Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

1. Let's Play - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. 1. Let's Play
  3. Capítulo 19 - 19 17
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: 17 19: 17 Cerebro: 0, Rush: 100 El estado de un jugador dice cuánto se resistió a perder Arabella Finanzas corporativas.

Tuve cuarenta y tres minutos de finanzas corporativas.

Cuarenta y tres largos y eternos minutos que se me hicieron tanto insoportables como curiosos.

Uno porque qué bendita flojera era saber sobre la estructura de una capital óptima y dos porque… ¿en dónde estaba Zacharias?

Esa pregunta me rondó la cabeza lo suficiente como para que mi pierna, en esos cuarenta y tres minutos de clase, no cesara de subir y bajar como si estuviera tocando el pedal de alguna batería.

No quería estar ansiosa, quería que la inexistente presencia de Zacharias me importara una mierda, la verdad.

Pero tal y como estaban las cosas, Zacharias era una bomba suicida de tiempo a nada de explotar, y el Boss… Bueno, las cosas de por sí estaban jodidas para que al imbécil le diera por cometer cualquier otra estupidez.

Que no estuviera en clase me indicaba de todo menos que él estuviera tranquilo, jugando a Dios sabrá qué con Drake.

Su inexistente presencia, para mi desgracia, me daba migraña.

—Llevas un buen rato moviendo esa pierna.

¿Estás segura de que estás bien?

—cuestionó Sarah, una chica de ojos verdes, melena castaña y nariz respingada, con la que Drake me emparejaba cada que me llevaba por el almuerzo.

Para mi sorpresa, Sarah me cayó bien al instante.

Es decir, ¿cómo no?

Al segundo de que la frase “Zacharias es un imbécil” salió por su boca me fue imposible que no me agradara.

—Estoy bien —le repetí por cuarta vez.

Sarah no soltó algo más por los veinte minutos restantes de clase y lo agradecí.

Estresada y ansiosa no era la mejor persona para convivir.

Canté aleluya en mi fuero interno para cuando el señor Akerman decidió ponerle fin a mi martirio, culminando la clase.

Ignoré la larga investigación que nos había dejado como tarea y, luego de despedirme de Sarah, salí del horrible y tedioso auditorio… Tan solo para encontrarme al espécimen bendecido por el inframundo en el mismo lugar dónde lo había dejado plantado, cuando me encontraba algo molesta.

Rush me dedicó un guiño en cuanto me vio.

Era injusto que el hijo de perra se viera como un hombre sexy de comercial para perfumes caros tan solo por descruzarse de brazos, separarse del capó del auto y caminar hacia mí con ese aire de suficiencia y pecado que se cargaba, ¿pero qué podía hacerle?

Para mi secreta consciencia, también lo disfrutaba.

El espécimen me soltó un lindo “hola”.

No me dio ni siquiera el tiempo necesario para responderle porque ya me tenía agarrada por la muñeca, encaminándonos al coche.

Sin embargo, no pasé por desapercibidas cada mirada lasciva de cada mujer que le daban al espécimen, y lo único que pude hacer fue sonreír, disimulando un poco.

Juraba que yo no hacía nada más que entenderlas.

Es decir…

Rush, bueno, era Rush.

—Zacharias no estuvo en clase.

¿Debería preocuparme?

—le dije en medio de la caminata, pero no me respondió… Cosa que hizo que mi ansiedad subiera a la estratosfera—.

¿A dónde me llevas?

—decidí seguir probando mi suerte, tratando de escuchar alguna respuesta saliendo de su boca, pero nada.

En cambio, el espécimen, luego de unos pasos más, al parecer también sintió todas las miradas femeninas fijas en él, lo que le hizo soltar un suspiro divertido.

Pese a que compartí su humor, no me estaba gustando nada que ignorara mis preguntas.

No obstante, una vez llegados al auto, sus acciones me tomaron por sorpresa; el muy cabrón me sentó en donde estuvo descansando su culo hacía minutos atrás, me sostuvo el rostro y me besó.

Un beso sin prisa, sin advertencia.

Cuando sus labios dejaron los míos, la calle estaba tan vacía como mi capacidad de reacción.

¿Era posible, realmente posible, que me gustara aún más el hombre?

Sin decir palabra, ladeó el coche y me abrió la puerta del copiloto.

