zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 24 Bajo el sol de Crescentia
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24: Bajo el sol de Crescentia 24: Bajo el sol de Crescentia Zaria despertó lentamente, como si el mundo hubiera decidido concederle una tregua.
La luz de la mañana se filtraba entre las cortinas de lino claro, acariciando su piel con un calor suave, distinto al de otros amaneceres.
Con una sensación extraña y nueva: plenitud.
Durante unos segundos se quedó inmóvil, respirando, escuchando el silencio vivo del castillo.
El canto lejano de algún ave, el murmullo del agua corriendo en los jardines, pasos suaves en corredores distantes.
Todo parecía real… y aun así, parte de ella dudaba.
Como si, al incorporarse, todo pudiera desvanecerse.
Giró apenas la cabeza.
Licaon ya no dormía a su lado.
—No estoy soñando… —susurró para sí.
Caminó descalza hasta el baño para refrescarse.
Luego vio el arcón junto a la ventana y lo abrió.
Dentro había vestidos preparados para distintas ocasiones.
Elegantes, sencillos, pensados para ella.
—Seguramente los dejaron Ruby o Lina —pensó, con una leve sonrisa, mientras tocaba las telas.
Eligió uno claro, de telas livianas, que caía con naturalidad sobre su cuerpo.
Lo acompañó con sandalias suaves y dejó su cabello suelto, apenas recogido a los costados.
Cuando se giró, Licaon ya estaba entrando por la puerta principal.
—Buenos días —dijo él, con una sonrisa que le calentó el pecho.
—Buenos días —respondió ella—.
¿Nadie te enseñó a tocar antes de entrar al cuarto de una señorita?
—preguntó con tono sarcástico y una leve sonrisa.
—Mmm… alguien se ve muy hermosa esta mañana —bromeó—.
Tengo noticias: mi madre quiere desayunar con nosotros en los jardines.
Zaria dudó un segundo.
—¿Tus padres?
—Sí.
Sin formalidades.
Solo… nosotros.
Aceptó.
No sabía por qué, pero la idea no la inquietaba.
Zaria quedó impresionada.
Jamás había visto algo tan bello.
Los jardines de Crescentia eran aún más hermosos a la luz del día.
Senderos de piedra clara serpenteaban entre rosales y árboles antiguos.
Fuentes de agua cristalina reflejaban el cielo, y el aire estaba impregnado de aromas frescos, verdes, vivos.
Una mesa había sido dispuesta bajo un gran árbol de hojas plateadas.
Aedric estaba de pie, observando el horizonte, mientras Maelis acomodaba unas flores en un jarrón sencillo.
—Zaria —saludó la luna Maelis al verla—.
Qué alegría verte esta mañana.
No hubo rigidez en su tono.
Solo calidez.
—Espero que hayas descansado bien —agregó el rey alfa, volviéndose hacia ella con una leve inclinación de cabeza.
—Mucho —respondió Zaria con sinceridad—.
Gracias por… todo.
Licaon retiró el asiento de la mesa y la invitó a sentarse.
Desayunaron con calma: pan tibio, frutas frescas, infusiones suaves.
Conversaron con la tranquilidad de los pacíficos jardines.
—Cuesta creer que esto sea real, ¿no, Keila?
—No me quejo.
Me gustaría algo de acción o salir a estirar las patas, pero te mereces esta paz, Zaria —respondió Keila en su mente.
Zaria notó cómo Maelis se sentaba un poco más cerca de ella, cómo su atención era discreta pero constante.
Aedric, en cambio, la observaba con una curiosidad medida, como quien evalúa sin juzgar.
—Licaon me contó algo de tu historia —dijo él en un momento—.
No todo, claro.
Pero lo suficiente para saber que eres fuerte.
Me alegra muchísimo que haya encontrado a su pareja.
Es un vínculo inquebrantable que los beneficia a ambos.
Zaria bajó la mirada un instante y se ruborizó.
—Muchísimas gracias… —La fuerza puede entrenarse —continuó Aedric—.
