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zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 27 Ecos bajo la piel
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27: Ecos bajo la piel 27: Ecos bajo la piel Zaria despertó antes de abrir los ojos.

No por la luz.

Por los sonidos.

Demasiados.

Respiraciones lejanas.

Pasos en los corredores.

El roce de una cortina.

El crujido mínimo de la madera.

Su propio latido… y otros.

Muchos otros.

Su pecho subía y bajaba con rapidez.

—Keila… —susurró.

—Parece que desperté antes que tú.

Todo es tan abrumador —respondió dentro de ella—.

Esto no es normal.

Algo cambió.

Zaria abrió los ojos.

La habitación seguía siendo la misma: las sábanas de seda, la piedra, el fuego dormido en la chimenea.

Pero ella no.

Todo era más nítido.

Demasiado.

Giró la cabeza y el movimiento la mareó.

No por debilidad.

Por exceso.

—Puedo oír el agua de la fuente del patio —murmuró—.

Keila se tensó en su interior.

—Tus sentidos se han abierto más… ¿qué está pasando?

Creo que esto no es normal, ni siquiera para mí.

Zaria se incorporó con cuidado.

El roce de las sábanas contra su piel le provocó un estremecimiento extraño, casi eléctrico.

Llevó una mano a su costado… y se detuvo.

Había picazón.

Justo debajo del pecho derecho.

Persistente.

Frunció el ceño y apartó la tela.

Luego se incorporó frente al espejo.

—Keila… Sobre su piel, apenas visible, como dibujada desde dentro, había una marca.

Una media luna.

Pálida.

Suave.

Pero real.

Zaria pasó los dedos por ella.

Un calor leve respondió a su contacto.

—Eso no estaba ahí —susurró.

—No —dijo Keila—.

Y no me agrada que haya aparecido ahora.

Se quedó inmóvil.

No era solo la marca.

Su piel parecía más luminosa.

Sus rasgos, más definidos.

Sus labios, más rojos.

Sus ojos… Se inclinó hacia el reflejo.

El violeta seguía ahí.

Pero ahora había algo más.

Un brillo azulado, cristalino, como si la luz se quebrara dentro de ellos.

—No me veo igual.

Keila la observó en silencio.

—No eres igual.

Zaria apoyó las manos sobre el mármol.

La imagen del bosque la atravesó.

Las ruinas.

La piedra.

El altar.

El calor.

Sacudió la cabeza.

—Necesito respuestas.

—Entonces busquémoslas —respondió Keila.

Zaria se vistió sin llamar a nadie.

Cada hebilla, cada tela, cada paso… todo sonaba demasiado fuerte.

Al salir al pasillo, se detuvo en seco.

Una voz.

Grave.

Tensa.

Venía del despacho del alfa.

—…no me mientas.

El pulso de Zaria se aceleró.

Dio un paso.

Luego otro.

No quería escuchar.

Pero su cuerpo escuchaba solo.

—No te estoy mintiendo, hijo —respondió otra voz, más profunda—.

Esto no tiene importancia.

Zaria reconoció al padre de Licaon.

Aedric.

Se acercó al muro.

—Lo olí —dijo Licaon, bajo, afilado—.

Estaba ahí.

En el bosque.

En ella.

Zaria contuvo el aliento.

—Sabes cómo está obsesionado con esas historias —dijo Aedric—.

Siempre lo estuvo.

—No son historias.

Reconocí su aroma… —se interrumpió—.

Lo conozco.

Un silencio pesado.

—No quería abrumarlos —dijo al fin Aedric—.

Ni a ti ni a tu compañera.

Es mejor decir que estaba de viaje.

Puede desaparecer semanas enteras en esos bosques.

Un frío recorrió la espalda de Zaria.

—¿De viaje?

—repitió Licaon—.

¿Eso es todo lo que ibas a decirme?

Pronto será mi cumpleaños número veinte, sabes lo que significa… Zaria retrocedió sin querer.

Su pie rozó una mesa de apoyo que sostenía un jarrón de cerámica, y este se tambaleó.

El sonido fue mínimo.

Pero Licaon calló.

Zaria no esperó.

Se giró y se alejó, con el corazón golpeándole las costillas.

—Hablaban del hombre —susurró.

—O de alguien más —respondió Keila—.

De alguien que conocían.

Zaria se internó en un corredor lateral y apoyó la espalda contra el muro.

Respiró.

Una idea se abrió paso.

—Tenemos que buscar una biblioteca.

No podemos volver al bosque con ese hombre ahí… y necesito saber más de esos altares.

—Sí.

Pienso igual.

Zaria comenzó su búsqueda, pero no tardó en encontrarse con Licaon.

Se detuvo al verla.

Sus ojos recorrieron su rostro, como si buscaran algo.

Y lo encontraron.

—Zaria… Ella notó la tensión.

Y algo más.

Algo profundo.

—¿Estás bien?

¿Despertaste temprano?

—preguntó él.

—Eso iba a preguntarte yo.

Licaon dudó.

—Sí.

Solo… asuntos del clan.

Zaria lo observó sin parpadear, esperando mas.

—Está bien.

Puedes contarme.

Su mandíbula se tensó apenas.

—Pude escuchar algo de lo que hablaban —añadió ella.

—Claro que escuchaste ,debí suponer que habías sido tu —murmuró—.

Ya no ocultas nada.

A veces me sorprende cuánto ha crecido tu personalidad… no me malinterpretes, me gusta esta Zaria.

Zaria dio un paso más cerca.

—Licaon, ¿puedo preguntarte algo?

¿Hay una biblioteca aquí?

Parpadeó, sorprendido de que Zaria no pidiera explicaciones sobre la discusión que había escuchado.

—Sí.

En la gran sala norte.

¿Por qué lo preguntas?

—Quiero ir —Zaria necesitaba respuestas urgentes.

Se sentía muy abrumada con sus sentidos extremadamente agudizados.

—¿Ahora?

—Ahora.

Licaon la miró durante un segundo largo.

—Está bien.

Ven.

Caminaron en silencio.

Zaria sentía el castillo entero.

Cada vida dentro.

Cada movimiento.

—Algo cambió en mí —dijo de pronto.

Licaon la miró de reojo.

—Lo puedo notar.

—No.

Tú lo percibes.

No es lo mismo.

Se detuvo, todo es demasiado..

ya no puedo soportarlo.

Los sonidos, los aroma todo esta multiplicado por cien.

Le tomó la mano.

—Hay algo distinto en ti desde que volviste del bosque…puedo sentirlo no solo en tu apariencia, debe ser algo relacionado con aquella pelea en el viaje y esa forma que adoptaste.

Zaria tragó saliva.

—Me encontré esto.

Es una marca.

Antes no estaba aquí —expuso su piel.

Los ojos de Licaon descendieron de forma instintiva.

.

Ella apartó un poco el vestido y se la mostró.

La respiración de Licaon se quebró.

—Eso es… —¿Qué es?

—insistió.

Levantó la vista.

—Una marca de vinculación… Zaria sostuvo su mirada.

—Antes de ir a la biblioteca, debes acompañarme.

Tenemos que ver a alguien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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