Atontada, aún sintiendo el eco del beso en los labios, deposité mi trasero en el asiento al mismo tiempo en que el espécimen cerraba la puerta con suavidad antes de meterse al auto por su lado.

Encendió el motor y… aún nada.

Ni una sola palabra.

Tan solo había un aire de tensión sexual tan agobiante que tuve que enfocarme en mirar por la ventana y dejar que el paisaje hiciera el trabajo que ninguno de los dos podía hacer: dispersar las ganas violentas de repetir el suceso del Lamborghini.

Para mi pequeña satisfacción, el viaje transcurrió en silencio.

Y no me molestó.

No con él.

De hecho, pese a que en los diez minutos que llevábamos encerrados en el pequeño espacio, me resultaba cómodo.

Más íntimo, incluso.

Fue extraño.

Tan en paz me sentí que no supe en qué momento me ganó el sueño, pero cuando volví a abrir los ojos, lo primero que sentí fue la calidez de su mano acariciando mi brazo.

Él me sonrió cuando lo miré, todavía medio dormida.

—Llegamos —murmuró, señalando el parabrisas.

Tuve que parpadear varias veces para entender que estábamos en el interior del estacionamiento de su edificio—.

¿O mejor quieres que te lleve a casa?

—me preguntó cuándo no me moví.

Quería soltarle la negación, pero me mordí la lengua.

Tan solo tuve que respirar profundo para que el oleaje de tensión sexual volviera a arrollarme de pies a cabeza.

Si abría la boca, estaba segura de que la oración “olvídalo y follame” flotaría de mi boca.

Y, aunque la verdad lo que quería era cabalgarlo hasta encontrar mi orgasmo, la ansiedad por saber por qué Zacharias había faltado a clases se estaba desbordando.

Así que, en lugar de hablar, me estiré y sacudí la cabeza para despejar el nudo mental que tenía.

Una vez lista, me bajé del auto.

Vi cómo fruncía el ceño con una mezcla de duda y diversión cuando ignoré su oferta, pero no me importó mucho.

Rush me siguió sin decir nada, activando la alarma del coche al salir.

No lo esperé.

En su lugar, la cálida brisa de la tarde me acompañó directo hacia el interior del edificio.

Crucé el vestíbulo, después de saludar a los dos vigilantes en el mostrador y me planté frente al ascensor, pulsando el botón con más rapidez de la necesaria.

Necesitaba colocar espacio entre él y yo.

Necesitaba pensar en otra cosa que no fuera él enterrándose en mí, dándome un maldito orgasmo fantástico… y pensar en Zacharias fue la mejor opción que tenía en mi arsenal.

Sin embargo, aunque eso funcionó un poco, las ganas tan solo… No se iban.

Mucho menos cuando Rush llegó a mi lado justo cuando el ascensor emitió su ding y las puertas se deslizaron.

Al él arrastrarme dentro, sin preguntar, para luego introducir en el panel plateado el código que hacía que el ascensor empezara a moverse, mi cabeza hizo un pequeño cortocircuito.

Más al cerrarse las puertas un segundo después, y que él me la clavara.

La mirada, quiero decir.

Esa jodida mirada grisácea que estaba obteniendo el poder de arrancarme toda la compostura.

Mis bragas se humedecieron al instante.

¿Y cómo no?

El imbécil parecía diseñado para hacer que mi cabeza entrara en un sistema de autodestrucción cuando lo miraba.

«¿Sabes qué?

Olvídalo».

Porque sí.

No pude retenerlo más.

El espacio demasiado cerrado para mis ganas fue demasiado.

Entonces, sin pensarlo mucho, me lancé a sus labios.

Lo besé con una necesidad tan abrumadora que me dio hasta pena ajena.

La rigidez que ese hombre cargaba en los hombros se evaporó en segundos.

Me respondió el beso con esa mezcla adictiva de hambre y dominio.

El ascensor empezó a moverse, pero el muy cabrón fue inteligente.

Apretó el botón de emergencia del panel.

Toda la caja de metal se detuvo, dejándome colgada entre lo inevitable y lo sucio.

Gemí cuando su boca se deslizó por mi cuello, mordisqueando sin piedad.

Sentí su lengua, húmeda y caliente, lamer mi clavícula mientras mis manos bajaban directo al botón de sus vaqueros.

