zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 -El camino
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7: -El camino 7: -El camino La oscuridad comenzaba a caer como un manto espeso, tiñendo el cielo de un azul profundo y dejando escapar el primer aliento de niebla entre los árboles.
Luciérnagas adornaban los costados del sendero, como pequeñas almas errantes iluminando el camino.
El carruaje se detuvo en una zona que se suponía segura, custodiada por guerreros atentos y en perfecta formación.
Licaon descendió primero.
Su cuerpo alto y tenso parecía aún más imponente bajo la escasa luz de la luna.
—Formen un perímetro —ordenó, con voz firme y grave—.
Fogata al centro.
Quiero comida caliente en media hora.
Nadie baja la guardia.
Los soldados obedecieron al instante, como piezas de un engranaje perfectamente aceitado.
Sabían que estaban en territorio desconocido, una región del continente donde los mapas se difuminaban y la magia antigua aún caminaba entre los árboles.
Licaon no delegó su vigilancia.
Sus ojos dorados permanecían fijos en el carruaje donde descansaba ella.
Zaria.
Envuelta aun en su abrigo grueso y suave, de piel no dormía.
Aunque su cuerpo lo pedía a gritos, su mente era una tormenta sin tregua.
Observaba por la pequeña ventana de madera el movimiento del campamento, pero sobre todo… a él.
Ese hombre de mirada intensa que caminaba como si el mundo le perteneciera.
Se debatía entre huir o atacar.
Pensaba en él.
En si respetaría el vínculo.
Sabía que lo había sentido… igual que ella.
—Debe ser el príncipe del que hablaban —murmuró para sí, apretando la manta contra su pecho—.
Me compró como si fuera una criatura rara de colección.
Como un trofeo.
Y, sin embargo, algo no encajaba.
Ni siquiera le había alzado la voz desde aquel encuentro en el río.
Había fuego en él, sí… pero no era un fuego destinado a consumirla, sino a resguardarla.
Un golpe suave en la parte trasera del carruaje la sacó de sus pensamientos.
Kael, el beta de Crescentia, aguardaba afuera.
Era un hombre corpulento, cabello rojo , presencia firme pero serena, con ojos de halcón y una voz respetuosa.
— Disculpe la molestia ¿Puedo pasar?
Zaria no respondió.
Kael abrió la puerta con cuidado y avanzó solo un paso, sin cruzar límites invisibles.
—Mi señora… —dijo, inclinando la cabeza—.
No deseo incomodarla.
Sé que ayer por la mañana estuve en su casa, debe tener dudas al respecto, hay algo que debo informarle, ya que le debo lealtad a Licaon y este tema le involucra.
Ella lo miró en silencio.
—El príncipe Lucien… —continuó Kael—.
El hermano menor de Licaon.
Fue él quien envió emisarios tras los rumores sobre su misma existencia.
Quería comprarla.
El mundo de Zaria pareció detenerse.
Su piel palideció.
—¿Y quién me trajo aquí?
—susurró.
—Licaon.
El heredero hermano mayor de Lucien —respondió Kael con suavidad—.
Se adelantó.
No por capricho… sino porque algo en ti lo llamó.
Mi encomienda no involucraba que Licaon estuviese al tanto.
Pero nadie sabía que usted era su pareja destinada.
Zaria lo observó con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra logró salir.
Era tanto que asimilar.
Afuera, Licaon caminaba en círculos, atento.
Había escuchado la conversación.El había enviado a Kael después de que este le informara el encargo de Lucien.
Su lobo interno, Fen, se removía inquieto bajo su piel.
«Lucien…» Lucien era su sangre.
Su hermano.
Lo había protegido desde niños.
Pero Zaria… Zaria era su vínculo.
Su compañera.
Y el solo pensamiento de verla en brazos de otro —aunque fuera Lucien— le quemaba por dentro.
Fen gruñó con furia contenida.
«Es nuestra.
No lo permitas.» Licaon apretó los puños y clavó la mirada en las llamas que crepitaban.
La situación lo partía en dos, pero él nunca había sido un hombre que mostrara sus emociones.
Sin embargo, en esos últimos días algo había cambiado.
Sus hombres lo notaban.
Desde que pisaron River Village, su comandante parecía otro.
La puerta del carruaje se abrió, arrancándolo de sus pensamientos.
—Mi señor, ya he informado a la señora —dijo Kael con una leve reverencia, enderezándose luego, a la espera de instrucciones.
—Relájate, Kael —respondió Licaon—.
Hiciste bien en informarme.
Con paso decidido, se dirigió al carruaje y abrió la puerta.
Bajo la tenue luz que se filtraba por la ventanilla, Zaria seguía envuelta en su abrigo, aferrándose a ella como a un escudo.
Su mirada estaba fija en él, debatida entre el temor y la incertidumbre.
Licaon se acercó despacio y se sentó a su lado, cuidando cada movimiento, como si cualquier gesto brusco pudiera romper algo sagrado.
—Sé que debes estar asustada —dijo en voz baja—.
Sé que todo pasó demasiado rápido… pero no debes tenerme miedo.
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