zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 24
- Inicio
- Todas las novelas
- zaria luna renacida de fuego y sangre
- Capítulo 24 - 25 Llamados en la penumbra
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
25: Llamados en la penumbra 25: Llamados en la penumbra La mañana empezó muy bien.
Zaria ya tenía casi una rutina.
Se levantó, se duchó y se vistió.
Se miró en el espejo y notó algo sutil pero perceptible: su cabello estaba más largo y su piel más pálida, aunque con una luz radiante.
Sintió una comezón bajo su pecho derecho, seguida de otra similar, pero le restó importancia.
La mañana avanzó entre despedidas formales y sonrisas medidas.
Los Alfas invitados volvía a su hogar.
Zaria caminaba junto a Licaon por el patio principal del castillo, observando cómo los alfas invitados se preparaban para partir.
Carruajes elegantes aguardaban alineados, estandartes de distintas regiones ondeaban suavemente con el viento, y los representantes se despedían con abrazos breves y palabras cuidadas.
Era una despedida de protocolo, de esas que se sienten importantes aunque no se celebren en voz alta.
—¿Estás bien?
—le preguntó Licaon en voz baja, inclinándose apenas hacia ella.
Zaria asintió.
—Sí.
Solo… es mucho.
Pero no en el mal sentido.
Él sonrió, orgulloso, como si esa respuesta le confirmara algo que ya sabía.
Se detuvieron frente a una pareja mayor, vestidos con tonos oscuros y joyas sobrias.
El hombre inclinó la cabeza hacia Licaon.
—Una velada memorable, príncipe.
Crescentia siempre sabe recibir.
—Es un honor —respondió Licaon con cortesía—.
Que el viaje de regreso sea seguro.
La mujer observó a Zaria con curiosidad tranquila.
—¿esta belleza es tu compañera?
Zaria abrió la boca, pero Licaon habló primero.
—Si Zaria, futura mi luna —dijo —.
Mi compañera.
Extrañamente, eso la hizo sentirse más segura que cualquier proclamación solemne, Licaon con ella era la persona mas amorosa y debota.
A medida que avanzaban, Zaria comenzó a notar algo.
Lenna no se había ido.
Estaba allí, siempre a unos pasos de distancia.
A veces conversando con algún invitado, otras simplemente observando.
Su sonrisa era correcta, impecable… pero sus ojos no descansaban nunca.
—¿Ella también se queda?
—preguntó Zaria en voz baja cuando quedaron solos un instante.
Licaon siguió caminando, sin mirarla, un poco incómodo.
—Sí , Amor su familia pertenece a Crescentia.
Siempre estuvo aquí, en el castillo.— Licaon notaba la incomodidad de Zaria, pero su corazón le pertenecía solo a ella.
Zaria no dijo nada más, pero Keila se removió en su interior.
—Cada dia me gusta menos —murmuró—.
Huele a intención.
Cuando el último carruaje cruzó el portón principal y el patio quedó en silencio, Licaon exhaló con cansancio.
—Listo.
Protocolo cumplido.
—¿Siempre es así?
—preguntó Zaria—.
¿Tan… controlado?
Él la miró de reojo, divertido.
—No siempre.
Pero cuando hay tantas regiones reunidas, conviene no dejar nada al azar.
Caminaron hacia una galería lateral, lejos de miradas curiosas.
El sol comenzaba a bajar, tiñendo de dorado las piedras antiguas.
—Zaria —dijo de pronto, deteniéndose—.
Hay cosas que no te conté.
Ella lo miró con atención, sin reproche.
Licaon se apoyó contra una columna.
—No fue por desconfianza.
Fue porque no quería abrumarte.
—Entonces decímelo ahora.
Él dudó un segundo.
—Mi cumpleaños es en veinte días.
No es solo una celebración… es importante.
—¿Oh?
¿Por qué?
—Porque marca un cambio.
Para mí.
Para Crescentia, es una ceremonia especial, no es como ninguna que hayas conocido seguramente.
Zaria frunció el ceño.
Algo se tensó en su mirada.
—Hay cosas que todavía no te he dicho, pero prometo decirte todo —dijo con suavidad—.
Confía en mí: no te ocultare nada, solo no quiero abrumarte.
Zaria respiró hondo y asintió.
—Está bien.
Confío.
Y lo hacía.
Aunque algo dentro de ella comenzaba a despertarse con una curiosidad distinta, más profunda.
Todo era muy enigmático.