Lo desabroché con rapidez, dejando que su erección jodidamente marcada se liberara con orgullo.

Una risa ronca y profunda brotó de su pecho, y no pude evitar sonreír.

Tomé su erección sin dudar.

Comencé a mover mi mano con ritmo, firme, como ya sabía que le gustaba.

Rush soltó una maldición y su boca volvió a atraparme con ferocidad.

Su lengua invadió mi boca con hambre y le respondí con la misma intensidad, sin dejar de mover mi mano sobre su miembro.

Sus manos subieron por mi camisa, empujaron con premura el encaje de mi sostén, y cuando sus dedos atraparon mis pezones, gemí fuerte, sin ningún tipo de vergüenza alguna, causando otra risa ronca de Rush.

—¿Sí te gusta así?

—murmuró contra mi boca, apretando con más fuerza mi pezón izquierdo.

Volví a gemir—.

Debes de estar empapada, princesa.

No necesitaba confirmación alguna de mi parte, y él lo sabía.

Porque en el siguiente segundo, sus manos desabrocharon mis vaqueros y se colaron sin permiso por debajo de mis bragas.

Y ahí… tocó el maldito, mojado y sensible punto.

Deslizó sus dedos por mi centro con una jodida precisión que me hizo arquear la espalda y maldecir entre dientes.

—Estás tan mojada… —gruñó con satisfacción.

—Rush —gemí su nombre, entre rendida y desesperada.

Él encontró mi entrada y deslizó dos dedos dentro, de golpe.

Jadeé, cerca, peligrosamente cerca de correrme ahí mismo.

Pero para mi desgracia, los retiró justo cuando el clímax empezaba a formarse con fuerza en mi vientre.

Iba a protestar.

A insultarlo, incluso… Hasta que lo siguiente que hizo me desconfiguró la cabeza.

Se llevó los dedos a la boca.

Y los chupó.

Despacio.

Deliberado.

Intencional.

Lo miré como si fuera lo último que necesitaba para perder lo poco de cordura que me quedaba.

Quería eso.

Ese puto gesto… pero con mi coño.

—Sabes tan bien —musitó, con voz ronca, como si el simple sabor de mí fuera droga en su paladar.

Solté un gemido suave, famélico, entregado.

Mis rodillas tocaron el suelo del ascensor con naturalidad, como si ese lugar hubiera sido creado para mí.

Tomé su erección por la base, firme, ansiosa, y me lo tragué hasta el fondo de la garganta sin vacilar.

Rush soltó un gruñido y se dejó caer de espaldas contra la pared metalizada.

Su mano voló a mi cabello y lo tomó en un puño, mientras me movía con precisión, aumentando el ritmo, queriendo empaparme más con cada reacción suya.

—Princesa… —siseó, entre jadeos.

Me di una palmadita de autofelicitación mentalmente y aceleré aún más la velocidad—.

Maldita sea, nena, tómalo con… Levanté la mirada sin soltarlo de la boca, hasta atraparlo con mis ojos.

Y entonces, lo hice de nuevo.

Dejé que su miembro llegara hasta el fondo de mi garganta.

Entero.

De un solo golpe.

—¡Mierda!

—soltó cuando el orgasmo lo alcanzó.

Lo sentí temblar.

Lo escuché maldecir.

Y aún así, tragué cada gota de su semen con una satisfacción casi cruel.

Poco a poco, con desvergüenza, solté su erección de mi boca, asegurándome de que no quedara ni una gota colgando de su glande a la vez que él dejaba ir mi cabello.

Rush respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando de forma desordenada.

Pero la sonrisa que me dedicó… Me la dio sin reservas.

Sin embargo, sus ojos aún tenían esa hambre salvaje, ese brillo de depredador que no se saciaba con facilidad.

Y ni siquiera me dejó reaccionar.

Antes de que pudiera arreglarme, antes de pronunciar palabra alguna, su boca se estampó con brusquedad contra la mía.

Me besó con una intensidad aún mayor, como si necesitara volver a consumir cada parte de mí.

Mordió mis labios, arrancándome un gemido, mientras sus manos volvían a colarse bajo mi camisa hasta encontrar mis pezones otra vez.

Y cuando los encontró, apretó con fuerza.

Grité.

