ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 78
- Inicio
- ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ
- Capítulo 78 - Capítulo 78: Capítulo 72
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 78: Capítulo 72
Capítulo 72
Kai
Tenía una sonrisa diminuta. Noah acarició su cabello mientras salíamos al auto.
El trayecto fue tranquilo.
—¿Has pensado qué color te gustaría para las paredes de tu cuarto? —pregunté mientras estacionábamos.
Yuki dudó un poco y luego susurró:
—Azul cielo… con nubecitas.
—¡Esa es una gran elección! —exclamó Noah—. Yo siempre quise una habitación así cuando era pequeño.
Yuki lo miró como si no pudiera creer que un adulto alguna vez también fue un niño.
Lo vimos recorrer el lugar con curiosidad, deteniéndose en una lámpara con forma de avión, en un cojín con forma de estrella. A veces nos miraba buscando aprobación. A veces, simplemente tocaba cosas con esa ternura silenciosa que lo hacía único.
—¿Y si le compramos una estantería para libros? —le pregunté a Noah mientras él observaba los colores de las cortinas.
—Sí, y una alfombra grande. Lo vi sentado en el suelo con los gatos. Creo que le gustará tener un espacio así.
Yuki regresó con una tela entre sus manos.
—¿Puedo poner esto en la cama? Es suave…
Era una manta azul con dibujos de constelaciones.
—Claro que sí —le dije mientras me agachaba a su altura—. Todo lo que te haga sentir feliz y seguro, lo pondremos.
Yuki abrazó con entusiasmo la manta contra su pecho.
Pasamos más de dos horas escogiendo cosas. Nos reímos, jugamos un poco. Cuando salimos con todas las bolsas, Yuki iba en medio de nosotros, caminando con más seguridad que nunca.
—¿Qué quieres hacer cuando lleguemos? —le preguntó Noah mientras lo subíamos al auto.
—Ayudar a armar todo… —dijo bajito, como si le diera miedo que fuera una ilusión.
Le revolví el cabello. Y por primera vez, Yuki sonrió abiertamente. No tímido. No pequeño. Una sonrisa entera, brillante y cálida. La misma que sabíamos que se quedaría con nosotros para siempre.
El baúl del auto estaba lleno de bolsas y cajas. Almohadas, mantas, peluches, pinturas, una lámpara de avión que a Yuki le gustó mucho.
Él iba tranquilo en su asiento, puesto el cinturón y la manta de constelaciones enrollada en los brazos, tan tranquilo que por un momento pensé que se nos quedaría dormido ahí mismo.
Pero su estómago hizo un sonido bajito y gracioso, y tanto Noah como yo volteamos a verlo al mismo tiempo.
—Yuki —dijo Noah suavemente, sonriendo—, ¿tienes hambre?
Dudó, como si no estuviera seguro de si podía decir que sí. Luego asintió tímidamente, sin soltar su manta.
—¿Qué te gustaría comer? —pregunté, girando un poco desde el asiento del conductor—. Puedes elegir lo que quieras.
Sus ojos brillaron con una emoción contenida. Miró a Noah. Luego a mí.
—¿Podemos comer pizza…?
La forma en que lo dijo, como si pedir eso fuera un atrevimiento.
—Claro que sí —respondí de inmediato.
—Podemos ir a esa pizzería especial.
Yo ya sonreía, sabiendo exactamente a qué se refería Noah.
—Te vamos a llevar al mejor lugar de pizza de toda la ciudad, Yuki —le dijo, girándose para hacer contacto visual con él—. Un lugar al que van muchos niños como tú. Está lleno de colores, risas… y tienen la pizza más rica y sé que te gustará.
—¿De verdad? —preguntó con asombro, abrazando su manta con más fuerza.
Asentí riendo mientras arrancaba el auto.
El restaurante estaba decorado con luces cálidas, figuras de dibujos animados en las paredes y un aroma a masa horneada y queso que lo envolvía todo. A nuestro alrededor había familias con niños, algunos corriendo con globos, otros riendo con las bocas llenas de salsa.
Yuki entró de la mano de Noah, mirando todo con los ojos muy abiertos. Lo vimos girar lentamente, observando cada detalle.
—¿Qué te parece? —le pregunté.
—Nunca estuve en un lugar así… —susurró.
Le revolví el cabello con cariño.
—Pues hoy va a ser tu primera vez. Y no será la última, pequeño.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, con vista a un parque. Yuki no dejaba de mirar a los otros niños, como si tratara de entender cómo encajar en ese mundo lleno de risas.