No solo la del cuerpo, también la del espíritu.
Si alguna vez deseas… puedo ayudarte.
No es una orden, es una oferta.
—Pues me gustaría —respondió ella tras un breve silencio.
Maelis sonrió, satisfecha, y posó una mano sobre la de Zaria.
—Aquí no estarás sola —dijo con suavidad—.
Sea cual sea el camino que elijas.
Zaria sintió un nudo en la garganta.
En un banco cercano, casi fuera de la escena principal, Lenna observaba.
Vestía tonos claros, acordes al día, pero su postura era rígida.
Educada.
Correcta.
Sus manos descansaban sobre su regazo, los dedos entrelazados con más fuerza de la necesaria.
Miraba a Zaria.
Luego a Maelis.
Luego a Licaon.
Y algo en su interior se tensaba.
Había soñado tantas veces con ese lugar.
Con esa cercanía.
Con esa escena.
Y ahora… alguien más ocupaba ese espacio sin siquiera buscarlo.
Cuando el desayuno concluyó, Licaon se levantó.
—Zaria, tengo asuntos que atender esta mañana —dijo—.
Regresaré más tarde.
¿Quieres acompañarme?
Zaria negó con suavidad.
—Está bien.
Creo que me quedaré descansando un poco —respondió.
—Pasea por los jardines —sugirió Maelis—.
Crescentia se muestra distinta según la hora.
Zaria lo hizo.
Se aventuró siguiendo el río.
Caminó sin rumbo fijo, dejando que el sol le calentara la piel, que el lugar la envolviera.
Sentía algo nuevo creciendo dentro de ella; se sentía parte de ese lugar.
Caminó hasta dar con un altar, una especie de templo, y contempló lo bello de las estatuas.
Una representaba la figura de una mujer hermosa, de cabello suelto, en brazos de una bestia con mezcla de lobo y humano.
Se alzaban en el centro de una plataforma de piedra, rodeadas de gruesas columnas.
Zaria ladeó la cabeza, como tratando de entender qué representaban.
A lo lejos, Lenna apareció en uno de los senderos.
Caminaba hacia ella.
—Licántropo —saludó, con una sonrisa correcta—.
Lenna.
La palabra la sorprendió, sacándola del trance.
Se quedaron frente a frente unos segundos.
El aire era amable, pero había una tensión invisible, como una cuerda estirada.
—El altar representa a la Madre Luna con la antigua raza de los licántropos —explicó Lenna—.
No hay muchos distribuidos.
Este es especial.
Contiene un lenguaje antiguo —añadió, señalando los símbolos en la roca.
—Me alegra que te sientas cómoda aquí —dijo finalmente—.
Crescentia puede ser… abrumadora para quienes llegan de afuera.
—Lo ha sido —admitió Zaria—.
Pero también… acogedora.
Lenna asintió.
—Sí.
Lo es.
—No lo sabía… es hermoso —respondió Zaria—.
Es hora de que regrese.
Gracias por la información, Lenna.
Pero cuando se dio vuelta para marcharse, Zaria sintió, sin comprender del todo, que no todos los silencios eran inofensivos.
Algo de Lenna no le gustaba.
—Rarita… ¿nos estaba siguiendo?
Puedo olerla.
Solo que estabas concentrada en las runas —murmuró Keila.
—Creo que yo también la olí, solo que sentí algo llamándome desde el altar… no lo sé, una sensación —respondió Zaria en su interior.
Al regresar a sus aposentos, Licaon la interceptó.
—Hola, ¿cómo ha estado tu tarde?
—Hermosa, gracias.
¿Me acompañas a mi habitación?
Creo que me perdería si lo intento sola —respondió riendo.
Las luces del castillo brillaban suaves.
Las risas lejanas.
El murmullo de un lugar que se preparaba para algo importante.
No sabía qué.
No aún.
Pero por primera vez, no tenía miedo de descubrirlo.
Y en algún punto del castillo, Lenna cerraba los ojos, consciente de que su mundo comenzaba a resquebrajarse… lentamente.
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