—Pero…

—intenté protestar entre jadeos, sin éxito.

Me calló bajando la boca a mis senos, atrapando uno entre sus labios y chupándolo sin compasión—.

¡Rush!

—exclamé, sin poder disimular el temblor de mis piernas.

Me ignoró por completo, pero sentí su sonrisa, arrogante, perversa, contra mi piel.

Entonces, sin perder el momento, su mano volvió a deslizarse bajo mis bragas.

Esta vez, sin rodeos, sus dedos me invadieron de nuevo.

Oh, Dios.

Sus movimientos eran firmes, exactos.

Como si supiera leer mi cuerpo mejor que yo misma.

Mientras su boca seguía perdida en mis tetas, hice lo que cualquier mujer cuerda habría hecho en esa situación: gemir, gritar, y retorcerme contra él, buscando más, queriendo todo.

Mis caderas lo seguían, desesperadas, y mi orgasmo se acercaba como una ola arrolladora, llenándome el vientre de esa sensación adictiva que anunciaba el final.

Justo cuando lo sentí apretando cada terminación nerviosa que tenía, Rush se detuvo.

Maldije en voz alta, estremeciéndome por la falta de fuegos artificiales que mi cuerpo reclamaba y estuvo a nada de alcanzar.

Lo miré rabiosa, con una promesa de asesinato.

Él tan solo se separó de mis pechos y acercó su boca a mi oído.

—Puede que quizás me entretenga más castigarte por tu falta de educación cuando caminaste directo a tu clase y me dejaste con la palabra en la boca, que ver esa mirada de satisfacción marcada en tu rostro —susurró, con esa voz que rozaba mi piel como terciopelo y veneno a la vez.

Negué con la cabeza mientras lo ahogaba en mi imaginación.

«Maldito hijo de perra».

—¿No qué, cariño?

—preguntó con tono burlón justo antes de volver a introducir un dedo en mí, malditamente lento.

El gemido que solté no fue decoroso, ni lo pretendía—.

No puedo entenderte si no hablas, princesa.

—Por…

—Nada de por favor —me interrumpió, moviendo su dedo aún más lento—.

Lo que quiero ahora es… una disculpa.

«Una disculpa mi culo», pensé, furiosa, mordiéndome la lengua para no decirle justo eso.

Lo miré, con toda mi rabia contenida.

Él, claro, se rió.

Y para colmo, introdujo otro dedo.

Despacio.

Haciendo parecer como si tuviera todo el maldito tiempo del mundo.

Él iba a matarme.

—¡Rush!

—exclamé, exasperada.

—Sólo es una simple disculpa, princesa —ronroneó junto a mi oído.

Cerré los ojos, tratando de enfocarme en otra cosa que no fuera dejarme llevar por su voz, pero…—.

Ojos en mí, mi amor —gruñó, empujando sus dedos más rápido, más profundo.

Abrí los ojos de golpe, cayendo en su trampa.

Para mi maldita suerte, me encontré con nuestro reflejo en el espejo enorme del ascensor que había olvidado por obvias situaciones.

Maldije.

Verme así, mojada, desesperada, hecha un desastre, completamente suya, mientras él me miraba como si fuera un manjar dispuesto a ser devorado… no ayudaba en lo absoluto.

—Mira lo empapada que estás —murmuró, con una sonrisa lobuna.

Siguió mi mirada hacia el espejo y sonrió más—.

¿Es…?

¿Es por eso?

¿Acaso te gusta lo que estás viendo?

—mordí mi labio inferior y asentí sin pensar.

Era humillante.

Era excitante.

Era tan yo en ese instante que me asusté demasiado.

Su sonrisa se hizo más pronunciada, pero volvió a sus movimientos extenuantes.

—No te va a costar —intentó suavizar, casi en un susurro.

Negué con fuerza.

No.

No iba a ceder tan fácil.

Él no iba a conseguir nada de mí.

Y como si esperara justo eso, el brillo malvado en sus ojos resplandeció más.

—Si eso es lo que quieres…  Sin más, sacó sus dedos.

Con lentitud.

Con crueldad.

Con una maldita intención que me hizo derrumbarme.

Gemí, me quejé, gimoteé, me removí.

Perdí cada gota de decencia humana.