El mesero se acercó, y antes de que dijéramos nada, Yuki susurró.
—¿Podemos pedir una pizza grande… con queso… y salchicha?
—Por supuesto —le dije con una sonrisa.
—Y un jugo de manzana, por favor… —añadió muy bajito.
Cuando el mesero se fue, Noah tomó su mano con ternura sobre la mesa.
—Nos encanta que digas lo que te gusta. Siempre puedes hacerlo, ¿sí?
Yuki asintió, y por primera vez desde que llegamos, esbozó una pequeña sonrisa.
—¿No quieres ir a jugar con los demás niños mientras llega la comida? —Preguntó Noah con calidez.
—No gracias…
—Pequeño ahora no tienes que tener miedo, si quieres jugar, reír llorar, saltar, gritar, sonreír, correr, lo que tú quieras hacer, puedes hacerlo. Nosotros no te castigaremos por ser un niño.
Sus ojitos brillaron con más seguridad por las palabras de Noah. La verdad incluso hizo que me enamore otra vez. Tiene un lado paternal tan genuino e instantáneo que lo amo.
Cuando la pizza llegó, el aroma lo envolvió. Sus ojos se abrieron con asombro al ver el queso burbujeante. Quiso tomar una porción.
—¿Está caliente? —preguntó.
—Solo un poco. Sopla, así… —le mostré.
Tomó una porción. Lo imitó con cuidado y luego dio un mordisco. Un momento después, su carita se iluminó. Era una de esas sonrisas que nacen desde el alma.
—¡Está rica! —dijo con entusiasmo.
Mientras comíamos, hablamos de las cosas que había elegido para su cuarto. Le preguntamos qué tipo de cuentos le gustaban, si le gustaba dibujar, si quería una pizarra para pintar en la pared. Yuki respondió entre bocados, cada vez con más confianza.
En un momento, dejó su pizza a un lado y nos miró con esos ojitos grandes y sinceros.
—¿Ustedes creen que… yo puedo ser feliz aquí?
Noah se congeló un segundo. Yo tragué con dificultad.
—Yuki —dije con voz suave, tomándole la mano—. Ya lo eres. Solo que no te habías dado cuenta todavía.
Él bajó la mirada, con alivio.
Noah se inclinó.
—Y cada día vamos a recordártelo. Eres amado, pequeño.
Yuki asintió bajito y, en un gesto que nos dejó sin palabras, se levantó de su silla, rodeó la mesa y se lanzó a mis brazos. Lo abracé con fuerza. Noah acarició su espalda, abrazándonos a ambos por encima.
La gente alrededor seguía con sus comidas, sin notar que, en esa esquina del restaurante, una pequeña familia se estaba formando. Una de verdad.
Y no había nada más importante en el mundo.
El cielo estaba anaranjado cuando volvimos a casa. La luz del atardecer entraba por las ventanas del auto, y la ciudad parecía más tranquila, como si supiera que hoy, para nosotros, todo era distinto. En el asiento trasero, Yuki dormía con la cabeza recostada sobre su manta estrellada, sosteniendo una bolsita de pizza que no quiso soltar “para más tarde”.
Noah volteó a verme con una sonrisa suave.
—Parece que por fin bajó la guardia.
—Sí… —murmuré, observando por el retrovisor.
Cuando llegamos a casa, Timi, Mochi y Daifuku estaban en el jardín y ladrando emocionados. Yuki, aunque algo adormilado, bajó despacito, mirando el cielo teñido de violeta.
—¿Vamos a armar el cuarto? —preguntó con voz somnolienta.
—Sí mi niño—dijo Noah.
—Si no te duermes lo armaremos. —Dije tomando si manito.
La sala se convirtió en un caos adorable.
Las cajas se amontonaban. Timi se metía dentro de las vacías. Daifuku intentaba robarse los peluches nuevos, arrastrándolos como si fueran presas. Mochi maullaba cada vez que algo caía. Noah y yo armábamos las repisas, mientras Yuki nos pasaba tornillos con una seriedad encantadora.
Comenzamos a poner las sábanas que él mismo eligió. Eran azul oscuro, con dibujos de estrellas y naves espaciales. Mientras estiraba las esquinas, Noah me miró con los ojos brillando de emoción.
Yuki estaba en el suelo, ayudando a Mochi a meterse dentro de una caja. Timi saltó arriba, derribándolos a los dos, Yuki se reía, cayendo de espaldas entre almohadas y juguetes. Los peluditos brincaban sobre él, lo llenaban de lengüetazos, y él simplemente… vivía. Sin miedo. Sin ese peso oscuro que traía en los hombros. Jugaba como un niño feliz.