●○●○●○●○● Esa noche, Crescentia se sumió en una calma extraña.
Zaria se encontraba en sus aposentos cuando alguien llamó a la puerta.
—¿Sí?
Lenna entró se asomo sin esperar respuesta.
Vestía ropa cómoda, y el cabello recogido de forma práctica.
—Espero no interrumpir —dijo—.
Pensé que quizá querrías despejarte un poco.
Zaria ladeó la cabeza.
—¿Despejarme?
—El bosque —explicó Lenna—.
De noche es distinto.
Tranquilo.
Hay senderos seguros.
Yo solía ir cuando necesitaba pensar.
Quería invitarte para compartir un momento de charla… ya sabes, temas de mujeres.
Keila gruñó suavemente en su interior.
—No me gusta esta tipa.
Pero Zaria sintió otra cosa.
Una llamada sutil, parecida a la del altar.
—Está bien —respondió, sorprendiendo incluso a sí misma—.
Un rato.
Zaria ya no era la chica sumisa.
Ni ella ni Keila.
Ante cualquier ataque, sabrían defenderse.
Además, en el fondo, Zaria quería darle una oportunidad.
Salieron sin aviso.
Zaria se puso ropa cómoda y zapatillas acordes.
Caminaron juntas entre los árboles, la luna filtrándose entre las ramas.
El bosque respiraba, vivo, antiguo.
—Debes sentirte afortunada —dijo Lenna, rompiendo el silencio—.
Llegar así… y ocupar un lugar tan importante.
—Pues nunca pensé en buscarlo —respondió Zaria con honestidad.
—Claro —sonrió Lenna—.
Las cosas importantes nunca se buscan, ¿no?
El sendero se volvió menos claro.
—Por aquí —indicó Lenna, girando.
—No reconozco este camino —dijo Zaria.
—Es normal.
El bosque cambia de noche.
Avanzaron.
Demasiado.
De pronto, Lenna se detuvo.
—Creo que por aquí nos separamos —dijo—.
Necesito regresar, olvidé algo importante.
Si no vuelvo en treinta minutos, regresa por tu cuenta.
—¿Qué?
—Zaria frunció el ceño—.
Dijiste que… —Confía —respondió Lenna, retrocediendo—.
El castillo está al norte.
Y se fue.
El silencio cayó pesado.
—Nos dejó —dijo Keila—.
A propósito.
Zaria respiró hondo.
El miedo intentó aflorar, pero fue reemplazado por algo más fuerte: el instinto.
Transcurrieron alrededor de dos horas.
—No volverá.
¿Qué clase de broma infantil quiso jugarnos?
—gruñó Keila.
Zaria, que se encontraba sentada en el suelo esperando, se levantó y se sacudió los pantalones.
—No lo sé, pero creo que no tuvo en cuenta que no soy una niña asustadiza.
—No iremos al norte —murmuró—.
Hacia allí.
Caminó siguiendo una sensación familiar, cerca de quince minutos.
Unas ruinas aparecieron ante ella, cubiertas de musgo y símbolos estiro su mano y mientras tocaba los relieves perfectamente tallados precisión , sentia como la curiosidad la envolvia.
—Sabía que alguien venia.
La voz masculina la sobresaltó, por la sorpresa.
—Pero no imagine que sería un ser tan hermoso.
Un hombre estaba allí, parado sobre una losa de piedra, con pergaminos y herramientas.
Alto.
De rasgos marcados.
Ojos verdes como los pinos del bosque pero tan claros que parecían leerla con facilidad.
Últimamente Zaria estaba comenzando a dudar de sus sentidos de lobo, al parecer le fallaban en las situaciones mas necesarias.
—¿Quién eres?
—preguntó Zaria, a la defensiva.
Él sonrió apenas.
—Alguien que estudia lo que otros prefieren olvidar.
Se aproximo.
La luna iluminó su rostro.
Guapo de una forma peligrosa.
Tranquila.
—No deberías estar sola aquí —añadió.
—No lo estaba… hasta que lo estuve —respondió, recordando la escena de abandono.
Él arqueó una ceja.
—Entonces llegué justo a tiempo.
Zaria lo observó, el corazón le dio un salto.
—¿Cómo sabías que alguien vendría?
El hombre miró las runas.
—Porque ellas llaman a los suyos— Algo en su tono de voz hizo que todo, absolutamente todo, se moviera dentro de ella.
Había algo en él que le resultaba familiar… pero no sabía qué.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com