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zaria luna renacida de fuego y sangre - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 -Entre el fuego y su voz
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8: -Entre el fuego y su voz 8: -Entre el fuego y su voz —No tengas miedo —dijo con una voz más baja de lo que ella esperaba, grave pero calmada—.

Nadie va a hacerte daño aquí.

Zaria no respondió.

Lo observaba en silencio, esperando palabras —Hay ropa para ti —añadió él, bajando ligeramente la mirada, como si no quisiera invadir su espacio—.

Es tuya.

Elegí lo mejor que pude… bueno, Kael y yo.

Tómate tu tiempo.

Te espero afuera.

Hizo una leve inclinación de cabeza antes de cerrar la puerta.

Zaria exhaló despacio.

Todo en él la confundía.

¿Dónde estaba el príncipe alfa caprichoso que había imaginado?

¿El hombre poderoso que la había “comprado”?

Nada de lo que ella imagino encajaba con esta escena.

Su mirada se dirigió al las ropas y sus dedos recorrieron las prendas cuidadosamente apiladas sobre un pequeño arcón de madera clara.

Las telas eran suaves cálidas y delicadas.

Eligió unas botas cómodas de cuero oscuro, un pantalón ajustado que moldeaba sus piernas y una camisa blanca de mangas abullonadas, ceñida en los puños.

Sobre eso, un corset negro que marcaba su figura sin restarle movilidad.

Recogió su cabello en un moño alto, dejando caer algunos mechones que enmarcaban su rostro.

Cuando abrió la puerta del carruaje y dio el primer paso hacia afuera, el aire pareció cambiar.

Las miradas cayeron sobre ella como una cascada silenciosa.

Guerreros, ayudantes, incluso Kael, levantaron la vista.

Era casi como si no pudieran evitarlo.

Zaria avanzó sin notar el efecto que causaba.

Pero Licaon sí.

El ceño del príncipe se frunció al instante.

Su cuerpo se tensó como si una corriente invisible lo recorriera.

Su aura se volvió densa, posesiva, una advertencia muda que se expandió por el campamento.

Fen rió dentro de su mente.

«¿Celoso, mi príncipe?

Míralos… la observan como si pudieran tocarla.

Estás a un paso de gruñirles.» —Cállate —murmuró Licaon entre dientes—.

Estos desvergonzados se están pasando… Bastó con que su presencia se intensificara para que los soldados desviaran la mirada y regresaran a sus tareas, como si nada hubiera ocurrido.

Zaria se detuvo.

Licaon extendió la mano hacia ella.

—¿Vienes conmigo?

Ella dudó apenas un segundo.

Luego, como si algo más fuerte que la razón la guiara, colocó su mano sobre la de él.

La condujo con paso firme pero tranquilo hasta el fuego central del campamento.

El lugar era cálido, con mantas extendidas y alimentos recién preparados.

El aroma era reconfortante.

Se sentaron cerca de las llamas.

Licaon le ofreció un cuenco caliente con carne ahumada, papas dulces y pan tibio.

Zaria lo aceptó con un leve asentimiento.

Pasaron algunos minutos en silencio, mientras la brisa nocturna agitaba suavemente las hojas.

Finalmente, él habló.

—Sé que estás confundida.

Y no voy a justificar lo que ocurrió.

Pero quiero que entiendas algo: yo nunca quise comprarte o algo parecido, jamás me atrevería a herirte.

Zaria bajó la mirada.

—Entonces… ¿por qué lo hiciste?

—Porque no podía permitir que otro decidiera tu destino —respondió—.

Porque sentí algo… —hizo una pausa—.

Algo que no sé explicar con palabras.

Ella alzó la vista, atenta.

—¿Fue el vínculo?

—No lo sé.

Tal vez.

Pero no fue solo eso.

Te vi… sola.

Fuerte.

Rota.

Y aun así, de pie.

El silencio volvió a envolverlos.

—Además —añadió él, con una leve sonrisa—creo que tu loba es poderosa.

Y necesitas ayuda con eso.

El primer cambio no es fácil.

Ni el segundo.

Pero hay formas de entender a tu lobo, de convivir con ella sin que consuma toda tu energía.

Zaria lo miró, y por un instante todo lo demás se desvaneció.

La rabia.

El miedo.

El rencor.

Solo quedó la calidez de su voz… y la protección de su mirada.

—No sé cómo sentirme —confesó.

—Está bien —respondió Licaon—.

Puedes sentir lo que quieras.

Solo quiero que sepas una cosa: mientras estés conmigo, nadie va a hacerte daño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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