El deseo me ardía tanto por dentro, el orgasmo frustrado me latía en las entrañas tan abrumadoramente mal que, sin debatirlo tanto, tomé su mano y metí sus dedos de nuevo en mi interior.

Con fuerza.

Quería mi orgasmo, quería malditamente demasiado mi orgasmo y si no me lo iba a dar él, lo iba a conseguir yo por otro jodido método.

Mis ojos encontraron los suyos, y con un suspiro que fue casi grito, dije lo que él había querido escuchar desde el principio.

—Lo siento.

Y con eso, volé.

Me corrí tan fuerte que las piernas se me doblaron, que el ascensor pareció girar a mi alrededor.

Me entregué al orgasmo con un gemido largo, dejando que me recorriera como una ola imparable.

Fue brutal.

Maravilloso.

Merecido.

Llegué al jodido cielo tan bien, que me supo a mierda haber perdido lo que me quedaba de dignidad solo por la sensación que se estaba esparciendo por todo mi cuerpo.

Cuando por fin bajé del paraíso, lo vi.

Rush se chupaba los dedos otra vez, lento, saboreándome como si acabara de probar el platillo más exquisito del puto mundo.

Me estremecí.

El muy maldito consiguió lo que quería.

Otra vez.

Pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca para maldecirlo, su teléfono sonó.

Mientras contestaba, me dediqué a recomponerme… o al menos a intentar que mi imagen no gritara: “acabamos de tener unos orgasmos salvajes en un ascensor”.

—Estamos en… —comenzó a decir, pero se detuvo de golpe cuando mi mano bajó directo a su miembro.

Esbocé una sonrisa traviesa, pero lo guardé en su sitio como una dama responsable y le subí la bragueta con cuidado, sin dejar de disfrutar la forma en que su mirada se oscurecía más con cada segundo.

La voz de Drake se escuchaba al otro lado de la línea, llamándolo una y otra vez.

—¡En el ascensor, maldita sea!

—gruñó y cortó la llamada con brusquedad.

Reí, mientras bajaba mi sostén, me abrochaba los vaqueros y trataba —fallando de manera miserable— de domar la maraña salvaje que se había vuelto mi cabello.

Me miré al espejo con resignación al conseguir lo mejor que podía.

—Eso no fue cortés —dije, sin despegar los ojos de mi reflejo.

—Eres increíble —replicó él, con una sonrisa—.

Y en lo personal, no me importa una mierda.

—Entonces…

¿qué tan increíble fue?

—pregunté, disfrutando del vuelco que había dado mi humor, acercándome a él.

Rush alzó una ceja.

—Malditamente fantástico —murmuró, y me regaló un beso corto pero profundo—.

Me voy a volver adicto a tus sorpresas si sigues así.

Rodé los ojos, pero sonreí.

No estaba en mis planes acabar así, pero tampoco me quejaba.

Al muy hijo de puta le traía unas ganas horribles desde que me arrastró de mi departamento y me metió en un espacio aún más pequeño, rodeada de su olor masculino y sus maniobras con el volante del coche.

Mi arranque de dejarlo en la puerta del auditorio fue porque no pude conseguir lo que quería, no porque quisiera hablar sobre el Boss o la ‘Ndrangheta, mucho menos de la inesperada interrupción de su ex pareja.

Sabía que el primer tema era importante y que teníamos que armar un buen plan, pero me era imposible concentrarme con Rush estando tan… Bueno.

Entonces, no.

No me arrepentía de nada.

Es más, me había encantado que al espécimen también le hubiese gustado la pequeña aventura.

Volví a mirarlo.

Él me dedicó una sonrisa, pero se separó apenas lo suficiente para presionar el botón del ascensor y hacerlo moverse otra vez.

No tardó en activarse, y momentos después, las puertas se abrieron revelando la sala espaciosa de su departamento.

Rush tomó mi mano con total naturalidad —como si no hubiésemos hecho nada minutos antes— y me guió fuera del ascensor.

Sin embargo, no dimos ni dos pasos dentro de su casa cuando mi espalda chocó con suavidad contra su pecho y su boca se inclinó justo a mi oído.

—Voy a comprar un espejo tan malditamente grande solo para poder tenerte toda empapada y deseosa de nuevo, princesa —susurró con un tono que hizo que mi vagina se declarara oficialmente un lago.

