zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 25
- Inicio
- Todas las novelas
- zaria luna renacida de fuego y sangre
- Capítulo 25 - 26 Un extraño
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: Un extraño 26: Un extraño —No pises ahí —dijo él en voz baja—.
La tierra cede.
Zaria bajó la mirada justo a tiempo para ver cómo el suelo se hundía apenas bajo la bota de él.
Cambió el paso sin discutir.
—Caminás como si el bosque fuera tu casa —comentó.
—Lo fue —respondió—.
Durante mucho tiempo.
Eso le recorrió la piel como un soplo frío.
Keila se encontraba atenta a cualquier movimiento.
—Al parecer sabe lo que hace —murmuró.
Zaria tragó saliva.
El bosque ya no se sentía igual.
Después de las ruinas, todo estaba más nítido.
El crujido de las hojas, la humedad pegándose a su cuello, los olores superpuestos.
Vida.
Savia.
Piedra.
Los sentidos de Zaria más agudizados.
—¿Cómo conocés el camino con tanta exactitud?
—preguntó.
—El bosque siempre deja marcas —dijo sin mirarla—.
Hay que saber leerlas.
Caminaron en silencio unos instantes.
Él no apuraba el paso, pero estaba siempre lo suficientemente cerca como para que Zaria sintiera su presencia constante y su mirada quemando.
—Ya estamos saliendo —dijo al fin.
La luna clareaba entre los troncos.
Más adelante, el límite del bosque.
Después, los terrenos vigilados.
—Ahí termina —señaló—.
Más allá, ya no necesitás un guía.
Zaria se detuvo.
Algo en su pecho se tensó.
No quería que ese momento se cerrara tan rápido sin antes preguntarle su nombre.
—Gracias… no te pregunté tu nomb… —dijo, girándose.
No terminó la frase.
Él también se había detenido.
Demasiado cerca.
Zaria se encontró con el rostro del extraño de frente.
Inspiró… y el aire se le quedó atrapado en el pecho.
Calor.
Respiración.
Un olor intenso, profundo, imposible de asociar a algo conocido.
Sus ojos claros la miraban sin disimulo.
No era una mirada suave.
Era una mirada de depredador.
—Tenés que ser más cuidadosa la próxima vez —dijo en voz baja—.
No todos los que invitan al bosque quieren compañía.
Zaria sostuvo su mirada.
Sentía el pulso en la garganta.
—No me asusto fácil.
—Eso es lo que me preocupa.
Keila erizó el lomo dentro de ella.
—Si se acerca más… no sé si huir o morder.
Por un instante, Zaria creyó que él iba a tocarla.
No lo hizo.
Dio un paso atrás.
El aire se aflojó de golpe.
—Volvé al castillo —dijo—.
Ya deben estar buscándote.
—¿Cómo lo sabés?
Una sombra cruzó su expresión.
—Porque nadie como vos desaparece sin levantar alarmas.
Se dio vuelta.
Zaria habló antes de pensarlo.
—Esperá, no me has dicho tu nombre.
Él se detuvo, de espaldas.
—La próxima —respondió.
Alzó una mano sin girarse y se internó entre los árboles.
Zaria quedó quieta.
El corazón le latía demasiado fuerte.
Entonces lo sintió.
Un aroma.
Familiar.
Punzante.
Keila reaccionó de inmediato.
—Ese olor… Licaon…
Zaria cerró los ojos un segundo.
—Sí, es él.
Vamos.
Los pelos se le erizaron en los brazos.
No quiso pensarlo.
Empezó a caminar.
No había dado diez pasos cuando la voz la atravesó.
—¡Zaria!
Licaon emergió entre los árboles con varios guerreros detrás.
Su sola presencia cargó el aire.
Estaba rígido.
Tenso.
Peligrosamente enfocado.
En el segundo en que la vio, cruzó la distancia y le tomó los brazos.
—¿Estás bien?
—dijo, recorriéndola con la mirada—.
¿Estás herida?
¡Estos bosques no son seguros en la noche, Zaria!
—No —respondió—.
Estoy bien.
—No estabas en tus aposentos.
Su voz era baja.
Contenida.
—Movilicé a medio castillo.
Zaria abrió los ojos.
—Licaon… Él se interrumpió.
Inhaló.
Despacio.
Otra vez.
Su cuerpo se tensó como un arco, su mirada fija tras los hombros de Zaria hacia el bosque.
—¿Qué pasa?
—preguntó ella.
—Nada —dijo demasiado rápido—.
Volvamos.
Pero Zaria lo sentía.
Cada músculo suyo estaba en guardia.
—Lenna me invitó a salir —empezó a contar—.
Caminamos un poco… después se fue.
Me quedé sola.
Licaon se detuvo en seco.
—¿Te dejó sola?
—Sí.
Pero no pasó nada.
Me encontré con alguien que me ayudó a salir.
—¿Alguien?
—Un hombre.
Estaba estudiando unas ruinas.
Licaon aspiró otra vez.
Sus puños se cerraron.
—¿Cómo era?
—Alto.
Ojos claros.
Extraño.
Keila se estremeció.
—Huele a él —susurró—.
Está en ella —pensó Fen para Licaon.
Zaria no entendía, pero el cambio en Licaon era imposible de ignorar.
—¿Qué estás oliendo?
—le preguntó en voz baja.
Él no respondió.
Aceleró el paso.
Al cruzar las puertas del castillo, Lenna apareció corriendo.
—¡Zaria!
—exclamó—.
Estaba tan preocupada.
Pensé que algo te había pasado.
Su voz temblaba.
Su rostro, pálido.
La escena era perfecta.
Licaon no entró en el juego.
—¿Te parece apropiado invitarla al bosque de noche y dejarla sola?
—rugió.
Lenna retrocedió un paso.
—Yo… solo fui un momento… —La abandonaste —dijo él—.
¿Tenés idea de lo que hay ahí afuera?
¡Vos lo sabés bien, Lenna!
—Licaon —intervino Zaria, sujetándole el brazo—.
Basta.
Estoy bien.
Él respiraba agitado.
Pero no era solo ira, había algo más.
—No vuelve a pasar —dijo finalmente, sin apartar la mirada de Lenna.
—Lo siento —murmuró ella—.
No fue mi intención.
Zaria asintió.
Pero por dentro, algo no encajaba.
Cuando quedaron solos, Zaria lo miró.
—Estabas alterado antes de verme.
Licaon apretó la mandíbula.
—Desapareciste.
—Y olías algo —insistió—.
Lo sentí.
Él se quedó quieto.
—¿Qué olías?
Pasaron unos segundos.
Licaon negó con la cabeza.
La atrajo contra su pecho.
La sostuvo con más fuerza de la necesaria.
Como si temiera que volviera a desvanecerse.
—Prometeme que no vas a volver al bosque sola.
Zaria cerró los ojos.
—Te lo prometo.
Keila no se relajó.
—Algo se está pasando —dijo—.
Tenemos que averiguarlo.
Y mientras Zaria se acomodaba contra Licaon, una certeza silenciosa se asentaba en su interior: el bosque no había terminado con ella.
Los altares, las ruinas, habían despertado algo en ella.
Lo sentía correr por las venas, al igual que Keila.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com