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zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 -Un día como tantos
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2: -Un día como tantos 2: -Un día como tantos El sol aún no se asomaba del todo cuando mi madre adoptiva me empujó con su voz áspera desde la cocina.

—¡Apúrate, Zaria!

No quiero volver a verte sin esas manzanas.

Y no te atrevas a perder las monedas como la última vez.

Apurada, me puse mi vestido de lino gastado, el que me quedaba corto de mangas y con el dobladillo remendado más veces de las que podía contar.

Me peiné rápidamente y recogí la canasta de mimbre que colgaba detrás de la puerta.

Salí sin decir palabra…

El aire fresco golpeaba mi rostro de manera reconfortante.

Crucé el umbral de entrada y me aventuré camino al mercado.

La aldea aún estaba mojada por el rocío.

El suelo de piedra irregular crujía bajo mis pies.

A medida que me acercaba a mi destino, el bullicio de la aldea despertando se hacía más presente.

Estudiaba las cabañas alineadas, apretadas unas contra otras, como si se protegieran del viento.

Me gustaba desconectarme al salir de casa.

Como si el dolor y los malos momentos se desvanecieran, al menos por unos minutos.

Era “libre”.

Mi paso era silencioso, pero no pasaba desapercibida.

Nunca lo hacía.

Sentía cómo las miradas ajenas se fijaban en mí.

Siempre me miraban con ojos que brillaban entre la curiosidad…

y, a veces, podía ver un atisbo de miedo.

No entendía.

¿Quién podría temerme?

Si mi apariencia no podía generar más lástima de la que ya provocaba.

Me seguían con la mirada.

Algunos me evitaban como si llevara una peste invisible.

Otros bajaban la vista apenas se cruzaban con la mía.

¿Sería algo en mi apariencia?

¿Sería mi cabello negro como tinta, que caía hasta la cintura, o mi piel tan blanca que parecía de nieve?

Tal vez estos malditos ojos violetas… que me hacían diferente a cualquiera.

“¿Será que mis ojos son para seres maldecidos?”, pensaba mientras elegía las manzanas menos podridas del puesto.

“Seguramente es esta ropa vieja lo que me vuelve invisible y, al mismo tiempo, imposible de ignorar.” Las inseguridades me invadían cada vez que salía a lugares con demasiada gente.

Entonces, voces de una conversación entre dos jóvenes llegaron a mí mientras yo estaba de espaldas.

Espié de reojo, luego volví a lo que hacía.

Dos chicos, de entre dieciséis y dieciocho años, caminaban hombro con hombro, comentando con entusiasmo y sorpresa.

—¡Dice mi padre que están en la taberna!

Tal vez sean seis de ellos.

—¿Quiénes?

—preguntó el otro.

—¡Representantes de la manada Crescentia!

¿Qué creés que querrán por aquí?

¿Será que están reclutando miembros para su manada?

—No lo sé… La manada Crescentia es la más fuerte de las cuatro.

Tal vez estén de paso en una misión importante… pero sin dudas, me encantaría que me recluten.

Sería genial.

—También escuché que su futuro alfa, Licaon, el mayor de los dos herederos, está con ellos.

Se alejaron entre risas y entusiasmo, devolviéndome a mi realidad.

Pagué sin hablar.

Algo de curiosidad había resonado dentro de mí al escucharlos, pero volví por el camino empedrado con la canasta abrazada contra el pecho.

El clima había comenzado a cambiar, así que apuré el paso.

Las nubes empezaban a cubrir el cielo.

— Entonces los vi… Salían de la taberna.

Eran cuatro, tal vez cinco… No lo sé, no vi bien.

En ese momento, mi mirada se fundió con la de uno de ellos en particular.

Iba al frente del grupo.

Su cabello negro, espeso y salvaje, caía en ondas desordenadas sobre su frente, como una sombra viva que no podía domarse.

Sus ojos dorados brillaban incluso sin luz, tan intensos que parecía que la luna misma los había forjado.

Su tez era blanca, casi invernal, contrastando con la oscuridad de su cabello.

Pero lo que más intimidaba era su mandíbula afilada, perfectamente dibujada, como tallada con precisión de acero.

Una línea recta de poder.

De peligro.

Sus hombros anchos y su espalda firme hablaban de disciplina.

En ese instante, su mirada se clavó en la mía.

Parecía haberse percatado de mi presencia.

Un nudo se formó en mi estómago en el preciso momento en que me miró directo a los ojos.

Mi instinto, por reflejo, fue bajar la mirada.

Aceleré el paso, pero aún podía sentir el calor de su mirada en mi espalda.

Prácticamente corrí.

En algún momento, el tiempo pareció correr junto conmigo, porque ni siquiera me percaté de que había llegado a mi destino.

Llegué agitada.

Mi mente a mil millas por hora.

¿Qué era esto?

Ese sentimiento dentro de mí… Se sentía como remolinos en el estómago.

Al levantar la vista, me encontré frente a mi cabaña.

Y frente a una escena extraña.

En el umbral de la puerta estaba mi madre adoptiva… con un extraño.

—¡Zaria, hija mía!

—exclamó ella con una expresión completamente nueva para mí.

Irradiaba felicidad, como si sintiera amor por mí—.

Mientras se limpiaba las manos en su delantal sucio, atado a la cintura, continuó: —¿Conseguiste lo que te pedí?

Me sacó de mi aturdimiento.

—Ven, ven aquí, hermosa hija —dijo con una sonrisa perfectamente actuada.

Si no la conociera, hasta podría haberle creído el cuento.

Me acerqué con pasos cautelosos.

El hombre con el que hablaba me estudió meticulosamente de arriba abajo.

Su rostro, completamente neutro, no reflejaba emoción alguna.

“¿Quién será?

¿Vendrá a comprarme?

¿Estarán en problemas mis padres adoptivos?” Mi mente intentaba procesar la escena.

El hombre vestía un uniforme negro meticulosamente cuidado, botas de montar y una capa sujeta por un broche dorado en forma de lobo.

Eso me hizo sospechar que pertenecía a algún tipo de autoridad.

No parecía de por aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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