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zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 – El bosque el río y el lobo de ojos dorados
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3: – El bosque, el río y el lobo de ojos dorados 3: – El bosque, el río y el lobo de ojos dorados Entré sin que me lo pidieran dos veces.

La cabaña parecía ahogar sus propias paredes bajo el peso de la miseria acumulada.

Al cruzar la puerta, la cerré y me quedé unos segundos apoyada contra la madera, con la espalda rígida y el corazón latiéndome en la garganta.

La voz que se oía del otro lado no tenía el tono áspero de los hombres del pueblo.

Era distinta.

Grave.

Serena.

Me escabullí hasta el rincón y comencé a fregar la loza, con las manos enrojecidas por el agua helada.

Fingía concentración, pero intentaba escuchar.

Solo lograba captar fragmentos sueltos, palabras inconexas que no alcanzaban a formar sentido.

Veinte minutos después, la puerta se cerró con un golpe seco.

El silencio se volvió denso, casi sofocante.

Mi madrastra entró arrastrando los pies, con esa sonrisa torcida que usaba cuando se sentía poderosa.

—Zaria —canturreó, como si saboreara una broma privada—.

Tenés que ponerte linda esta noche.

Estás a punto de cambiar tu vida.

Me volví despacio.

Las manos húmedas y entumecidas me temblaban.

—¿Qué…?

—pregunté en voz baja.

Ella rió.

Una carcajada seca, carente de toda ternura.

—¿Sabés quién era ese hombre?

—dijo, acercándose—.

Es el beta de una de las manadas más poderosas del continente.

Representa al príncipe Lucien.

Hizo una pausa calculada.

—Y vino por vos.

Sentí que algo en mi pecho se encogía.

—¿Por… mí?

—logré articular.

—Sí, flor de criatura —susurró, quedando a medio paso de mi rostro—.

Para el harén del príncipe.

Te vendí.

Les gustan las rarezas.

Vas a ser su entretenimiento… un capricho, un juguete exótico.

Se inclinó hacia mí, como si me confiara un secreto inmundo.

—Dicen que es despiadado con sus juguetes.

Por eso siempre busca nuevos.

Lo que te pase después… bueno, ya no será asunto mío.

Pronto vas a ser mayor, y ya no habrá compromiso que me ate a vos.

Me ardieron los ojos, pero no lloré.

No iba a darle ese gusto.

Giró sobre sus talones y desapareció por el pasillo, murmurando algo acerca de preparar ropa “más decente”.

Pero yo… yo ya lo sabía.

Tenía que escapar.

Esa noche, la luna llena se alzó en el cielo como un ojo antiguo, observándolo todo.

Esperé a que no se oyera un solo ruido.

Cuando estuve segura de que todos dormían, me escabullí fuera de la cabaña.

Me moví en silencio, cada paso medido, cada crujido contenido como un secreto.

Por favor… Madre Luna… hacé un milagro… salvame, rogué en silencio.

Apenas crucé el límite del bosque, el aire cambió.

La paz me envolvió de inmediato.

Olía a pino fresco, a flores silvestres, a agua clara.

Las luciérnagas danzaban entre los árboles como pequeñas estrellas vivas.

No me sentía sola.

El río apareció ante mí, majestuoso, como un espejo plateado.

La luna se reflejaba en su superficie, serena, solemne, como una reina dormida.

Me desnudé en silencio y dejé la ropa sobre una roca.

La brisa nocturna me erizó la piel, pero el agua… el agua estaba tibia.

Viva.

Me sumergí y recé en voz baja.

—Luna Madre… si existís… si estás ahí… ayudame.

Entonces lo sentí.

No estaba sola.

Una presencia imponente emergió entre los árboles.

Ajusté la vista… y lo vi.

Un lobo negro.

Inmenso.

Poderoso.

Tan alto que parecía rozar los dos metros.

Sus ojos dorados brillaban con una intensidad sobrehumana, fijos en mí.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza descontrolada.

¿Quién es?

¿Un renegado?

No… tranquila… tal vez esté en su primer cambio, intenté convencerme.

Quise retroceder, pero el agua me rodeaba.

No parecía hostil… aunque tampoco quería comprobarlo.

El lobo dio un paso adelante.

Y, ante mis ojos, comenzó a transformarse.

Su cuerpo se reconfiguró como si la carne obedeciera a un arte antiguo.

Cuando el proceso terminó, frente a mí estaba el hombre más hermoso que había visto jamás.

Desnudo, bajo la luz de la luna.

Esta delineaba cada trazo de su cuerpo fuerte, su pecho amplio, la piel blanca marcada por cicatrices apenas visibles.

Su cabello negro caía en mechones húmedos alrededor de su rostro.

Y sus ojos… esos mismos ojos dorados.

¿El soldado de la taberna…?

¿Me siguió?

Me cubrí instintivamente el pecho con los brazos.

Por suerte, la profundidad del río ocultaba el resto.

Él me observaba con calma, sin descaro, con algo que rozaba la devoción.

Alzó ambas manos, en señal de paz.

—¿Puedo?

—preguntó con voz grave, señalando el río.

No esperó respuesta.

Entró al agua.

El líquido se onduló a su alrededor como si lo reconociera, mientras se acercaba despacio.

—No tengas miedo —murmuró—.

Tranquila.

No muerdo.

Busqué con la mirada alguna vía de escape.

—¿Cómo te llamás?

—preguntó—.

¿Vivís por acá?

—Za… Zaria —respondí, maldiciéndome por tartamudear—.

Quedate ahí.

¿Y vos quién sos?

—Hermoso nombre —dijo, con una sonrisa ladeada—.

No voy a tocarte.

Solo quiero hablar… a menos que vos quieras otra cosa.

—¿Vivís cerca?

—insistí, intentando sonar firme.

—En la primera cabaña, saliendo del límite —respondí, alzando la voz para disimular el nerviosismo.

Aun así, me ruboricé y me hundí un poco más en el agua.

—Estoy de paso, por trabajo.

Me encanta esta zona… hay algo mágico en estos árboles.

Perdón si te asusté.

Solo buscaba un poco de paz… y te vi.

Hizo una pausa.

—Te vi esta mañana.

La chica de la canasta… Tenés unos ojos hermosos.

—Sí… yo también te vi —susurré.

No me había dado cuenta de cuán cerca estaba.

Podía sentir el calor de su aliento en mi rostro.

Y entonces, en el momento menos oportuno, sucedió.

Un ardor violento se encendió en mi pecho.

Me doblé sobre mí misma.

El dolor me atravesó como un rayo.

—¡Zaria!

—gritó él, sujetándome con fuerza mientras me llevaba hasta la orilla.

Mi cuerpo comenzó a transformarse.

Sentí mis huesos crujir, mi alma partirse… y recomponerse.

Entonces, una voz emergió desde lo más profundo de mi conciencia: “Zaria… mi pequeña y fuerte niña.

Ya no estarás sola.

Nunca más.

Juro protegernos, porque desde hoy somos una.

Mi nombre es Keila.” Ante mí, reflejada en el agua, estaba ella.

Blanca como la luna, de pelaje espeso y frondoso.

Tan inmensa que igualaba al lobo negro que me observaba.

Sus ojos violetas resplandecían como dos lunas pequeñas.

Mi loba… Había llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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