Y luego, como si no acabara de decir la frase más lujuriosa del siglo, entrelazó su mano con la mía y siguió caminando como si nada.

—¿A dónde vamos?

—pregunté con voz casi normal, recuperando el control poco a poco mientras pasábamos de la sala al pasillo que daba a las habitaciones.

—A mi oficina.

Hay gente esperándonos —contestó, justo cuando abrió la puerta de madera oscura que teníamos delante.

Dentro estaban todos.

Mi mejor amiga.

Drake.

Justine.

Incluso el pequeño Massey sentado en el sofá de la estancia.

—¿Qué demonios te hizo tardar tanto?

—lanzó Riden en cuanto nos vio entrar.

Rush me miró de reojo, y yo aparté la mirada como si acabara de robar una puta galleta.

Porque si lo miraba más de dos segundos, me sonrojaría como estúpida.

Y si me sonrojaba, iba a quedar marcada como la víctima perfecta para una sesión de burlas nivel olímpico.

Así que no, muchas gracias.

Escuché como el espécimen se reía entre dientes y me dieron ganas de que me tragara la tierra.

O en todo caso, el bendito ascensor.

—Entendimos.

Para la próxima consíganse una habitación —masculló, Drake, seco—.

Ahora, ¿por qué estamos aquí?

—añadió enseguida—.

Deberíamos estar buscando a mi hermano.

El cambio de ambiente fue inmediato.

El humor de Rush se apagó como si alguien hubiera apagado una lámpara.

Le devolvió al rubio una mirada tan indiferente que dolía.

—Drake tiene razón, Rush —apuntó Justine, girándose hacia mí por primera vez desde que entramos.

Me ofreció una sonrisa corta, casi cortés, antes de volver su atención al espécimen—.

Zacharias podría estar haciendo alguna otra estupidez si se le da el tiempo suficiente.

Mi mirada los recorrió a todos, confundida.

¿Y ahora qué diablos había hecho Zacharias?

Solté la mano de Rush y caminé hasta quedar junto a Kendall.

Ella, apenas me vio, se levantó del borde del sofá, enredó su brazo con el mío y me dedicó una mirada que no me gustó ni medio.

—Zacharias salió de la oficina de Rush después de que Riden le sacara la mierda y… nadie sabe en dónde está —susurró rápido, aclarando mi confusión.

Fantástico.

Lo que me faltaba.

Otra persecución a un hombre suicida.

«Muchas gracias, Zacharias».

—Genial —solté, en un murmullo.

Volví a mirar a Rush.

A diferencia del resto, el espécimen no parecía ni remotamente preocupado.

Es más, su rostro tenía ese nivel de calma peligrosa que denotaba no frialdad, sino dominio.

Como si todo estuviera donde él lo había puesto.

Como si supiera con exactitud lo que iba a pasar.

Se sentó en la silla detrás del escritorio, pero antes de que alguien más le replicara algo, la puerta de su oficina se abrió de golpe.

Y ahí apareció Rise.

Con un saco.

Un saco enorme.

Ensangrentado.

Sobre su hombro.

La habitación se volvió un bloque de silencio.

Casi todos nos quedamos congelados mientras él cruzaba el umbral con paso firme.

Cuando estuvo lo suficientemente dentro, soltó el saco en el suelo con un golpe seco que me hizo dar un paso atrás por puro instinto.

Lo que fuera que había dentro empezó a moverse.

Abrí y volví a cerrar la boca ya que nada había salido de ella, quedando como estúpida.

Rise ni se inmutó.

Él solo alzó la vista hacia Rush, esperando algo.

Quizás una orden.

Un permiso.

Una seña por humo.

Sin embargo, Rush entendió.

Le devolvió un asentimiento breve, seco, casi invisible.

Y entonces, como si todo eso fuera del todo normal, Rise se agachó, rasgó el saco de un tirón y lo abrió.

Y ahí estaba Zacharias.

Hecho un desastre.

Furioso, sacudiéndose como si aún pudiera pelear con medio cuerpo atado.

La cara cubierta de moretones, las manos y pies envueltos en cinta adhesiva, y su boca también sellada.

Todo él lucía como un desquite recién hecho… y bastante mal presentado.

No dije nada.

Nadie dijo nada.

Porque, para ser honesta, ¿qué diablos se suponía que alguien dijera?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas