zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 32
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Capítulo 32: Donde la luna toca la tierra
Zaria estaba acostada en su cama, mirando el techo de piedra clara. Las sombras danzaban suaves, movidas por la luz lunar que entraba por el balcón abierto.
—No entiendo… —susurró.
—Eso no es nuevo para nosotras —respondió Keila desde su interior.
Zaria dejó escapar una exhalación lenta.
—Todos parecen saber más sobre lo que soy que yo… o puedo llegar a ser. Einar. Aedric. Incluso Licaon. Y yo… yo viví toda mi vida creyendo que era algo que no era.
—Vivimos engañadas, yo tampoco creo ser un “espíritu”, me veo y me siento lobo —corrigió Keila con dureza y frustración. Aunque debo confesar que esos templos nos han cambiado un poco.
Zaria cerró los ojos.
—¿Cómo se supone que sostenga algo que ni siquiera entiendo? ¿Cómo haremos?
Keila gimoteó y compartieron la angustia.
Por un momento solo existió el murmullo lejano del castillo y el pulso de la marca.
Entonces sonaron unos golpes suaves en la puerta.
—¿Permiso? ¿Puedo pasar? —dijo una voz grave.
La puerta se entreabrió apenas y el rostro de Licaon apareció en la rendija.
—Sí… está bien… adelante.
Licaon entró despacio. La miró un segundo más de lo necesario.
—Mi padre pidió que te alistes. Vamos a salir correremos para prepararte un entrenamiento adecuado, ¿recuerdas?
Zaria parpadeó.
—¿Ahora… qué hora es? —Zaria había perdido la noción del tiempo, hundida en sus pensamientos.
—Ya es la hora, mi pequeña luna. Mi madre ya está preparada. Kael también. Iremos al bosque del castillo, es más seguro.
Algo dentro de Zaria se acomodó.
—Está bien…
Cuando Licaon se dio vuelta para salir, Keila murmuró:
—Zaria, si hay templos tal vez encontremos respuestas.
Zaria se quedó inmóvil.
—Licaon… ¿hay templos cerca de donde vamos a correr?
El aire cambió.
—No… no los hay —respondió él—. Esa zona está prohibida para ti por un tiempo. Prométeme que no te acercarás sin mí.
—¿Por qué?
Sus ojos se oscurecieron.
—Porque más allá de esos límites el bosque no es territorio pleno ni controlado de la manada. No quiero que te acerques, por favor, prométemelo.
Zaria lo observó. Había algo más.
—Está bien…
—Te espero en el hall —Licaon tomó sus manos y le dijo con ternura.
Cuando salió, Zaria apoyó una mano en su pecho.
—Necesito investigar por mi cuenta, Keila.
Estoy cansada de que me digan lo que soy o no soy.
Keila asintió en acuerdo.
Se preparó rápido y bajó las escaleras. Licaon la esperaba. A su lado estaban Kael y su hija. Lenna tenía los ojos brillantes.
—Convencí a papá —dijo sonriendo.
—Es terca —murmuró Kael.
Licaon se giró al percibir el aroma de Zaria y su porte y fachada seria, digna de la realeza se desmoronó; al verla extendió su mano esperando su llegada.
—Mi luna —agregó Licaon.
La mirada y el temple de Lenna cambiaron al instante.
Unos pasos firmes resonaron detrás, robándose la atención todo giraron. Aedric apareció, acompañado por la madre de Licaon, una mujer de mirada profunda y presencia serena.
—¿Listos? —preguntó.
Todos asintieron.
—Siganme—ordeno.
Cruzaron el castillo hasta una gran puerta trasera. Al abrirse, el aire cambió. Caminaron por senderos hasta que la piedra se volvió tierra húmeda. El bosque se alzó ante ellos: árboles inmensos, se oían cascadas a la distancia, la luna se alzaba en lo alto iluminando el bosque y luciérnagas flotando como estrellas bajas.
—Este bosque está protegido, es seguro —dijo Aedric—. Aquí la tierra aún es antigua.
Como sabrán se avecinan tiempos difíciles así que estamos aquí para evaluar la destreza y poder planificar planes de entrenamientos adecuados.
Llegaron a un claro amplio.
—Quiero ver cómo se desenvuelve Zaria en terreno —explicó—. ¿Todos listos? —se posicionó frente a ellos a una breve distancia.
Zaria asintió. Licaon estaba más cerca.
Entonces Aedric comenzó a transformarse.
Sus huesos se alargaron. Los músculos se expandieron. El cuerpo se elevó. Pelaje marrón oscuro cubrió su piel. Se irguió sobre dos patas, gigantesco, poderoso, con brazos y piernas casi humanos, garras tan largas y afiladas que intimidaban, pero su rostro… era de lobo. El alfa de los alfas.
Un aullido que estremecía la noche y sacudía la vida del bosque resonó.
Zaria había dejado de respirar, sus ojos redondos brillaban entre insegura y sorpresa.
—¿Sorprendida? —murmuró Licaon, con esa sonrisa pícara.
—Mucho…
—No me da miedo, pero lo respeto por alfa —dijo Keila.
—Ahora voy yo —cortó el espectáculo Licaon.
Fen emergió, negro medianoche, majestuoso. Emocionado por tener a Zaria cerca y ver a Keila, hizo un poco de barullo y se posicionó al lado de su padre.
Lenna dejó salir a su loba cobriza. Kael a du lobo gris y la madre de Licaon, a su loba color claro beige con collar negro.
Todos habían tomado su forma de lobo; en grupo el único que sobresalía en tamaño era Licaon, pero su padre aún sobresalía más. Todos gimotearon e inclinaron la cabeza ante Aedric.
Zaria quedó sola,la manada estaba expectante, esperando ver la loba de Zaria, más aún Fen.
—Ya verán, es hermosa como la luna misma —Espetó orgulloso.
—Bueno… ok…mi turno.
Cerró los ojos.con un poco de nostalgia y angustia las 2 veces que había dejado salir a su loba algo salio mal.
Pero reunión las fuerzas.
—¿Lista, Keila?
—Siempre.
El calor la recorrió. Sus huesos se reacomodaron. Esta vez no hubo dolor alguno, sentía seguridad. Su piel comenzó a cambiar por pelaje.
El espectáculo lo dio la luz lunar, que parecía ser atraída por la transformación de Zaria, envolviéndola mágicamente.
Un lobo de pelaje blanco puro, casi plateado reflejando la luz, emergió bajo la luna. Sus ojos violetas brillaban. Esta vez había algo diferente: sus ojos contenían un aro azulado y su tamaño era aún más grande.
El bosque pareció contener la respiración. Las luciérnagas se acercaron. La tierra tuvo un leve vibrar.
Incluso Aedric tensó el cuerpo.
Keila se levantó elevo su cuello inflando el pecho y dio un paso. Luego otro. No bajó la cabeza era su personalidad Keila jamás bajaría la cabeza ante nadie.
Y la luna…
pareció inclinarse un poco más.
Y muy lejos, donde el bosque estaba prohibido…
algo abrió los ojos, despertando junto con Ella.
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