espiral controlada hacia la banda y rebotó antes de quedar inmóvil.

La celebración estalló, el niño saltó sin cesar, sus pies apenas tocaron el piso.

Sus brazos se agitaban en el aire.

La pelimorada, lo tomó por la cintura y lo elevó hacia el cielo artificial del vestíbulo, haciéndolo girar en círculos.

El niño colocó la gorra recién adquirida sobre el cabello morado de su hermana.

Sus palmas chocaron en un ritual que venían practicando desde que hicieron las pases—izquierda con derecha, derecha con izquierda, ambas arriba, ambas abajo.

“¡Apresúrense!

¡Ya inició la película!” La pelimorada ignoro el llamado.

Los dedos —los funcionales y los deformes— se crisparon sobre la tela de su blusa.

Fragmento de memoria 2 Una muchacha idéntica a ella.

Quince años, quizás.

El mismo rostro, pero sin las cicatrices invisibles que la vida había tallado en el suyo.

Vestida de traje de los libros de historia, aterciopelado azul profundo de bordados dorados.

Acompañado de varias pequeñas tiaras sobre el cabello.

“Mi princesita,” dijo el muchacho con un español entrecortado.

Las erres rodaban demasiado y las eses silbaban demás.

“Tu padre, el emperador, me matará si nos descubre.” “Pierre, mi adorado Pierre,” respondió ella.

El tono era, por decir, empalagoso.

“El emperador adjudicará dentro de poco.

Pronto nacerá la república.” Sus manos se entrelazaron.

“¿Ves a esos hombres?

Darían su vida por la hija del emperador.

Qué desperdicio, ¿no crees?

Morir por alguien que solo quiere escapar.” “Escaparemos juntos, mi amor.

A Francia, donde nadie sabrá quién eres.” “Cuando caiga la noche, cuando las estrellas sean nuestros únicos testigos…” Sot,el guardia de la primera princesa del segundo imperio.

“Su Alteza Imperial, debemos regresar antes del anochecer.

Su padre ha convocado una audiencia con los ministros.” “¿Ministros otra vez?” Fin del fragmento “¿Hija?

¡HIJA!” “La última princesa….

México” “¿Dijiste algo, hija?” La pelimorada negó.

Las luces de la gorra parpadearon en sincronía con sus pensamientos fragmentados.

“Ya voy, mamá.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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