Y entonces, entre esas risas, esa explosión de vida, lo dijo.
—¡Papá Kai, sálvame!
Mi mundo se detuvo.
Giré el rostro hacia él, congelado y mi pecho apretado. Noah, a mi lado, también dejó caer la manta que estaba doblando. Yuki se levantó en medio del caos, corriendo hacia mí y abrazándome las piernas mientras Timi ladraba alrededor. Luego volteó hacia Noah, sonriendo con ternura infinita.
—Papá Noah, ¡ven a ayudarme!
El silencio fue inmediato.
Yo me agaché lentamente. Noah se acercó sin decir una palabra. Nos arrodillamos a su altura. Yuki no entendía por qué estábamos tan quietos. Solo nos miraba con esos ojitos grandes, inocentes, llenos de cariño verdadero, confusión y miedo.
—¿Dije algo mal…? —susurró, inseguro.
—No —dije con la voz quebrada, tomándole el rostro con las manos—. No, mi niño… dijiste lo más hermoso que hemos escuchado en la vida.
Yuki se acercó más, abrazándonos a los dos al mismo tiempo con sus bracitos pequeños, apretando como si quisiera asegurarse de que no nos fuéramos a ir nunca.
—Ustedes me salvan… como los papás de verdad.
Mi corazón se rompió y se reconstruyó en un mismo latido.
—Siempre te salvaremos —Dijo Noah acariciando su mejilla con cariño.
Lo apreté contra mi pecho, y Noah nos envolvió a ambos. Con ese amor profundo que ya no cabe dentro del cuerpo.
La noche llegó más rápido de lo que esperaba. Afuera, la ciudad dormía. Pero en casa, todo seguía latiendo con fuerza.
Yuki bostezó por tercera vez, restregándose los ojitos con la manga de su pijama de dinosaurios. Su cuarto estaba casi listo, brillante con luces de estrellas pegadas en la pared y todo lo que Yuki eligió.
—¿Ya me tengo que dormir? —murmuró, arrastrando las palabras mientras Mochi se trepaba a su lado.
—Sí —dije en voz baja.
Yuki se rio bajito, escondiendo la cara en la almohada.
—¿Puedo dormir con los tres peluditos?
—Claro que sí —respondió Noah, acercándose a colocarle una manta sobre el pecho.
—¿Y ustedes… van a estar cerca?
Me senté a su lado, acariciándole el flequillo con suavidad.
—Justo al otro lado del pasillo. Pero si sueñas algo raro, solo llámanos y aquí estaremos en segundos.
Yuki me sonrió. Esa sonrisa. Esa que ya no tiene miedo, ni dudas, ni distancia. Solo amor.
—Buenas noches, papá Kai… buenas noches, papá Noah…
—Buenas noches, mi niño. —Respondimos para después levantarnos, salir y cerrar la puerta con cuidado.
Nuestra habitación era cálida, suave, con la luz tenue encendida junto a la cama. Me quité la camisa y me dejé caer sobre el colchón, con un suspiro largo.
Noah entró detrás de mí, arrastrando los pies como si todo el peso emocional del día le cayera encima ahora que ya no tenía que mantenerse fuerte.
Se puso a mi lado. No habló. Solo apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Lo abracé. Nos quedamos así por un rato, en silencio, sintiendo el calor del otro.
—¿Lo escuchaste, ¿verdad? —preguntó al fin, con la voz temblorosa.
—Sí —respondí, cerrando los ojos—. Lo dijo tan… natural. Como si lo hubiera sentido desde siempre.
—¿Y tú… estás bien?
—No —respondí con la verdad desnuda—. No estoy bien. Estoy… abrumado. Feliz. No sé cómo explicarlo. Solo sé que quiero vivir para proteger eso que acaba de pasar… ¿Y tú… cómo te sientes?
—Me siento… lleno, más completo… no lo sé tampoco sé cómo explicarlo.
Noah me abrazó más fuerte.
Nos besamos. Despacio. Sin prisa. Con esa urgencia que no tiene que ver con deseo físico, sino con el deseo de no soltar nunca más aquello que tanto nos costó alcanzar.
Nos recostamos. Mi cabeza quedó en su pecho, escuchando su corazón. Su brazo me rodeaba. La noche se sentía suave, como si incluso el universo entendiera que estábamos empezando algo sagrado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com